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I Cuando somos adultos solemos acordarnos únicamente de los momentos más significativos de nuestra primera infancia. Aunque yo no soy adulto todavía y apenas si he dejado a mis espaldas los años de infancia y pubertad, he olvidado ya muchas cosas de aquel tiempo, y lo poco que sé, probablemente sólo lo retengo porque lo he oído contar. Las hileras de años pasan volando ante mi vista como si se tratase de un confuso sueño. Por eso no puedo remitirme a alguna fecha concreta de los diez primeros años de mi vida. Sin embargo, aún poseo algo claro y vivo en mi alma, y eso es cuanto desearía, uniendo luces y sombras, plasmar en un cuadro. Pues, ¡qué instructivo es poder observar lo diverso del desarrollo de la inteligencia y el corazón y la omnipotencia de la Providencia Divina que los guía!
Normalmente, Lützen es una ciudad sencilla y pequeña, que no muestra a simple vista su importancia histórica. Dos veces fue escenario de extraordinarias batallas, su suelo bebió la sangre de la mayoría de las naciones europeas. Aquí se elevan gloriosos monumentos que proclaman con lengua elocuente la memoria de los héroes caídos. A una hora de Röcken se encuentra Poserna, famosa por ser el lugar de nacimiento de Seume, aquel auténtico patriota, hombre leal y excelente poeta. Desgraciadamente, ya no se conserva su casa. Desde 1813 estaba en ruinas; ahora, un nuevo propietario ha construido otra, grande y hermosa, en el mismo sitio. El pueblo de Sössen, situado a tres cuartos de hora de distancia, es también interesante debido a un túmulo prehistórico que fue desenterrado allí hace muy poco tiempo. Mientras nosotros vivíamos tranquilos y felices en Röcken, violentos acontecimientos conmocionaron a casi todas las naciones europeas. La mecha estaba ya dispuesta desde hacía muchos años en todas partes; sólo hizo falta una pequeña chispa para que se organizase el incendio. De la lejana Francia llegó el primer eco de las armas y el primer canto de guerra. La terrible Revolución de Febrero en París se propagó por todas partes con inusitada rapidez. «Libertad, igualdad y fraternidad» fue la consigna que resonó por todos los países; tanto el hombre humilde como el notable alzaban el acero, unos por una parte y otros por otra, contra el Rey. La lucha revolucionaria parisina fue secundada por la mayoría de las ciudades prusianas y, a pesar de la rapidez con la que se la reprimió, se mantuvo vivo en el pueblo aún por mucho tiempo el anhelo de una «República Alemana». A Röcken no llegaron las oleadas de la insurrección, aunque todavía recuerdo bien el paso por la carretera de algunos carros cargados con grupos de gentes jubilosas y banderas hondeando al viento. Durante esta época fatal tuve además un hermanito, que en el santo bautismo recibió el nombre de Karl Ludwig Joseph, un niño adorable. Hasta entonces siempre nos habían sonreído la fortuna y la felicidad, nuestra vida transcurría sosegadamente como un luminoso día de verano; pero de pronto se formaron negras nubes, los rayos hendieron el espacio y el cielo descargó sus golpes demoledores. En septiembre de 1848 mi amado padre enfermó «psíquicamente» de manera repentina. Sin embargo, todos nosotros nos consolábamos pensando en un rápido restablecimiento. Siempre que un día se sentía un poco mejor, pedía que le dejasen predicar e impartir horas de catequesis, pues su espíritu inquieto no podía permanecer inactivo. Varios médicos se esforzaron en identificar la esencia de la enfermedad, pero no obtuvieron éxito alguno. Entonces hicimos venir hasta Röcken al famoso doctor Opolcer, que se encontraba en Leipzig por aquellos días. Ese hombre extraordinario encontró enseguida el lugar en el que tenía que localizarse la enfermedad. Para nuestro espanto diagnosticó un reblandecimiento cerebral, que aunque aún no era desesperanzado, sí era muy peligroso. Mi querido padre tuvo que padecer terribles dolores, pero la enfermedad no remitía, sino que de día en día se manifestaba con mayor intensidad. Finalmente hasta le privó de la vista, por lo que tuvo que soportar en eterna oscuridad el resto de su suplicio. Esta situación se prolongó todavía hasta julio de 1849; entonces llegó el día de la liberación. El 26 de julio cayó en un profundo letargo del que apenas si despertaba de vez en cuando. Sus últimas palabras fueron: «¡Fränzchen, Fränzchen! ¡Ven! ¡Madre, escucha, escucha...! ¡Ay, Dios!» Después se durmió callada y dulcemente. el 27 de julio de 1849. Cuando me desperté por la mañana, sentí a mi alrededor llorar y sollozar desconsoladamente. Mi querida madre entró en la habitación bañada en lágrimas, prorrumpiendo en lamentos: «¡Ay Dios! ¡Mi pobre Ludwig ha muerto!». A pesar de que yo era todavía muy joven e inexperto, tenía ya una idea de lo que era la muerte; el pensamiento de saberme separado para siempre de mi querido padre me sobrecogió de pronto y comencé a llorar desconsoladamente.
El 2 de agosto se confiaron al seno de la tierra los restos mortales de mi amado padre. La tumba había sido mamposteada a expensas de la comunidad. La ceremonia comenzó a la una del mediodía, al toque de todas las campanas. ¡Nunca dejaré de oír sus sordos tañidos!, ¡Jamás podré olvidar la lúgubre y susurrante melodía del lied «Jesús es mi esperanza»! Por todas las galerías del templo tronaba la música del órgano. Se había congregado una gran multitud de parientes y conocidos, casi todos los clérigos y los maestros de los alrededores. El Sr. pastor Wimmer pronunció el sermón en el altar, el superintendente Wilke habló en la tumba y el Sr. pastor Oßwalt, en la bendición. Después se bajó el féretro, cesaron las graves palabras del sacerdote y el más querido de los padres nos fue arrebatado a sus deudos. Un alma creyente perdía la tierra, una piadosa recibía el cielo. Cuando se priva a un árbol de su copa, se marchita, se vuelve estéril y los pajarillos abandonan sus ramas. A nuestra familia se le había privado de su cabeza principal; toda alegría abandonó nuestros corazones, dominándonos una profundísima tristeza. Pero cuando apenas comenzaban a cicatrizar las heridas, de nuevo fueron dolorosamente desgarradas. Por aquel entonces soñé que oía música de órgano en la iglesia, como la que se toca en los funerales. Al intentar averiguar su causa, se abrió de pronto una tumba y vi salir de ella a mi padre, envuelto en su mortaja. Entró apresuradamente en el templo y enseguida volvió a salir con un niño pequeño en brazos. La losa de la sepultura se abrió, mi padre entró dentro y la tapa cayó otra vez sobre la abertura. En ese mismo instante cesó de sonar la tenue música de órgano y me desperté. El día que siguió a esta noche, el pequeño Joseph se sintió mal de repente, comenzó a tener espasmos y murió a las pocas horas. Nuestro dolor fue inmenso. Mi sueño se había cumplido por entero. Además, el pequeño cuerpo pudo ser todavía depositado en los brazos de nuestro padre. El Dios Celestial fue el único amparo y consuelo que tuvimos en esta doble desgracia. Esto sucedió a finales de enero de 1850...
El Sr. candidato Weber, buen cristiano y excelente maestro, conocía
nuestra amistad y procuró no entorpecerla nunca. Aquí se colocó la piedra
angular de nuestra educación futura. En efecto, junto a excelentes horas de
enseñanza religiosa, también recibimos las primeras lecciones de griego y latín.
No estábamos sobrecargados de trabajo y por eso teníamos también tiempo
suficiente para ocuparnos de nuestros cuerpos. En el verano se organizaban con
mucha frecuencia pequeñas excursiones por los alrededores. Así, visitamos los
hermosos castillos vecinos de Schöniburg y Goseck Freiburg; después, también
Rudelsburg y Saaleck, acompañados, como de costumbre, por el instituto entero.
Una excursión en grupo es siempre algo muy excitante: entonábamos canciones
populares, practicábamos toda clase de juegos divertidos y, cuando el camino
atravesaba un bosque, nos disfrazábamos con ramas y follaje. Los castillos
retumbaban con el estruendo salvaje de los camaradas, y esto me hacía pensar en
los festines de los antiguos caballeros. En los patios y bastiones se
organizaban torneos, de tal manera que era como si reviviésemos en miniatura la
época maravillosa de la Edad Media. Después, subíamos a los altos torreones y
atalayas para contemplar desde allí arriba el espectáculo del valle dorado por
la luz del atardecer, hasta que, al fin, cuando la niebla bajaba a los prados,
regresábamos a casa exultantes de júbilo. Todos los años, por primavera, hacíamos
una fiesta que, para nosotros, sustituía a la de la cereza. Nos desplazábamos
hacia Rossbach, una pequeña aldea cercana a Naumburg, en donde dos patos
esperaban nuestras ballestas. Se disparaba con gran denuedo, el Sr. candidato
Weber repartía los premios y todo era alegría y alborozo. En los bosques
cercanos jugamos después a guardias y ladrones, pero de manera tan salvaje que
los palos y las peleas no cesaban hasta que por fin el candidato Weber anunciaba
la hora de regresar. Por aquella época todas las miradas se dirigían con
inquietud al desarrollo del conflicto que se había desatado entre Turquía y
Rusia. Los rusos habían ocupado enseguida los principados turcos en el Danubio,
Moldavia y Valaquia, amenazando la «Sublime Puerta». Los turcos parecían ser
absolutamente imprescindibles para mantenerla estabilidad de Europa, por lo que,
tanto los austríacos como los prusianos y las potencias occidentales se
pusieron a su favor. Pero todos los intentos de mediación de las cuatro grandes
potencias no ejercieron en el Zar Nicolás el efecto deseado. La guerra
continuaba y, finalmente, Francia e Inglaterra armaron su ejército y su flota,
enviándolos en ayuda de los turcos. El escenario bélico se trasladó a Crimea
y los enormes ejércitos sitiaron Sebastopol, lugar donde se encontraba el gran
ejército ruso a las órdenes de Menschikopf. Estos acontecimientos eran para
nosotros algo muy excitante; enseguida tomamos partido por los rusos y,
enfurecidos, incitamos a todo amigo de los turcos a presentar batalla. Como teníamos
soldados de plomo, e incluso juegos de construcción, no cesábamos de
imaginarnos las batallas y el asedio. Levantamos defensas de tierra y cada uno
se las ingeniaba para hacerlas inexpugnables. Todos compilábamos pequeños
libros que denominábamos «de estratagemas de guerra», mandábamos fundir
balas de plomo y aumentábamos constantemente el grueso de nuestros ejércitos
con nuevas adquisiciones de soldados. Habitualmente excavábamos un foso
siguiendo el plano del puerto de Sebastopol, reconstruyendo fielmente las
fortificaciones defensivas y llenando de agua el foso así excavado. Confeccionábamos
previamente una gran cantidad de proyectiles de brea, azufre y salitre que,
después de haber sido prendidos, disparábamos contra barcos de papel.
Enseguida ardían con luminosas llamaradas que aumentaban nuestro entusiasmo.
Era verdaderamente un espectáculo muy hermoso ver los proyectiles de fuego
silbar rompiendo la oscuridad, cosa que sucedía a menudo, cuando nuestros
juegos se alargaban hasta el anochecer. Por último, acostumbrábamos a quemar
la flota entera y todas las bombas, con lo que, a veces, las llamas llegaban a
alcanzar más de dos pies de altura. Pero no solamente viví tiempos felices con
mis amigos, sino también en casa, con mi hermana. Asimismo, nosotros dos edificábamos
fortalezas con los juegos de construcción; precisamente, gracias a tanta práctica
aprendí todas las sutilezas arquitectónicas. En realidad, todo lo que encontrábamos
sobre el arte de la guerra era saqueado tan exhaustivamente que adquirí un gran
conocimiento de la materia. Tanto enciclopedias como los libros militares más
modernos enriquecían nuestras colecciones; quisimos
Nunca olvidaré aquella época. Me referiré ahora al segundo período de mi poesía; después, haremos un recorrido por Naumburg. Si bien mis primeros versos eran torpes y pesados en cuanto a forma y contenido, en los de mi segundo período intenté expresarme en un lenguaje ornamentado y brillante. Pero no logré más que hacer de la elegancia afectación, y retórica y floritura inútil del lenguaje brillante. Además, faltaba en ellas lo principal: las ideas. En cualquier caso, el primer período supera con mucho, precisamente por esto, al segundo, aunque se ve cómo aún no se pisa tierra firme, se vacila de extremo a extremo y sólo se alcanza el descanso en la dorada vía media. Pero ya he escrito suficiente. Vamos, demos una vuelta por la ciudad. Entremos por la bonita Jakobsthor. Si ahora bajamos por la bella y
ancha calle de casas antiguas llegaremos a la plaza del mercado. Mira, justo
ante ti se sitúa el ayuntamiento. Pero, ¡qué grande es! ¡Qué extensión!
Sus cuatro frentes prácticamente forman cuatro calles y su torrecita se eleva,
sombría, hacia el cielo. Ese color gris oscuro, sus antiquísimos salidizos,
hacen que siempre lo contemple con respeto. Si ahora vuelves tu mirada hacia la
derecha, sí, ahí, en el centro, verás ¡la casa verde! ¡Ésa es la vivienda
de los Pinder! Aquí vive el consejero Krug y la abuela Pinder, la honorable
propietaria de la casa. Se cuenta que Federico el Grande se alojó aquí, e
incluso Napoleón; aún se conserva en ella un gran águila que data de aquel
tiempo. (Por cierto, ¡un transparente! ¡No vaya a pensarse en un pájaro!
También Napoleón puede compararse a una de esas águilas de pergamino, cuando
se le retiró la lámpara que lo iluminaba por detrás, quedó convertido en
miserable papel y se le apartó en un rincón). A la izquierda del ayuntamiento
El día de la Ascensión fui a la iglesia parroquial y escuché el coro
sublime de El Mesías
: ¡el
Aleluya! Me sentí
embriagado por completo, comprendí que así debía de ser el canto jubiloso de
los ángeles entre cuyos arrebatos vocales Jesucristo ascendió a los cielos.
Inmediatamente tomé la firme determinación de componer algo parecido. Al salir
de la iglesia puse manos a la obra, alegrándome como un chiquillo con cada
acorde que hacía sonar. Como seguí practicando la composición en años
sucesivos, considero que he ganado mucho con ello, ya que sobre todo aprendí el
arte de improvisar un poco mejor gracias a su estudio. A causa de esto se me
terminaban enseguida las ingentes cantidades de papel pautado. Además, concebí
un inusitado odio hacia todo lo que fuese música moderna y no clásica. Mozart
y Haydn, Schubert y Mendelssohn, Beethoven y Bach, eran los pilares sobre los
que se fundaban tanto la música alemana como la mía. También escuché por
aquel entonces varios oratorios. El Requiem,
profundamente turbador, fue el primero; las palabras Dies
Trae, dies illa, me llegaron
hasta la médula de los huesos. ¡Y ese Benedictus,
realmente celestial! A menudo asistí a varios ensayos. Como las misas de ánimas
se ofician habitualmente el día de Todos los Santos, la mayoría de los ensayos
tenían lugar hacia la caída de la tarde, en el neblinoso otoño. Así, me
sentaba en la sagrada semioscuridad de la iglesia para escuchar en la intimidad
las sublimes melodías. Debo mencionar aquí al excelente director de orquesta
Wettig, un músico tan experto en la dirección como en la composición. Mantenía
a su pequeño coro en un orden modélico y dirigía también a los demás grupos
de las asociaciones de manera excelente; por lo demás, se le consideraba el
mejor maestro de Naumburg. Su mujer, que había sido anteriormente cantante de
ópera, colaboraba cuanto podía por embellecer cada representación musical.
Aparte de éstos, tenemos otros dos directores en Naumburg: Otto Claudius,
presidente de la anterior sociedad coral, un hábil compositor, pero también un
hombre muy vanidoso y pedante; y Fuckel, que dirigía el coro municipal. Además
de esas composiciones escuché también el Judas Macabeo
de Händel y, sobre todo, La Creación
de Haydn. Asistí también a la audición del delicado e ingenioso Sueño
de una noche de verano de
Mendelssohn. ¡Esa maravillosa obertura! Me parece como si una etérea procesión
de elfos danzase en la noche, plateada por el
Opitz terribili sonitu oê, oê !¡y que a él le vaya bien! ¡dixit!
Pero, aparte de esto, hacia lo posible por enriquecer nuestros conocimientos. Los suyos eran también extraordinarios; sin embargo, no poseía el talento de aclarar cosa alguna a sus alumnos. Lo que más dolor me producía era la clase de religión, que era verdaderamente deplorable y que, además, duraba hasta el mediodía. Debo añadir otra cosa: mientras pertenecía a los de quinto, se impuso también algo así como una especie de «orgullo quintano». Es peculiar que, sintiéndonos un tanto adelantados y habiendo alcanzado un estadio más alto, pretendamos percibir, a la vez, una mayor gravedad en nuestro espíritu. En el tercer grado es cuando esto se manifiesta de forma más evidente. Nos sabemos incluidos entre el número de los alumnos de las últimas clases, y muchos ven como un privilegio el aparecer con cigarro y bastón para diferenciarse así de sus iguales. Hasta ahora nunca he podido imaginarme que un niño pueda experimentar el más mínimo placer en ello; considero ambas cosas mera vanidad. Hasta aquí, nuestra vida transcurría en Naumburg de la misma manera que fluye un arroyo tranquilo y transparente. Pero, de pronto, otra vez se oscureció la superficie; estalló una tormenta y la naturaleza hizo que una lluvia torrencial transformase las aguas en negras cascadas que transcurrían impetuosamente. Ya en Röcken, mi querida tía Auguste había estado siempre delicada, pero su mal empeoró terriblemente en Naumburg. Ningún médico pudo determinar cuál era la causa de su enfermedad, pero todos estaban seguros de que se trataba de una afección pulmonar. Como no pudieron ayudarla los múltiples medicamentos prescritos, el estado de la pobre tía fue empeorando cada vez más. Comenzaron entonces los días de canícula y el tío Edmund, de Pobles, quiso llevarme junto a los abuelos. Me despedí de todos, también de la querida tía. Aún puedo acordarme bien de cuánto lloró, y yo con ella. Fue la última vez que la vi. Un día llegó el cartero a Pobles con una carta. Angustiado, esperé inmóvil las noticias. Pero en cuanto escuché el principio, me salí afuera y lloré amargamente. Cuando a los dos días volví a Naumburg, la tía ya había sido enterrada. Según el juicio de los médicos que le hicieron la autopsia, fue la negra enfermedad la que acabó con su vida. Por lo visto, le había minado completamente un lóbulo pulmonar. Resulta un tanto singular que justamente muriera mi tía estando yo ausente, y que, después, también lo estuviera mi hermana cuando a los ocho meses murió la abuela. Esta querida, respetable matrona, que ya había perdido a varios de sus hijos, se sintió muy afectada a causa de esta última muerte. Con profundo dolor se lamentaba constantemente llamando a la difunta: «¡Mi Auguste! ¡Mi Auguste!» No mucho tiempo después, ella la siguió. Cuando el Sr. consejero Hunger fue enterrado a la edad de 82 años, la abuela comentó con melancolía: «Pronto, muy pronto volveremos a vernos». Ocho meses después de la muerte de la tía Auguste, se sintió indispuesta una mañana. Después, paulatinamente, fue sumiéndose en un tranquilo sueño, mientras que ya ninguno de nosotros concebía esperanza alguna por su querida vida. Mamá mandó buscar a Lisbeth, que se encontraba en Pobles. Cuando llegó por la tarde, no encontró ya a la abuela con vida. A las dos del mediodía se había quedado dormida plácidamente. El Padre Celestial sabe cuánto lloré entonces. Como la abuela había sido muy querida y respetada por todos los de Naumburg, el féretro estaba profusamente adornado con multitud de coronas y cruces. Es una característica notable del corazón humano que, si hemos vivido una pérdida muy grande, no nos esforcemos por olvidarla, sino que la mantengamos viva constantemente en nuestro interior, recordándola tan a menudo como podamos. Parece como si en esa insistencia en la repetición del relato de lo ocurrido se encontrase el debido consuelo para nuestro dolor. Todavía no he mencionado que por esa época se me trasladó a la cuarta clase. Teníamos como profesor al Sr. doctor Silver, un hombre al que llegué a apreciar mucho como maestro. Su discurso ingenioso y fluido, los conocimientos amplios y brillantes adquiridos paso a paso en todas las especialidades del saber humano, le diferenciaban con mucha ventaja de Opitz. Tenía, además, el talento de atraer la atención de los escolares. Con él tuvimos las primeras lecciones de griego, que nos parecieron muy difíciles. Sólo los versos me suponían mucho trabajo y dificultad, a pesar de que los componía de muy buena gana. Por lo general, al principio teníamos muchísima tarea, y puedo acordarme de que, habitualmente, trabajaba hasta las 11 y las 12 (era invierno) e incluso también tenía que levantarme por la mañana a las 5. Por esta época vivía ya en la nueva casa. En efecto, después de la muerte de la abuela consideramos conveniente separarnos, así que la tía Rosalie se alojó en otra vivienda diferente de la nuestra 23. Nos alojamos en casa de la viuda del pastor Harsheim, diligente maestra de la escuela pública de niñas, muy cumplidora de su deber. El bonito edificio lindaba con un jardín que tenía numerosas pérgolas y árboles frutales. Fue durante las vacaciones de verano cuando nos mudamos; también se tocó por primera vez en la recién estrenada vivienda el piano nuevo, pues tan sólo hacía dos días que lo habíamos comprado, ya que el viejo pertenecía ahora a la tía Rosalie. Justo delante de la entrada del jardín está la Iglesia de María Magdalena, de la que es prelado el Sr. pastor Richter. No hace mucho que ha sido ampliada y decorada muy bellamente con pinturas murales. Desde nuestra ventana disfrutamos de una vista muy bonita. La frondosa avenida, más allá, los viñedos de Spechzart y, a la derecha, la antiquísima Marienthor y la torre. En otoño, cuando los fuertes vientos han robado las hojas de los árboles, podíamos ver con absoluta claridad las fogatas y los fuegos de artificio y escuchar el júbilo y los petardos y disparos de la fiesta de los viñadores. También en verano podemos disfrutar del placer de escuchar bonita música militar todas las mañanas. Pero ahora me acuerdo de repente de algo que ocurrió cuando todavía vivíamos en la otra casa. También nuestro bienamado Rey honró Naumburg con su visita. Se hicieron grandes preparativos para la ocasión. Todos los escolares se adornaron con lazos de color blanco y negro y esperaban la llegada del padre de la patria con ansiedad. También nosotros nos apostamos a las 11 en la plaza del mercado. Poco a poco comenzó a lloviznar, el cielo se tornó oscuro y el Rey no acababa de venir. Dieron las 12, el Rey no llegaba; muchos niños se sentían hambrientos. Llovió de nuevo y todas las calles se enlodaron. Dio la una, la impaciencia alcanzó su grado más alto. Finalmente, a las 2 comenzaron a volar las campanas, el cielo sonrió, todavía con lágrimas en su mirada, a la entusiasmada y agitada muchedumbre; entonces oímos el estrépito de las carrozas y un vehemente
Sobre música
Dios nos ha concedido la música, en primer lugar, para que mediante ella ascendamos a las alturas. La música reúne en sí misma todas las cualidades: puede conmover, embelesar, serenar; es capaz de amansar el ánimo más tosco con sus delicados tonos melancólicos. Pero su facultad esencial es la de dirigir nuestros pensamientos hacia lo alto, la de elevarnos, conmocionarnos. Éste es sobre todo, el propósito de la música religiosa. Pero es deplorable que esta clase de música esté cada vez más alejada de su fin. A ella pertenecen también los corales. Actualmente existen muchos de éstos, que con sus lánguidas melodías se alejan excepcionalmente del ímpetu y la fuerza de los antiguos. La música también alegra el ánimo y aleja los negros pensamientos. ¡Quién no se habrá sentido embargado por el silencio, por la más espléndida paz cuando escucha las sencillas melodías de Haydn! La música nos habla a menudo más profundamente que las palabras de la poesía, en cuanto que se aferra a las grietas más recónditas del corazón. Todo lo que el Señor nos regala ha de servirnos de bendición si lo utilizamos correcta y sabiamente. Así, el canto eleva nuestro espíritu y lo conduce hacia la bondad y la verdad. Si sólo se usa la música para el regocijo, o como un medio de exhibirse entre los hombres, será pecaminosa e insana. Y es justamente esto lo que más abunda: casi toda la música moderna acusa su huella. Algo que también es muy triste es que casi todos los compositores modernos se empeñan en escribir con oscuridad. Sin embargo, es muy probable que estos períodos tan artificiales, que, quizás encanten al especialista, dejen frío al oído sano. Sobre todo, la llamada «música del futuro» de un Liszt, de un Berlioz, trata de mostrar que no es posible algo más extravagante. La música proporciona, asimismo, un agradable entretenimiento, protegiendo del tedio a todo aquél que se interese por ella. Hay que considerar a los seres humanos que la desprecian como «gente sin alma», como criaturas parecidas a los animales. Este don supremo de Dios me ha acompañado a lo largo de mi vida y puedo considerarme muy feliz de haberla amado tanto. ¡Demos gracias a Dios que nos ofrece tan hermoso placer!. En el tercer periodo de mis poemas intenté unir el primero y el segundo, es decir, armonizar ternura y fuerza. En qué medida logré conseguirlo es algo que ignoro todavía. Este periodo comenzó el 2 de febrero de 1858, día del cumpleaños de mi querida madre. Normalmente yo acostumbraba a ofrecerle en esa fecha una pequeña colección de poemas. Desde aquel momento me propuse adiestrarme un poco más en la práctica de la poesía, escribiendo, siempre que me fuese posible, un poema cada tarde. Durante dos semanas así lo hice, sintiendo una gran alegría cada vez que veía ante mí terminada una nueva creación de mi espíritu. También traté de escribir del modo más sencillo posible, pero pronto tuve que dejarlo. Y es que, si bien un poema consumado tiene que ser lo más sencillo posible, del mismo modo ha de hallarse la verdadera poesía en cada una de sus palabras. Un poema que carezca de pensamiento alguno, plagado de frases y de imágenes, se parece a una apetitosa manzana de rojas mejillas que contiene un gusano en su interior. El poema tiene que estar absolutamente exento de retórica, porque el uso de frases hechas hace pensar en un cerebro que es incapaz de crear algo por sí mismo. Al escribir una obra hay que atender, principalmente, a las ideas, pues se perdona antes un descuido estilístico que una idea confusa. Buen ejemplo de ello son los poemas de Goethe, con sus ideas profundas y brillantes como el oro. La juventud, a la que aún le faltan sus propios pensamientos, busca disimular el vacío de ideas tras un estilo brillante. ¿Acaso no iguala en esto la poesía a la música moderna? Incluso tendremos pronto otra «poesía del futuro». Se pretende decir algo con las imágenes más originales; exponer confusas ideas con demostraciones oscuras pero sublimes y llamativas; quieren escribirse, en fin, obras en el estilo del Fausto (segunda parte), pero, por supuesto, sin la altura de su pensamiento. Dixi !! Ahora quiero dar a continuación un índice de todas mis poesías:
1855-6
1857
Suplemento a I y II
1858
Éstas no son las únicas. Me he contentado con hacer una selección incluyendo en ella también algunas poesías muy antiguas de las que me acuerdo, pero que ya no poseo. Conjuntamente con Wilhelm he escrito también dos pequeñas piezas teatrales. Una se titula Los dioses del Olimpo. La representamos una vez y, aunque no salió del todo bien, nos divertimos muchísimo. Las corazas, los escudos y los yelmos plateados y dorados, los magníficos trajes de las diosas, conseguidos en muy diversos lugares, jugaron un papel importantísimo. La otra pieza se llama Orkandal, una tragedia, o mucho más, una historia caballeresca y de fantasmas, en la que había de todo: banquetes, batallas, asesinatos, espectros y prodigios. Habíamos iniciado ya los preparativos para la representación; yo había compuesto una furiosa obertura a cuatro manos, pero nuestros planes fueron eclipsándose poco a poco. La misma suerte corrió la pieza posterior: La conquista de Troya, de la cual ya estaban concluidos los dos primeros actos en donde se relataban trifulcas de dioses. Todos estos proyectos, incluso el de escribir una novela, Muerte y perdición, los concebí cuando en el último semestre del cuarto grado dejé de asistir a la escuela debido a mis dolores de cabeza. Todas las mañanas iba hasta Spechzart y eran tantos los proyectos que concebía que rara vez llevaba a cabo alguno. Además hacía poco tiempo que mi amigo Wilhelm Pinder había caído gravemente enfermo, por lo que se hallaba en el balneario de Heringsdorf. Así es que en esa época me encontraba muy solo, pues, debido a la escuela, Gustav tampoco tenía mucho tiempo para visitarme. Cuando Wilhelm volvió, asistimos de nuevo juntos a la escuela, y tras unos exámenes muy sencillos, ingresamos en el tercer grado. Así, ahora me encuentro al final del segundo período de mi vida, por lo que me permito echar todavía algunas miradas atrás, a los 13 años cumplidos. Con el nuevo libro comenzará también mi vida en el tercer grado.
Retrospectiva He vivido ya muchas cosas, alegres y tristes, agradables y desagradables, pero sé que en todas ellas Dios me ha guiado con la misma seguridad que un padre a su tierno hijito. Aunque me haya impuesto mucho sufrimiento, reconozco con veneración su poder y su majestad sobre todas las cosas. He tomado la firme determinación de dedicarme para siempre a su servicio. Quiera el Señor darme fuerza para llevar a cabo mi propósito y quiera ampararme en el camino de mi vida. Con confianza infantil me entrego a su misericordia: que Él nos ampare y nos libre de desgracias, pero ¡hágase su Santa Voluntad! Todo lo que Él me asigne quiero aceptarlo con alegría: buena o mala suerte, pobreza y riqueza, y también, mirar valientemente a los ojos de la muerte, la cual un día ha de igualarnos a todos en el contento y la placidez eternas. ¡Señor, deja que tu semblante nos ilumine por toda la eternidad! ¡¡Amén!! Con esto he terminado mi primer cuaderno, que contemplo con satisfacción. Lo he escrito sin cansancio alguno y con gran alegría. Es algo magnífico guiar más tarde a nuestro espíritu por los primeros años de nuestra vida y penetrar así en el desarrollo de su educación. He relatado fielmente la verdad, sin fabulación o adorno poético alguno. Que de vez en cuando haya añadido algo, o que aún añada algo más, debe perdonárseme debido a lo extenso de la empresa. ¡Ojalá pueda todavía escribir muchos más libritos como éste!
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