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Heidegger
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Reseña

Heidegger, M. Nietzsche Destino, Barcelona, 2000, 2 volúmenes. 1000 páginas.

Un metafísico consumado

Manuel Barrios Casares
Universidad de Sevilla

 

Martin Heidegger

 

De pocas obras de la filosofía contemporánea puede decirse que hayan puesto de manifiesto tan intensa y profundamente el convencimiento hermenéutico de que una auténtica interpretación no sólo transforma y enriquece el sentido de lo interpretado, sino también la posición del intérprete. En la historia de los estudios nietzscheanos hay un antes y un después del Nietzsche de Martin Heidegger. Pero en no menor medida hay, para la marcha misma del pensar heideggeriano, un antes y un después de aquellas lecciones impartidas entre los años 1936 y 1940 que fueron el germen de este libro soberbio, traducido al fin a nuestro idioma por Juan Luis Vermal, buen conocedor de ambos autores.

Sabedor de la importancia de estos cursos y de los subsiguientes ensayos sobre Nietzsche de los años 1940-46 para una correcta comprensión de su propia evolución intelectual, Heidegger se preocupó de preparar todo ese ingente material para su publicación conjunta, hasta verlo editado en 1961. En el prólogo de la obra aludió a la relación directa de lo allí expuesto con el contenido de conferencias suyas como Doctrina de Platón sobre la verdad o De la esencia de la verdad, o con sus Dilucidaciones sobre la poesía de Hölderlin, dentro de una trayectoria iniciada hacia 1930 y culminada en torno a 1947 con la Carta sobre el humanismo. De este modo quedaban trazados los hitos fundamentales del famoso giro del autor de Ser y Tiempo hacia el llamado "segundo Heidegger", donde la pregunta por el sentido del ser dejaba de centrarse en el análisis del existente humano para hacerlo en la temática de la diferencia ontológica. Sin embargo, al mismo tiempo que explicitaba esas huellas, más luminosas, de su itinerario filosófico, Heidegger relegaba a un segundo plano otros elementos que, en aquellos años oscuros que siguieron a su nombramiento como primer rector nacionalsocialista de la Universidad de Friburgo en 1933, y a su posterior renuncia en 1934, resultaron no menos decisivos en su confrontación con Nietzsche.

Y es que, en realidad, la intención inicial de Heidegger al interpretar a Nietzsche como parte esencial de la historia de la metafísica no era tan sólo la de rescatarlo de su entonces extendida imagen de mero literato y crítico de la cultura (o a lo sumo de "filósofo de la vida", en el sentido diltheyano); quería librarlo asimismo de las tergiversaciones sufridas por su obra en manos de ideólogos nazis como Alfred Baeumler. Mas no por puro afán de objetividad. También la de Heidegger era, a su modo, una lectura interesada. Defendiendo a Nietzsche de simplificaciones y elevando el listón de la critica, se defendía a sí mismo de las acusaciones que la línea dura del partido había vertido contra sus ideas, calificándolas de un nihilismo inoperante, incapaz de estar a la altura de las exigencias del tiempo. Heidegger profundizó en ese nihilismo, que Nietzsche supo intuir como destino final de la metafísica, y acabó por mostrar hasta qué punto la concepción nacionalsocialista del mundo no era sino una expresión más, sólo que de signo reactivo, de la misma crisis nihilista de los valores de la cultura occidental: todo un ajuste de cuentas, librado en el terreno del pensamiento, con su propia experiencia frustrada del rectorado.

Platonismo invertido

Sin embargo, conforme discurren las lecciones, las tensiones de ese litigio se trasladan a su visión de los grandes temas de la filosofía nietzscheana y, aunque la hondura y genialidad de Heidegger descubren una infinidad de matices hasta entonces inadvertidos en la obra del solitario de Sils-Maria, que hacen de su interpretación referencia obligada para lecturas posteriores, de Deleuze a Vattimo, de Foucault a Derrida, aun así, es Nietzsche quien acaba pagando ahí las consecuencias del burdo empleo nazi de nociones como las de superhombre o voluntad de poder. Una mirada atenta a las inflexiones que registra la caracterización heideggeriana de Nietzsche como pensador del nihilismo descubre cómo se va acentuando cada vez más su enjuiciamiento crítico.

Dicha caracterización parte de dos presupuestos, que se mantienen constantes a lo largo de los seis cursos elaborados por Heidegger: la consideración de Nietzsche como un pensador metafísico -y por cierto un metafísico en quien la metafísica se consuma- y la atención preferencial concedida a sus escritos de los años 1887-1888, privilegiando los textos inéditos por encima de la obra publicada. A estos dos rasgos básicos añade el segundo volumen una determinación más precisa de la significación de Nietzsche dentro de la tradición del subjetivismo de la filosofía moderna, y es ahí donde Heidegger carga las tintas, derivando hacia un ataque directo al credo biologicista y tecnocrático del mundo moderno, entendido ahora como algo común a americanismo, comunismo y nacionalsocialismo.

Según esta óptica, pese a su intención, Nietzsche no habría acabado con la metafísica al liquidar la vieja creencia platónica en un mundo transcendente de verdades eternas e inmutables, ya que habría seguido pensando este único mundo terreno según un modelo cosificador. Sustituyendo al ente suprasensible por el ente sensible, sólo habría invertido el platonismo, pero manteniéndose dentro del horizonte de la metafísica, redefinido por Heidegger como el del olvido de la diferencia ontológica entre ente y ser. La metafísica sería nihilista desde su origen, porque al ir sustituyendo al ser (pura proyectividad en el tiempo) por el ente (mera presencia), lo habría ido reduciendo a nada (nihil). Esa reducción se habría cumplido en nuestra época, en la medida en que el modo metafísico de pensar todo lo real como suma de entidades enteramente disponibles y manipulables estaría realizado en la técnica, con su concepción absolutamente instrumental del mundo.

 

Crítica del mundo moderno

La metafísica nietzscheana de la voluntad habría sido, así pues, el anuncio de un mundo controlado por el cálculo de un poder irracional, sin instancia crítica externa a él: ese mundo que Heidegger ve configurarse, en medio del escenario de la Segunda Guerra Mundial, en una sociedad industrial regida por la movilización total, la maquinaria burocrática y el desenfrenado proceso productivo, del que nada queda fuera y que no tiene otro fin que el de seguir produciendo masivamente los mismos elementos de siempre (eterno retorno de lo mismo) para no desaparecer.

No cabe duda de que esta poderosa interpretación, como toda síntesis genial, practica arriesgadas extrapolaciones y descuida otros aspectos igualmente relevantes en un pensamiento tan laberíntico y profético como el de Nietzsche, irreductible a las categorías convencionales de la tradición filosófica. Pero la cuestión de hasta qué punto Heidegger hace justicia a Nietzsche es algo que quizá sólo tenga sentido plantearse en la misma medida en que cabe preguntarse hasta qué punto se la hace con su severo dictamen a nuestro mundo moderno. En cualquier caso, en lucha contra sus propios demonios, Heidegger nos ha brindado aquí inapreciables pistas para indagar si tal vez éstos no son también, todavía, los nuestros. 

 

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