| Nietzsche en Castellano | Heidegger Derrida |
|||||||
| Principal | Textos | Biografía | Fotos | Música | Bibliografía | Links | ||
|
Analizando la configuración del tiempo en el relato de ficción, Paul Ricoeur dedica a Der Zauberberg (La montaña mágica) de Thomas Mann páginas muy interesantes en torno a la cuestión de las relaciones entre tiempo, enfermedad y destino de la cultura europea. Es evidente que La Montaña Mágica es una novela sobre el tiempo (Zeitroman), pero: ¿de qué tiempo se trata en este caso, en qué sentido se habla del tiempo en la obra? En primera instancia, el lector se encuentra con dos tiempos diversos, en consonancia con dos lugares o topografías bien caracterizadas: uno es el tiempo de los habitantes del Berghof, el sanatorio de curación de las enfermedades pulmonares, y otro es el tiempo de los habitantes del llano. El primer tiempo se halla determinado por su relación constante con la descomposición y la muerte, en tanto el segundo, el tiempo habitual de los relojes y de los calendarios pareciera, en primera instancia, el tiempo de la salud y de lo vital. Sin embargo, al final de la novela las “fiestas de la muerte” de la Guerra se van a festejar justamente en el llano, en ese mundo de “nueva enfermedad” signado por la decadencia de la cultura europea y por el nihilismo. Según Ricoeur, el hilo conductor del relato lo constituye la confrontación de Hans Castorp con el tiempo abolido,[1] a partir del nuevo tiempo que instaura la enfermedad. La novela se desarrolla en siete capítulos, en el transcurso de siete años, que narran la historia del joven Hans que va a visitar a su primo, internado en el Berghof, por espacio de tres semanas, y permanece allí siete años. Desde el comienzo, el tema es el de la diversidad y discordancia de los tiempos: existen dos modos de vivir y dos modos de habitar, el de la montaña y el de la llanura. En los dos, diferentes son las formas de medir el tiempo: un día en uno de los lugares puede significar meses en el otro, y viceversa. Como señala Settembrini, el mentor iluminista de Hans, la unidad de medida más pequeña en el sanatorio no es la semana sino el mes, con lo cual, el proyecto de estadía del joven carece de sentido desde el comienzo. Poco a poco, los días de Hans se van ordenando de acuerdo a las normas del Berghof, constituyéndose en una sucesión de hechos pequeños que se repiten con regularidad: comidas, descansos, paseos, y, cada tanto, una conferencia. Hacerse al tiempo del Berghof es llegar a ser un habitante del mismo, de allí que Hans se revele, en tanto se ambienta, como enfermo: la visión de su radiografía le muestra la descomposición en su propio cuerpo, la aparición de esa muerte y de esa enfermedad que antes sólo lo rodeaba, ahora en su propia carne. Entonces, comienzan sus farragosas investigaciones acerca de la materia, la vida orgánica, la muerte, y su aprendizaje sobre la relación entre esta última y la voluptuosidad, en esa unión de amor-cuerpo-muerte que se tornará pasión en la figura de Clawdia Chauchat. La pérdida del tiempo medible (aquel del llano) posibilita al joven ingeniero reflexiones continuas sobre la temporalidad, sobre su equivocidad consistente en su eterna circularidad y su capacidad, al mismo tiempo, de producir el cambio. Habiendo vivido un momento de eternidad en aquel instante (Augenblick) mágico de la Walpurgisnacht, Hans se dedica, en la espera de Clawdia que ha partido del Berghof, al estudio de esa otra eternidad, bien diferente, es cierto, a la del instante: la de la astronomía, con su tiempo de proporciones cósmicas. Mientras tanto, su primo Joachim decide partir y retornar al mundo de la llanura, y Hans no lo acompaña, porque su pasaje por lo negativo le ha dado una nueva libertad: ya no podrá ser habitante del mundo de la planicie, ya no podría encontrar el camino de vuelta, aun cuando al final de la obra deba retornar a la llanura, donde se inician, con la Gran Guerra, las “fiestas de la muerte”. Además de ser una novela sobre el tiempo, La Montaña mágica es una novela sobre la enfermedad mortal. Recordemos que en el Berghof todos, hasta los médicos, son enfermos, y en este sentido, señala Ricoeur, puede decirse que estamos ante el reino en el que la muerte y la enfermedad han sido instituidas. El tiempo que se descompone se halla en paralelo, entonces, con la descomposición que provocan la enfermedad y la muerte, pero además con la descomposición de la cultura europea. Esta última descomposición, evidenciable en los diálogos entre Settembrini y Naptha -el iluminista italiano y el jesuita crítico de la ideología burguesa- lleva a la cuestión del nihilismo, enfermedad de la cultura que se tornará visible al final, con la aparición de la guerra mundial. La interpretación que Ricoeur realiza de la temporalidad en esta obra apunta a destacar que esa primera diversidad de los dos tiempos antes señalada (tiempo de la llanura, tiempo de la montaña) abre paulatinamente un nuevo espacio de exploración, el del tiempo interior. Las reflexiones en torno a la cuestión de la eternidad se ubican en este plano: la fascinación por la enfermedad muestra una eternidad de la muerte. Frente a la misma, la ataraxia estoica de Hans parece una victoria, pero la irrupción de la Gran Historia, con su llamada a la acción -el retorno a la llanura- rompe el encanto de dicha ataraxia. En la medida en que los análisis de Ricoeur apuntan a la configuración del tiempo en el relato de ficción, sus conclusiones tienden a destacar estos aspectos. Sin embargo, más allá de las mismas, se podrían establecer otros nexos para analizar las relaciones entre tiempo, constitución del sí mismo, y enfermedad. La Montaña mágica se torna en este sentido una fuente más que sugerente de ideas, como también lo es Doktor Faustus, esa suerte de “biografía” de Nietzsche, en la que el pensador alemán no es mencionado porque su presencia misma es la que genera todo el desarrollo de la acción, y en la que se presenta la posibilidad de la creación -en este caso, del músico- a partir del padecimiento de la enfermedad. Como señala el narrador Zeitblom, el genio es una forma de fuerza vital instruida por la enfermedad. Más de una vez se ha indicado la importancia de la impronta nietzscheana en la escritura de Thomas Mann,[2] y es a partir de esta impronta que me interesa desarrollar algunos puntos de entrecruzamiento entre los tres temas señalados -sí mismo, tiempo y enfermedad- con el objeto de mostrar las diferencias entre dos concepciones de la enfermedad y la forma en que, a partir de dichas concepciones, se configura el sí mismo de maneras diversas. Así como señala Ricoeur que las reflexiones en torno al tiempo exterior abren el paso al tiempo interior, también se podría indicar que el tiempo de la enfermedad, como el tiempo de la salud, permiten que el yo se constituya de modos diferentes.
Nietzsche, la salud y la enfermedad. La enfermedad puede ser pensada como una de las configuraciones temporales por las que debe atravesar todo hombre, configuración que le permite tornarse conciente de su propio cuerpo, reconociendo la importancia del mismo en la constitución de la propia identidad. Suele señalarse que en el tiempo de la salud el cuerpo está como ausente, en la medida en que, al disponer de nuestras fuerzas de manera total y acabada, ninguna de las partes de la corporalidad hace oír su voz discordante por sobre la armonía de la totalidad. En cambio, la enfermedad es como una llamada de la corporalidad, un pedido de atención que nos torna presente la misma, a veces olvidada. La enfermedad es el retorno a la presencia del cuerpo ausente en el tiempo de la salud. Como señala el iluminista Settembrini en La Montaña Mágica, “un hombre que vive enfermo no es más que un cuerpo”.[3] Esta consideración se relaciona con un concepto meramente negativo de la salud como ausencia de enfermedad, sin embargo, la salud también puede ser pensada desde la afirmación, es decir, desde la plenitud de las fuerzas, y en dicha plenitud el cuerpo está siempre presente. De modo tal que podríamos indicar dos formas de constitución del yo desde la enfermedad y la salud en íntima relación con la corporalidad: el cuerpo ausente en el concepto de salud entendida como ausencia de enfermedad, y el cuerpo presente en la idea de salud como plenitud de fuerzas. Para abordar el tema de la enfermedad en Nietzsche, es necesario señalar que el cuerpo está entendido como “campo” y “lugar de cruce” de las fuerzas, en este sentido no es nunca el cuerpo individual aislado del resto del mundo, sino que siempre se halla transido por los otros: las relaciones humanas, las fuerzas históricas, las instituciones, las consignas religiosas, morales, etc. En el cuerpo están no sólo las marcas del individuo (siempre entendido como dividuum, es decir, múltiple) sino también las de su generación y las de las generaciones pasadas, las de su sociedad y las de todas las otras fuerzas que lo constituyen en su entrecruzamiento. Por ello la enfermedad, aún cuando pueda ser aludida de manera individual es, como el cuerpo, al mismo tiempo social. De allí que los hombres acusen en su corporalidad esa gran enfermedad de Occidente que es el nihilismo, y que en parte es producto de la sujeción de los cuerpos a los deberes de tipo religioso, cultural, moral, etc. La cuestión de la enfermedad en Nietzsche apunta tanto a la constitución del sí mismo (Selbst) que el filósofo opone al yo o alma (Ich), como a la construcción del sí mismo del propio autor-Nietzsche. La enfermedad es la compañera constante del hombre y del escritor, pero también es, al mismo tiempo, la enemiga que debe ser combatida, el símbolo de la decadencia europea, el nombre para la exaltación nerviosa del fin de siglo (todo lo cual podría resumirse, en el Nietzsche de los años 1887-88, en un nombre: “Wagner”). La enfermedad es el obstáculo que se opone a la voluntad, permitiéndole alcanzar, mediante la oposición, la gran salud, aquella que es caracterizada como la “sobreabundancia de fuerzas plásticas” que posibilita al hombre el “vivir poniéndose a prueba”.[4] La curación visible en la escritura es el resultado de afrontar la enfermedad como obstáculo de la voluntad del propio Nietzsche autor y pensador. En tal sentido, si bien la enfermedad es un elemento básico del pensamiento nietzscheano, lo es como lo que debe ser combatido, como aquello con lo cual se guarda una relación de amor-enemistad que preanuncia victorias. La enfermedad no es, como pareciera serlo en Mann, el territorio de la “nueva verdad”, de lo fascinante que abre las puertas a nuevos conocimientos y nuevos tiempos, sino que es el elemento a partir de cuya “superación” es posible una nueva salud. Según Rella, la mitologización de la enfermedad que algunos escritores desarrollan a partir de las ideas nietzscheanas, traiciona ciertos aspectos de la filosofía del pensador alemán, por ejemplo, al constituir el ámbito de la enfermedad como “nueva verdad”, nuevo territorio de legitimación de todo lo demás, con lo que logran, en realidad, el ocultamiento del cuerpo. En el pensamiento de Nietzsche, el cuerpo, tradicionalmente “objeto” del saber, es ahora “sujeto” del mismo:[5] el “saber” de la corporalidad es el sí mismo, es decir, el cuerpo como construcción de la voluntad de poder (Herrschaftsgebilde). Aquel sujeto aséptico del cartesianismo, aquel sujeto apriorístico del ego trascendental kantiano, está ahora atravesado por dolores, enfermedades, placeres. Cuando Nietzsche caracteriza el placer lo hace a través de la noción cuasi spinoziana de “aumento de fuerzas”, y el dolor se relaciona con la disminución de dichas fuerzas. Por lo tanto, exaltar la enfermedad como nuevo territorio de conocimiento valioso en sí mismo, implica exaltar la debilidad, convertir en nuevo fundamento lo que es precisamente el elemento que debe ser contrarrestado para lograr la gran salud. La vida se constituye para Nietzsche como tensión de sufrimiento y de placer, tensión en la que ninguno de los dos polos es considerado el elemento determinante o fundamental (de allí su crítica no sólo a los ascetas del ideal sino también a los hedonistas). Pero el dolor es el maestro de la “gran sospecha”,[6] y en este sentido permite el acceso a aquello que ha sido ocultado por el monótono-teísmo occidental: el cuerpo como “gran razón”, como pluralidad de fuerzas. El cuerpo “sujetado” se descubre como Selbst, el sí mismo ahogado en toda la historia de la metafísica bajo el peso del Ich. La enfermedad de Occidente se explica en parte por este dominio del Ich, pequeña razón, sobre el sí mismo, generando esa negación de la vida que pone sus esperanzas en los trasmundos, y sobrestima la conciencia como ámbito privilegiado del hombre. Ante una ética que sostiene un concepto negativo de la felicidad, ante una metafísica que apunta a un estado último, es necesario preguntarse, dirá Nietzsche, si no ha sido la enfermedad la que ha inspirado al filósofo. Porque la enfermedad origina estados que tienden al descanso, al solaz, a la tranquilidad. Sin embargo, la enfermedad también debe generar la movilización de fuerzas que implica la lucha con lo decadente en uno mismo. Por ello, de la enfermedad no salimos “mejorados”, sino que la misma nos “profundiza”, en la medida en que nos presenta la vida como problema, más que como solución. En La Montaña Mágica pareciera que la enfermedad misma se encuentra elevada a un rango superior qua enfermedad, y no como forma posibilitadora de la salud. Se dirá, y con un sentido muy nietzscheano, que la enfermedad de los hombres del Berghof no es nada frente al supuesto mundo de la planicie, que es el realmente enfermo, ese mundo que, a pesar de su apariencia de salud, finaliza festejando la muerte que era motivo de la fascinación de los habitantes de la montaña. La verdadera muerte, pareciera decir Mann, se encuentra en la decadencia de la cultura que haciendo culto de la salud no reconoce la descomposición que la habita. La verdadera muerte es la de los hombres de la planicie, perdidos en un mundo que se considera el mundo ordenado, habitual, cronometrado y que, sin embargo, terminará en el desorden y en el caos. La verdadera muerte es la de los que se creen sanos. Frente a esa supuesta sanidad, entonces, la enfermedad del Berghof tendrá ese aura mágica y fascinante que hará del poeta enfermo, en muchos tramos de la literatura, el símbolo de una vida más plena, de una vida diferente de los pretendidos hombres sanos. En esta concepción, la enfermedad contribuye a la constitución del sí mismo en la medida en que representa un otro, un nuevo fundamento, un nuevo absoluto desde cuya óptica juzgar la vida, un parámetro de mayor autenticidad frente a la supuesta salud de los hombres de la llanura. El tiempo de la enfermedad representa, entonces, para Hans Castorp, el tiempo verdadero, el que constituye la verdadera libertad. Un aire decadente corre por estas páginas y se percibe en el hechizo que la vida descompuesta y la cripta, símbolo de la trasmutación alquímica,[7] ejercen en Hans. La vida es podredumbre y descomposición, interesarse por la vida es interesarse por la muerte: he ahí algunos de los tópicos de Hans en sus conversaciones con el doctor Behrens, y de los motivos de sus investigaciones en gruesos volúmenes. Esta exaltación de la enfermedad y de la muerte es típica de los movimientos decadentistas, con su amor por lo cadavérico[8] -presente en el amor de Hans por Clawdia-, y su consideración de la fiebre y de los estados morbosos como formas de acceso a verdades “más esenciales”.[9] No es casual que el doctor Krokowski, en sus conferencias, conecte el amor con la enfermedad: de la misma manera en que el amor es pensado como forma para alcanzar verdades que no se lograrían por otros medios, la enfermedad es el camino hacia nuevas zonas inexploradas del espíritu. El amor, para Krokowski, es el más vacilante de los instintos, el más propenso a los extravíos, instinto que, cuando es negado, retorna en la forma de la enfermedad: toda enfermedad es amor metamorfoseado.[10] Enfermedad y amor: dos formas de acceso a una verdad diferente de la que conocen el resto de los mortales. Los dos sacerdotes de la nueva verdad de la enfermedad son el doctor Behrens, vestido de blanco, encargado de revelar las verdades del cuerpo a partir de la transparencia de los rayos x, y el doctor Krokowski, vestido de negro, como símbolo de esa revelación de las oscuridades del alma que estudia. Sin embargo, también es justo señalar que por momentos la fascinación por la enfermedad y la muerte alcanza grados de comicidad en La Montaña, lo que hace pensar más que en una consideración de la enfermedad como una nueva verdad, por parte de Thomas Mann, en un intento por mostrar las consecuencias absurdas de la exaltación de la enfermedad por sí misma, como forma de acceso o conocimiento del propio yo.
Tiempo, sí mismo y enfermedad. Más allá de la exaltación de la enfermedad, tanto en Nietzsche como en La Montaña Mágica, el tiempo de la enfermedad, como desarticulación de los tiempos de la habitualidad, contribuye de manera fundamental a la constitución de la temporalidad del sí mismo. En Nietzsche, la enfermedad significa no sólo una nueva cronología -los días se miden a partir de aquellos en los que puede escribir, muy pocos, a lo mejor, treinta o menos en un año-, sino también una nueva topografía, una concepción de los espacios en virtud de su habitabilidad para un enfermo que busca la salud. De allí la errancia por diversas partes de Europa, (y sus ilusiones con respecto a otros lugares, como México y el desierto de Biskra, en Argelia) y su continua búsqueda de nuevos sitios con sus consiguientes decepciones acerca de sus supuestas posibilidades para brindarle un marco curativo. En La Montaña Mágica, el lugar de la salud y el lugar de la enfermedad se encuentran bien delimitados, pero el sitio de curación es, a la vez, paradójicamente, el de la institucionalización de la enfermedad, mientras que el supuesto lugar de los sanos -la planicie- termina por ser aquel en el que se institucionaliza esa otra enfermedad que es la guerra, que es a la vida de la cultura como lo son la enfermedad y la descomposición biológica a la vida “natural”. Por otro lado, tanto en La Montaña como en el pensamiento nietzscheano, la enfermedad permite el acceso a una nueva forma de valorización de la temporalidad, que se relaciona con la consideración del instante como instante único. La enfermedad entendida como una suerte de paréntesis en la vida del hombre sano, la ruptura de una cierta habitualidad de la normalidad, puede llegar a transformarse en habitualidad para aquel que se constituye como enfermo crónico o “de por vida”, como lo son casi todos los habitantes de la Montaña. Pero, contra la mera repetición del tiempo en la enfermedad, la misma permite, frente al tiempo vivido como insoportable eternidad, la posibilidad de alcanzar instantes que justifican toda la existencia, más allá del dolor. La eternidad insoportable accede, en la vivencia del instante, a esa otra eternidad, que es la del instante mismo: “¿Era esto la vida? [...] ¡Bien, otra vez!”[11] En el caso de Hans, esa eternidad del instante se logra en las dos descripciones de La Montaña que implican una ruptura del tiempo cotidiano de la enfermedad: la de la noche de Walpurgis, cuando, amparado por ese paréntesis del tiempo común que es el Carnaval, puede pronunciar la palabra imposible, la de su amor a Clawdia, y en segundo lugar, en el capítulo titulado “Nieve”, cuando accede al instante mágico de la suspensión del tiempo. En ambos casos, la ruptura del tiempo implica una ruptura de las normas y de las convenciones: los que se aman se tratarán de “tú” amparados por las máscaras, y el joven Hans podrá disfrutar del instante eterno en la nieve al romper con las normas del Berghof. El tiempo de la habitualidad es el tiempo de la constitución del yo en su normatividad, en tanto la ruptura del mismo implica el acceso a otras formas de temporalidad “no normativizadas”. En el caso de Nietzsche, enfermo pero también médico de sí mismo y de la cultura occidental, la enfermedad permite la valoración del instante en la medida en que en el mismo se siente la plenitud de las fuerzas, plenitud que es propiciada, justamente, por la enfermedad misma como obstáculo a ser vencido. El instante es el momento de mayor fuerza, lo que permite el cruce del azar y la necesidad, aquel punto en el que se decide amar a la vida en todos sus aspectos, con los lazos mortales de los que hablaba Hölderlin.
Conclusión: enfermedad, escritura e identidad. Nietzsche encara su propia escritura como una lucha contra la enfermedad. Refiriéndose a Así habló Zarathustra, indica que es el “salvador de su vida”,[12] el libro de su curación, en esos días en que se encontraba abocado a la tarea de realizar la alquimia que le permitía convertir en oro todo lo enfermo y decadente en su persona. Por otro lado, el “tiempo” del hombre Nietzsche es también un tiempo diverso al del resto de los hombres en virtud de su enfermedad: tal vez, un tiempo de “instantes”, de aquellos pocos momentos en que ni sus dolores de cabeza, ni sus náuseas, ni sus problemas de reumatismo le impedían escribir. El tiempo de la enfermedad abre el espacio de la valoración del instante, de ese momento sustraído a la habitualidad del dolor en el que las fuerzas pueden manifestarse en plenitud. Muchas veces se ha planteado la cuestión de la “identidad” del “hombre Nietzsche” en virtud de la diferencia entre su vida privada (el prolijo, tímido y amable profesor solitario) y ciertos aspectos de su filosofía. Más allá del hecho de que plantear esta cuestión como una incoherencia vida-obra supone partir de un presupuesto identitario no presente en un autor que desarrolla la cuestión del sí mismo en estrecha relación con el tema de las máscaras, se puede señalar que la obra de Nietzsche es su vida. Y en la medida en que él se asume tanto como enfermo cuanto como médico, su obra es no sólo el testimonio de su sí mismo enfermo (y, podríamos decir, del sí mismo de Occidente en tanto padeciendo la enfermedad de la decadencia, el nihilismo), sino también de los medios de curación. El hombre que señaló “una cosa soy yo y otra son mis escritos”, sabía que sus escritos, en tanto manifestación de su voluntad de poder, también eran él. Y en este sentido, la escritura nietzscheana es la escritura de la corporalidad, y el camino de la enfermedad hacia la salud. El cuerpo se dice de muchas maneras: en el pensamiento de Nietzsche, la enfermedad representa una manifestación del cuerpo-sí mismo en sus aspectos a ser superados para el logro de la salud, en la Montaña Mágica el cuerpo se dice en su descomposición como forma de una verdad superior, de orden moral, aún cuando a veces esa verdad sea tomada de manera paródica y risible (tal vez, Thomas Mann parodiaba su proximidad demasiado cercana a la muerte y a la decadencia). A pesar de esta diferencia, en ambos casos el tiempo de la salud y el tiempo de la enfermedad permiten que ese cuerpo que se dice de muchas maneras, se constituya también de maneras diversas, haciendo patente, aún a través de la opacidad, su posibilidad de ser uno y muchos. Mónica B. Cragnolini
[1] RICOEUR, P., Temps et Récit, Tomo II, La configuration dans le récit de fiction, Paris, Seuil, 1984, p. 169. [2]Vease, por ejemplo, John B. Foster Jr., Heirs to Dionysus. A Nietzschean Current in Literary Modernism, New Jersey, Princeton University Press, 1988, pp. 144 ss. y los trabajos de Reed, T.J., “Von den drei Vereinfachungen: Ethische Ansätze beim Nietzscheaner Thomas Mann”, y de Kurzke, H., “Nietzsche in den Betrachtungen eines Unpolitischen”, inter alia, en el volumen colectivo Wagner-Nietzsche-Thomas Mann, Festschrift für Eckhard Heftrich, hrsg. von H. Gockel, M. Neumann und R. Wimmer, Frankfut a.M., V. Klostermann, 1993, pp. 169-183 y 184-202, respectivamente. [3] Mann, Th., La Montaña Mágica, trad. M. Verdaguer, Bs. As, Anaconda, s/f, p. 158. [4] Nietzsche, F., Menschliches, Allzumenschliches, I (4), KSA 2, pp. 17-18 (las obras de Nietzsche se citan según las Sämtliche Werke.Kritische Studienausgabe in 15 Bänden -abrev., KSA-, Herausgegeben von Giorgio Colli und Mazzino Montinari, München, Berlin/New York, Deutscher Taschenbuch Verlag und Walter de Gruyter, 1980) [5]Rella, F., “Enfermedades”, trad. M. Cragnolini, en Confines, Buenos Aires, Año 2, Nro 3, setiembre de 1996 , p. 168. [6]Nietzsche, Die fröhliche Wissenschaft, KSA 3, p. 350 [7]El principio fundamental del hermetismo es la descomposición, dirá uno de sus dos preceptores, Naptha, (ver p. 718) y en este sentido, en tanto la obra es también una Bildungsroman, mucho de lo que se aprende está relacionado con esta concepción del hermetismo. [8] La fascinación por lo cadavérico era típica de los círculos decadentes franceses de fines del siglo pasado. Como señala Durry M-J., en Jules Laforgue, France, Pierre Seghers Editeur, 1966, p. 34, los poetas decadentes mantenían la costumbre de poseer "têtes de mort”, en especial de sus amadas. [9] Para este tema, véase el capítulo “Al final de la noche”, en Rella, F., Metamorfosis. Imágenes del pensamiento, trad. J. Jordá, Madrid, espasa-Calpe, 1989, pp. 79-89. [10]Váse La Montaña..., pp. 197 ss. [11] Nietzsche, Also sprach Zarathustra, KSA 4, “Das Nachtwandler-Lied”, p. 396. [12] Véase carta a Ida Overbeck, mediados de julio de 1883, Sämtliche Briefe. Kritische Studienausgabe in 8 Bänden, Herausgegeben von G. COLLI und M. MONTINARI, Berlin, Deutscher Taschenbuch Verlag/W. de Gruyter,1986, 6, Nro. 438, p. 406. |
Sitio creado y mantenido por Horacio Potel