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Heidegger Derrida |
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Suponiendo
que la verdad sea una mujer -, ¿cómo?, ¿no está justificada la sospecha de
que todos los filósofos, en la medida en que han sido dogmáticos, han
entendido poco de mujeres?, ¿de que la estremecedora seriedad, la torpe
insistencia con que hasta ahora han solido acercarse a la verdad eran medios inhábiles
e ineptos para conquistar los favores precisamente de una mujer? Lo cierto es
que ella no se ha dejado conquistar: - y hoy toda especie de dogmática está ahí
en pie, con una actitud de aflicción y desánimo. ¡Si es que en
absoluto permanece en pie! Pues burlones hay que afirma que ha caído, que toda
dogmática yace por el suelo, más aún, que toda dogmática se encuentra en las
últimas. Hablando en serio, hay buenas razones que abonan la esperanza de que
todo dogmatiza en filosofía, aunque se haya presentado como algo muy solemne,
muy definitivo y válido, acaso no haya sido más que una noble puerilidad y
cosa de principiantes; y tal vez esté muy cercano el tiempo en que se
comprenderá cada vez más qué es lo que
propiamente ha bastado para poner la primera piedra de esos sublimes e
incondicionales edificios de filósofos que los dogmáticos han venido
levantando hasta ahora, - una superstición popular cualquiera procedente de una
época inmemorial (como la superstición del alma, la cual, en cuantos
superstición del sujeto y superstición del yo, aún hoy no ha dejado de causar
daño), acaso un juego cualquiera de palabras, una seducción de parte de la
gramática o una temeraria generalización de hechos muy reducidos, muy
personales, muy humanos, demasiado humanos. La filosofía de los dogmáticos ha
sido, esperémoslo, tan sólo un hacer promesas durante milenios: como lo fue,
en una época más antigua aún, la astrología, en cuyo servicio es posible que
se haya invertido más trabajo, dinero, perspicacia, paciencia que los
invertidos hasta ahora a favor de cualquiera de las verdaderas ciencias: - a
ella y a sus pretensiones “sobrenaturales” se debe en Asia y en Egipto el
estilo grandioso de la arquitectura. Parece que todas las cosas grandes, para
inscribirse en el corazón de la humanidad con sus exigencias eternas, tienen
que vagar antes sobre la tierra cual monstruosas y tremebundas figuras
grotescas; un de esas figuras grotescas fue la filosofía dogmática, por
ejemplo la doctrina del Vedanta en Asia y en Europa el platonismo. No seamos
ingratos con ellas, aunque también tengamos que admitir que el peor, el más
duradero y peligroso de todos los errores ha sido hasta ahora un error de dogmáticos,
a sabe, a la invención por Platón del espíritu puro y de bien en sí. Sin
embargo, ahora que ese error ha sido superado, ahora que Europa respira aliviada
de su pesadilla y que al menos le es lícito disfrutar un mejor - sueño, somos
nosotros, cuya tarea es el estar despiertos, los herederos de toda la fuerza que
la lucha contra ese error ha desarrollado y hecho crecer. En todo caso, hablar
del espíritu y del bien como lo hizo Platón significaría poner la verdad
cabeza abajo y negar el perspectivismo, el cual es condición fundamental de
toda vida; más aún, en cuanto médicos nos es lícito preguntar: “¿de dónde
procede esa enfermedad que aparece
en la más bella planta de la Antigüedad, en Platón? ¿es que la corrompió el
malvado Sócrates?, ¿habría sido Sócrates, por tanto, el corruptor de la
juventud?, ¿y habría merecido su cicuta?” - Pero la lucha contra Platón o,
para decirlo de una manera más inteligible para el “pueblo”, la lucha
contra la opresión cristiano-eclesiástica durante siglos -pues el cristianismo
es platonismo para el “pueblo”- ha creado en Europa una magnifica tensión
del espíritu, cual no la había habido antes en la tierra: con un arco tan
tenso nosotros podemos tomar ahora como blanco las metas más lejanas. Es cierto
que el hombre europeo siente es tensión como un estado penoso; y ya por dos
veces se ha hecho, con gran estilo, el intento de aflojar el arco, la primera,
por el jesuitismo, y la segunda, por la ilustración democrática: - ¡a la cual
le fue dado de hecho conseguir con ayuda de la libertad de prensa y de la
lectura de los periódicos, que el espíritu no se sintiese ya tan fácilmente a
sí mismo como “penosidad”! (Los alemanes inventaros la pólvora - ¡todos
mis respetos por ello!, pero volvieron a repáralo-, inventaron la prensa.) Mas
nosotros que no somos ni jesuitas, ni demócratas, y ni siquiera suficientemente
alemanes; nosotros los buenos europeos, y espíritus libres, muy
libres - ¡nosotros la tenemos todavía, tenemos la penosidad toda del espíritu
y la entera tensión de su arco! Y acaso también la flecha, la tarea y, ¿quién
sabe?, incluso el blanco...
La falsedad de
un juicio no es para nosotros ya una objeción contra el mismo; acaso sea en
esto en lo que más extraño suene nuestro nuevo lenguaje. La cuestión está en
saber hasta qué punto ese juicio, favorece la vida conserva la vida, conserva
la especie, quizá incluso selecciona la especie; y nosotros estamos inclinados
por principio a afirmar que los juicios más falsos (de ellos forman parte los
juicios sintéticos a priori) son los más imprescindibles para
nosotros, que el hombre no podría vivir si no admitiese las ficciones lógicas,
si no midiese la realidad con la medida del mundo puramente inventado de lo
incondicionado, idéntico-a-sí-mismo, si no falsease permanentemente le mundo
mediante el número, - que renunciar a los juicios falsos sería renunciar a la
vida, negar la vida. Admitir que la no-verdad es condición para la vida: esto
significa, desde luego, enfrentarse de modo peligroso a los sentimiento de valor
habituales; y una filosofía que osa hacer esto se coloca, ya sólo con ello, más
allá del bien y del mal.
¡Qué malignos pueden ser los filósofos! Yo no conozco
nada más venenoso que el chiste que Epicuro se permitió contra Platón y los
platónicos: los llamo dionysiokolakes. Esta palabra según
su sentido literal, y en primer término significa “aduladores de Dionisio”,
es decir agentes del tirano y gentes serviles; pero además, quiere decir
“todos ellos son comediantes, en ellos no hay nada
autentico” (pues dionysokolax era una designación popular del
comediante) Y en esto último consiste propiamente la malicia que Epicuro lanzó
contra Platón; a él le molestaban los modales grandiosos, el ponerse uno
a sí mismo en escena, cosa de que tanto entendían Platón y todos sus discípulos,
- ¡y de la que no entendía Epicuro!, él, el viejo maestro de escuela de Samos
que permaneció escondido en su jardincillo de Atenas y escribió trescientos
libros, ¿quién sabe?, ¿acaso por rabia y por ambición contra Platón? -
Fueron necesarios cien años para que Grecia se diese cuenta de quién había
sido aquel dios del jardín, Epicuro. -¿Se dio cuenta?
Sigue habiendo cándidos observadores de sí mismos
que creen que existen “certezas inmediatas”, por ejemplo “yo pienso”, o,
y ésta fue la superstición de Schopenhauer, “yo quiero”: como si aquí,
por así decirlo, el conocer lograse captar su objeto de manera pura y desnuda,
en cuanto “cosa en sí”, y ni por parte del sujeto ni por parte del objeto
tuviese lugar ningún falseamiento. Pero que “certeza inmediata”, así como
“conocimiento absoluto” y “cosa en sí” encierran una contradictio
in adjecto, eso lo repetiré yo cien veces: ¡deberíamos liberarnos por
fin de la seducción de las palabras! Aunque el pueblo crea que conocer es un
conocer-hasta-el-final, el filósofo tiene que decirse: “cuando yo analizo el
proceso expresado en la proposición ‘yo pienso’ obtengo una serie de
aseveraciones temerarias cuya fundamentación resulta difícil, y tal vez
imposible, - por ejemplo que yo soy quien piensa, que
tiene que existir en absoluto algo que piensa, que pensar es una actividad y el
efecto de un ser que es pensado como causa, que existe un ‘yo’ y,
finalmente, que está establecido qué es lo que hay que designar con la palabra
pensar, - que yo sé qué es pensar. Pues si yo no hubiera tomado ya dentro de mí
una decisión sobre esto, ¿de acuerdo con qué apreciaría yo que lo que acaba
de ocurrir no es tal vez ‘querer’ o ‘sentir’? En suma ese ‘yo
pienso’ presupone que yo compare mi estado actual con otros estados que yo
conozco ya en mí, para de ese modo establecer, lo que tal estado es: en razón
de ese recurso a un ‘saber’ diferente tal estado no tiene para mí en todo
caso una ‘certeza’ inmediata”. - En lugar de aquella “certeza
inmediata” en la que, dado el caso, puede creer el pueblo, el filósofo
encuentra así entre sus manos una serie de cuestiones de metafísica, auténticas
cuestiones de conciencia del intelecto, que dicen así: “¿De donde saco yo el
concepto pensar? ¿Por qué creo en la causa y en el efecto? ¿Qué me da a mí
derecho a hablar de un yo causa de mis pensamientos?” El que, invocando una
especie de intuición del
conocimiento, se atreve a responder enseguida a esas cuestiones metafísicas,
como hace quien dice: “yo pienso, y yo sé que al menos esto es verdadero,
real cierto” - ése encontrará
preparados hoy en un filósofo una sonrisa y dos signos de interrogación. “Señor
mío, le dará tal vez a entender el filósofo, es inverosímil que usted no se
equivoque:
más ¿por qué también la verdad a toda costa?”
En
lo que respecta a la superstición de los lógicos: no me cansaré de subrayar
una y otra vez un hecho pequeño y exiguo, que esos supersticiosos confiesan a
disgusto, - a saber, que un pensamiento viene cuando “él” quiere, y no
cuando “yo” quiero; de modo que es un falseamiento de la
realidad efectiva decir: el sujeto “yo” es la condición del predicado
“pienso”. Ello piensa: pero que ese “ello” sea precisamente aquel
antiguo y famoso “yo”, eso es, hablando de modo suave, nada más que una hipótesis,
una aseveración, y, sobre todo, no es una “certeza inmediata”. En
definitiva, decir “ello piensa” es ya decir demasiado: ya ese “ello”
contiene una interpretación del proceso y no forma parte del
mismo. Se razona aquí según la rutina gramatical que dice “pensar es una
actividad, de toda actividad forma parte alguien que actúe, en
consecuencia-”. Más o menos de acuerdo con idéntico esquema buscaba el viejo
atomismo, además de la “fuerza” que actúa, aquel pedacito de materia en
que la fuerza reside, desde la que actúa, el átomo; cabezas más rigurosas
acabaron aprendiendo a pasarse sin ese “residuo terrestre”, y acaso algún día
se habituará la gente, también los lógicos, a pasarse sin aquel pequeño
“ello” (a que ha quedado reducido, al volatilizarse el honesto y viejo yo).
La
causa
sui es la mejor autocontradicción imaginada hasta ahora, una especie de
estupro y monstruosidad lógicos: pero el desenfrenado orgullo del hombre le a
llevado a enredarse de manera profunda y horrible justo en este sin sentido. La
aspiración a la “libertad de la voluntad", entendida en aquel sentido
metafísico y superlativo que, por desgracia, continúa dominando en las cabezas
de los semiinstruidos, la aspiración a cargar uno mismo con la responsabilidad
total y última de sus propias acciones, y a descargar de ella a Dios, al mundo,
a los antepasados, al azar, a la sociedad, equivale, en efecto, nada menos que a
ser precisamente aquella causa
sui y a sacarse a si mismo de la ciénaga de la nada y a salir a la
existencia a base de tirarse de los cabellos, con una temeridad mayor aún que
la de Münchaunsen. Suponiendo que alguien llegue así a darse cuenta de la rústica
simpleza de ese famoso concepto “voluntad libre” y se lo borre de la cabeza,
yo le ruego entonces que dé un paso más en su “ilustración” y se borre
también de la cabeza lo contrario de aquel monstruoso concepto “voluntad
libre”; me refiero a la “voluntad no libre”, que aboca a un uso erróneo
de causa y efecto. No debemos cosificar
equivocadamente “causa” y “efecto”, como hacen los investigadores de la
naturaleza (y quien, como ellos, naturaleza hoy en el pensar -) en conformidad
con el domínate cretinismo mecanicista, el cual deja que la causa presione y
empuje hasta que “produce el efecto”; debemos servirnos precisamente de la
“causa” y del “efecto” nada más que como de conceptos puros, es decir,
ficciones convencionales, con fines de designación, de entendimiento pero no
de aclaración. En lo “en-si” no hay “lazos causales”, ni
“necesidad”, ni “no libertad psicológica”, allí no
sigue “el efecto a la causa”, allí no gobierna “ley” ninguna. Nosotros
somos los únicos que hemos inventado las causas, la sucesión, la reciprocidad,
la relatividad, la coacción, el número, la ley, la libertad, el motivo, la
finalidad; y siempre que a este mundo de signos lo introducimos ficticiamente y
lo entremezclamos, como si fuera un “en sí” en las cosas, continuamos
actuando de igual manera que hemos actuado siempre, a saber, de manera mitológica.
La “voluntad no libre” es mitología: en la vida real no hay más que
voluntad fuerte y voluntad débil.
Constituye ya casi siempre un síntoma de lo que a un pensador le falta el hecho
de que éste, en toda “conexión causal” y en toda “necesidad psicológica”,
tenga el sentimiento de algo de coacción de necesidad, de sucesión obligada,
de presión, de falta de libertad: el tener precisamente ese sentimiento resulta
delator, -la persona se delata a sí misma. Y en general si mis observaciones
son correctas, la “no libertad de la voluntad” se concibe como problema
desde dos lados completamente opuestos, pero siempre de una manera hondamente
personal: los unos no quieren renunciar a ningún precio a su
“responsabilidad”, a la fe en sí mismos, al derecho personal a su mérito (las razas
vanidosas se encuentran en este lado -); los otros, a la inversa, no quieren
salir responsables de nada, tener culpa de nada, y aspiran, desde un
autodesprecio íntimo, a poder quitarse
de en medio a sí mismos, yéndose a cualquier parte. Estos últimos,
cuando escriben libros, suelen asumir hoy la defensa de los criminales; una
especie de compasión socialista es su disfraz más agradable. Y de hecho el
fatalismo de los débiles de voluntad se embellece de modo sorprendente cuando
sabe presentarse a sí mismo como la
religión de la souffrance humaine: ese es su “buen gusto”.
Perdóneseme
el que yo, como viejo filólogo, que no puede deja su malicia, señale con el
dedo las malas artes de interpretación: pero es que esa “regularidad de la
naturaleza” de que vosotros lo físicos habláis con tanto orgullo, como si -
- no existe más que gracias a vuestra interpretación, y a vuestra mala
“filología”, - ¡ella no es una realidad de hecho, no es un “texto”,
antes bien es tan sólo un arreglo y una distorsión ingenuamente humanitarios
del sentido, con los que complacéis bastante a los instintos democráticos del
alma moderna! “En todas partes, igualdad ante la ley, - la naturaleza no se
encuentra en este punto en condiciones distintas ni mejores que nosotros”:
graciosa reticencia con la cual se enmascara una vez más la hostilidad de los
hombres de la plebe contra todo lo privilegiado y soberano, y asimismo un
segundo y más sutil ateísmo. Ni dieu, ni maître - también
vosotros queréis eso: y por ello “¡viva la ley natural!” - ¿no es verdad?
Pero, como hemos dicho, esto es interpretación, no texto; y podría venir
alguien que con una intención y un arte interpretativo antitéticos supiese
sacar de la lectura de esa misma naturaleza, y en relación a los mismo fenómenos,
cabalmente el triunfo tiránico, despiadado e inexorable de pretensiones de
poder, - un intérprete que os pusiese de tal modo ante los ojos la
universalidad e incondicionalidad vigentes en toda “voluntad de poder”, que
casi toda palabra, hasta la misma palabra “tiranía”, acabase pareciendo
inutilizable o una metáfora debilitante y suavizadora - algo demasiado humano
-; y que sin embargo, afirmase acerca de este mundo, en fin de cuentas, lo mismo
que vosotros afirmáis, a saber, que tiene un curso “necesario” y
“calculador”, pero no porque en él dominen leyes, sino porque
faltan absolutamente leyes, y todo poder saca en cada instante su última
consecuencia. Suponiendo que también esto sea nada más que interpretación -
¿y no os apresuraréis vosotros a hacer esa objeción? bien, tanto mejor. -
Aun
admitiendo que no nos sea dado nada “real” fuera de nuestro mundo de deseos
y pasiones; que no podamos alcanzar “realidad” más alta o más profunda que
la de nuestros instintos -pues el pensamiento no expresa más que la relación
de nuestros instintos entre sí-, ¿no sería lícito aventurar esa pregunta:
“Este mundo dado, no bastaría para comprender, a partir de lo
que es semejante, el mundo que se llama mecánico (o material)”? No quiero
decir comprenderlo como una ilusión, una “apariencia”, una “representación”,
en el sentido de Berkeley o de Schopenhauer, sino como una realidad del mismo
orden que nuestros afectos mismos, un mundo en el que se haya englobado en una
poderosa unidad todo lo que en el proceso orgánico se ramifica y se diferencia
(y, por lo tanto, se afina y se debilita), como una especie de vida instintiva
en la que todas las funciones orgánicas: autorregulación, nutrición, secreción,
cambios orgánicos, se hallan sintéticamente ligadas y confundidas entre sí,
en resumen, una forma previa de vida. No sólo es lícito
aventurar esa pregunta, sino que lo exige la conciencia del método.
No admitir diversas clases de causalidad, hasta que no se haya intentado
resolver por medio de una sola, sin haberla llevado hasta sus últimos límites
(hasta el absurdo, si así puede decirse), es una exigencia moral del método a
la que no tenemos el derecho de sustraernos; es verdad “por definición”,
como dicen los matemáticos. La cuestión, en fin, estriba en saber si
consideramos la voluntad como realmente actuante, si creemos en la
causalidad de la voluntad; si es así -y en el fondo es eso lo que
implica nuestra creencia en la causalidad-, estamos obligados a
hacer esa experiencia, a plantear por hipótesis como única causalidad la de la
voluntad. La “voluntad”, naturalmente, no puede obrar más que sobre una
“voluntad”, y no sobre una materia (sobre los “nervios”, por ejemplo);
en una palabra, hay que llegar a plantear que siempre que se constatan
“efectos”, es que una voluntad obra sobre una voluntad, y que todo proceso
mecánico, en la medida en que manifiesta una fuerza actuante, revela
precisamente una fuerza voluntaria, un efecto de la voluntad. Suponiendo, por último,
que se llegase a explicar toda nuestra vida instintiva como el desarrollo
interno y ramificado de una única forma básica de voluntad -de
la voluntad de poder, es mi tesis-; suponiendo que se pudiesen
reducir todas las funciones orgánicas a esa voluntad de poder, y que ésta
encerrase en sí, por lo tanto, la solución del problema de la procreación y
de la nutrición -es un único problema-, habríamos adquirido el
derecho a definir inequívocamente toda fuerza agente como: voluntad
de poder. El mundo visto desde dentro, el mundo definido y designado por
su “carácter inteligible”, sería justamente “voluntad de poder”, y
nada más que eso. -
Todo lo que es
profundo ama la máscara; las cosas más profundas de todas sienten incluso odio
por la imagen y el símbolo. ¿No sería la antítesis tal vez el
disfraz adecuado con que caminaría el pudor de un dios? Es ésta una pregunta
digna de ser hecha: sería extraño que ningún místico se hubiera atrevido aún
a hacer algo así consigo mismo. Hay acontecimiento de especie tan delicada que
se obra bien al recubrirlos y volverlos irreconocibles con una grosería; hay
acciones realizadas por amor y por una magnanimidad tan desbordante que después
de ellas nada resulta más aconsejable que tomar un bastón y apalear de firme
al testigo de vista: a fin de ofuscar su memoria.
Más de uno es experto en ofuscar y maltratar a su propia memoria, para
vengarse al menos de ese único cómplice: - el pudor es rico en invenciones. No
son las cosas peores aquella de que más nos avergonzamos; no es sólo perfidia
lo que se oculta detrás de una máscara, - hay mucha bondad en la astucia. Yo
podría imaginarme que un hombre que tuviera que ocultar algo precioso y frágil
rodase por la vida grueso y redondo como un verde y viejo tonel de
vino, de pesados aros: la sutileza de su pudor así lo quiere. A un
hombre que posea profundidad en el pudor, también sus destinos, así como sus
decisiones delicadas, le salen al encuentro en caminos a los cuales pocos llegan
alguna vez y cuya existencia no les es lícito conocer ni a sus más próximos e
íntimos: a los ojos de éstos queda oculto el peligro que corre su vida, así
como también su reconquistada seguridad vital. Semejante escondido, que por
instinto emplea el hablar para callar y silenciar, y que es inagotable en
escapar a la comunicación, quiere y procura que sea una máscara
de él la que circule en lugar suyo por los corazones y cabezas de sus amigos;
y suponiendo que no lo quiera, algún día se le abrirán los ojos y verá
que, a pesar de todo, hay allí una máscara de él, - y que es bueno que así
sea. Todo espíritu profundo necesita una máscara: más aún, en torno a todo
espíritu profundo va creciendo continuamente una máscara, gracias a la
interpretación constantemente falsa, es decir, superficial, de toda palabra, de
todo paso, de toda señal de vida que él da.-
¿Son esos filósofos
venideros, nuevos amigos de la verdad? Es bastante probable: pues todos los filósofos
han amado hasta ahora sus verdades. Mas con toda seguridad no serán dogmáticos.
A su orgullo, también a su gusto, tiene que repugnarles el que su verdad deba
seguir siendo una verdad para cualquiera [...] Hay que apartar de nosotros el
mal gusto de querer coincidir con muchos. “Bueno” no es ya bueno cuando el
vecino toma esa palabra en su boca. ¡Y cómo podría existir un “bien común”!
[...] En última instancia las cosas tienen que ser tal como son y tal como han
sido siempre; las grandes cosas están reservadas para los grandes, los abismos
para los profundos, las delicadezas y estremecimientos, para los sutiles, y, en
general y brevemente, todo lo raro para los raros.
¿Qué es, pues, lo que la filosofía moderna entera
hace en el fondo? Desde Descartes - y ciertamente más a pesar de él que a base
de su precedente - todos los filósofos, bajo la apariencia de realizar una crítica
del concepto de sujeto y de predicado, comenten un atentado contra el viejo
concepto de alma - es decir: un atentado contra el presupuesto fundamental de la
doctrina cristiana. La filosofía moderna por ser un escepticismo gnoseológico,
es de manera oculta o declarada, anticristiana;
aunque en modo alguno sea antirreligiosa, esto para oídos más sutiles. En otro
tiempo, en efecto se creía en “el alma” como se creía en la gramática y
en el sujeto gramatical; se decía “yo” es condición, “pienso” es
predicado y condicionado - pensar una actividad para la cual hay que pensar como causa un sujeto. Después, con una tenacidad
y una astucia admirables, se hizo la tentativa de ver si no se podría salir de
esa red, - de si acaso lo contrario era verdadero; pienso la condición,
“yo” lo condicionado; “yo” pues sólo una síntesis hecha
por el pensar mismo. En el fondo Kant quiso demostrar que, partiendo del sujeto,
no se puede demostrar el sujeto, - y también el complemento: sin duda no fue
siempre extraña la posibilidad de una existencia aparente del sujeto, esto es del “alma”,
pensamiento éste que, como filosofía del Vedanta, había existido una vez, y
con inmenso poder sobre la tierra.
Existe una larga escalera de la crueldad religiosa, que consta de
numerosos peldaños; pero tres de éstos son lo más importantes. En otro tiempo
la gente sacrificaba a su dios seres humanos, acaso precisamente aquellos a
quien más amaba, [...] Después en la época moral de la humanidad, la gente
sacrificaba a su dios los instintos más fuertes que poseía, [...] Finalmente,
¿qué quedaba todavía por sacrificar? ¿No tenía la gente que acabar
sacrificando alguna vez todo lo consolador, lo santo, lo saludable, toda
esperanza, toda creencia en una armonía oculta, en bienaventuranzas y justicias
futuras?, ¿no tenía que sacrificar a Dios mismo y, por crueldad contra sí,
adorar la piedra, la estupidez, la fuerza de gravedad, el destino, la nada?
Sacrificar a Dios por la nada -este misterio paradójico de la crueldad suprema
ha quedado reservado a la generación que precisamente ahora surge en el
horizonte: todos nosotros conocemos ya algo de esto. -
No
existen fenómenos morales, sino sólo una interpretación moral de fenómenos.
El fariseísmo no es una degeneración que aparezca en
el hombre bueno: una buena parte de aquél es, antes bien, la condición de todo
ser-bueno.
La
objeción, la travesura, la desconfianza jovial, el gusto por la burla son
indicios de salud: todo lo incondicional pertenece a la patología.
El viejo problema teológico de “creer” y
“saber” - o, más claramente de instinto y razón - es decir, la cuestión
de si, en lo que respecta a la apreciación del valor de las cosas, el instinto
merece más autoridad que la racionalidad, la cual quiere que se valore y se actúe
por unas razones, por un “por qué”, o sea por una conveniencia y utilidad,
- continua siendo aquel mismo viejo problema moral que apareció por vez primera
en la persona de Sócrates y que ya mucho antes del cristianismo, escindió los
espíritus. Sócrates mismo, ciertamente, había comenzado poniéndose, con el
gusto de su talento, -el gusto de un dialéctico superior- de parte de la razón;
y en verdad, ¿qué otra cosa hizo durante toda su vida más que reírse de la
torpe incapacidad de sus aristocráticos atenienses, los cuales eran hombres de
instinto, como todos los aristócratas, y nunca podían dar suficiente cuenta de
las razones de su obrar? Sin embargo, en definitiva reíase también, en
silencio y en secreto, de sí mismo: ante su conciencia más sutil y ante su
fuero interno encontraba en sí idéntica dificultad e idéntica incapacidad ¡Para
qué, decíase, liberarse, por tanto de los instintos! Hay que ayudarlos a ellos
y también
a la razón a ejercer sus derechos, - hay que seguir a los instintos pero
persuadir a la razón para que acuda en su ayuda con buenos argumentos. Esta fue
la auténtica falsedad de aquel grande y misterioso ironista; logró que su
conciencia se diese por satisfecha con una especie de autoengaño: en el fondo
se había percatado del elemento irracional existente en el juicio moral. - Platón,
más inocente en tales asuntos y desprovisto de la picardía del plebeyo, quiso
demostrarse a sí mismo, empleando toda su fuerza - ¡la fuerza más grande de
que hasta ahora hubo de emplear un filosofo! - que razón e instinto tienden de
por sí a una
única meta, al bien, a “Dios”; y desde Platón todos los teólogos
y filósofos siguen la misma senda, - es decir, en cosas de moral ha vencido
hasta ahora el instinto, o “la fe”, como la llaman los cristianos, o “el
rebaño”, como lo llamo yo. Habría que excluir a Descartes, padre del
racionalismo (y en consecuencia abuelo de la Revolución), que reconoció
autoridad únicamente a la razón: pero ésta no es más que un instrumento, y
Descartes era superficial.
¿Qué
es, en última instancia, la vulgaridad? - Las palabras son signos-sonidos de
conceptos; pero los conceptos son signos-imágenes, más o menos determinados,
de sensaciones que se repiten con frecuencia y aparecen juntas, de grupos y
sensaciones. Para entenderse unos a otros no basta ya emplear las mismas
palabras también para referirse al mismo género de vivencias internas, hay que
tener, en fin, una experiencia común con el otro. Por ello los
hombres de un mismo pueblo se entienden entre sí mejor que los
pertenecientes a pueblos distintos, aunque éstos se sirvan de la misma lengua;
o, más bien, cuando los hombres han vivido juntos durante mucho tiempo en
condiciones similares (de clima, de suelo, de peligro, de necesidades, de
trabajo), surge de aquí algo que “se entiende” un pueblo. En
todas las almas ocurre que un mismo número de vivencias que se repiten a menudo
obtiene la primacía sobre las que se dan más raramente: acerca de ellas la
gente se entiende con rapidez, de un modo cada vez más rápido - la historia de
la lengua es la historia de un proceso de abreviación -, sobre la base de ese rápido
entendimiento la gente se vincula de un modo estrecho, cada vez más estrecho.
Cuanto mayor es el peligro, tanto mayor es la necesidad de ponerse de acuerdo
con rapidez y facilidad sobre lo que hace falta; el no malentenderse en el
peligro es algo de que los hombres no pueden prescindir en modo alguno para el
trato mutuo. También en toda amistad o relación amorosa se hace la misma
prueba: nada de ello tiene duración desde el momento en que se averigua que uno
de los dos, usando las mismas palabras, siente, piensa, barrunta, desea, teme de
modo distinto que el otro. (El
miedo al “eterno malentendido”: ése es el genio benévolo que, con tanta
frecuencia, a personas de sexo distinto las aparta de uniones demasiado
precipitadas, aconsejadas por los sentidos y el corazón - ¡y no
un schopenhaueriano “genio de la especie” cualquiera -¡) Cuáles son los
grupos de sensaciones que se despiertan más rápidamente dentro de un alma, que
toman la palabra, que dan órdenes: eso es lo que decide sobre la jerarquía
entera de sus valores, eso es lo que en última instancia determina su tabla de
bienes. Las valoraciones de un hombre delatan algo de la estructura de su alma y
nos dicen en qué ve ésta sus condiciones de vida, su auténtica necesidad.
Suponiendo que desde siempre la necesidad haya aproximado entre sí únicamente
a hombres que podían aludir, con signos similares, a vivencias similares,
resulta de aquí, en conjunto una comunicabilidad fácil de la
necesidad, es decir, en su último fondo, el experimentar vivencias sólo
ordinarias y vulgares tiene que haber sido la más poderosa de
todas las fuerzas que han dominado a los hombres hasta ahora. Los hombres más
similares, más habituales, han tenido y tienen siempre ventaja, los más
selectos, más sutiles, más raros, más difíciles de comprender, ésos fácilmente
permanecen solos en su aislamiento, sucumben a los accidentes y se propagan
raras veces. Es preciso apelar a ingentes fuerzas contrarias paro poder oponerse
a este natural, demasiado natural, progressus in simile, al avance
del hombre hacia lo semejante, habitual, ordinario, gregario - ¡hacia lo vulgar!
-
La soledad y
la náusea espirituales de todo hombre que haya sufrido profundamente - la
jerarquía casi viene determinada por el grado de profundidad a
que los hombres pueden llegar en su sufrimiento-, su estremecedora certeza, que
le impregna y colorea completamente, de saber más, merced a su
sufrimiento, que lo que pueden saber los más inteligentes y sabios, de ser
conocido y haber estado alguna vez “domiciliado” en muchos mundos lejanos y
terribles, de los que “¡vosotros nada sabéis!”..., esa
soberbia espiritual y callada del que sufre, ese orgullo del elegido del
sufrimiento, del “iniciado”, del casi sacrificado, encuentra necesarias
todas las formas de disfraz para protegerse del contacto de manos importunas y
compasivas, y, en general, de todo aquello que no es su igual en el dolor. El
sufrimiento profundo vuelve aristócrata a los hombres, separa. Una de la formas
más sutiles de disfraz es el epicureísmo, así como una cierta valentía del
gusto, exhibida a partir de ese momento, la cual toma el sufrimiento a la ligera
y se pone en guardia contra todo lo triste y profundo. Hay “hombres
joviales” que se sirven de la jovialidad porque, merced a ella son
malentendidos -quieren ser malentendidos. Hay “hombres científicos”
que se sirven de la ciencia porque ésta proporciona una apariencia jovial y
porque el cientificismo lleva a inferir que el hombre es superficial: - quieren
inducir a una falsa inferencia. Hay espíritus libres e insolentes que quisieran
ocultar y negar que son corazones rotos, orgullosos, incurables: y a veces la
misma necedad es la máscara usada para encubrir un saber desventurado demasiado
cierto. - De lo cual se deduce que a una humanidad más sutil le es inherente el
tener respeto “por la máscara” y el no cultivar la psicología y la
curiosidad en lugares falsos.
- Viajero, ¿quién
eres tú? Veo que recorres tu camino sin desdén, sin amor, con ojos
indescifrable; húmedo y triste cual una sonda que, insaciada, vuelve a retornar
a la luz desde toda profundidad - ¿qué buscaba allá abajo? -, con su pecho
que no suspira, con un labio que oculta su náusea, con una mano que ya sólo
con lentitud aferra las cosas: ¿Quién eres tú? ¿Qué has hecho? Descansa aquí:
este lugar es hospitalario para todo el mundo - ¡recupérate! Y seas quién
sea: ¿Qué es lo que ahora te agrada? ¿Qué es lo que te sirve para
reconfortarte? Basta con que lo nombres: ¡lo que yo tengo te lo ofrezco! - “¿Para
reconfortarme? ¿Para reconfortarme? Oh tú, curioso, ¡qué es lo que dices!
Pero dame, te lo ruego-”. ¿Qué? ¿Qué? ¡Dilo! - “¡Una máscara más! ¡Una
segunda máscara!”....
Vivir con una
dejadez inmensa y orgullosa; siempre más allá. - Tener y no tener, a voluntad,
nuestros afectos, nuestros pro y contras, condescender con ellos, por horas; montarnos
sobre ellos como sobre caballos, a menudo como sobre asnos: - hay que saber
aprovechar, en efecto, tanto su estupidez como su fuego. Reservarnos nuestras
trescientas razones delanteras, también las gafas negras: pues hay casos en los
que a nadie le es lícito mirarnos a los ojos, y menos aún a nuestros
“fondos”. Y elegir como compañía ese vicio granuja y jovial, la cortesía.
Y permanecer dueños de nuestras cuatro virtudes: el valor, la lucidez, la
simpatía, la soledad. Pues la soledad es en nosotros una virtud, en cuanto
constituye una inclinación y un impulso sublimes a la limpieza, los cuales
adivinan que en el contacto entre hombre y hombre - “en sociedad” - las
cosas tienen que ocurrir de una manera inevitablemente sucia. Toda comunidad nos
hace de alguna manera, en algún lugar, alguna vez - “vulgares”.
En
los escritos de un eremita óyese siempre también algo del eco del yermo, algo
del susurro y del tímido mirara en torno propios de la soledad; hasta en sus
palabras más fuertes, hasta en su grito continua sonando una especie nueva y más
peligrosa de silencio, de mutismo. Quién durante años y años, durante días y
noches ha estado sentado solo con su alma, en disputa y conversación íntimas,
quien en su caverna - que puede ser un laberinto, pero también una mina de oro
- convirtióse en osos de cavernas, o en excavador de tesoros, o en guardián de
tesoros y dragón: ése tiene unos conceptos que acaban adquiriendo un color
crepuscular, propio, un olor tanto de profundidad como de moho, algo
incomunicable y repugnante, que lanza un soplo frío sobre todo el que pasa a su
lado. El eremita no cree que nunca un filósofo - suponiendo que un filósofo
haya comenzado siempre por ser un ermita - haya expresado en libros sus
opiniones auténticas y últimas: ¿no se escriben precisamente libros para
ocultar lo que escondemos dentro de nosotros? - más aún, pondrá en duda que
un filósofo pueda tener en absoluto opiniones “últimas y auténticas”,
que en él no haya, no tenga que haber, detrás de cada caverna, una caverna más
profunda todavía - un mundo más amplio, más extraño, más rico, situado más
allá de la superficie, un abismo detrás de cada fondo detrás de cada
“fundamentación”. Toda filosofía es una filosofía de fachada - he aquí
un juicio de eremita: “Hay algo arbitrario en el hecho de que él permaneciese
quieto aquí, mirase hacia atrás, mirase alrededor, en el hecho de que no
cavase más hondo aquí y dejase de lado la azada. Toda filosofía esconde
también una filosofía; toda opinión es también un escondite, toda palabra,
también una máscara.
El
hombre, animal complejo, mendaz, artificioso e impenetrable, inquietante para
los demás animales no tanto por su fuerza cuanto por su astucia y su
inteligencia, ha inventado la buena conciencia para disfrutar por fin de su alma
como de un alma sencilla; y la
moral entera es una esforzada y prolongada falsificación en virtud de la
cual se hace posible en absoluto gozar del espectáculo del alma. Desde este
punto de vista acaso formen parte del concepto «arte» más cosas de las que
comúnmente se cree.
Un
filósofo: es un hombre que constantemente vive, ve, oye, sospecha, espera, sueña
cosas extraordinarias; alguien al que sus propios pensamientos le golpean como
desde fuera, como desde arriba y desde abajo, constituyendo su especie peculiar
de acontecimientos y rayos; acaso él mismo sea una tormenta que camina grávida
de nuevos rayos; un hombre fatal, rodeado siempre de truenos y gruñidos y
aullidos y acontecimientos inquietantes. Un filósofo: ay, un ser que con
frecuencia huye de sí mismo, que con frecuencia tiene miedo de sí, — pero
que es demasiado curioso para no «volver a sí» una y otra vez...
Un
hombre que dice: «Esto me agrada, esto yo me lo apropio y quiero protegerlo y
defenderlo contra todos»; un hombre que puede sostener una causa, cumplir una
decisión, guardar fidelidad a un pensamiento, retener a una mujer, castigar y
abatir a un temerario; un hombre que tiene su cólera y su espada, y al cual los
débiles, los que sufren, los oprimidos, también los animales, se allegan con
gusto y le pertenecen por naturaleza, en suma, un hombre que por naturaleza es señor,
— cuando un hombre así tiene compasión, ¡bien!, ¡esa compasión
tiene valor! ¡Qué importa, en cambio, la compasión de los que sufren, ¡O de
los que incluso predican compasión! Hay hoy en casi todos los lugares de Europa
una sensibilidad y una susceptibilidad morbosas para el dolor, y asimismo una
repugnante incontinencia en la queja, un enternecimiento que quisiera adornarse
con la religión y con los trastos filosóficos para parecer algo superior, —
existe un verdadero culto del sufrimiento. La falta de virilidad
de lo que en tales círculos de ilusos se bautiza con el nombre de compasión es
lo primero que, a mi parecer, salta siempre a la vista. — Hay que desterrar
con energía y a fondo esta novísima especie del mal gusto; y yo deseo en fin
que, para combatir esto, la gente se ponga en el corazón y en el cuello el buen
amuleto del «gai saber», — la «gaya ciencia», para aclararlo a los
alemanes.
El
vicio olímpico. -A despecho de ese filósofo que, como genuino inglés,
intentó crear entre todas las cabezas que piensan una mala fama al reír — «el
reír es un grave defecto de la naturaleza humana, que toda cabeza que piensa se
esforzará en superar» (Hobbes) —, yo me permitiría incluso establecer una
jerarquía de los filósofos según el rango de su risa — hasta terminar, por
arriba, en aquellos que son capaces de la carcajada áurea. Y
suponiendo que también los dioses filosofen, cosa a la que más de una conclusión
me ha empujado ya —, yo no pongo en duda que, cuando lo hacen, saben reír
también de una manera sobrehumana y nueva — ¡y a costa de todas las cosas
serias! A los dioses les gustan las burlas: parece que no pueden dejar de reír
ni siquiera en las acciones sagradas.
El
genio del corazón, tal como lo posee aquel gran oculto, el dios tentador y
cazarratas nato de los conciencias, cuya voz sabe descender hasta el ínframundo
de toda alma, que no dice una palabra, no lanza una mirada en las que no haya un
propósito y un guiño de seducción, de cuya maestría forma parte el saber
parecer — y no aquello que él es, sino aquello que constituye, para quienes
lo siguen, una constricción más para acercarse cada vez más a
él, para seguirle de un modo cada vez más íntimo y radical, — el genio del
corazón, que a todo lo que es ruidoso y se complace en sí mismo lo hace
enmudecer y le enseña a escuchar, que pule las almas rudas y les da a gustar un
nuevo deseo, — el de estar quietas como un espejo, para que el cielo profundo
se refleje en ellas —, el genio del corazón, que a la mano torpe y apresurada
le enseña a vacilar y a coger las cosas con mayor delicadeza, que adivina el
tesoro oculto y olvidado, la gota de bondad y de dulce espiritualidad escondida
bajo el cielo grueso y opaco y es una varita mágica para todo grano de oro que
yació largo tiempo sepultado en la prisión del mucho cieno y arena; el genio
del corazón, de cuyo contacto todo el mundo sale más rico, no agraciado y
sorprendido, no beneficiado y oprimido como por un bien ajeno, sino más rico de
sí mismo, más nuevo que antes, removido, oreado y sonsacado por un viento
tibio, tal vez más inseguro, más delicado, más frágil, más quebradizo, pero
lleno de esperanzas que aún no tienen nombre, lleno de nueva voluntad y nuevo
fluir, Reno de nueva contravoluntad y nuevo refluir... ¿pero qué es lo que
estoy haciendo, amigos míos? ¿De quién os estoy hablando? ¿Acaso me he
distraído hasta el punto de no haberos dicho ni siquiera su nombre? A no ser
que no hayáis adivinado ya por vosotros mismos quién es ese espíritu y dios
problemático que quiere ser alabado de este modo. Lo mismo que le
ocurre, en efecto, a todo aquel que desde la infancia ha estado siempre en
camino y en el extranjero, también a mí me han salido al paso muchos espíritus
extraños y peligrosos, pero sobre todo ese de quien acabo de hablar, y ése lo
ha hecho una y otra vez, nadie menos, en efecto, que el dios Dioniso,
ese gran dios ambiguo y tentador, a quien en otro tiempo, como sabéis, ofrecí
mis primicias con todo secreto y con toda veneración — siendo yo, a mí
parecer, el último que le ha ofrecido un sacrificio: pues no he
encontrado a nadie que haya entendido lo que yo hice entonces. Entre tanto he
aprendido muchas más cosas, demasiadas cosas sobre la filosofía de este dios,
y, como queda dicho, de boca a boca, — yo, el último discípulo e iniciado
del dios Dioniso: ¿y me sería lícito acaso comenzar por fin alguna vez a
daros a gustar a vosotros, amigos míos, en la medida en que me esté permitido,
un poco de esta filosofía? A media voz, como es justo: ya que se trata aquí de
muchas cosas ocultas, nuevas, extrañas, prodigiosas, inquietantes. Que Dioniso
es un filósofo, y que, por tanto, también los dioses filosofan, paréceme una
novedad que no deja de ser insidiosa, y que tal vez suscite desconfianza
cabalmente entre filósofos, — entre vosotros, amigos míos, no hay tanta
oposición contra ella, excepto la de que llega demasiado tarde y a destiempo:
pues no os gusta creer, según me han dicho, ni en dios ni en dioses. ¿Acaso
también tenga yo que llegar, en la franqueza de mi narración, más allá de lo
que resulta siempre agradable a los rigurosos hábitos de vuestros oídos?
Ciertamente el mencionado dios llegó, en tales diálogos, muy lejos,
extraordinariamente lejos, e iba siempre muchos pasos delante de mí... Más aún,
si estuviera permitido, yo le atribuiría, según el uso de los humanos,
hermosos y solemnes nombres de gala y de virtud, y haría un gran elogio de su
valor de investigador y descubridor, de su osada sinceridad, veracidad y amor a
la verdad. Pero con todos estos venerables cachivaches y adornos no sabe qué
hacer semejante dios. «¡Reserva eso, diría, para ti y para tus iguales, y
para todo aquel que lo necesite! ¡Yo — no tengo ninguna razón para cubrir mi
desnudez!» — Se adivina: ¿le falta acaso pudor a esta especie de divinidad y
de filósofos? — En una ocasión me dijo así: «En determinadas
circunstancias yo amo a los seres humanos — y al decir esto aludía a Ariadna,
que estaba presente —: el hombre es para mí un animal agradable, valiente,
lleno de inventiva, que no tiene igual en la tierra y que sabe orientarse
incluso en todos los laberintos. Yo soy bueno con él: con frecuencia reflexiono
sobre cómo hacerlo avanzar más y volverle más fuerte, más malvado y más
profundo de cuanto es.» «¿Más fuerte, más malvado y más profundo?»,
pregunté yo, asustado. «Sí, repitió, más fuerte, más malvado y más
profundo; también más hermoso» — y al decir esto sonreía este dios
tentador con su sonrisa alciónica, como si acabara de decir una encantadora
gentileza. Aquí se ve a un mismo tiempo: a esta divinidad no le falta sólo
pudor —; y hay en general buenos motivos para suponer que, en algunas cosas,
los dioses en conjunto podrían venir a aprender de nosotros los hombres.
Nosotros los hombres somos — más humanos...
¡Ay,
qué sois, pues, vosotros, pensamientos míos escritos y pintados! No hace mucho
tiempo erais aún tan multicolores, jóvenes y maliciosos, tan llenos de espinas
y de secretos aromas, que me hacíais estornudar y reír — ¿y ahora? Ya os
habéis despojado de vuestra novedad, y algunos de vosotros, lo temo, estáis
dispuestos a convertiros en verdades: ¡tan inmortal es el aspecto que ellos
ofrecen, tan honesto, tan aburrido, que parte el corazón! ¿Y alguna vez ha
sido de otro modo? ¿Pues qué cosas escribimos y pintamos nosotros, nosotros
los mandarines de pincel chino, nosotros los eternizadores de las cosas que se dejan
escribir, qué es lo único que nosotros somos capaces de pintar? ¡Ay,
siempre únicamente aquello que está a punto de marchitarse y que comienza a
perder su perfume! ¡Ay, siempre únicamente tempestades que se alejan y se
disipan, y amarillos sentimientos tardíos! ¡Ay, siempre únicamente pájaros
cansados de volar y que se extraviaron en su vuelo, y que ahora se dejan atrapar
con la mano — con nuestra mano! ¡Nosotros eternizamos aquello
que no puede ya vivir y volar mucho tiempo, únicamente cosas cansadas y
reblandecidas! Y sólo para pintar vuestra tarde, oh pensamientos
míos escritos y pintados, tengo yo colores, acaso muchos colores, muchas
multicolores delicadezas y cincuenta amarillos y grises y verdes y rojos: —
pero nadie me adivina, a base de esto, qué aspecto ofrecíais vosotros en
vuestra mañana, vosotros chispas y prodigios repentinos de mi soledad, ¡vosotros
mis viejos y amados pensamientos perversos!
Friedrich
Nietzsche
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