| Nietzsche en Castellano | Heidegger Derrida |
|||||||
| Principal | Textos | Biografía | Fotos | Música | Bibliografía | Links | ||
LITERATURA COMO VICIO
Impaciencia de la vendimia Nietzsche escribió mucho, muchísimo, fue un literato en el sentido más material, más ridículamente total, un auténtico homo scribens., El desacralizador de todo lo excelso no fue capaz de desacralizar la actividad del escritor. Pero sobre todo escribió demasiado, miles, decenas de miles de páginas en algo más de veinte años. Ya en un artista dicha prolifícidad es molesta, sospechosa, se trate de Balzac o de Goethe. En un pensador denuncia un desequilibrio de fondo entre tema y capacidad individual, una presunción y un juicio erróneo sobre el instrumento expresivo. Porque en un pensador el material que hay que acumular, sea como vida vivida, sea como experiencia de pasividad y receptividad en sentido amplio, al contemplar el espectáculo del mundo, al escuchar voces y al leer palabras, debe ser tan rico, exuberante y vasto, para que sea posible extraer de él una interpretación total, que a la creatividad, a la exultante estación del fruto, sólo le quedará una parte cuantitativamente reducida de la vida temporal del individuo. El filósofo es esencialmente un receptivo, un retentivo, que no reacciona al estímulo, que acumula y aplaza la acción, incluso la expresión escrita. Indudablemente Nietzsche escribe siempre de manera penetrante, original y vigorosa, incluso en los apresurados apuntes dirigidos a sí mismo. Al faltarle tiempo para la experiencia directa, se desquitó con la intensidad, la concentración, a través de una portentosa capacidad de absorción, que le permitió integrar los estímulos con relampagueantes abreviaciones interpretativas, con asimilaciones instantáneas de los materiales concretos y abstractos más refractarios. Para hacerlo tuvo que consumir en una rápida y ardiente llamarada todas sus energías vitales.
Una ficción Polvorienta La literatura, a través del instrumento de la palabra escrita, es la ficción de decir algo a alguien que no escucha, que no existe. Todo el mundo de los libros se resiente de esta mentira. El texto de un filósofo no puede contener la verdad: el filósofo finge únicamente decirla, pero ni una sola vez resuena, ni un solo oído oye, ni una sola mirada recibe la vida.
Dos maneras de pensar Con gran énfasis, Nietzsche establece una antítesis sobre los pensamientos que nacen del cerebro de un hombre sentado y los que surgen de quien camina. Sólo los últimos poseen fuerza, validez. Es una afirmación extravagante que sin embargo ilumina Muchas cosas. Nietzsche presenta el resultado de una experiencia personal. Empezó a pensar sentado. El estilo de sus obras juveniles lo sugiere, y el modo en que fueron escritos los cuadernos de este período casi lo demuestra. Una página es escrita detrás de otra sin interrupción, y un discurso único se desarrolla extensamente, con las circunvoluciones y ondulaciones de un pensamiento que se va delineando a medida que procede la escritura. Es la manera utilizada por quien tiene vocación de literato, y también los filósofos en general escriben así. Se parte de un pensamiento, o de una imagen, que estimula a escribir, y después a la escritura se une la argumentación, la escritura produce el pensamiento. Así piensa quien está sentado. Antes de sentarse el autor no posee aún el pensamiento, sólo lo intuye, lo vislumbra. Más tarde Nietzsche sentirá desagrado por todo lo que pensó de esta manera, querrá cambiar radicalmente sus pensamientos, no sentarse nunca más ante la mesa de trabajo. Nuevos pensamientos acudirán a él mientras pasea al aire libre, en Sorrento o a lo largo de la costa ligur. Cada pensamiento, al acudir a su mente, se halla totalmente poseído: la escritura sólo será una reproducción (y el arte del literato perfeccionado precedentemente garantizará la excelencia de esta reproducción). Cada «singular» pensamiento tiene así una expresión autónoma, aislada. Nace el aforismo, o en cualquier caso la escritura discontinua. Y esta mutación estilística traduce una conquista cognoscitiva. El pensamiento que se desarrolla con la escritura era discursivo en su esencia y en su actuación, se movía hacia una búsqueda cuyo éxito era incierto. Después el pensamiento se impone como un relampagueo y en general es comunicado en su vibración inmediata. Cuando se le añade una argumentación, permanece interna al propio pensamiento, hace explícito su contenido, no discute lo que es diferente, no coordina, no se preocupa de la continuidad, de la coherencia de una exposición más amplia, rechaza soberbiamente cualquier atadura, cualquier «moralidad» deductiva.
La ciencia y el científico Concedamos una mirada a la ciencia moderna durante su época heroica, en el siglo XVII, rico en cerebros despiertos, a menudo geniales, excitados por la exploración de tierras vírgenes, y donde la naturaleza no constituye todavía un objeto de vivisección. El ropaje literario y retórico con el que siempre se había mostrado la ciencia mientras permaneció visceralmente unida a la filosofía, parece, si no acantonado, al menos relegado a un segundo plano. Pero si observamos más de cerca a estos científicos, en sus cartas, en sus comportamientos, en sus deseos, ciertamente no se les puede acusar de estar embadurnados por la cultura universitaria y por los intereses editoriales, a pesar de que sus existencias dicen muy poco a favor de sus conocimientos. Los mejores son aquellos, como Fermat, que tratan a la ciencia como un pasatiempo. Los demás se escriben cartas, como entre una comunidad de sabios, reivindicando la paternidad de teoremas que alguno pretende haber demostrado, denunciando intrigas, insinuando sus dudas sobre atrocidades en los cálculos matemáticos Y en los comportamientos de sus adversarios. La polémica entre Leibniz y Newton es instructiva. Y la mayoría adula a los poderosos. Con sensata previsión, restringen el campo de su investigación, rodeando de un vallado sus terrenos, y poniendo después a la venta los productos «útiles» de sus Propiedades. Cartesio es el individuo típico: una mezcla de bajas pasiones, de envidias y de resentimientos, atemorizado, dedicado a reprimir y a sofocar todos los ingenios brillantes a su alrededor, hipócrita y jesuítico cuando enmascara la heterodoxia de algunos de sus pensamientos. Al estudiar la historia de la ciencia moderna en conexión con la personalidad de sus protagonistas, acude a la mente la caracterización, hecha por Nietzsche, de los filólogos clásicos de su tiempo: criaturas deformes, sórdidos pedantes, malditos cristianos.
Cincuenta años antes La anticipación de la fecha de la decadencia griega es el resultado catártico de una intuición de Nietzsche, que, a nosotros modernos, nos ensanchó repentinamente el horizonte, nos dio otros ojos para mirar la historia. Sócrates es el iniciador de la decadencia, Pero nuestras especulaciones morales y teoréticas, nuestras ideologías han mamado la leche de Platón y Aristóteles, ¡aunque fuese a través de funambulescas contorsiones y distorsiones! Mirando con los ojos de Nietzsche, hoy se puede ver incluso mejor que él -corrigiendo algunos de sus errores de hecho y de juicio- la inversión fatal que marca el inicio de la decadencia. La dialéctica no surge con Sócrates, sino un siglo antes que él, o quizás dos; no fue la dialéctica la que disolvió al instinto, sino la expresión del instinto más fuerte. Disuelve cuando se mezcla con la retórica, con la moral, con la literatura. Eurípides no es el corruptor de la tragedia en el sentido indicado por Nietzsche, ya que con anterioridad se pueden advertir síntomas malsanos. Incluso la tragedia en su conjunto puede considerarse un fenómeno de decadencia -al menos bajo la forma en que se presenta a nosotros- en cuanto misticismo que reniega de sí mismo, que deja de ser iniciación, extendiéndose sin discriminación hasta el demos. Esquilo realmente profanó y divulgó los misterios eleusinos. Estos elementos y otros semejantes sugieren un ulterior desplazamiento hacia atrás de dicha fecha. Anterior es, por ejemplo, en Herodoto, la afirmación de la literatura propiamente dicha como escritura. La degeneración del modelo del sabio, como se desprende de la serie Parménides, Zenón, Gorgias, ayuda a proponer una nueva fecha. Con Sófocles aparece una dialéctica adulterada perceptible de manera precisa en sus tragedias a partir del año 440 a.C. Como punto de inflexión se pueden indicar los años inmediatamente posteriores al final de las guerras persas, en torno al 470 a.C., más o menos en la época en que se derrumba el poder político de la comunidad pitagórica. Con ella desaparece la prohibición de comunicar los conocimientos más preciosos. La rapidísima evolución de la escultura griega, del final del siglo VI al final del V, parece señalar sin ninguna duda el vértice de la sublimidad expresiva en las primeras décadas del siglo V.
Ajedrecista solitario El filósofo moderno se asemeja a un jugador de ajedrez que juega una partida en solitario, moviendo las fichas del adversario de manera que favorezca (sin que la cosa sea transparente) la prosecución del propio juego
Poder de la mentira Cuando Nietzsche nos habla, nos convence del poder de la mentira en la religión, en la filosofía, aparece como un gran liberador. Tendríamos que haber entendido gracias a él que cuando un hombre se exhibe ante un público, cuando un individuo se expresa con palabras, con sonidos, con colores frente al presente y la posteridad, somos siempre espectadores de una comedia, jamás se tratará de algo sano, serio, transparente. Si lo que se quiere son otras cosas, la salud, la naturaleza, la verdad, lo límpido y lo auténtico, habrá que eliminar toda interpretación. Habrá entonces que condenar a la filosofía, y no sólo a lo que lleva propiamente este nombre, es decir un cierto discurso retórico escrito, sino también el poema de Parménides o los aforismos de Heráclito, porque también éstos eran interpretación. De dicha sentencia se pueden salvar los Upanishads, cuya tradición pública es un acontecimiento contingente; quizá se pueden dejar fuera algunas cosas más, cuando una cierta experiencia, un conocimiento no nos ha sido transmitido directamente por los autores, los protagonistas, los testigos oculares. La mentira es el instrumento de la voluntad de poder, pero la voluntad de poder no es mentirosa. Esta es la liberación sugerida por Nietzsche, aunque las conclusiones nihilistas, respecto a las expresiones consagradas públicamente, no llegó a deducirlas y sobre todo no las puso en práctica. Pero es un nihilismo únicamente respecto a lo que «nosotros» llamarnos cultura. ¿Existe alguna expresión humana que armonice con la naturaleza? El acontecimiento teatral cumple esta condición cuando no existe un actor que interpreta frente a un público, sino que es la colectividad exaltada la que ve y actúa, confundiéndose espectadores y actores. Lo mismo puede decirse respecto a aquel pathos y aquellas palabras dichas de hombre a hombre, que más tarde, traducidas a espectáculo interpretado por un actor para un público, posteriormente apresadas en la escritura, asumen la figura decadente de la filosofía.
Lo que no se puede expresar La idea ilusoria de que la gran conmoción, el punto culminante de un tumulto interior que exija una configuración en la esfera visible, que sea incluso inseparable de dicha configuración, que la contorsión expresiva sea el reflejo más adecuado de aquella conmoción primordial, en definitiva la esencia barroca del drama musical de Wagner, es lo que fascinó profunda y casi irreparablemente a Nietzsche. Tal es su extravío, su parálisis frente a Wagner. El había visto mejor en la naturaleza de la música, y había llamado dionisíaco a su carácter estático, al distanciamiento, al desgarramiento, a la alusión extrarrepresentativa a través de lo perceptible. Entendida así, la música es interioridad pura, que no busca la visibilidad porque la percibe como inadecuada. Hay una autonomía mística en esta perspectiva, evocada por Schopenhauer, y es precisamente de esta matriz de donde Nietzsche ve surgir lo dionisíaco. Pero entonces Dionisos carece de rostro, sería un abismo insondable. Nietzsche se detiene frente a la inexpresabilidad, y llama en su ayuda a la resolución barroca de Wagner. La conmistión de estos dos ingredientes tan heterogéneos se percibe ya en El origen de la tragedia, pero se la reconoce también más tarde, cuando Nietzsche ya se había alejado de Wagner. Desde el punto de vista formal, el personaje de Zarathustra es la transposición gestual, exótica, ondulante, decorativa, dramática, precognición de remotas experiencias místicas. Y la estima hiperbólico que Nietzsche demuestra por Así habló Zarathustra, atestigua que en su opinión había conseguido expresar totalmente lo que suele llamarse inexpresable. Una expresión de este tipo, donde la mueca, la contorsión danzante salva con un gran salto el abismo de la inexpresabilidad y unifica lo heterogéneo, confunde lo interior con el símbolo, merece recibir el nombre de barroca. A este precio, con esta puesta en escena, Nietzsche puede afirmar el sentido de la tierra, así pretende convencernos de que sólo lo visible, lo perceptible es real: admitir que nuestro mundo es una apariencia le repugnaba demasiado.
Más allá de la escritura El uso exacerbado de la escritura filosófica en Nietzsche, impulsado constantemente al límite de lo inexpresable, nos ayuda a superar este instrumento, a mirarlo desde una cierta altura. En este sentido la reforma expresiva de Nietzsche es una indicación en dirección esotérica, hacía una esfera de comunicación que excluya la escritura. Una vez reconocida la naturaleza falsificadora de la escritura, nos hallamos frente a otra reforma expresiva. Veinticinco, treinta siglos atrás, el pensamiento era comunicado de persona a persona, a través de la presencia y de la voz: ¿por qué esto no podría ser nuevamente posible? El demonio de la escritura, bajo la figura de tensión extrema, insatisfecha y trágica que asume en Nietzsche, nos pone en crisis ante la propia escritura. Y eso no significa forzosamente continuar el camino de Nietzsche, seguirlo, como algunos han hecho, a través de vertiginosos «puentes de palabras», que sin su pathos aparecen como estériles telas de araña. Si se extiende el discurso del pensamiento a la vida, si se asume globalmente todo lo que nos ha llegado de Nietzsche, y si ahora, después de Nietzsche, juzgamos a Nietzsche bajo el perfil de la expresión escrita, acude a nosotros una pregunta crucial, frente a su enseñanza sobre la vida, su alabanza de la vida: ¿qué sentido tiene predicar la afirmación dionisíaca, la locura, el juego, contra cualquier abstracción y momificación, cualquier finalismo languideciente, agotado, y mientras tanto consumir la propia vida en escribir, es decir, en la comedia, en el disfraz, en la máscara, en la no-vida?
Anhelo de vivir El arte es ascetismo, y ya Nietzsche decía que el arte perfecto se halla separado de lo real. Añadía sin embargo que en ocasiones el artista, veleidosamente, pretende encarnar el personaje que describe, pero le resulta imposible. Respecto al artista decadente de nuestro siglo, todavía se puede decir más: el arte le interesa precisamente por esto, porque quiere por encima de todo «vivir» él mismo lo que va a representar, para después anotar sencillamente la experiencia. Su producción se rige por lo que desearía vivir. En general esta operación no suele salirle bien, con lo que a fin de cuentas resulta que ni vive ni es un artista.
Un lenguaje no decorativo Los grandes místicos no son grandes estilistas. Böhme, Plotino y muchos otros son literatos sólo incidentalmente, porque no tratan su expresión como algo autónomo, independiente de su interioridad. Lo que escriben es una simple rememoración de lo que sintieron. El material de imágenes y de conceptos, con el que casualmente se hallan enfrentados, es asumido como directo trámite simbólico de su vida interior, sin la mínima preocupación formal.
Un cerebro infatigable En su madurez, Nietzsche no suele leer a los clásicos latinos y griegos, como tampoco a los ingleses y alemanes. Algún buen autor francés constituye la única excepción. A los filósofos de cierta relevancia jamás los lee directamente; a menudo recurre a los manuales de filosofía. De alguno de ellos extrae sus informaciones sobre Spinoza, que después señala como a uno de sus precursores. En cambio hojea y lee toda clase de libros del siglo XIX, o sea contemporáneos, muchos de los cuales son obras de erudición. Busca nuevo material: a ello le impulsa su oficio de literato. Hasta el cerebro más productivo tiene vacíos: y en tal caso Nietzsche, con tal de poder obtener juicios, lo estimula de este modo. La calidad de las reflexiones que surgen en él a través de este mecanismo no puede ser sublime, y él lo sabe.
Un estilo multicolor La críticas de Nietzsche al estilo de Platón merecen ser meditadas. Sostuvo que Platón carecía de forma y de estilo, porque mezcló todas las formas y todos los estilos. Es un punto de vista poco común, frente a la tradicional exaltación del estilo de Platón. Nietzsche supo ver que semejante conmistión de estilos ocultaba en el fondo un afán competitivo por conseguir la excelsitud en todos los estilos. Y quizás Nietzsche también llegó a darse cuenta de que esta arrogancia retórica de Platón, con la que consiguió persuadir de ser el mejor sabio, el mejor educador, el mejor dialéctico, el mejor científico, es la misma aspiración frenética que le dominaba a él mismo. Toda la obra de Nietzsche es una lucha por la conquista de un lenguaje nuevo y superior del poeta, del pensador, del profeta, del mistagogo. Por tanto los defectos de Platón, de su estilo jaspeado y de tintas cambiantes, pertenecen también a Nietzsche, constituyen los límites del homo rhetoricus.
El ermitaño se venga Los vicios del solitario polarizaron a Nietzsche a propósito del problema moral. El ermitaño rumia de manera obsesiva su resentimiento contra los que lo reducen al aislamiento, le atormentan con sentimientos y comportamientos mezquinos. El siempre fue hijo de familia, subordinado a madre y hermana. Vivió en el ambiente universitario, que le repugnaba; en el ambiente de Wagner, que le rechazaba. Y después se encontró definitivamente solo, escudriñando, recordando, arrepintiéndose, detestando. Su vida se redujo a la escritura. Y si por encima de todo fue un moralista, se debió a que sólo así, en una mente filosófica, sus problemas personales podían convertirse en literatura. La virtud hipócrita de la hermana se convirtió en la virtud cristiana.
|
Sitio creado y mantenido por Horacio Potel