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NIETZSCHE Y EL PENSAMIENTO DE LA MUERTE
Dra. Andrea Díaz

¿Que el pasado se vuelva a repetir, quién lo quiere? Quizás en los momentos
mejores. Los peores, sólo si habilitaron mejores tiempos. ¿Pero qué sabemos
nosotros del sutil encadenamiento de los acontecimientos, en qué medida
unos inciden en los otros? Que el pasado no se repita, sin embargo es para los
que han pasado por una situación límite, traumática, la mejor de las
noticias, implica una especie de liberación. Escribe Frida Kalho en su
diario antes de morir, "Espero alegre la salida y espero no volver jamás" . El
que sufre ve a la muerte como liberación, y no quiere volver jamás a repetir lo
mismo, a no ser que de lo que se trate es de volver a repetir los momentos
buenos, plenos, felices; si el "repetir" es entendido como recuperar lo perdido
gratificante de la vida, abundante, generoso, como Kierkegaard relata en el caso
de su “pensador privado” Job, estamos hablando de otra cosa (Ver Kierkegaard,
1976). Pero Nietzsche habla de repetir lo mismo, y él era alguien que sufrió
mucho, pero quería reprimir dentro de él todo sentimiento en contra de la
vida. Su querer volver a repetir lo mismo implicaba al amor fati y
a la voluntad de poder que crea al superhombre, en un
momento preciso; después de la muerte de Dios, y más allá de un
nihilismo pasivo imperante.
Ese "ya no puedo volver atrás", que tanto resentimiento causa en el ser
humano según Nietzsche, es, para nosotros, tranquilizante
Lo que pasó, pasó, para nuestro bien, para nuestro mal, ahora sólo tenemos que
mirar hacia delante, hacia lo que no sé todavía, pero seguro que no es lo que ya
pasó, es algo distinto, aunque pueda ser mejor o peor. Lo que fue no se va
a volver a repetir, no voy a sentir infinitas veces, el dolor que me causó el
accidente diría Frida Kalho, ni el dolor que me causó Diego Rivera, etc. Tampoco
el placer que implicaba pintar o hacer el amor, etc. Pero ante el dolor,
preferimos y elegimos que la vida sea una, en su originalidad, y heterogeneidad,
en su irrepetibilidad e irreversibilidad.
Como lo que nos espera es incierto - no lo maneja la persona, aunque esta pueda
tener la ilusión de que así lo haga, y actuar toda su vida como si
las cosas que pasaran fueran consecuencias de sus actos, aunque en parte o en
cierta medida puedan serlo -, esto constituye una cierta liberación. Nos puede
esperar la buena o mala fortuna, pero no lo mismo. El devenir, el que todo pase,
el que seamos seres finitos, ¿cuál es el problema en esto? ¿Es que nos
creemos tan importantes para querer perdurar?
Inclusive, si hablamos de la humanidad toda, se ha predestinado una y otra vez
su término, como consecuencia de su propio modo de vida; debido a su propia
manera de relacionarse con la naturaleza y los demás seres, o por obra del azar.
No importa por lo que sea, ¿no es creernos muy importantes, eso de querer
perdurar?
¿No es de igual manera una idea fuerte, -a modo de la idea del eterno retorno
nietzscheano -, saber que vamos a pasar, que vamos a morir, que es y puede
ser muy breve el tiempo que nos queda? Y que en términos de infinito (si es que
podemos hablar así) somos una nada insignificante, aunque somos todo lo que
tenemos, lo más importante para nosotros. Saber que el pasado fue, y no se va a
volver a repetir, implica un descanso, una buena nueva para los que han sufrido.
Saber que la vida es finita, breve, también implica un acicate para
vivirla a fondo, vivir como si fuéramos a morir mañana (cosa más
que cierta e incluso más creíble que la idea del eterno retorno), pues no lo
sabemos, no sabemos cuándo vamos morir (puede ser en cualquier instante y por
cualquier motivo, desde el punto de partida de que somos mortales) y por otra
parte estamos "muriendo" a cada segundo. Envejecemos, nos deterioramos.
Desde que nacemos, nacemos para morir.
Pero todo es interpretación, según cómo entendamos esta dialéctica vida-muerte,
vivimos, vamos a vivir. Lo cierto es que no podemos entenderlas separadas, vida
y muerte forman parte de lo mismo: la vida humana. Luego, nos podemos
preguntar ¿por qué hemos de vivir cada segundo como si fuera el último? Quizás
otros elijan, o ni siquiera lo elijan, ni siquiera lo piensen, que sólo se
trata de pasar, así como pasan las estaciones, los días, las horas. No hacer
nada, no poner ninguna intensidad, dejarse llevar. O más radical
aún, como dice Schopenhauer, suspender la voluntad de vivir, ya no desear, no
proyectar, vivir o tratar de vivir sin deseo. Dejar pasar, descubrir que la
voluntad es una ilusión que nos lastima, nos hace infelices, nos causa
sufrimiento. Pero hay de cualquier manera aquí un querer no sufrir. Cuando no
hay que querer simplemente. Todo este tema tiene que ver con la libertad y
en eso coinciden tanto Nietzsche como Kierkegaard (está en juego la libertad).
¿Está en nuestras manos querer algo? Parece que no, si todo pasa sin nuestro
consentimiento y es irreversible. Nosotros diríamos que lo que se puede
cambiar, lo único que se puede cambiar es la mirada, no el mundo (y su finitud),
como dice Wittgenstein al final de su Tractatus. Claro que cambiar la
mirada acerca del mundo es cambiar el mundo, las ideas son muy poderosas. Y no
nos referimos solo a ideas como argumentaciones, sino como pensamientos que
pueden tener un fundamento muy irracional si se quiere. "Lo que no me mata me
hace más fuerte" dice Nietzsche en su Ecce homo(EH) Todo depende a través
del cristal por el cuál se lo mire. Entonces, eso que queríamos que pase, se
transforma en otra cosa, en algo que fue, que pasó, pero forma parte de nuestro
presente, que lo hacemos presente de tal manera de que no nos lastime, de que
nos haga bien, a pesar de todo su mal.
¿Y qué problema con el pasar, por qué esa ansia de lo eterno? Que todo pase,
también nosotros, ¿pues, por qué habríamos de perdurar? ¿Por qué no aceptar que
morimos, y damos paso a otras generaciones, y ellas a su vez a otras que
se van perdiendo en el tiempo? Que nuestra vida sea efímera, depende de qué
punto de vista se vea, nosotros creemos que no es efímera, o puede no serlo,
pues es lo más importante para nosotros, el punto o la condición a partir de lo
cual todo nos es dado, incluyendo la muerte. ¿Por qué ese miedo a morir, o esa
angustia a la nada de la que habla Kierkegaard en El Concepto De La Angustia? Si la muerte
es nada, no hay nada de que temer. Podría ser entendida dicha nada,
como que toda muerte es descanso, es término de una experiencia y ya.
Recordemos aquellas disquisiciones que hace Sócrates acerca de la muerte
en la Apología
y en el Fedón (donde aparece una postura menos dubitativa acerca de la
muerte donde se puede entrever una mayor participación de las propias ideas de
Platón). ¿Por qué tanto miedo a acabar? ¿Será ese famoso apego de los que
hablan tanto los budistas, el que queramos perdurar, ese no querer "soltarse" de
la vida?
También Platón, a través de su maestro Sócrates, habla en cierta forma de ese
desapego, cuando dice que la filosofía es un aprendizaje acerca de la muerte,
es decir, una aprendizaje que permite que el alma vaya separándose del cuerpo,
en cierta forma también desprendernos de la dimensión material de la vida. Pues
es el alma la que perdura. Y queramos aprender o no a morir, igual morimos,
morimos a cada segundo. Serrat dice en alguna de sus canciones, que le gusta el
canto y el baile pues le hacen olvidarse de la muerte. Sin embargo,
¿esa conciencia, no teórica, no lógica, sino existencial y vivencial de la
propia muerte, nos aporta algo que no sea sólo sufrimiento? Todo depende de cómo
veamos a la muerte. Pero la muerte puede tener el mismo peso o mayor aún,
que la idea del eterno retorno en Nietzsche. No necesitamos vivir como si la
vida se volviese a repetir, pues tenemos la muerte. ¿Y si nos hacemos amigos/as
de nuestra muerte, si la vemos como un acicate que nos habla de nuestra
precariedad, de nuestra brevedad, de que nadie sabe la hora ni el momento, pues
puede llegar en cualquier instante? Si sabemos eso, y repetimos (no como un
saber que nos aplasta e inmoviliza), ¡vive ahora!, pues mañana no se sabe
si no estarás muerto. Y eso no implica necesariamente que cumplamos o queramos
llevar a cabo todos nuestros deseos, sino que simplemente cortemos ese pan,
bebamos ese vino, o que vivamos todo aquello que vivimos hoy, en este instante,
no como quien quiere que pase, sino como quien sólo tiene eso, y ese es el mejor
de sus mundos, o tiene que lograr que sea el mejor de sus mundos, pues mañana no
se sabe.
Estaríamos de acuerdo con Nietzsche en que la idea de la trascendencia,
entorpece, no ayuda, no fortifica los músculos de la vida. Pero quién sabe, es
claramente la idea más influyente de todas. La mayoría de los seres humanos
creen en un Dios (es decir no son ateos) y por lo tanto en la mayoría de los
casos creen en algún tipo de trascendencia, sean cristianos, musulmanes, o
afroumbandistas. La idea de la trascendencia es una idea poderosa. No sólo
en cuanto que la mayoría cree en ella, sino en cuanto ayuda a vivir, ayuda de
alguna manera a soportar el temor a la muerte, a hacer frente al sufrimiento y
la desesperación. No queremos aniquilar esta idea, o ayudar a su aniquilación
(auque esto fuera posible, no es nuestra intención), y menos, si no tenemos la
fuerza luego de sostener los resultados que puede tener esta desaparición. Es
decir, si no nos podemos hacer cargo de las consecuencias. Quizás se trata de
dar una alternativa, incluso, que raramente puede ser sostenida aun al lado de
la idea de trascendencia, puesto que aún si no creemos o no estamos seguros de
"trascender", de que hay un más allá" de esta vida; la idea de que la vida es
breve y de que morimos a cada segundo (sin eterno retorno, aun sin eternidad,
esta vida breve, pero significativa para nosotros), la idea de la muerte lejos
de consumirnos y desesperarnos, puede darnos esperanza.
Nosotros creemos que lo que mata pero con muerte para nosotros indeseable (una
muerte que no elegimos, una muerte que no mata del todo, que nos mantiene vivos
en un sufrimiento sin salida), esa muerte que no deja descansar, es la pérdida
de esperanza, entendiendo la esperanza como la posibilidad a secas, o como la
posibilidad de otro horizonte posible. Es la ausencia de otro horizonte posible,
dentro del horizonte de la vida, que es al menos nuestro límite. Pero siempre
hay posibilidad de otra mirada. Para Funes el memorioso, (personaje
de un cuento de J.L Borges, que aparece en Ficciones) su accidente en el
caballo que lo dejó además de tullido, sin capacidad de pensar (es decir de
generalizar, nos dice Borges) era para el personaje, "lo mejor que le había
pasado en su vida". Todas las cosas que recordaba Funes, todas las que podía ver
(aunque este personaje sea strictu sensu imposible) le dieron una vida
vertiginosa, consideraba que su anterior vida era pobre al lado de la de ahora:
una impresionante capacidad de "mirar" y recordar la "realidad".
Claro que hay un límite, pero ese límite también lo podemos dar nosotros.
Nosotros si llegamos a esa muerte que no queremos, la muerte que no nos deja
descansar, que no nos da horizontes, a esa muerte en vida, siempre podemos optar
por esa automuerte
(que las religiones que creen en la trascendencia no permiten), que nos lleva a
la otra muerte, que vista desde la desesperación, es una fuente de liberación y
descanso. Hasta en ese momento, dentro del horizonte de la vida, hay una chance,
hay una esperanza, podemos acabar con todo, podemos morir. Y esto está muy lejos
de ser una posición pesimista, es un defensa de la vida, hasta donde ésta sea
tolerable para el existente, que es, en definitiva, quien más importa, pues esta
decisión de vida o muerte, que implica un modo de respuesta radical a la
pregunta si la vida vale la pena ser vivida, como decía Camus, en su
Mito de Sísifo, nadie nos la puede quitar. Nadie es propietario de
nuestra propia vida, ni el Estado, ni la pareja, ni los hijos, ni Dios. Por eso
nosotros somos partidarios de la eutanasia, y no ya del suicidio, pues es una
palabra con connotaciones negativas, sino de una "automuerte" (realizada por uno
mismo o con ayuda de otros, pero a partir de una decisión propia, de una persona
en situación de poder elegir).
La persona tiene que poder determinar para sí, qué es vida, y lo que ya no lo
es. Para nosotros, cuando no hay esperanza, eso no es vida, por ejemplo. Cuando
ya el sufrimiento es mucho, y la balanza va casi toda de ese lado, y no hay
esperanza de salir de esa situación, eso no es vida. En fin, esta defensa
irracional de la vida que ha hecho Occidente (cuando por otro lado se fomenta la
guerra y la destrucción), asentado en bases judeocristianas, a como de lugar,
nos parece nefasta y lo más irracional de todo. El ser humano tiene derecho a
anticipar su muerte natural cuando ya no soporta su vida. Habría que poder
distinguir este tema como problema filosófico, o como la decisión más radical
que puede tomar el ser humano, del tema psicológico, o de la enfermedad mental.
Es un tema delicado y del que no queremos extendernos aquí, pero la muerte es
también un derecho, no sólo una condición natural que llega por sí sola.
Hay sufrimientos de los que se salen airosos, pero otros que aniquilan si
aniquilar del todo (nos referimos tanto al plano físico como al psicológico o
espiritual), y nadie tiene derecho a pedirle a otro que sostenga esta situación
cuando ni el mismo lo haría, o cuando ni siquiera puede imaginarse esa
situación, ponerse en el lugar del otro.
Cuando es mejor estar muerto que vivo, el ser humano puede por su propia
voluntad decir que sí a la muerte, como lo más esperanzador que tiene, como lo
único que le queda, si es que no queda nada, o si es que lo que queda no lo
soporta.
Y EL PENSAMIENTO DE LA VIDA
“Que vuestro morir no sea una blasfemia contra el hombre y contra la tierra,
amigos míos: esto es lo que yo pido a la miel de vuestra alma”
Así
habló Zaratustra
Creemos que el texto anterior debe ser respondido de alguna manera por
Nietzsche, o dicho de otra manera, por nuestra interpretación de Nietzsche. Lo
que antecede aparece como un intento, aproximado al menos, de una "refutación"
de la idea del eterno retorno nietzscheana en su sentido ético-existencial, tal
como la venimos tratando hasta ahora. En el aforismo 278 de La gaya ciencia
Nietzsche trabaja sobre nuestro tema bajo el título: El pensamiento de la
muerte. No podemos tratar aquí la idea de muerte en Nietzsche, porque sería
ahora mismo imposible. Pero este texto es sumamente interesante que lo
analicemos, porque allí creemos que está la clave de por qué no le basta a
nuestro autor con la idea de la muerte para vivir en el sentido que plantea el
eterno retorno. Vamos a citar este aforismo que no tiene desperdicio y que
muestra en todo su esplendor la capacidad literaria de nuestro autor:
El pensamiento de la muerte.
Siento una melancólica felicidad al vivir en medio de esta maraña de
callejuelas, de necesidades, de voces: ¡cuánta fruición, impaciencia y apetito,
cuánta vida sedienta y embriaguez de vida sale a la luz en cada instante! Y, sin
embargo, ¡qué gran silencio reinará pronto alrededor de todos esos hombre
ruidosos, vivos y sedientos de vida! ¡Cada uno de ellos lleva tras de sí su
sombra, su oscuro compañero de camino! Es siempre como en el último instante
previo a la partida de un barco de emigrantes: tienen más que decirse uno a
otros que nunca, el tiempo apremia, el océano y su vacío silencio esperan
impacientes detrás de todo ese ruido, tan ávidos, tan seguros de su botín. Y
todos, todos piensan que lo que han tenido hasta ese momento no es nada, o es
poco, y que el futuro cercano lo es todo: ¡y de ahí esa premura, ese griterío,
ese ensordecerse unos a otros y aprovecharse unos de otros¡ Todos quieren ser
los primeros en este futuro, ¡y sin embargo la muerte y el silencio de los
muertos es, de ese futuro, lo único seguro y lo común a todos¡ ¡Qué raro que
esta única seguridad y comunidad no tenga casi poder alguno sobre las personas,
y que de nada estén más lejos que de sentirse como la cofradía de la
muerte! ¡Me hace feliz ver que los hombres no quieren en modo alguno pensar el
pensamiento de la muerte! Me gustaría emprender algo que les hiciese cien veces
más digno de ser pensado el pensamiento de la vida (GC:268, las cursivas
no son nuestras).
Hermoso texto que
presenta en forma condensada, lo que es para nosotros la esencia del pensamiento
del retorno: justamente esa idea que se le aparece a Nietzsche como
cien veces más digna
de ser pensada que el pensamiento de la muerte; el pensamiento de la vida. La
vida del instante, el del aquí y ahora. Precisamente en este texto también se
muestra la relatividad del tiempo, la voracidad del pasaje y el transcurso, esa
insatisfacción también descripta por su maestro Schopenhauer del deseo que se
consume a sí mismo en su querer siempre más y nunca contentarse con lo que se
tiene. Lo mejor está mañana, está por venir, pero el futuro no existe, y el
pasado ya no es, y el presente es sólo un pretexto que espera por algo mejor y
que tampoco vale por sí mismo. Lo único seguro es la destrucción, el desgaste y
la muerte. Todos llevamos tras de nosotros la amenazante sombra de la muerte,
pero vivimos gracias al olvido
(el olvido es lo más
sano,
siempre va en sentido de la fuerza)
de esa
compañera segura. Podemos escuchar ese bullicio y ese griterío, ese entusiasmo
de los emigrantes previos a la partida (imagen tan perfecta y bella, por otra
parte, de lo que quiere significar nuestro filósofo), gracias al olvido.
Griterío
de la vida, frente a su opuesto, el
silencio de la
muerte. Luz de la vida, frente a la oscuridad de la muerte. La muerte no alcanza
a tener poder alguno sobre los vivos, siendo en realidad la única que tiene
seguramente poder sobre ellos, entendida como muerte final, límite total sobre
nuestra vida, acabamiento. Lo más digno de ser pensado, es precisamente lo que
aparece en el aforismo 341 de La gaya
ciencia,
el eterno retorno como posibilidad.
La vida que se afirma a sí mismo en el olvido de la muerte próxima. Incluso
frente a la muerte, como recomienda...el hijo de Kenztaburo Oé
a su abuela, "que tengas una buena muerte". Quizás lo mismo recomendaría
Nietzsche aunque por distintas razones. Que tengas una buena muerte, como
parte de la vida, que llegues lo mejor posible a tu muerte, como si esta se
fuera a repetir. Pues aun en este instante se trata de afirmar la vida, y no de
negarla, aunque se vaya a acabar, pues mientras no se acaba es vida, y así
la quiero
como dice en el Zaratustra.
Nuestra posición es que la muerte nos permitiría vivir con la intensidad que
promueve la idea del eterno retorno, pero Nietzsche difiere de esta idea.
Parecería que hay que olvidar la idea de la muerte, porque inmoviliza, porque
frente a ella todo pierde sentido. Forma parte de la salud el olvido también de
la muerte, pues lo que hay que afirmar es la vida, aunque la vida no es sin el
trasfondo de la muerte. El bullicio sin el silencio, la luz sin la oscuridad. La
voluntad de poder se paraliza frente a la muerte, entendida como pasado en el
Zaratustra, comprendida como un determinismo sin libertad. El
como si
del eterno retorno afirma la vida y no la muerte, el peso en la muerte nos
enfrenta a la irreversibilidad. El eterno retorno quiere poner el acento en la
reversibilidad de la irreversibilidad, aunque parezca un juego de palabras
contradictorio. Así fue, peor así lo quise,
como dice Nietzsche en De
la Redención
del Zaratustra.
Aun frente a lo que no puedo cambiar, lo que puedo hacer es elegirlo, como si se
fuera a repetir. El eterno retorno nos pide responsabilidades. La muerte no nos
deja espacio para la responsabilidad, sólo para la aceptación, resignación, algo
que quiere rechazar el superhombre. El acento está en el
puedo,
no en el ya no puedo, o ya no voy a poder más, de la muerte.
La muerte es una voluntad de no poder,
cuando lo que se trata de afirmar es la voluntad de poder. Dentro de las ideas
posibles del tiempo, o de las formas posibles de relacionarnos con el tiempo, es
sin lugar a dudas la idea del eterno retorno,
la más consustancial a la idea de la voluntad de
poder. Es en
ese sentido que a Nietzsche no le interesa poner el acento
en el pensamiento de la muerte, sino en el
pensamiento de la vida. ¡Que se repita!,
incluso la muerte,
porque si se repite no es muerte del todo, es vida, entonces
puede.
Y EL PENSAMIENTO DE LA MUERTE…
Pero lo cierto es que la muerte y la idea de la muerte están allí presentes
desde los albores de la humanidad y entre tantas definiciones posibles de lo
humano, quizás esta sea una, nos caracterizamos por ser los seres que pensamos
el pensamiento de la muerte. Porque como bien lo muestra Unamuno: "(...) tú y
yo y Spinoza, queremos no morirnos nunca, y que éste nuestro anhelo de nunca
morirnos es nuestra esencia actual" (1990:6). Unamuno se empeña en pensar el
pensamiento de la muerte, y nos deja unos de los textos más hermosos y
quizás “escalofriantes” sobre es sentimiento trágico:
Recógete, lector, en ti mismo, y figúrate un lento deshacerte de ti mismo, en
que la luz se te apague, se te enmudezcan las cosas y no te den sonido,
envolviéndote en silencio; se te derritan de entre las manos los objetos
asideros, se te escurra de bajo los pies el piso, se te desvanezcan como en
desmayo los recuerdos, se te vaya disipando todo en nada y disipándote también
tú, y no aun en la conciencia de la nada te quede siquiera como fantástico
agarradero de una sombra (:25).
La verdad es que la humanidad no ha podido dejar de pensar el pensamiento
de la muerte. Esto lo muestra un con una radicalidad impresionante, un
poema perteneciente a una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad;
Gilgamesh o la angustia por la muerte (2000). Fue encontrado en las ruinas
de Nínive, entre las tablillas de una colección de obras literarias conocida
como la Biblioteca de
Asurbanipal de Asiria, que reinó del año 668 al 627 AC.
Antes de ser raptado por la imaginación popular, Gilgamesh era un personaje
histórico de carne y hueso. Gilgamesh es presentado como un rey que tiene una
verdadera obsesión por la muerte. Gligamesh rey tiránico y en este sentido
deshumanizado, inicia un proceso de humanización por la amistad de Enkidú,
pero deberá vivir la muerte de su amigo para tomar conciencia de la
intrascendencia humana y lograr el fracaso de su intento de la inmortalidad. La
angustia del hombre intrascendente por la muerte, presente en todas las épocas
de la humanidad, está pintada en el poema acadio con trazos de una verdad
profundamente humana. Vayamos a ver sólo algunos fragmentos del poema para
relacionarlos con nuestra problemática:
Gilgamesh “vive” la muerte, a través de la muerte de su amigo Enkidú:
Por su amigo, Enkidú
Gilgamesh
Lloraba amargamente y erraba
por la estepa.
¿No moriré acaso yo también
como Enkidú?
Me ha entrado en el vientre
la ansiedad.
Aterrado por la muerte,
vago por la estepa (2000:137).
En otra oportunidad dice:
Enkidú a quien tanto amé,
quien conmigo pasó tantas pruebas,
Llegó a su fin,
destino de la humanidad¡
Seis días y siete noches lloré por él,
y no le di sepultura
hasta que de su nariz
cayeron los gusanos.
¡Tengo miedo a la muerte y aterrado
vago por la estepa!
¡Lo que le sucedió a mi amigo
me sucederá a mí! (...)
¿Cómo podría callarme yo,
cómo quedar silencioso?
Mi amigo,
a quien amaba,
Ha vuelto al barro;
Enkidú, a quien amaba,
Ha vuelto al barro.
¿No habré yo de sucumbir, como él?
Nunca jamás me habré yo de levantar ?
(2000:153, las cursivas no son nuestras).
Vivimos la muerte como fatalidad, como fin de todo. Y no se trata sólo de la
muerte como dice Epicteto, sino de la interpretación que le damos a la muerte.
No podemos vivenciar la propia muerte, pero la “vivimos”, la “recreamos” a
través de la muerte de los otros, de los que queremos. Allí comprendemos, por
evidencia, por un simple mecanismo de deducción, que aquello que le paso a él o
a ella, mi amigo, un igual que yo, puede sucederme a mi. Allí comprende el héroe
la intrascendencia de la vida. Todo pasa, todo tiene un fin, todo retorna a
aquello de donde vino, el barro, la sustancia inorgánica.
Nos lamentamos que todo sea así, que todo termine en nada. Una muerte que puede
ser súbita, inesperada. En el fondo nos creemos inmortales, hasta que
presenciamos la muerte de los otros...
(Se quiebra) aun el joven lleno de salud, aun la joven llena de salud.
................
No hay quien haya
visto la muerte.
A la muerte nadie
Le ha
visto la cara.
A la muerte nadie
Le ha oído la voz.
Pero, cruel, quiebra la muerte
a los hombres.
¿Por cuánto tiempo
construimos una casa?
¿Por cuánto tiempo
sellamos los contratos?
¿Por cuánto tiempo
los hermanos comparten lo heredado?
¿Por cuánto tiempo
perdura el odio en la tierra?
¿Por cuánto tiempo sube el río
y corre su crecida?
Las efímeras que van a la deriva
sobre el río,
(apenas) sus caras ven
las caras del sol,
cuándo, pronto,
no queda ya ninguna.
(2000:160-161, las cursivas no son nuestras).
A la muerte nadie le ha visto la cara, la muerte es algo desconocido y por eso
le tememos, sólo vemos a aquel cuya muerte nos impacta y por eso sabemos que a
nosotros también nos ha de pasar. La muerte tiene que ver con la sucesión del
tiempo, el paso del tiempo, que hace todo efímero, no perdurable, que implica
pasaje, desgaste y finalmente muerte. ¿Si todo pasa, si nada queda, cuál es
entonces el sentido de la existencia? Este problema se lo van a plantear los
presocráticos, y de alguna manera va a ser retomado por Nietzsche. El hombre de
la Grecia antigua, el hombre de todas las épocas que de alguna
manera recogen esa tradición, esa problemática, se siente de alguna manera
frustrado ante el fluir del tiempo, ante la incapacidad de retener el fluir, el
pasaje de las cosas. Si todo fluye, si todo pasa, ¿qué sentido tiene la
existencia?, se preguntaba Anaximandro. ¿Algo permanece en el eterno fluir? ¿Y
si lo que permanece es el fluir mismo? ¿Si el ser es devenir, como finalmente
concluye el Nietzsche heracliteano? Desde un punto de vista ontológico una
manera de entender lo permanente en el eterno fluir, es precisamente el eterno
retorno.
Gilgamesh busca la planta de la eterna juventud, la encuentre pero una vez que
se duerme se la roba la serpiente, que inmediatamente cambia de piel. El hombre
ansía desde tiempos ancestrales, impedir el paso del tiempo y el desgaste,
recuperar la juventud perdida, el vigor. Sobre todo impedir que el tiempo pase,
lograr la juventud eterna.
De alguna manera, la temática del eterno retorno de lo mismo, se coloca, se
pone, en el marco de esta necesidad. Si todo lo que vivimos, se vuelve a
repetir, la muerte existe, pero no es absoluta. Volvemos a vivir y a morir y así
infinitamente, en la rueda del tiempo. El eterno retorno de lo mismo, se
transforma así, en una forma de pervivir, de ser eterno en el tiempo,
aunque sea como posibilidad, como pensamiento que pone su acento en la vida, y
no en la muerte. ¿Pero puede la muerte y el pensamiento de la muerte entenderse
como un modo de salvación o de liberación del dolor? ¿Qué piensa Nietzsche sobre
esto?
POR UNA MUERTE LIBRE
La idea de la “muerte libre”, es un concepto bien interesante que aparece en el
pensamiento nietzscheano y sobre el que queremos abundar un poco. Hay dos textos
en los que nos vamos a apoyar, uno es el “De la muerte libre” de Así hablo
Zaratrustra (Za, pp.118-121) y el otro es “Moral para médicos” de El
crepúsculo de los ídolos (CI, pp.116-117). En éste último texto dice
Nietzsche: “Morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo. La
muerte elegida libremente, la muerte realizada a tiempo con lucidez y alegría,
entre hijos y testigos: de modo que aún resulte posible una despedida real, a la
que asista todavía aquel que se despide”(:116). En este sentido, el
filósofo que pide atención a la vida, está de acuerdo con la muerte elegida, una
muerte digna, aquella muerte que no constituya una objeción contra la vida.
Es partidario también, en este sentido, de una “automuerte”, una muerte libre, y
no una muerte a “destiempo”, esto es, una muerte no elegida. Y esto es por amor
a la vida y no a la muerte. En este sentido estaría habilitando el suicidio,
como una forma más bien de eutanasia: “No está en nuestras manos impedir haber
nacido: pero este error-pues a veces es un error-podemos enmendarlo. Cuando uno
se suprime a sí mismo hace la cosa más estimable que existe: con ello
casi merece vivir…”(:117). Se trata el suicidio en este caso, de una defensa de
la vida a ultranza, hasta donde esta vale la pena ser vivida, esto es a lo que
se refiere Zaratustra cuando habla de morir a tiempo: “Muchos mueren
demasiado tarde, y algunos mueren demasiado pronto. Todavía sueña extraña esta
doctrina: “¡Muere a tiempo¡””(:118). Morir a tiempo es lo que Zaratustra enseña,
nos dice Nietzsche. El eterno retorno necesitó a un maestro, necesitó a
Zaratustra. Ese maestro necesito una muerte que afirme la vida, un vivir la
muerte tal y como “si se fuere a repetir”, una muerte que nos permita afirmarnos
a nosotros en la vida. Tratar de que “no se malogre el morir”, de eso se trata.
Estamos convencidos junto a Zaratrusta de ello. Termina diciendo:
Que vuestro morir no sea una blasfemia contra el hombre y contra la tierra,
amigos míos: esto es lo que yo le pido a la miel de vuestra alma.
En vuestro morir deben seguir brillando vuestro espíritu y vuestra virtud, cual
luz vespertina en torno a la tierra: de lo contrario, se os hará malogrado el
morir.
Así quiero morir yo también, para que vosotros, amigos, améis más la tierra, por
amor a mí; y quiero volver a ser tierra, para reposar en aquella luz que
me dio a la luz
EL PENSAMIENTO DE LA VIDA,
Y EL PENSAMIENTO DE LA MUERTE
Nietzsche no quiere que el centro de nuestra vida gire alrededor del pensamiento
de la muerte, quiere evitar lo “reactivo” de este pensamiento, lo inmovilizante
de sus consecuencias, sin embargo, el tuvo que pensar el pensamiento de la
muerte, porque por un lado, no puede existir un pensamiento de la vida sin el
pensamiento de la muerte y por otro, el somos cuerpo de
Nietzsche implica también una conciencia de nuestra finitud y nuestra
precariedad y por otra parte el dolor y la muerte lo rodearon desde muy pequeño.
Queremos volver otra vez hacia aquellos que sufren, aquellos que pasan por una
situación límite de enfermedad y de dolor en sus vidas y que pierden la
inocencia de los “sanos”, esa ingenuidad, existencial y no lógica sobre la
seguridad de que lo que nos espera mañana es la vida y no la muerte,
aunque de hecho todos en algún momento de nuestras vida perdemos esa inocencia.
Se nos ocurre pensar en aquellos que deben vivir a partir de la conciencia de
que no hay futuro, que lo único que les queda es el aquí y ahora. Y hay que
pensar cómo se puede seguir viviendo después de haber perdido esa confianza en
la salud y en la vida. Repito, Nietzsche quiere pensar un pensamiento 100
veces más digno de ser pensado que el pensamiento de la muerte, pero él estuvo a
atravesado por este pensamiento. Creemos que lo que quiere Nietzsche es
afirmarse en el pensamiento de la vida a pesar de toda su muerte. Tenemos
que pensar y Nietzsche nos puede ayudar en eso, cómo desde el dolor, y la
extrema vulnerabilidad, se puede seguir pensando en el pensamiento de la
vida. Y ése es sin lugar a dudas un acto de heroísmo. Es un acto de
heroísmo, pensar el pensamiento del eterno retorno, que es el pensamiento
más horrible de ser pensado para alguien que sufre y es conciente de la
vulnerabilidad de todo de lo humano.
Pues no hay pensamiento más vital que el pensamiento del “sobreviviente”, ni
vida más intensa que la del que tiene conciencia de la muerte y con ella de la
precariedad de la existencia humana. Si este pensamiento no le aplasta claro
está, o inmoviliza, puede constituirse en un motor para el vivir más intenso.
Porque frente a la muerte hay que buscar las fuentes de la vida, frente al dolor
las fuentes del placer. La concomitancia de existencia y significado que
nos exige el eterno retorno, nos recuerda que para vivir, necesitamos, de la
risa, de la danza, del arte, pero también de la amistad, el amor, la
solidaridad, la compasión (esto último va más bien por nuestra cuenta).
Sólo el niño es capaz del santo decir si, y del olvido que requiere una vida a
partir del eterno retorno. Pero el trasfondo de valoración de la figura
del niño surge de la superación de la vida del camello y del león.
Sólo se llega a ser niño luego de haber superado la idea de la muerte como
carga, y después de haber sido capaz de comenzar a crear un sitio y una actitud
desde donde sea posible crear nuevos valores (y esto es lo que pretende el
eterno retorno, como idea ético transformadora). Podrìamos seguir hablando de la
figura del niño como aquel que no carga con el pasado, como aquel que es capaz
de mirar la vida dejando de lado la mala conciencia y el resentimiento. El niño
es el que es también capaz de olvidar, pensemos en los niños que aunque rodeados
por la muerte, la violencia, y el hambre, aun son capaces de seguir siendo
niños, de mostrar la despreocupación y alegría de vivir,
Las tres palabras del ideal ascético representado por el Camello en las Tres
transformaciones son la pobreza, la humildad y la castidad. Frente a
ellas, el niño representa la riqueza, en el sentido de abundancia de vida,
orgullo en el sentido de fuerza, capacidad de instaurar valores, y goce en el
sentido de juego, creación, plenitud y placer.
Pero el eterno retorno del niño no es negación del la muerte, y del sufrimiento,
sino de lo reactivo que puede generar esos pensamientos, si se piensan de una
manera nihilista. El pensamiento del eterno retorno debe ser pensado
en Nietzsche para ser justos con la radicalidad de su pensamiento, como el sí
quiero a la vida, desde el trasfondo de la muerte. Por eso hay que vivir una
vida, es que no sea necesario el suicido, hay que vivir una vida capaz de
pensarse la eternidad para cada cosa, hay que vivir una vida…, la cosa
más difícil. Y el pensamiento del eterno retorno también debe pasar por
las tres transformaciones y ser capaz de decir si a la vida con
todo su dolor, y ser capaz de decir si al placer con todo su displacer, es
decir, ha de poder llegar a ser niño para ser querido. Pues si se ha dicho si a
un placer, se ha dicho sí a un dolor, todo está trabado, enamorado
como se dice en el Zaratustra. Así como el placer está
trabado al dolor, la muerte a la vida, cuando le digo sí a la vida, le
digo sí a la muerte. Sin embargo el peso de la existencia debe estar orientado
en lograr una mejor vida, una vida ascendente, una vida a partir del sentimiento
de la fuerza a pesar de toda su debilidad. Lo que nos pide Nietzsche a
través de la idea del eterno retorno es la cosa más difícil del mundo, y que
refleja el pensamiento trágico en toda su profundidad. Por eso debemos pensar el
pensamiento del eterno retorno en su más extremo abismal, recordar
siempre el eterno retorno de los que sufren de los que se enferman, de los que
pasar por una situación límite de los que están en medio de la muerte y el
dolor. ¿Cómo decir da capo, otra vez a todo, como dice Nietzsche en MBM
después de esto? En ello, creo que se nos presenta una de los retos más
importantes que podemos pensar a partir de Nietzsche. Pensar el pensamiento
de la vida, ligado al pensamiento de la muerte, pensar el pensamiento del placer
ligado al el dolor. Pasar la prueba del eterno retorno, implica afirmar la
vida con todo lo que ella tiene. El reto más difícil es para quienes sufren y
tienen a veces como última esperanza a la misma muerte. Y en esto nos
parece constituye la piedad del filósofo o de la filósofa trágica y la
vez su mayor acto de heroísmo: en tratar de seguir pensando el pensamiento de la
vida en su más extrema negación, como fue la vida de Nietzsche, sin recurrir al
mundo de la trascendencia. Ése el gran reto que nos deja Nietzsche, como
pensar la salud sin negar la enfermedad, el placer sin negar el dolor, la
alegría sin volverle la cara a la tristeza. Cómo pensar la vida, como afirmar la
vida, que implica afirmar también toda su muerte y dolor.
No hemos de sufrir por el dolor, y la muerte, por las grandes batallas, que nos
dejan como legado el ser ese que somos, la vida ésta que tenemos. Esto implica
ingresar la tragedia a nuestra vida, la conciliación de los opuestos en
el mismo sentido que lo propone Heráclito. La idea del eterno retorno,
supone una idea de sabiduría, precisamente la sabiduría trágica (ver, EH,
78). Volvemos entonces a considerar a la filosofía como amor a la sabiduría,
pero también como sabiduría del amor. Amor (philein), como aquello que
concilia y une, no separa, integra. También amor como deseo de lo que no se
posee, de una sabiduría (sophia), que debemos conquistar continuamente,
porque nuevamente la tenemos que perder, ¿qué es lo que debemos conquistar? La
sabiduría de la aceptación, del querer lo que somos, en todo su espectro, del
querer el querer, pues ese es el motor de toda existencia. En aceptar la vida, y
afirmarla en todas sus circunstancias, no sólo aceptarla sino amarla (amor
fati). El filósofo trágico, ha de enseñar a amar la tierra, a
no negar el dolor y la enfermedad; a saber que la salud es algo que se conquista
y no que se tiene (ver EH: 106), pues una y otra vez ha de entregarse la salud,
para obtener una nueva y más poderosa que no supone para nada la ausencia de
enfermedad.
Dice Nehamas:
..si nuestra vida requiere una salvación, debe encontrarla ahora, no en un más
allá concreto. El “otro” mundo constituye para Nietzsche tanto una imposibilidad
conceptual como una engañosa falsedad (:190)
La idea del eterno retorno está muy ligada a la idea de sabiduría trágica.
Nos remonta a la filosofía de los antiguos griegos, en donde no se veía a la
filosofía sólo como teoría, sino como el acuerdo entre el pensamiento y vida.
Nietzsche accede a la filosofía, no por la puerta de las “especulaciones
metafísicas”, sino a través de una concepción profunda de la vida filosófica. La
voluntad del filósofo es una voluntad de crear, es una voluntad de poder. Este
filósofo- creador es un filósofo artista; la filosofía como un modo de vida
trágico, a servicio de la afirmación y la voluntad de poder. Algunos pondrían
como objeción a su filosofía, la locura de Nietzsche,
más bien queremos hacer notar que si bien tuvo que soportar los más terribles
sufrimientos desde muy joven, llegó a elaborar una filosofía que se permite
pensar como acto supremo de afirmación de la vida la idea del retorno. De
esta manera transformó a través de su obra una “biografía de sufrimiento” (Lou
Andreas Salomé) en un “himno a la vida”. Pues hay que poder pensar en la
posibilidad del eterno retorno en su extremo más terrible, el eterno retorno del
sufrimiento, la enfermedad, y la desdicha. Creemos que la idea del eterno
retorno como posibilidad y como filosofía de la vida, ahora sí en un sentido
literal, filosofía de la vida y hacia la vida, como ética práctica, ayudaría a
mejorar la vida. Nos daría un argumento fuerte, no cristiano, para evitar el
suicidio, para vivir plenamente, para responsabilizarnos totalmente de lo que
somos. Pero también un argumento fuerte en favor de la eutanasia, para suspender
la vida, cuando ya no es vida.
El eterno retorno de todas las cosas implica según Salomé, la divinización del
filósofo creador:
Solamente la voluntad redentora del superhombre le confiere al universo un fin y
un “sentido”; el circuito que es el eje en torno al cual gravita el universo
todo; por él la idea del Eterno Retorno deja de ser un hipótesis y se transforma
en realidad (2000:146).
Sólo el superhombre, que podemos ser cualquier de nosotros, es capaz de vivir
esta filosofía del eterno retorno de lo mismo, dar fin y sentido, plenitud a la
vida, porque en definitiva vivir, vivir a fondo, en un acto supremo de
afirmación de la voluntad creadora.
En este contexto, pensamos que no somos originales al decir que la tarea
fundamental de la filosofía, a través de la idea del eterno retorno, se presenta
como el problema o el tema de nuestra humana condición, el sentido de la vida, y
de la muerte, desde nuestras condiciones actuales y particulares de vida. No
podemos dejar de posicionarnos, filosóficamente hablando, frente a las grandes
interrogantes del ser humano de todas las épocas, las preguntas que abre
este texto de Anaximandro citado por Nietzsche que tiene más de 2500 años :
¿Qué hay de valor en vuestra existencia? (...) ¿para qué existís? (…) ¿Quién
será capaz de liberarnos de la maldición del devenir?
(Nietzsche cita a Anaximandro, FTG, 2001: 54)
¿Cómo queremos vivir, entendiendo y partiendo de que la muerte está presente de
diversas maneras en nuestra vida? ¿Cómo entender nuestra finitud y la de
nuestros semejantes?, ¿cómo relacionarnos con el continuo devenir, desgaste,
pero también novedad, de nosotros y todo lo que nos rodea? ¿Cómo relacionarnos
con la idea de que vamos a pasar, cómo entender la idea de perdurar, si es que
tenemos necesidad de perdurar? ¿Cómo relacionarnos con nuestros semejantes
para tener una mejor vida? Las preguntas serán las mismas, pero cada
época, cada ser, cada filosofía, deberá responderlas de su propia manera,
y a partir de su propia circunstancia.
¿Quién será capaz de liberarnos de la maldición del devenir?, un modo de
enfrentarse a este problema, es y ha sido la idea del ETERNO RETORNO DE LO MISMO
como perspectiva.
Bibliografía
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Unamuno Miguel
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1990: Del
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Dra. en Filosofía por
la UNAM
con una tesis sobre Nietzsche sobre el eterno retorno de lo mismo,
profesora efectiva con dedicación total en Historia de las Ideas y
Filosofía de la Facultad de Humanidades y
Ciencias de la
Educación, perteneces al Sistema Nacional de
investigadoras nivel 1, Directora del mismo Dpto. Autora del libro “La
construcción de la identidad en América Latina. Una aproximación
hermenéutica”, 2004, Montevideo, Nordan y del libro “El eterno retorno
de lo mismo o el terror a la historia”, Nordan Comunidad, Montevideo,
2008.
Véase en el
Za, el capítulo titulado De la Redención, donde
Nietzsche trabaja el tema del resentimiento en relación al pasado.
Y el no perdurar no implica que seamos efímeros.
Y me refiero a "automuerte" como también se puede decir cuando se hace
referencia a la muerte de Sócrates, para evitar las connotaciones
negativas que puede tener el término suicidio.
Somos conscientes que esta afirmación es muy amplia, y decidir los
parámetros desde el cual definir esta situación no es nada sencillo.
Japón 1935, galardonado con el premio Nóbel en 1994.
Ver el
capítulo de las Tres transformaciones que aparece al comienzo del Za.
Nos
referimos a la tercera formulación del eterno retorno de lo mismo en MBM
(: 87
Sobre una refutación contundente sobre idea de que lo que
explicaría la filosofía de Nietzsche sería su enfermedad y de esa manera
se vería invalidada, ver Mazzino Montinari, 2003: 21.
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