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Heidegger Derrida |
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Se suele decir que se escriben contenidos de vida: de este modo, sólo el hombre que ha transitado por múltiples experiencias "vitales" estaría capacitado para la escritura, como si ésta fuera la "representación" de uno mismo. Según esta idea, un sujeto que puede llevar al teatro de la conciencia, al ámbito de la representación, las "experiencias vividas", podría "hacerlas hablar" para presentarlas ante los otros. Con el bastón de mando de la dirección de sus propias experiencias, el autor trasladaría al ámbito de la lengua escrita lo que las mismas ya le han dicho a él, con anterioridad. Sin embargo, los escritores suelen señalar de qué manera sus "personajes" toman vida propia y se les escurren continuamente por los intersticios de lo proyectado. Y esto, que pareciera prerrogativa del novelista o del poeta -y que ha generado toda una mitología en torno a la posesión maníaca-, es una experiencia que también se hace visible en el caso del ensayista o en otros tipos de escritura, aparentemente más "asépticos" o "neutrales". ¿No será, entonces, que más que relatar una "experiencia de vida vivida", la escritura es una posibilidad de "vivir" - y constituirse- como experiencia? ¿No será que en lugar de ser sujetos que "nos expresamos" en la escritura, es la experiencia misma de la escritura la que nos constituye? ¿No estaremos deviniendo [lo que somos] al escribir, más que escribiendo lo que hemos devenido? La escritura no es -solamente- el "relato" de las experiencias vitales: en un sentido nietzscheano, ella misma es una experiencia de vida. Porque quien escribe cuando escribimos es nuestro cuerpo con sus fuerzas, que siempre son, al mismo tiempo, las fuerzas de los otros que se intersectan con las propias. Fuerzas propias-desapropiadas de la escritura: entonces, no se escribe con el cuerpo, sino que es el cuerpo el que escribe y se escribe.
La escritura del cuerpo: "Ello" escribe ¿Quién escribe cuando se escribe? La "materialidad" de la escritura la aproxima al cuerpo: no sólo es un cuerpo el que escribe, sino que la escritura misma se convierte en cuerpo ("corpus" de la escritura que se somete a sistematización, sujeción y ordenamiento, como el otro cuerpo, el cuerpo que escribe, pero que también -en uno y otro caso- elude esa sujeción). Según Derrida, la escritura, en la medida de su relación con la materialidad y lo sensible, ha sido estigmatizada, a lo largo de la historia de la metafísica de la presencia, como lo derivado frente a la voz originaria del lógos. En el mito del nacimiento de la escritura que Platón narra en el Fedro, ésta, como "fármaco" de la memoria, es un "regalo" peligroso, ya que puede dispersar la palabra lejos de su origen, y de este modo, cuestionar y distorsionar el poder mismo del padre-lógos. En este sentido, se podría decir que la escritura adquiere un "cuerpo" que la aleja de su "fuente" originaria, y, como señala Sócrates en el diálogo, se pone a disposición de cualquiera, sin la presencia del padre-autor que pudiera defender sus "propios" dichos. La escritura desapropia al autor: en la medida de su separación con respecto al mismo se transforma en una entidad autónoma y diferente. Pero la escritura que es rechazada por el soberano no es la de sus escribas, que transcriben su palabra viva, sino la escritura que desplaza y difiere esta palabra. Simientes buenas y productivas frente a simientes malas, que desgastan y alejan. La escritura es un cuerpo que se aleja de su productor, pero también es un cuerpo el que escribe en la misma. El cuerpo es lo que se oculta en la metafísica de Occidente, lo que no se muestra, lo que engaña y provoca errores en el conocimiento, lo rechazado como contingente y accesorio, la inesencialidad que se mantiene al margen. Gesto inesencial el de Nietzsche concibiendo la filosofía como escritura del cuerpo, y su pensamiento como terapéutica ante la enfermedad de su cuerpo y del cuerpo enfermo de Occidente, gesto inesencial que se torna provocativo cuando a ello se une la referencia a sus gustos gastronómicos en el Ecce Homo. ¿A quién le importa el cuerpo del señor Nietzsche, a quién le interesan sus gustos? dirán los metafísicos, esos "híbridos de planta y fantasma". Y sin embargo, la filosofía negadora de la corporalidad no ha hecho otra cosa que hablar del cuerpo, velándolo. Nada distinto del cuerpo ha hablado en los sistemas más abstractos y en las ideas y valores más sublimes. Nada distinto del cuerpo, aún en el modo de la negación y del rechazo, en el modo del cuerpo torturado en tanto voz presuntamente acallada en nombre de grandes ideas y valores sublimes. Pero pareciera que ninguna voz puede ser acallada totalmente, y el cuerpo se hace presente también en esos otros modos, en la admisión ante lo que acalla. Para Nietzsche, el cuerpo es "una estructura social de muchas almas",[i] por ello cuando realiza la distinción entre el yo (Ich) y el sí mismo (Selbst)[ii], el cuerpo es caracterizado como "una pluralidad dotada de un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor".[iii] Ese "unico sentido" del cuerpo-Selbst es la densidad temporaria que alcanzan las fuerzas en un momento determinado, y a la que, por razones prácticas -de "formulabilidad" o logicización del mundo- se la designa como "yo". Por ello, muchos yoes o muchas almas están en el cuerpo, que de este modo siempre es cuerpo propio-desapropiado, en tanto en él están presentes los otros yoes de sí mismo, y el yo de lo tradicionalmente considerado "lo otro" o la alteridad. Pero el yo-Ich siempre habla del cuerpo, "aún cuando poetice y fantasee y revolotee de un lado a otro con rotas alas".[iv] El cuerpo “sujetado” se descubre como Selbst, el sí mismo ahogado en toda la historia de la metafísica bajo el peso del Ich. Por ello el nihilismo, la enfermedad de Occidente, se patentiza en este dominio del Ich, pequeña razón, sobre el sí mismo, dominio que da lugar a esa negación de la vida que supone poner las esperanzas en los trasmundos, y que sobrestima la conciencia como ámbito privilegiado del hombre. Ese cuerpo sujetado es un cuerpo que escribe y es escrito en más de un sentido, como lo es el cuerpo de la colonia penitenciaria de Kafka. La voz del padre-lógos también se inscribe en el cuerpo como escritura de la norma y del deber. Como señala el oficial encargado de accionar la máquina de tortura, [v] en el relato kafkiano, la misma es un mecanismo perfecto mediante el cual el condenado, que nada sabe de la condena, recibe el castigo adecuado. Sujetado por el cuello, desnudo, con la boca tapada, está listo para que se le escriba en el cuerpo la disposición que ha quebrantado con su conducta. Un mecanismo de dos agujas se encarga de la inscripción: una aguja larga que escribe, y otra corta que expele agua para lavar la sangre y mantener la escritura clara. La rastra es de cristal, para que todos puedan ver a través del vidrio cómo se hace la inscripción en el cuerpo. Ésta se realiza una y otra vez, cada vez más hondo, durante doce horas: después de las seis primeras, el condenado comienza a descifrar la escritura "con sus heridas". Imagen terrible la de este relato, pero no extraña ni ajena a los modos y prácticas cotidianas de la inscripción de la verdad en ese cuerpo enfermo de Occidente. La ley se inscribe en el cuerpo escribiéndose y rescribiéndose una y otra vez en el mismo lugar, en la misma hendidura, hasta que las heridas aprenden a leer. Se aprende a leer con el cuerpo y desde el dolor, porque la ley llega a ser tal si se hace cuerpo en el cuerpo. La ley -como la pena- se corporaliza en el cuerpo del individuo, del mismo modo que en el cuerpo de Occidente. Cuerpo sujetado y amordazado, en el que la sincronía de la maquinaria penal perfecciona la eficacia de la tortura. La inscripción de la ley en el cuerpo es mecanismo, que logra el consentimiento y que llega a ser letal. El cuerpo que al principio se rebela, luego se transforma en cuerpo dócil que comienza a descifrar la escritura con sus propias heridas y finalmente muere. Sólo entonces se cumple la sentencia. La escritura del cuerpo se hace de manera repetitiva y reproductiva de su propia letra: reproducción asegurada en la visibilidad que permite el cristal, omnivisibilidad de las normas que asegura su eficacia. El cuerpo de Occidente es un cuerpo escrito: es el cuerpo del "país de la cultura" del Zarathustra [vi] en el que los hombres del presente, rodeados de cincuenta espejos que reproducen el juego de colores que tienen pintado en el rostro y en los miembros, están embadurnados con todos los signos del pasado. Signos que se reproducen como la letra escrita de la sentencia en la colonia penitenciaria, y que permiten una seguridad en la "identidad" de la mismidad.
Cuerpo enfermo y escritura El cuerpo de Occidente, entonces, está enfermo, como el cuerpo del hombre, Nietzsche, que denuncia esa enfermedad de la metafísica. La filosofía de Nietzsche, como su propia terapéutica es, a la vez, la terapéutica de Occidente. La deconstrucción de las categorías metafísicas y morales supone la propia deconstrucción: porque el yo-Ich que se enseñorea como director de las fuerzas del Selbst es siempre, al mismo tiempo, el yo de los otros y de la cultura. Ante el cuerpo escrito con la escritura reproductiva de la moral y de la metafísica, el Nietzsche terapeuta considera que su propia escritura es uno de los remedios contra la enfermedad. En el prefacio de 1886 a Humano,demasiado humano el filósofo señala tener por "compañeros" a la enfermedad, el aislamiento, el exilio, la acedia, la inactividad (Krankheit, Vereinsamung, Fremde, Acedia, Unthätigkeit).[vii] El espíritu libre, esa figura del nihilismo integral, es producto de la enfermedad, de la convivencia con la enfermedad. El dolor se presenta como el "maestro de la gran sospecha" que obliga al filósofo a "inventarse" los espíritus libres, amigos "temporarios" de la convalescencia. El espíritu libre es una figura de ruptura, de desasimiento (Loslösung): antes era un espíritu atado, "encadenado a su rincón y columna". Ulises se ató a la columna para no ser seducido: el hombre de Occidente está amarrado a los deberes e ideales que lo mantienen firme en sus creencias, hasta que el dolor le hace desconfiar de todas las "profundidades": la voluntad de Schopenhauer, el romanticismo wagneriano fueron para Nietzsche esas profundidades. Desasido de esas columnas sostenedoras, liberado de los fondos justificadores, el espíritu libre se permite gozar con las superficies, los primeros planos y las cercanías. Gozar de las superficies implica reconocer la carencia de valor de la verdad y la necesidad de los errores útiles y perspectivas. Para ello es necesario atravesar la enfermedad y el desierto, es necesaria la soledad y la larga convivencia con la misma, porque separarse de las verdades fundantes de los modos de vida aleja, al mismo tiempo, de los otros hombres, los que aman la homogeneidad del mundo del mercado. El espíritu libre es una figura de tránsito porque esta convalescencia lleva a la gran salud, y a los modos diversos y múltiples de pensar, rota la columna del modo único y fundante. Ahora bien: ¿qué pasa con el cuerpo en esta convalescencia, y cómo es la escritura del cuerpo convalesciente, frente a esa otra escritura reproductiva del cuerpo enfermo? El cuerpo desujetado se arriesga y prueba, experimenta -rotas sus cadenas- otros modos de ser en el mundo. Tantea, observa qué acontece cuando los grandes ideales y valores se "miran por detrás", toma ese tapiz que es el tejido-texto del mundo y mira el revés: los hilos desordenados y los nudos que unen y atan, las huellas de sucias manos que tejieron historias en nombre de grandes ideales. Lo humano demasiado humano se ve del otro lado de lo sublime, se patentiza cómo se ordenan desordenados hilos para generar una historia de sentido, y cómo luego se olvida el proceso de la trama, el productor humano de la misma, y se adjudica el tejido a una potencia sobrenatural. El cuerpo-texto olvida que él se ha escrito, y entonces surge la voz divina que sustenta esa escritura humana, demasiado humana, devenida voz de Dios. El espíritu libre sigue el hilo de su propio cuerpo, y descubre la sucia trama del filósofo que, como la araña spinoziana (Spinoza-Spinne) saca de sí misma el material que produce el tapiz que luego se extiende como explicación del mundo y allí queda, telaraña estática en la que todo lo vivo que cae queda convertido en algo momificado. Telaraña de la metafísica y de la cultura de Occidente, telaraña del filósofo sepulturero que extrae todo lo vital y al ruido de huesos que quedan lo llama "conceptos". Pero: ¿dónde está toda esa vida convertida en nada a los efectos taxidermistas del filósofo egipticista? La vida amarrada, sujetada, adormecida sigue hablando a través del texto-cuerpo de Occidente, sigue hablando en los modos de la censura y la omisión, en las pantomimas de la abstracción, en las coartadas de la negación. El cuerpo de Occidente, devenido casi "fantasma" se hace presente en su filosofía, que oculta lo que hace vivir los conceptos en los modos de la abstracción y de la recta y "neutra" razón. Cuando el espíritu libre se plantea la necesidad de abandonar "la casa", el abandono supone la ruptura con todos los deberes y grandes valores, pero también, dice Nietzsche, una "desintoxicación", un proceso por el cual el cuerpo se desprende de todo aquello que, en definitiva, lo negaba como tal. Esta es una victoria, pero en términos de "Las tres transformaciones" del Zarathustra es una "victoria leonina" que permite vivir en el peligro. El cuerpo convalesciente se escribe mostrando sus inscripciones, aquellas marcas que lo sujetan a los grandes ideales, aquellas marcas de la pertenencia a instituciones que les son exigidas al individuo a cada momento. Reconocer las huellas de la metafísica en el propio cuerpo es también luchar contra esas huellas, mostrando que los supuestos orígenes divinos de las mismas no son más que azares y casualidades, errores y sinrazones. Reconocer los rastros de la moral en el propio cuerpo es ubicarse al mismo tiempo en Occidente como gran cuerpo inscripto y atravesado por múltiples marcas, y "ayudar" a su deconstrucción con argumentaciones y contraargumentaciones. La escritura del cuerpo que se reconoce enfermo es la que retoma los mismos argumentos que forman parte de la enfermedad y los lleva hasta el estallido. Sabiendo que la argumentación nada puede para terminar de asesinar a Dios, sin embargo la utiliza, porque no pocas marcas ha dejado en el cuerpo. Una suerte de terapéutica homeopática que lucha contra la enfermedad con las mismas armas que enferman: ésta es la tarea del espíritu libre, argumentando para mostrar el sinsentido presente en el fondo de toda argumentación. Sin embargo, esta homeopatía filosófica (a veces administrada en dosis masivas, y no pequeñas) horada y derrumba el edificio que ya está fisurado, pero debe recurrir a la risa como último expediente.[viii] Porque ninguna argumentación permite dejar las antiguas convicciones, ya que nadie se adhiere a ellas por razones argumentativas, sino por cuestiones relacionadas con la necesidad de seguridad y de descanso (necesidad de seguridad que siempre lleva a pensar, como señala el prólogo a La ciencia jovial, cuánto de enfermedad está presente en todo sistema). Por ello solamente la risa permite acabar con los sistemas, la risa que se plantea con ironía: "¡cómo, en esto creía!" La risa es una sacudida del cuerpo que se desembaraza, en un estallar, de las sombras de las inscripciones de la metafísica. El resultado de este período de convalescencia es caracterizado como el acceso a múltiples modos de pensar, una sobreabundancia y exceso de fuerzas curativas[ix]: todos signos de la gran salud (Grosse Gesundheit). Desde el punto de vista de la escritura, esta gran salud se hace patente en el poema, en el aforismo, en la prosa poética, modos múltiples como la mutiplicidad de fuerzas reconocidas en la corporalidad. Múltiples matices no aptos para alemanes, dirá Nietzsche, multiples perspectivas. Así habló Zarathustra es un ejemplo de este estallido del cuerpo en la escritura, justamente el libro de la curación, el que ha sido caracterizado como el “salvador de su vida”,[x] un libro alquímico que permitió convertir en oro la enfermedad y la decadencia. La salud del cuerpo en la escritura parece ser la posibilidad de multiplicación de los sentidos, y en términos derridianos, diría que también la diseminación de los mismos. Derrida caracteriza la escritura nietzscheana como un ejercicio de la diferencia, indicando el cambio de los estilos, la insistencia en la risa y en la danza, como “formas de pensar” que muestran la polisemia. Pero podríamos decir que el texto de Nietzsche no sólo es polisémico, sino que desborda continuamente su propio sentido y se disemina con respecto al mismo: aún la apuesta nietzscheana por el sentido supone una continua dispersión del sentido asumido provisoriamente. El perspectivismo disemina el sentido, al no admitir ningún sentido como último o fundante: precisamente en el alejamiento de los orígenes el pensar se arriesga a los múltiples modos de sí.
Vida y escritura Comenzamos indicando que devenimos lo que somos al escribir. Repetidas veces se ha señalado, a modo de crítica, la supuesta "incoherencia" nietzscheana, a partir de la así llamada "contradicción" entre su vida "personal" (el prolijo, tímido y amable profesor solitario) y su filosofía.[xi] Tema que los primeros psicoanalistas reunidos en torno a Freud analizaron en dos sesiones de los "miércoles", estableciendo la diferencia entre la vida “real” de Nietzsche, y el carácter exaltador de los sentidos, de los instintos y de las pasiones presente en sus obras. Para estos intérpretes, Nietzsche exacerba en su escritura lo que no pudo, no supo, o no se animó a vivir en su propia vida. Más allá de la concepción del deseo presente en estas interpretaciones (el deseo como carencia que, de no conseguir su "propio" objeto se "desplaza" hacia otros), el presupuesto identitario y "coherentista" de las mismas impide ver otros aspectos de la concepción nietzscheana de la corporalidad y de la escritura. Para un filósofo amante de las máscaras (las diversas configuraciones del Selbst en los modos del "yo" temporarios) la obra es la vida, y la afirmación "Yo soy una cosa, y otra cosa son mis escritos" no hace más que mostrar esto: yo soy algo que es a la vez mi obra, en tanto mi cuerpo es quien escribe cuando escribo, pero la escritura es, al mismo tiempo, lo otro de mí, en tanto en mi propia escritura están presentes las voces de los otros que constituyen mi Selbst en el cruce de las fuerzas, y en tanto la escritura asume su propio cuerpo y se aleja de su -supuesta- fuente de sentido, el autor. [xii] El propio cuerpo se ausenta de la escritura en la medida en que está presente en la misma escribiéndo-se: porque al escribirse, escribe también con los otros que lo conforman. La constitución de la subjetividad como cruce de fuerzas o "entre" (Zwischen)[xiii] en Nietzsche permite entender este gesto del escritor que, al afirmarse como autor, al mismo tiempo se niega, ya que su "yo" que escribe es la voz de su Selbst enmascarado en un Ich provisorio que es, al mismo tiempo, las voces de los otros. La escritura es ejercicio de ausencia y de presencia: el cuerpo presente de quien escribe está ausente no sólo cuando la escritura adquiere su propio cuerpo y se emancipa sino también en el acto mismo de escribir, porque ese cuerpo que escribe, ese "ello" que se expresa en el "yo pienso" es al mismo tiempo el cuerpo y la voz de los otros. Comenzamos también indicando otros supuestos presentes en algunas ideas de la escritura entendida como expresión de los contenidos de vida de un autor. La idea de subjetividad como "entre" permite pensar, por el contrario, que no existe un espacio privilegiado de "representación" de las propias vivencias, sino que la escritura siempre se está haciendo desde el cuerpo y con los otros. Por ello, quien escribe no es un sujeto -en el sentido metafísico moderno- que "dirige" sus propias vivencias, sino que existe una continua desapropiación de sí en el acto de la escritura. Por ello, nos constituimos y devenimos lo que somos-no somos al escribir. La escritura hace patente que el yo no se construye desde una propiedad (un yo "fundacional"), sino desde la im-propiedad de constituirse con los otros. Escribir es convertirse casi en "lugar vacío", atravesado por las voces y las fuerzas de los otros. La gran salud pareciera ser la aceptación de que ninguna "identidad" o constitución del sí mismo es posible sino en el modo de la des-identificación de sí: es por eso que somos, y no somos, al mismo tiempo, nuestros escritos. Mónica B. Cragnolini
[i] NIETZSCHE, F., Jenseits von Gut und Böse, § 19, en Sämtliche Werke.Kritische Studienausgabe in 15 Bänden (en adelante, KSA), Hrsg. von Giorgio Colli und Mazzino Montinari, München, Berlin/New York, Deutscher Taschenbuch Verlag und Walter de Gruyter, 1980, Band 5, p.33. [ii] Also sprach Zarathustra (en adelante, Za), , "Von den Verächtern des Leibes", KSA 4, pp. 39-41. [iii] Za, KSA 4, p. 39. [iv] Za, "Von den Hinterweltlern", KSA 4,p. 36. [v] KAFKA, F., "En la colonia penitenciaria", en Relatos completos, Vol I, trad. N. Mendilaharzu de Machain y J. L. Borges, Buenos Aires, Losada, pp. 131-161 [vi] Za, KSA 4, pp. 153 ss. [vii] Menschliches, Allzumenschliches, KSA 2, "Vorrede", § 2, p. 15. [viii] Remito, para este tema, a mi "De la risa disolvente a la risa creativa: una proximación nietzscheana", en CRAGNOLINI, M. y KAMINSKY, G., Nietzsche actual e inactual, Buenos Aires, Oficina de Publicaciones del CBC de la UBA, 1996, Vol II, pp. 99-122. [ix] Die fröhliche Wissenschaft, "Vorrede zur zweiten Ausgabe", KSA 3, especialmente pp. 351-352. [x] Véase carta a Ida Overbeck, mediados de julio de 1883, Sämtliche Briefe. Kritische Studienausgabe in 8 Bänden, Herausgegeben von G. COLLI und M. MONTINARI, Berlin, Deutscher Taschenbuch Verlag/W. de Gruyter,1986, 6, Nro. 438, p. 406. [xi] Trato este tema en mi artículo "La constitución de la ‘identidad’ en el pensamiento nietzscheano: sí mismo y máscara. El ‘caso Nietzsche’ en los inicios del psicoanálisis" en Revista de la Universidad de Morón, Morón, Año 4, Nro 5, abril de 1999, pp. 13-21. [xii] Como señala Derrida, "Escribir es retirarse. No bajo una tienda de campaña para escribir, sino de la escritura misma. Caer lejos del lenguaje de uno mismo, emanciparlo o desampararlo, dejarlo caminar solo y desprovisto", DERRIDA, J., "Edmond Jabés y la cuestión del libro", en La escritura y la diferencia, trad. P. Peñalver, Barcelona, Anthropos, 1989, p. 96. [xiii] Para la caracterización de esta idea de Zwischen, véase mi artículo "Extrañas amistades. Una perspectiva nietzscheana de la philía desde la idea de constitución de la subjetividad como Zwischen", en Líneas de fuga, Gaceta Nietzscheana de creación, Barcelona, número 8, año 4, primavera de 1999, pp. 10-19. |
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