Carlos Astrada
"Nietzsche y la crisis del irracionalismo"
Editorial
Dédalo, Buenos Aires, 1960
CAPÍTULO
V
LOS
"ESTUDIOS HISTÓRICOS" Y LA VIDA
En
este período de su desenvolvimiento intelectual y laborioso aporte de elementos
para su Weltanschauung, a que nos venimos refiriendo, Nietzsche
trata de formular y cimentar un ideal de la cultura en función del fomento y
desarrollo de la personalidad creadora, de las grandes individualidades. Su
exaltación del artista trágico, para el que reclama condiciones estimulantes y
un clima espiritual y estético propicio, así como su búsqueda y apasionada
petición de modelos humanos educadores, en lo artístico y en lo intelectual,
tienden deliberadamente a aquel fin, es decir, a revitalizar la cultura alemana
de esta época, a infundirle nueva savia, a centrarla en las exigencias del
presente y a la vez dotarla de sentido prospectivo. Para alcanzar este propósito
era necesario superar serios obstáculos; había que luchar contra el tipo del
filisteo, del supuesto representante de la verdadera cultura, al que Nietzsche
lo veía encarnado en David Strauss, y sobre todo combatir la hipertrofia de la
cultura histórica, cuya preponderancia tiene un efecto depauperante sobre la
vida, paralizando la iniciativa espiritual del hombre; consecuencias bien graves
que resultan de la manera, entonces en boga, de considerar las disciplinas históricas,
y cultivarlas. A este problema, a este verdadero escollo que impedía el
desarrollo, la progresión viviente y fecunda de la cultura, frenando toda
apetencia hacia lo nuevo y original, consagra Nietzsche la segunda de sus Unzeitgemässe
Betrachtungen, titulada: De la Utilidad y del Daño de los
Estudios Históricos para la Vida.
Dilucida
con extraordinaria penetración el carácter y las consecuencias inmediatas y
visibles, como también las remotas y ocultas, del fenómeno apuntado. A
diferencia del animal, cuya vida discurre, conforme a un estático y reducido
ritmo temporal, de una manera no-histórica, el hombre, celoso de
aquél, que al punto olvida y ve morir y extinguirse para siempre en sombra y
niebla cada uno de sus instantes, está condenado a recordar y a doblegarse bajo
el peso, cada vez mayor, del pasado, como si lo agobiase un fardo oscuro e
invisible, que lo inclina hacia un lado y retarda su paso. De esta experiencia
ineludible saca él la convicción de que la existencia es un pasado
ininterrumpido, una cosa que vive de negarse y contradecirse a sí misma, de su
propia destrucción. El hombre niega, en apariencia, esta fatalidad, pero, por
inercia, suele resignarse a ella. Ahora bien, un hombre que quisiera sentir sólo
de una manera puramente histórica se asemejaría a alguien a quien se privase
completamente del sueño. Es posible vivir casi sin recuerdos y hasta vivir, así,
feliz, pero es absolutamente imposible vivir sin olvidar; toda acción exige el
olvido. El exceso de insomnio, de sentido histórico perjudica al ser viviente,
ya sea éste un hombre, un pueblo o una cultura. Para que éstos no se
conviertan en los sepultureros del presente, es necesario determinar el grado de
sentido histórico tolerable y, conforme a él, los límites en que el pasado
tiene que ser olvidado, a fin de permitir a la fuerza plástica de que dispone
un hombre, un pueblo, una cultura, desarrollarse y crecer más allá de sí
misma, de una manera peculiar, transformando e incorporando lo extraño y lo que
le llega del pasado. De acuerdo a esto, la aptitud de poder sentir, en un cierto
grado, de una manera a-histórica tendría que ser considerada como la aptitud más
importante y primaria, por cuanto en ella yace el fundamento sobre el cual únicamente
puede surgir algo grande y sano, algo verdaderamente humano. Sólo mediante la
capacidad de utilizar el pasado para la vida, y de transformar de nuevo lo
acontecido en historia, el hombre llega a ser hombre. Pero entregado a un exceso
de estudios históricos y abrumado por el recuerdo de lo pasado, el hombre cesa
nuevamente de ser y jamás podría retomarse y recomenzar si no pudiese
refugiarse en aquella atmósfera de lo no-histórico. Si él antes no hubiera
estado envuelto en la nebulosa de lo no-histórico, no se habría atrevido a
llevar a cabo acto alguno de significación, de esos que delatan su potencia y
su espíritu de iniciativa, al servicio de la vida.
Hay
que saber olvidar en el momento oportuno, y también, en el momento oportuno,
recordar; saber discernir con instinto vigoroso cuándo es necesario sentir de
manera histórica, y cuándo de manera no-histórica. De aquí deriva, según
Nietzsche, el siguiente principio: "Lo no-histórico y lo histórico son en
la misma medida necesarios para la salud de un individuo, de un pueblo y de una
cultura". La historia, pensada como ciencia pura, devenida soberana, se nos
impondría como una especie de acabamiento de la vida y balance de todos los
hechos y acontecimientos humanos. Contrariamente, la cultura histórica sólo es
saludable y promisoria para el porvenir cuando sigue y se pliega a una nueva y
poderosa corriente de vida, al proceso vivo de una cultura en devenir; es decir,
únicamente cuando ella está dominada por una fuerza superior y no es ella la
que domina y dirige. "La historia, en cuanto está al servicio de la vida,
se encuentra al servicio de una potencia no-histórica, y, por esta razón,
acatando tal subordinación, no podrá ni deberá nunca ser una ciencia pura,
como lo es aproximativamente la matemática". La historia pertenece,
principalmente, al tipo de hombre activo y poderoso, al que ha empeñado sus
fuerzas en una gran lucha, y también al que, necesitando de maestros, de
modelos, de confortadores, no puede encontrarlos entre sus compañeros ni entre
los hombres del presente.
Pero
no sólo en este aspecto, el más seductor quizá, pertenece la historia al
hombre, sino que éste, en razón de su esencia misma, instaura con aquélla
otras relaciones, que son aspectos de dicha pertenencia, y todas ellas delatan
el complejo y delicado problema de la relación fundamental de la historia con
la vida en general, con sus grandes intereses y supremas preocupaciones. Es un
hecho incuestionable que hasta la historia misma decae y su cultivo se vuelve
tedioso y rutinario cuando ella, en vez de mantener un saludable equilibrio con
los intereses vitales, predomina en demasía sobre la vida, y ésta degenera y
se disgrega bajo el peso inerte del pasado. Si la historia debe estar al
servicio de la vida, ésta, a su vez, necesita de los servicios de la historia.
Esta pertenece al hombre, en tanto ser viviente y temporal, bajo tres aspectos:
la historia le pertenece como a ser activo y que aspira, también porque
conserva y venera y, por último, porque sufre y está necesitado de liberación.
"A esta trinidad de relaciones corresponde una trinidad de especies de
historia: si es lícito, distinguir así en los estudios históricos, una
historia monumental, una anticuaría y una historia crítica".
El
hombre activo, obligado a convivir con los débiles y ociosos desesperados, se
vuelve a la historia monumental, tiene necesidad de mirar detrás de sí para no
asfixiarse y asquearse. Su precepto reza: lo que sea capaz de dilatar más el
concepto del "hombre" y realizarlo con más belleza, tendría que
existir eternamente, para eternamente poder realizar esta tarea. No otra es la
idea fundamental que late en la fe en la humanidad, idea que se expresa en la
exigencia de una historia monumental; pero justamente esta
exigencia, de que lo grande debe ser eterno, engendra una de las más terribles
luchas porque todo lo demás, todo lo que vive, responde con un rotundo no,
proclamando, como solución opuesta, que lo monumental no debe surgir. En el
camino que debe recorrer lo sublime, toda grandeza, para alcanzar la
inmortalidad, todo lo que es pequeño y bajo, que llena los rincones del mundo,
tiende sus ardides y obstáculos, para envolver y ahogar en su plúmbea atmósfera
a lo que es grande y noble. Pero la historia monumental, superando estos obstáculos,
es una carrera de antorchas, a través de la cual únicamente la grandeza
triunfa y sobrevive. En este sentido, la gloria es la fe en la homogeneidad y en
la continuidad de lo grande de todas las épocas, es la protesta contra la
transitoriedad de las estirpes y la caducidad.
La
consideración monumental del pasado, la ocupación con lo clásico y raro de épocas
anteriores puede ser útil al hombre del presente, porque este piensa que la
grandeza que ya existió fue ciertamente posible en otra época y que por
consiguiente será posible otra vez. Pero también el cultivo de la historia
monumental no sólo puede acarrear perjuicios y males entre los hombres activos,
con espíritu de iniciativa y poderosos, sino que, sobre todo, sus efectos son más
nocivos para la vida del presente, cuando se apoderan de ella los inactivos e
impotentes, y, podríamos agregar, los eruditos sin alma, sin intuición del
futuro, que, por delatora afinidad, se adocenan en las llamadas "Academias
de Estudios Históricos".
Hasta
el mismo pasado sufre una deformación cuando la consideración monumental del
pasado prima sobre las otras maneras de considerarlo, es decir sobre la anticuaria
y la crítica. Además la historia monumental induce a engaño por
las analogías, y por semejanzas seductoras excita al hombre valeroso a la
audacia, y al entusiasta al fanatismo. Asimismo sus efectos pueden ser
perniciosos y negativos en el dominio del arte, en lo que respecta a la
comprensión y estímulo que requiere toda nueva y auténtica creación artística,
desde que las naturalezas artísticamente débiles o simplemente antiartísticas,
escudadas en la historia monumental del arte, suelen dirigir sus armas contra
sus enemigos hereditarios, los espíritus vigorosamente artísticos, los únicos
aptos para extraer de aquella historia algo para la vida y de transformar lo
aprendido en una elevada práctica. A estos espíritus creadores, temperamentos
artísticamente dotados, es a los que se les cierra el camino cuando se ensalza,
sin comprensión, como único arte verdadero, un monumento de cualquier gran época
pasada. Los que tal hacen poseen, en apariencia, el privilegio del "buen
gusto", aparecen como conocedores del arte, pero en realidad, porque desearían
suprimir el arte, han aprendido que se puede "matar el arte mediante el
arte". Como no quieren que, en arte, se cree nada grande, proclaman enfáticamente
que lo que es grande ya existe aunque esta grandeza les importe tan poco como la
que está en trance de surgir. De este modo, la historia monumental es el
disfraz bajo el que se oculta su odio contra los grandes y poderosos de su época
y que, para despistar, se presenta como profunda admiración por los grandes y
poderosos de épocas pasadas. Merced a esta máscara, "ellos truecan el
sentido peculiar de esta manera de considerar la historia en su opuesto, como
si, lo sepan o no, su divisa fuese: Dejad a los muertos enterrar a los
vivos".
La
historia pertenece también al hombre que conserva y venera, al que es fiel a su
pasado y con amor vuelve su mirada hacia el lugar de donde es oriundo,
experimentando un piadoso reconocimiento por haber advenido en él a la
existencia. Esta disposición caracteriza a la historia anticuaria.
El espíritu de conservación y veneración del hombre anticuario sirve a la
vida cultivando devotamente lo que existe desde antiguo, porque así él logra
conservar para sus sucesores las condiciones bajo las cuales ha nacido. Reviste
de dignidad y torna intangible lo pequeño, lo limitado, lo vetusto con su pátina,
haciendo de ello su hogar, transformándose en nostálgico inquilino del pasado.
La historia de su ciudad nativa llega a ser su propia historia. El hombre con
alma anticuaria es el tipo opuesto del que se deja seducir por el espíritu de
aventura, por el prurito migratorio, actitud proclive que, cuando es un pueblo
el que la adopta, puede llevarlo a ser infiel a su pasado, a una incesante búsqueda
de lo nuevo con sello cosmopolita, a complacerse en lo exótico. Este es, por
otra parte, el peligro a que están expuestos los pueblos jóvenes, de corta
tradición, sin instituciones totalmente cimentadas en su idiosincrasia, es
decir pueblos que todavía no han llegado a la plenitud de sentido histórico y
que, por lo mismo, no pueden pregustar el bienestar que siente el árbol en sus
raíces".
Por
su carácter mismo, el sentido anticuario, ya lo posea un hombre, una comuna o
todo un pueblo, tiene siempre una perspectiva muy limitada, quedando cerrada
para él la visión de lo universal, y lo poco que abarca en su horizonte lo ve
en una excesiva proximidad, aislado y fragmentado. De aquí que, impotente para
medir y diferenciar, asigne a todo lo que discierne en su ámbito la misma
importancia, desde que no podría evaluar con justicia las cosas del pasado en
su relación recíproca porque carece de criterio valorativo y de proporción.
Debido a este estrechamiento de su horizonte y a las anejas deficiencias o
limitaciones, ya apuntadas, a la consideración anticuaria de la historia la
amenaza un peligro serio e inmediato, el de considerar, en última instancia,
todo lo antiguo y pretérito y que está dentro del campo visual, como digno de
la misma veneración y, por el contrario, rechazar y combatir todo lo nuevo y
que acusa la progresión de un desarrollo. Es así como el sentido anticuario,
por servir exclusivamente y someterse a la vida pasada, llega al extremo de
minar la vida presente y viviente y, sobre todo, sus posibilidades de superación.
La historia anticuaria misma degenera cuando la atmósfera fresca y vivificante
del presente no la anima ya, vale decir cuando el sentido histórico, paralizado
y minimalizado por una morosa delectación ante lo antiguo y vetusto, no
conserva e incrementa la vida, sino que la disgrega y momifica. Así el árbol
muere lentamente, y de una muerte no natural, desde su ramaje, hasta que se seca
la raíz al declinar y anularse su función de impulsar la savia hacia el
follaje. Entonces asistimos "al espectáculo repugnante de un furor ciego
de colección, de una sórdida acumulación de todos los vestigios de tiempos
pretéritos". El hombre, merced a esta proclividad, "se envuelve en
una atmósfera mohosa, llegando a rebajar nobles necesidades y disposiciones por
la manía anticuaria, por un insaciable apetito de todas las antiguallas".
Esta
manía tiene todavía una forma degenerativa, la del coleccionismo que se ceba
con toda clase de cosas vetustas, así sean abolorios u objetos de similor, ese
coleccionismo que también suele especializarse en conteras de bastón, sables,
llaves, mangos de paraguas, medallas conmemorativas, etc.; toda esa chatarra
"histórica" que "atesoran" los museos privados en todas las
latitudes donde el hombre anticuario cree familiarizarse con la vida de épocas
pretéritas, y rendirle eficiente culto, aferrándose a esos vestigios y
detritus que ha depositado a su paso la corriente vital, ni más ni menos como
quien pretendiese saber de la magnitud e ímpetu del mar por los caracoles y
escamas de peces que él en su reflujo deja sobre la playa.
Aunque
la historia anticuaria no perdiese el suelo en que puede enraizar para beneficio
de la vida, siempre existiría el peligro, cuando ella llega a ser demasiado
absorbente y exclusivista, de que ahogue las otras maneras de considerar el
pasado. Por cuanto ella, conforme a su índole, únicamente atiende a conservar
la vida y no a engendrar nueva vida, subestima siempre lo que está en devenir y
desarrollo; carece de ese instinto adivinatorio del que, por ejemplo, no se
encuentra privada la historia monumental. Por faltarle, precisamente, este
instinto y comprensión para lo que surge y está en estado de formación, la
historia anticuaria anula toda firme decisión en pro de lo nuevo, traba y
paraliza al hombre de acción, que, por serlo, tiene siempre que desoír y
vulnerar toda clase de piedad por lo caduco, por las formas de vida ya
perimidas, por lo vetusto, por la 'venerable' antigualla. Ahora, si se piensa cuánta
piedad y veneración han sido necesarias por parte del individuo y las sucesivas
generaciones para que algo susceptible de ello adquiera carácter de antigüedad,
aparecerá como una osadía y una perversidad sustituir una tal antigüedad,
reconocida y venerada durante el lapso de una vida humana y más allá de él,
por una novedad, por un producto recién surgido del movimiento de la vida;
parecerá enteramente temerario y absurdo oponer al cúmulo de actos piadosos y
de veneración, que han hecho intangible e inmortalizado lo antiguo y sancionado
por la costumbre, las formas flamantes del devenir, de lo actual, de lo naciente
e inédito.
Si
el hombre ha de evitar aquellos errores necesita muy a menudo al lado de la
manera monumental y de la anticuaria de considerar el pasado, una tercera, la
manera crítica, la que también debe estar al servicio de la
vida. Para poder vivir, para obedecer a las perentorias exigencias del presente,
tiene que tener la fuerza de romper un pasado y anularle. Logra este propósito
indagando severamente este pasado, juzgándolo y finalmente pronunciando condena
contra él. Pero la instancia que aquí juzga no es la justicia, en la que
suelen ampararse las valoraciones históricas y la presunta objetividad del
juicio histórico; mucho menos es la gracia, dispuesta a tender un piadoso velo
sobre los errores y desafueros del pasado, la que dicta el fallo, sino que la
que juzga es únicamente la vida, aquella potencia oscura, toda ímpetu y que
insaciablemente se apetece sólo a sí misma. De aquí que sus sentencias, por
no emanar de una fuente pura del conocimiento, sean siempre inmisericordes e
injustas, y aunque, en la mayoría de los casos, fuese la justicia misma la que
se pronunciara, aquéllas no serían otras. "Tanto son una sola y misma
cosa vivir y ser injusto que se precisa mucha fuerza para saber vivir y
olvidar". Pero la vida, que necesita de olvido, reclama momentáneamente la
anulación de este olvido, y someter a las cosas y valores pervivientes del
pasado a un severo examen para enjuiciarlos con ánimo implacable, porque estima
que deben desaparecer. Entonces se los considera históricamente desde un punto
de vista crítico y, con resolución enérgica, haciendo tabla rasa de todos los
actos piadosos que han contribuido a erigir y consolidar esas cosas y valores,
se destruyen sus raíces. Esta tarea es, sin duda, arriesgada y peligrosa para
la vida, para esa vida cuyo servicio aquélla invoca para justificarse. Cuando
hombres o épocas sirven a la vida de este modo, es decir enjuiciando
despiadadamente el pasado y atacando en su raíz a las cosas, instituciones y
privilegios a que aquél dio vigencia, ellos son peligrosos y exponen a graves
peligros a la humanidad y a las épocas.
En
este sentido, Nietzsche vería a nuestra época y a la humanidad actual como anómalamente
peligrosas, y expuestas ellas mismas a los mayores peligros, por cuanto lo que
sus comandos pretenden destruir no es el pasado, sino un presente en germinación,
desde que es este mismo pasado, en sus aspectos y estructuras más caducas, en
la forma de civilización decadente que él encarna, el que así pugna por
sobrevivirse. Para lograrlo tiende a presentarse bajo el disfraz de un presente
promisorio merced al albur histórico de su frágil y circunstancial maridaje
con lo que es su antítesis, con lo que representa una forma opuesta de
civilización en cierne, la cual, habiendo terminado su gestación subterránea,
avanza hoy a la luz del día con incontenible pujanza. Semejante paradoja histórica,
ilusión creada por obra de los lemas y consignas, acuñados por el capitalismo
occidental, sólo ha podido prender y prosperar en los países colonizados y
coloniales, en sus clases, más bien que dirigentes, dirigidas, mas ella es
inoperante en los pueblos protagonistas de la historia, los que fueron a la
guerra ya animados por un espíritu revolucionario, que en Europa era algo más
que un estado latente, y después se encaminaron a la "paz" dispuestos
a precipitarse en la revolución, a vivir las dramáticas peripecias del
despuntar de una nueva época.
En
la negación del pasado, a la que es muy difícil fijarle un límite, se trata
en el fondo de algo que no es el mero prurito de negar y de destruir, sino que
en aquella negación irreverente de lo tradicional manifiéstase la lucha por
conquistar una dimensión fundamental para el logro de lo peculiar del hombre,
de su vida individual: la afirmación de la personalidad. Para conseguirlo, el
hombre ha de rebelarse y luchar contra lo que le ha sido trasmitido por la
herencia, contra lo innato y lo adquirido por la educación, hasta crear en él
un nuevo hábito, un instinto nuevo, una segunda naturaleza, de modo que la
primera, que es resultado del acervo hereditario, y viene configurada por
costumbres y hábitos inveterados, es desplazada y suplantada por aquélla.
Cada
una de las tres maneras posibles y justificadas de considerar la historia únicamente
está en su derecho y tiene sentido para la vida en un solo terreno y bajo un
solo clima, adecuados a una determinada finalidad del hombre; en cualesquiera
otras condiciones ella está fuera de su órbita y se desarrolla como cizaña
devastadora. "Cuando el hombre quiere crear algo grande, en general
necesita del pasado y se apodera de éste mediante la historia monumental;
quien, por el contrario, quiere perseverar en lo usual, en viejas veneraciones,
ese se ocupa del pasado como historiador anticuario; y únicamente aquel a quien
angustia una urgencia del presente y quiere a toda costa desembarazarse de este
peso, sólo ese tiene necesidad de la historia crítica, es decir, de la que
juzga y condena". Del irreflexivo trastrueque de estas tareas, del
transporte de la planta a un suelo que no es el suyo, pueden nacer muchos males.
Así "el crítico sin angustia, el anticuario sin piedad, el que conoce lo
grande y no puede realizarlo, son plantas que se transforman rápidamente en
malas hierbas, extrañas a su suelo nativo natural y que a causa de ello han
degenerado".
El
desmesurado lugar que en la vida moderna ocupan los estudios históricos, su
hipertrofia, ha tenido y tiene graves consecuencias para la cultura y sobre todo
para el nexo que ésta debe mantener con la vida. El saber desmedido, adquirido
aún contra la necesidad, el hartazgo de conocimientos históricos, que no
remedia el hambre, no obran ya como transformador e incitador, impulsándonos al
exterior, predisponiéndonos a la actividad, sino que esa informe copia queda
oculta en una especie de mundo interior caótico. Una cultura que se nutre de
tal saber no es algo viviente, siendo éste el caso de nuestra cultura moderna
que precisamente por ello no es una verdadera cultura, sino una especie de saber
acerca de la cultura, que se reduce a una idea de la cultura, a un sentimiento
de la cultura, pero que no llega a ser una decisión y una vocación para la
cultura, una reacción espiritual condicionada por ésta, vale decir por un
saber perfectamente asimilado y transformado en propia sustancia. Lo que en esta
supuesta cultura aparece como motivo real, lo que visiblemente se manifiesta al
exterior como acción no es nada más que actitud convencional indiferente, una
imitación lamentable cuando no un gesto grotesco. La identificación de
"cultura" con "cultura histórica", realizada por el hombre
moderno, llenaría de asombro a un griego, para quien una persona puede ser muy
culta y sin embargo carecer en absoluto de cultura histórica; el griego,
afincado en un sentimiento no histórico, con todos sus impulsos creadores, no
atinaría a reconocer en la cultura moderna, atiborrada de historia, una forma
de cultura. En cambio, si un hombre moderno pudiese, por arte mágica,
incursionar en el mundo de los griegos, es más que probable que a éstos los
encontrase "muy incultos", entregando, con esta impresión, a la burla
pública el secreto, tan cuidadosamente guardado, de la cultura moderna.
El
espíritu moderno ha sólido infructuosamente acudir a la historia como remedio
contra las tendencias innovadoras, contra el impulso subversivo de lo nuevo,
dispuesto a abrirse camino. Quizá para esto hubiese servido la historia, es
decir, como narcótico contra el disconformismo y las tendencias
revolucionarias, si ella --subraya Nietzsche-- no fuera siempre una teodicea
cristiana disfrazada, si fuese escrita con más justicia y fervor de simpatía.
Pero los historiadores, para quienes la historia es esta fable convenue,
no se han propuesto la más orgullosa de las tareas, no quedar al margen y
rezagados con relación a todo avance viril, sino que sólo han tratado de
asegurarse, lejos de toda inquietud, en una peculiar especie de felicidad
apacible. De aquí que ellos, delatando un estado de debilidad, una inclinación
hacia lo anacrónico, sean los sistemáticos opositores de todos los movimientos
revolucionarios y reformadores. Cuando un pueblo, en su lucha espiritual, busca
exclusivamente su mira en el pasado, ello es un síntoma de relajamiento, de
regresión y de caducidad.
El
exceso de los estudios históricos lleva aparejado serios peligros. Debilita la
personalidad e impide al individuo, así como a la comunidad, encaminarse a la
madurez, alcanzarla plenitud vital; difunde la creencia negativa de que todos
somos seres tardíos, llegados a la vida con retardo y, por lo mismo, condenados
a ser epígonos de ejemplares anteriores, de una grandeza que sólo ha conocido
el pasado. De este modo la época se torna escéptica y egoísta, estado de espíritu
que termina por paralizar y hasta destruir la fuerza vital, consecuencia tanto más
grave para el hombre moderno, que ya padece de un debilitamiento de la
personalidad. Todo esto nos dice que la historia, con su pesadumbre y peligros
intrínsecos sólo puede ser soportada por las grandes personalidades, por
aquellas que se sienten fuertemente imantadas por el futuro y movilizadas por
una tarea original; en cambio, a las personalidades débiles termina por
esfumarlas, por convertirlas en eco amortecido del pasado, de ejemplaridades
pretéritas, bajo cuyo peso quedan anonadadas. Únicamente los intérpretes del
presente y audaces constructores del porvenir poseen la aptitud y la necesaria
acuidad de visión prospectiva para entender el mensaje de la historia, la
palabra del pasado, que "es siempre palabra de oráculo".
Carlos
Astrada
La
colaboración de Ricardo Montiel, quien consiguió este libro y lo escaneó ha
sido lo que posibilitó la realización de esta pagina.
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