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CANTOR, CABALLERO Y ESPÍRITU LIBRE (1878-1882)
1. Aún cuando Nietzsche ha manifestado repetidamente el deseo de abandonar su cátedra, a primeros de septiembre de 1877 regresa a Basilea para reincorporarse a sus tareas docentes. Durante buena parte de su año sabático, permaneció en Italia -de donde recordará con especial afecto las tardes de lectura y tertulia en Villa Rubinacci, en Sorrento: Voltaire, Diderot, Michelet, Ranke... La influencia de estas lecturas, junto con las que Rée le sugiere, será bien patente en el desplazamiento que va a implicar su próxima obra, Humano, demasiado humano. Al día siguiente de su llegada a Basilea comienza a dictarle a Peter Gast la primera parte, que el 3 de diciembre estará concluida y en manos de su editor. Cuando se publica, en mayo de 1878, coincidiendo con el centenario de la muerte de Voltaire y con el subtitulo de Un libro para espíritus libres, Nietzsche está ya trabajando en la segunda parte, que editará con un apéndice, Opiniones y sentencias varias. A éste seguirá El viajero y su sombra, escrita durante una estancia en St. Moritz, que cierra este primer bloque -primera entrega de este nuevo período intelectual, marcado todo él por la forma aforística de sus escritos. Por entonces, le escribe a Malwida von Meysenburg: «Por lo que a martirio y renunciación se refiere, mi vida de los últimos años puede medirse con la de los ascetas de una época cualquiera; a pesar de ello, de estos años he sacado mucho para la purificación y sosiego de mi alma, y no necesito ya aquí ni religión ni arte. Vd. notará que estoy orgulloso de ello, y, en efecto, sólo el abandono total me ha hecho descubrir mis propias fuentes de energía. Creo haber dado cima a la obra de mi vida, aunque, desde luego, como alguien a quien no se le ha dejado tiempo. Sé, empero, que he vertido una gota de buen aceite para muchos, y que he dado a muchos también una indicación para el propio levantamiento, la apacibilidad y el ánimo justo». En efecto, Nietzsche ya no necesita «ni religión ni arte» -y éstos serán los cambios más visibles de esta nueva andadura suya, y que motivarán la calificación errónea de esta etapa intelectual como «positivista» o «ilustrada». Nietzsche ya no acude a Grecia para encontrar la religiosidad modélica de la tragedia, ni confía en la transmutación estética del dolor de la existencia humana -y su desengaño del wagnerismo tendrá sin duda mucho que ver con ello. En este sentido, en el aforismo 222, «Lo que queda del arte», leemos: «Así como las artes plásticas y la música dan la pauta del caudal de sentimientos efectivamente adquirido en virtud de la religión, en el supuesto caso de que desapareciese el arte, la intensidad y multiplicidad de alegría de vivir por él inculcadas en el hombre continuarían clamando por su satisfacción. El hombre de ciencia es la evolución ulterior del hombre artístico». Sin embargo, esta nueva figura del «hombre de ciencia» con la que se enmascara no practica el positivismo romo, al estilo de Rée y los moralistas ingleses, sino que es el suyo, ante todo, el combate de un espíritu que se quiere libre. «He aquí la guerra --escribe en Ecce homo, comentando este libro-- pero una guerra sin pólvora ni humo, sin actitudes belicosas, sin pathos, sin aspavientos, que todo esto sería todavía "idealismo". Uno por uno los errores van siendo puestos entre hielo con calma serena; el ideal no es refutado: --se congela... Aquí se congela "el genio", un poco más allá "el santo"; bajo un grueso carámbano se congela "el héroe"; por último se congela "la fe", la llamada "convicción", y también la compasión se enfría sensiblemente; -- casi por doquier se congela "la cosa en sí" ... » Pero, con «la cosa en sí» se congela también su trasunto schopenhaueriano, la Voluntad -- marcando así su alejamiento definitivo del segundo de sus maestros. Nietzsche ya no cree en la inmediatez de la Voluntad y de los instintos. Ha descubierto que por debajo se esconden en el hombre las consideraciones morales, los prejuicios, los ideales -- que son éstos quienes guían a los instintos. Y que los errores de apreciación intelectual serán precisamente la causa de los instintos pervertidos, vueltos contra sí mismos, que Nietzsche no deja de ver por doquier en derredor suyo. Este va a ser el combate que Nietzsche inicia aquí. Así las cosas, la distancia con los planteamientos de Rée parece evidente, hasta el punto de que bien podría concedérsele crédito cuando, aparentemente en uno de sus arrebatos megalómanos, le escribe a Rohde, en junio de 1878: «Búscame en mi libro siempre a mí y no a Rée. Estoy orgulloso de haber descubierto sus magníficas cualidades y objetivos, pero en la concepción de mi philosophia in nuce no ha tenido el más mínimo influjo. Ésta estaba conclusa y, en una buena parte, confiada ya al papel, cuando, en otoño de 1876, intimé con él. Nos encontramos los dos en la misma altura; el placer de nuestras conversaciones ha sido inmenso, el provecho seguramente muy grande para ambas partes (hasta el punto de que Rée, con amable exageración, pudo escribir en su libro Origen de las sensaciones morales-- "Al padre de este escrito, muy agradecida, su madre")». 2. «Cuando el libro estuvo al fin listo --escribe en Ecce homo--, con la profunda perplejidad de un hombre muy enfermo, remití dos ejemplares a Bayreuth. Por milagro de sentido en el azar, al mismo tiempo recibí un hermoso ejemplar del libreto de Parsifal con esta dedicatoria de Wagner: "A su querido amigo F. Nietzsche; R. Wagner, consejero eclesiástico". -- En ese cruce de las dos obras me pareció percibir un son ominoso. Hubiérase dicho el son producido por el entrechocar de dos sables ... » Y en efecto, y a pesar de los intentos de la hermana de Nietzsche por mediar entre ambos, esta coincidencia acompañará la ruptura definitiva con Wagner -- aunque Nietzsche haya embellecido retrospectivamente la simultaneidad: Wagner le envía su Parsifal el 3 de enero de 1878, y Nietzsche no le hará llegar Humano, demasiado humano hasta mayo. Sea como fuere, la ruptura es irreversible. Poco después, en las Bayreuther Blätter, Wagner atacará veladamente al discípulo descarriado. Nietzsche, por su parte, regalará la mayor parte de las partituras dedicadas que Wagner le había obsequiado y, en adelante, no desaprovechará ocasión para subrayar y ahondar su distancia respecto del maestro. Sin embargo, no será ésta la última de las amarras que rompa: el 19 de marzo de 1879 abandona definitivamente su cátedra y, gracias a una pequeña pensión de 3.000 francos anuales, comienza a vivir alternativamente en Wiesen y St. Moritz. Las razones profundas de su abandono están ya anticipadas en una carta a Rohde, del 28 de agosto de 1877: «Me aterroriza un poco este invierno; las cosas tienen que cambiar. Una persona que sólo tiene en el día muy poco tiempo para sus asuntos principales, y que ha de gastar casi todo el tiempo y las fuerzas en cometidos que lo mismo podría desempeñar otro, una persona así no vive armónicamente, sino en disonancia consigo mismo, y, al final, se pone enferma». Y efectivamente, tanto las obras de este período como su misma peripecia vital, por extravagante que en ocasiones pueda parecer están marcadas por la búsqueda de la salud, de la gran salud. «Cuando no se tiene salud -- le escribía a Rohde el 3 1 de diciembre de 1873 -- hay, en efecto, que crearse una.» Los textos de este periodo relatan de modo preciso sus itinerarios, sus ensayos y sus errores, en esta tarea de crear(se) una salud -- tarea que íntimamente se confunde con la de buscar su propia filosofía.
Se han intentado buscar de este lado las razones que impulsaron a Nietzsche a escoger el estilo aforístico para expresar su pensamiento durante esta etapa -- más allá de la influencia de Rée, cuya primera obra adoptaba esta forma, y la de los maestros franceses de éste (La Rochefoucauld, Vauvenargues, Chamfort, etc.), frecuentados entonces por Nietzsche. Y, en efecto, el 28 de agosto de 1877 le escribe a su hermana: «Mis ojos otra vez se encuentran mal; he experimentado de la manera más exacta, que la única forma de existencia que soporto es hora y media de leer y escribir por la mañana, dedicando el resto del día a dormir y a pasear, a ser posible por la sombra». A lo largo de toda esta época, Nietzsche pasea de seis a diez horas diarias, durante las cuales elabora, lenta, morosamente, las reflexiones que luego en un arrebato nervioso verterá sobre el papel. Y ello hasta el punto de que él mismo llegará a experimentarse enteramente en esa clave: «Mis obras -- le escribirá a Peter Gast, a finales de agosto de 1881 -- son reflejos de una criatura enferma, imperfecta, dueña apenas de sus órganos más necesarios; yo mismo, como totalidad, me considero a menudo como el garabato trazado sobre el papel por un poder desconocido, a fin de probar una nueva pluma». Sin embargo, estas penosas circunstancias no deben ser exageradas hasta el punto de ser tenidas por las únicas determinantes en este asunto. Y es que su opción por el aforismo es también efecto de su desdén crítico hacia la mendacidad que implica, en filosofía, toda voluntad sistemática. Además, le permiten poner en obra otra relación con el lector, forzándole a pensar de modo mucho más terminante--,de un modo acorde con el último de los diez mandamientos de la «Escuela del estilo» que poco después escribiría para Lou Salomé: «No es ni sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría». Pero, en alguien tan proclive al histrionismo como Nietzsche no debe descuidarse en este punto tampoco la pregunta acerca de qué máscara pretendía adoptar con su elección de género expresivo. En su carta de fines del verano de 1878 al musicólogo Carl Fuchs, en la que le desaconseja que escriba en contra de Wagner, leemos la siguiente respuesta indirecta a esta cuestión. Dice allí: «Una combinación única de facultades y conocimientos le autorizan a Vd. a describir lo característico en el estilo de cada uno de los grandes maestros, y ello, a mi entender, por primera vez. Haga Vd. esto primeramente y en forma de tesis, aforísticamente, en la forma más condensada y con la más precisa expresión. Medio millar de proposiciones y observaciones musicales de Vd., la quintaesencia de sus experiencias, le dará a Vd. nombre y posición. Pero nada, en cambio, periódico y menudo --sean "cartas" o artículos para revistas -- antes de que se haya mostrado Vd. como una totalidad». De un modo aparentemente paradójico, mediante su arte del fragmento, Nietzsche también aspiraba a mostrarse como una totalidad, esa totalidad de sí que trabajosamente luchaba por conquistar -- si no acaso y también alcanzar "nombre y posición".
Aurora y el invierno genovés se consolidan así como un paso más en esa búsqueda de la gran salud -- y son precisamente el signo de ese esfuerzo. Así, en Ecce homo, recordará: «En el año treinta y seis de mi existencia llegué al punto más bajo de vitalidad --aún vivía, pero no veía tres pasos delante de mí. Entonces --era el año 1879-- renuncié a mi cátedra de Basilea, sobreviví durante el verano cual una sombra en St. Moritz, y el invierno siguiente, el invierno más pobre de sol de toda mi vida, lo pasé, siendo una sombra en Naumburg. Aquello fue mi mínimo: El viajero y su sombra nació entonces. Indudablemente yo entendía entonces de sombras... Al invierno siguiente, mi primer invierno genovés, aquella dulcificación y aquella espiritualización que están casi condicionadas por una extrema pobreza de sangre y de músculos produjeron Aurora. La perfecta jovialidad, incluso exuberancia de espíritu que la citada obra refleja, se compaginan en mí no sólo con la más honda debilidad fisiológica, sino incluso con un exceso de sentimiento de dolor». Y más adelante añade: «Casi cada una de las frases de este libro está ideada, pescada en aquel caos de peñascos cercano a Génova, en el cual me encontraba solo y aún tenía secretos con el mar. Todavía ahora, si por casualidad toco este libro, casi cada una de sus frases se convierte para mí en un hilo, tirando del cual extraigo de nuevo algo incomparable de la profundidad: toda su piel tiembla de delicados estremecimientos del recuerdo». El subtítulo de Aurora es bien explícito, Reflexiones sobre los prejuicios morales -- y con él, nos dice Nietzsche, comienza su combate contra la moral: el Nietzsche inmoralista acaba de nacer. Aunque ello no es enteramente cierto, en la medida en que sus textos inmediatamente anteriores ya avanzaban en esa dirección, la verdad es que la problemática aquí se precisa y radicaliza considerablemente --progresando en el sentido que más tarde se acogerá bajo la consigna de la transvaloración de todos los valores. A pesar de que las posibilidades de lectura que ofrece son múltiples, uno de los principales hilos rojos del texto viene constituido por la crítica a las caracterizaciones más celebradas de la esencia de lo moral: el deber (Kant), la compasión (Schopenhauer), la utilidad (Spencer) son así fustigados en sus múltiples facetas a lo largo de todo el libro. Y presidiendo estas críticas, reina una contraposición mayor: la del individuo frente al rebaño -- el desafío de atreverse a ser un individuo frente a la pertenencia al rebaño, cuyas exigencias morales no vienen fundadas sino en el temor. Se trata en definitiva de sustituir los prejuicios (atávicos, impensados y propios del rebaño) por juicios (nuevos valores creados por el individuo en tanto que "espíritu libre"). Esta reivindicación de la osadía de ser un individuo no es, en última instancia, sino el precipitado intelectual de su propia peripecia vital de estos años. Así, el 24 de marzo de 1881, le escribe a Rohde: «Tengo que continuar viviendo en mi "propia grasa', es decir, como lo sabe muy bien quien lo ha ensayado de veras, tengo que beber de mi propia sangre. Y aquí se trata tanto de no perder la sed de uno mismo como de no beberse toda la sangre. En general, estoy, sin embargo, asombrado, como he de confesarte, de cuántas fuentes el hombre puede hacer correr en sí; incluso uno como yo que no cuenta entre los más ricos a este respecto. Creo que si yo tuviese todas las cualidades en que tú me aventajas, me haría arrogante e insoportable. Ya ahora hay momentos en que paseo por las alturas sobre Génova con miradas y sentimientos como los que quizá desde aquí lanzaron a Colón al mar y a todo el futuro». Este íntimo sentimiento de la audacia de su aventura intelectual halla fiel reflejo en el aforismo 575 que cierra el libro: «¡Nosotros, los argonautas del espíritu!» -- todo un manifiesto al que el patético destino de Nietzsche dotará de resonancias estremecedoras: «¿Y adónde nos encaminamos? ¿Es que queremos cruzar el mar? ¿Adónde nos arrastra este poderoso afán que anteponemos a cualquier goce? ¿Por qué precisamente en esta dirección, hacia allí donde hasta ahora se han puesto todos los soles de la humanidad? ¿Se dirá acaso algún día que también nosotros, tomando rumbo al oeste, esperábamos llegar a una India, pero que nos tocó naufragar en lo infinito? ¿O acaso, hermanos míos? ¿O acaso ... ?».
Por lo que respecta a la máquina de escribir, sabemos que Paul Rée le regalará una en febrero del año siguiente, durante una visita a Génova, poco antes de que Nietzsche emprenda un viaje hacia Messina en un velero mercante -- viaje del que da fe su texto Idilios en Messina, redactado sin embargo algunos días antes, y publicado por la revista Internationale Monatschrift (pp. 269--275), en el número de mayo. En él veremos aparecer un curioso personaje, el príncipe Vogelfrei («fuera de la ley», o «libre como un pájaro»), nueva máscara en el camino que le llevará del espíritu libre al Zaratustra. Allí, Nietzsche presiente, quiere, cercano el momento en el que podrá desembarazarse de su existencia doliente, como la crisálida abandona su momia de seda convertida en mariposa. «Sólo paso a paso, esto no es vida / andar tan lento cansa y vuelve pesado / me dejé alzar por el viento / Esto es lo que amo, planear con la bandada ... » -- escribe entonces. Y en Las canciones del príncipe Vogelfrei, publicadas como apéndice a la reedición de La gaya ciencia de 1887, completa la estrofa así, modificándola: «Sólo paso a paso, esto no es vida / andar tan lento vuelve alemán y pesado / le he dicho al viento que me lleve / el pájaro me enseña a volar / hacia el Sur volé, sobre el mar». En Sils-Maria, durante el verano de 1881, Nietzsche sigue con la segunda parte de Aurora, en la que viene trabajando desde principios de año -- y que finalmente se publicará con el título de La gaya ciencia. El clima es benigno, los paisajes singularmente amables, el dolor parece que remite -- y todo este alivio general prepara una mirada transfigurada sobre la existencia que no tardará en irrumpir. «Tú conoces ya la jaqueca -- le ha escrito a su hermana, el 29 de noviembre de 1881 -- y una vez dijiste, cuando te desapareció después de un paseo: "Hoy me parece el mundo como transfigurado". ¡Ay! ¡Cuántas veces he experimentado yo esta transfiguración! ¡Quizá demasiado a menudo!» Para Nietzsche, en Sils-Maria tendrá lugar esa transfiguración, que en él se identifica con la conquista de la gran salud, de un modo que entiende definitivo --y que asocia con la figura de Zaratustra y con la revelación del Eterno Retorno. Entre los poemas antes citados, encontramos uno dedicado a Sils-Maria que reza como sigue: «Estaba yo sentado ahí expectante / esperando, nada, gozando del juego cambiante / de luz y sombra, más allá del bien y del mal / todo melodía, todo lago, todo tiempo sin final / de pronto de uno se hizo dos / y Zaratustra pasó a mi lado». Nietzsche recrea así aquel día de agosto en el que paseando a orillas del lago Silvaplana, junto a una roca majestuosa no lejos de Surlei, se le reveló la visión del Eterno Retorno. Poco sabemos con certeza del contenido de aquella revelación, ni siquiera del significado doctrinal preciso que Nietzsche quiso darle -- sus trabajos por hacerla inteligible son tan abiertos que escapan a cualquier intento de reducción. Pero, lo cierto es que Nietzsche vio entonces transfigurarse su existencia y se quiso poseedor de esa gran salud que no podía ser tal sin entrañar a la vez un mensaje filosófico de salvación para la humanidad -- en alguna medida, La gaya ciencia se hace eco de esa propuesta de curación por el espíritu y, sin duda, Así habló Zaratustra es el resultado directo de aquella experiencia visionaria. De lo que allí ocurrió, poco sabemos, especulaciones a parte -- a lo sumo, el contenido de las notas en las que Nietzsche trató de dejar constancia de algo que, con seguridad y dado su carácter de experiencia inefable, no podía ser transcrito. Los apuntes de aquel día registran, bajo el encabezamiento de «Retorno de lo idéntico (esbozo)», lo que sigue: «1. La asimilación de los errores fundamentales. 2. La asimilación de las pasiones. 3. La asimilación del saber, incluso del saber que renuncia. (Pasión del conocimiento.) 4. El inocente. El individuo como experimento. El aligeramiento, el rebajamiento, la debilitación de la vida -- transición. 5. El nuevo centro de gravedad -- el eterno retorno de lo idéntico. Importancia infinita de nuestro saber, de nuestro errar, de nuestros hábitos y modos de vivir, para todo lo venidero. ¿Qué hacemos con el resto de nuestra vida -- nosotros los que hemos pasado su mayor parte en la más esencial ignorancia? Nos dedicamos a enseñar esta doctrina -- es el medio más eficaz para asimilarla nosotros mismos. Nuestras especie de felicidad como maestros de la más grande doctrina.» Y concluyen con la siguiente rúbrica: «Primeros de agosto de 1881 en Sils-Maria, a 6.000 pies sobre el nivel del mar y mucho más alto aún sobre todas las cosas humanas».
Sea esto último cierto o no, durante aquel año Nietzsche, Rée y Lou, convivirán en un curioso triángulo, en el que la índole exacta de las relaciones es difícil de precisar. De Roma, Lou parte hacia el lago Orta adonde pocos días después acuden Rée y Nietzsche. Será aquel el momento álgido de su amistad: pasean, conversan, hacen planes para iniciar juntos un largo período de estudios en Viena o París... De nuevo, la idea de una pequeña comunidad monástica de pensadores, entregados al estudio y a la reflexión, insiste en los sueños de Nietzsche. Entre el 8 y el 13 de mayo, Nietzsche visita a Overbeck en Basilea, para reunirse luego en Lucerna de nuevo con Lou y Rée. La esposa de Overbeck recuerda al respecto: «Durante el verano de 1882, cuando hablaba con mi marido de esta nueva amistad, estaba muy animado y lleno de confianza en la realización de sus nuevos proyectos. Una relación extra--conyugal, fundada sobre una pasión intelectual, era un ideal que siempre le había atraído. Tenía la pasión, pero también el deseo de no dejarse arrastrar por ella. La idea de que Rée sería el tercero en esta alianza le tranquilizaba, y confiaba mucho en su desinterés y su abnegación. Al mismo tiempo, me rogaba que hablara con Lou y le dijera que sólo perseguía fines intelectuales y no pensaba sino en sí mismo. Me contó también que en Roma le había dicho a Lou: "Para ponerla a cubierto de las habladurías, no tendré más remedio que pedir su mano. Temía que la señorita Salomé hubiera tomado estas palabras por una petición de matrimonio». Hubiera o no tal petición, lo cierto es que, mientras Lou y Rée viajan a casa de la madre de éste último, en Stibbe (Prusia oriental), Nietzsche regresa a Naumburg el 16 de mayo y allí encarga a su hermana que alquile una casa en Tautenburg para vivir en ella con Lou. Por esa causa, las relaciones con su madre y hermana comenzarán a ser muy difíciles a partir de ese momento. Lou permanecerá en la casa del 7 al 26 de agosto. Desde allí le escribe a Rée, el 18 de agosto: «Desde el principio de mis relaciones con Nietzsche le escribí a Malwida que me parecía que tenía un temperamento religioso, lo que provocó sus vivas protestas. Hoy estaría doblemente dispuesta a mantener esta opinión. Un día le veremos aparecer como apóstol de una nueva religión, una religión que no querrá como fieles sino a los héroes. Estamos hasta tal punto de acuerdo en esto que las palabras y los pensamientos nacen simultáneamente de nuestros labios. Puede decirse que desde hace quince días conversamos a muerte, y cosa extraña, soporta muy bien perder diez horas al día en charlas. Absortos en nuestras discusiones, llegamos sin darnos cuenta al borde de abismos, a lugares a los que no se sube sino para sondear las profundidades con la mirada. Tomamos siempre caminos de cabras, quien escuchara nuestras reflexiones creería oír a dos diablos». El 27 de agosto, Nietzsche viajará a Naumburg, y de allí a Leipzig, donde se encontrará por última vez con Lou y Rée --con los que romperá definitivamente a principios del año siguiente. Poco antes le escribirá a Rée: «En la primavera creí que existía una persona en situación de ayudarme: para lo cual, desde luego, hace falta no sólo un buen intelecto, sino además una moralidad de la más alta especie. En lugar de esto, hemos descubierto una persona que quiere divertirse y que es lo suficientemente desvergonzada como para creer que para ello le son adecuados los más excelentes espíritus de la tierra. El resultado de este equívoco es que hoy más que nunca carezco de los medios para encontrar una persona de la clase mencionada. Toda la dignidad del cometido de mi vida se ha hecho problemática, en efecto, por un ser tan superficial y tan frío como Lou». Y añade: «La Lou de Orta era un ser distinto al que yo volví a encontrar más tarde: un ser sin ideales, sin objetivos, sin deberes... Ella me dijo a mí mismo que no tenía moral, y yo había creído que, al igual que yo, tenía una moral más rigurosa que la de cualquier otra persona. Y que ofrecía a su dios diariamente, de hora en hora, algo de sí en holocausto». Las razones exactas de la ruptura son imprecisas. ¿Existió una demanda amorosa de Nietzsche, que fue rechazada de la forma despectiva y brutal que se ha pretendido? ¿O simplemente Nietzsche quedó decepcionado al descubrir la frívola superficialidad de su joven amiga? Sea como fuere, la ruptura significó un durísimo golpe para este pensador solitario, que va a entrar ahora en un período de graves depresiones --caracterizado por el abuso de somníferos y la idea obsesiva del suicidio. A fines de diciembre, Nietzsche le escribe a Malwida von Meysenburg lo siguiente al respecto: «Muchas cosas coinciden ahora para llevarme al borde de la desesperación. Y una de ellas es también, no quiero negárselo, mi desilusión con respecto a Lou Salomé. Un "extraño santo" como yo, que a todas sus demás cargas y forzadas renuncias ha añadido el peso de un ascetismo voluntario, de un ascetismo del espíritu difícilmente comprensible, un hombre que no tiene a nadie que sepa acerca del fin de su vida, un hombre así pierde indeciblemente, cuando pierde la esperanza de haber encontrado un ser semejante que arrastra consigo una tragedia análoga y que dirige la vista hacia una solución también análoga. Lo que Vd. me dice del carácter de L.S. es cierto, por muy doloroso que me sea el confesarlo. Tal como actualmente se presenta es aproximadamente la caricatura de lo que yo venero como ideal, y Vd. sabe bien que es en los ideales donde más agudamente se siente la ofensa. Vd. me creerá si le digo que no se trata ni por asomo de un problema amoroso, ¿no es cierto? Y basta sobre este tema, que pertenece a los extravíos de su amigo Ulises. ¡Si al menos fuera más avisado! ¡O si alguien me aconsejara mejor! Pero un medio ciego vive demasiado en sus sueños, sus necesidades y.. sus esperanzas». Sólo unos meses antes, Nietzsche se creía completamente curado.
La gaya ciencia (y los escritos póstumos que prepararon su redacción, de enorme importancia) ha sido repetidamente caracterizado como una obra central en la trayectoria reflexiva de Nietzsche. Y efectivamente, despojados de todo aquel fanatismo que Nietzsche identificaba con la enfermedad, envueltos amablemente en la atmósfera de la curación, encontramos de nuevo todos los temas que han sido objeto de su reflexión durante este período --vueltos a pensar ahora desde una serena distancia. También trascienden importantes anticipaciones de su próxima obra, Así habló Zaratustra -- aunque Nietzsche trató de retenerlas, retirando el personaje, que originalmente aparecía en numerosos aforismos. A pesar de ello, en el libro están bien presentes, por citar sólo los más celebrados: la muerte de Dios («El insensato», 125), el amor fati («Con motivo del Año Nuevo», 276), el eterno retorno («El peso más pesado», 341) o la figura misma de Zaratustra («Incipit tragoedia», 342) -- último aforismo de la cuarta parte, con la que concluía el texto en su primera edición. Especialmente esta cuarta parte, cuyo título «Sanctus Januarius» alude a un transfigurador mes de enero vivido en Génova, es de una belleza difícilmente igualable -- y menos aún en el dominio de la prosa filosófica. Pero, tal vez lo más importante de este texto sea el modo como el "hombre de ciencia" que inicia su andadura con Humano, demasiado humano, vuelve a encontrarse finalmente con el artista, estableciendo una sutil simbiosis: la ciencia se ha vuelto ahora gaya, jovial. Nietzsche reivindicará aquí, en una nueva máscara, «el concepto provenzal de la "gaya scienza", aquella unidad de cantor, caballero y espíritu libre, que hace que aquella maravillosa y temprana cultura de los provenzales se distinga de todas las culturas ambiguas» -- como escribe al respecto en Ecce homo. La penetración de su mirada analítica se hermana así con la afirmación extática de lo visto -- en una actitud de contemplativa sabiduría de la que es ejemplo eminente el aforismo 54 («La conciencia de la apariencia»), muy probablemente el aforismo central del texto. Merece la pena recordarlo entero: «¡Cuán maravillosa y nueva, a la vez que pavorosa e irónica, se me aparece la actitud en que mi conocimiento me coloca frente a la existencia toda! He descubierto para mí que continúa inventando, amando, odiando y sacando conclusiones en mí la antigua humanidad y animalidad, y aún todo el período arcaico pasado de todo Ser sensible; me he despertado de repente de este sueño, mas sólo para tener conciencia de que sueño y que debo seguir soñando para no hundirme, así como el sonámbulo debe seguir soñando para no precipitarse abajo a la calle. ¡Qué es ahora para mí la "apariencia"! Ciertamente no la antítesis de algún Ser, ¡qué sé yo enunciar acerca de Ser alguno como no sean las propiedades de su apariencia! ¡Ciertamente no una máscara muerta que se puede poner, y también se podrá quitar, a una x! La apariencia es para mí lo viviente y eficiente mismo que en su burla de si va al extremo de darme a entender que no hay más que apariencia y fuego fatuo y danza de fantasmas; que entre tantos soñadores también yo, el "cognoscente", ejecuto mi danza; que el cognoscente es un medio de prolongar el baile terreno y, por ende, figura entre los organizadores de la fiesta de la existencia; y que la sublime consecuencia y trabazón de todos los conocimientos tal vez es, y será, el medio supremo de mantener la práctica general del sueño y asegurar el entendimiento de todos los soñadores y, así, la duración del sueño». Cuando concluye este texto, Nietzsche tiene el proyecto de guardar silencio durante diez años para dedicarse a realizar estudios en diversas ciencias, con el fin de fundar científicamente su teoría del eterno retorno. Así, el 15 de julio de 1882, le escribe a Rohde: «No hay remedio, tengo que prepararte a un nuevo libro mío; cuatro semanas, todo lo más, puedes estar tranquilo todavía. Una circunstancia atenuante es que este libro será el último durante toda una serie de años, pues en el otoño voy a la Universidad de Viena y comienzo una nueva época de estudiante, después de que la antigua, por una ocupación demasiado unilateral con la filología, me ha fracasado en cierto sentido. Ahora tengo un plan de estudios propio, 7 y detrás de él un objetivo secreto propio al que está consagrado el resto de mi vida». Nietzsche mantendrá esta decisión incluso después de su ruptura con Lou y Rée -- sin embargo, otras urgencias le apartarán de su cumplimiento. El 4 de agosto, le escribe a Peter Gast: «Ayer, mi viejo amigo, cayó sobre mí el genio de la música; "imagínese mi horror", para hablar con Lessing. Mi estado actual in medía vita, quiere expresarse también en sonidos: no puedo desprenderme de esta idea. Y está bien así: antes de lanzarme por mi nueva ruta, tengo que tocar instrumentos de viento y de cuerda». Sabemos que Nietzsche, durante toda su vida, compuso música más o menos regularmente (sus composiciones más celebradas serán las juveniles, Manfred-Meditation o el Himno a la amistad), con no demasiada fortuna. También sabemos que solía improvisar al piano sus estados de ánimo, de un modo especialmente impresionante -- al decir de sus amigos. Malwida von Meysenburg recuerda, por ejemplo, que, en 1873, habiendo interpretado su Monodia á deux ante Wagner, éste exclamó: «No, Nietzsche, toca usted demasiado bien para ser un sabio». Pero, Nietzsche no está pensando ahora en esta clase de música, sino más bien en la poesía y la danza -- en el sentido en que, por ejemplo, en Ecce homo se refiere a su canción Al mistral: « ... Una desenfrenada canción de danza, en la que ¡con permiso! se baila por encima de la moral, es un provenzalismo perfecto.» O como cuando en el aforismo 46 («Nuestra maravilla») de La gaya ciencia exclamaba: «¡Perder por una vez el suelo bajo los pies! ¡Flotar! ¡Extraviarse! ¡Enloquecer!». Tras esa necesidad de música y baile, es la aparición magnífica de Zaratustra lo que se anuncia.
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