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¿Bajo qué forma se reconoce el pensar mismo atravesado por el torrente del devenir? Nietzsche introduce una clave: el devenir se expresa como desplazamiento de perspectiva en el pensar, éste se sorprende cambiado. Su mirada se pluraliza y, al mismo tiempo, evidencia la pluralidad como rasgo propio del devenir. Al verse a sí mismo mirando distinto, el pensar manifiesta el devenir en su seno y lo potencia. La pluralidad del pensar difiere radicalmente de la división interna que produce la mala conciencia. Mientras la pluralidad emana de una voluntad afirmativa de lo múltiple, la mala conciencia divide la voluntad entre un yo-juzgador y un yo-juzgado. La primera ensancha la perspectiva, la segunda la vuelve contra sí misma. La mala conciencia se sitúa en el otro extremo, el de la no libertad de la mirada, su sometimiento al juicio culposo que la paraliza. La pluralidad de miradas es, por el contrario, movimiento insumiso y que se experimenta como desplazamiento de interpretaciones. El Perspectivismo -como pluralidad interpretativa- resiste la división interna de la mala conciencia: contra el desdoblamiento paralizante, la apertura[i]. Contra el pensamiento dualista que separa, el perspectivismo une lo heterogéneo: por un lado es multiplicidad interpretativa en cuanto abre la mirada al movimiento de posiciones, afirma el desplazamiento de valoraciones como devenir propio del sujeto. Pero es también singularidad interpretativa porque todo queda puesto en perspectiva, afirmado en su especificidad, insubordinable a verdades absolutas o a miradas ubicuas. Nueva paradoja: la pluralidad de perspectivas es la singularidad del devenir en el pensar, la forma específica como el devenir se acuña en el pensar. La tarea del perspectivismo es, a su vez, conjugar lo plural y lo singular. Primero muestra el fenómeno singular susceptible de interpretarse desde muchos contextos explicativos, en virtud de lo cual remite a la singularidad de un fenómeno (o a sus múltiples configuraciones singulares), y ya no al fenómeno como caso de una ley general. Segundo, el desplazamiento de perspectivas abre la posibilidad de producir múltiples contextos singulares de interpretación, le da sentido a cada perspectiva como momento singular dentro de un devenir múltiple y exuberante en perspectivas: “Por muchos caminos diferentes y de múltiples modos, proclama Zaratustra, llegué yo a mi verdad: no por una única escala ascendí hasta la altura desde donde mis ojos recorren el mundo”.[ii] El perspectivismo es afirmativo por cuanto se instala desde la partida en esta lógica de la singularidad y la pluralidad. Abre a la lógica del descentramiento (no hay una única interpretación) y a la lógica de la diferencia (todas las interpretaciones son singulares). Por un lado, el descentramiento supone un sujeto carente de mirada vertebral, y que se define en un abanico de miradas. Hay descentramiento si hay desplazamiento interpretativo, y si dicho desplazamiento también desplaza el eje en torno al cual gira el intérprete. Este descentramiento no elimina la interpretación, sino que la desestabiliza y privilegia los lugares por sobre el lugar desde el cual se mira. Si de una parte la pluralidad interpretativa multiplica los ejes, por otro lado las interpretaciones singulares permiten localizar miradas específicas una vez disueltos estos ejes. Por otra parte la diferencia es pensable sólo si se afirma simultáneamente la pluralidad y la singularidad de valoraciones incluso en un mismo sujeto, vale decir, si se afirma al mismo tiempo la especificidad de cada sujeto y la combinatoria que nutre dicha especificidad. No hay proceso de diferenciación si no hay un devenir-singular en medio de muchas posibilidades, pero tampoco lo hay si no existe un pluralismo interpretativo que socave la pretensión de un valor absoluto. La diferenciación, pensada como diferencia obrando o aconteciendo, es intrínseca al perspectivismo: es acto de desplazamiento plural entre muchas alternativas de interpretación, pero también es acto de posicionamiento singular frente a esta pugna de interpretaciones posibles (y en medio de la pugna). Perspectivismo y diferencia van de la mano por cuanto el propio discurso perspectivista admite la contradicción:.desde una ontología del devenir (la realidad entendida como devenir) el sujeto es a la vez uno y múltiple, y con ello internaliza la diferencia En tanto sujeto ya paralizado, está abierto a una diversidad de perspectivas que, puestas unas frente a otras, producen el movimiento de diferenciación entre distintos puntos de vista. La diferencia no es allí el punto de vista sino la distancia que lo separa de otros, es diferencia entre perspectivas, bisagra que articula lo singular de una perspectiva y lo plural de sus virtuales desplazamientos, brecha entre distintas interpretaciones, momento de la no-identidad, tensión singular-plural. En este movimiento que va abriendo huecos entre las distintas miradas (la tensión dinámica singular-plural) se hace nítido el contraste que hace pensable la diferencia: lo singular se recorta sobre un fondo de desplazamientos múltiples. Como pensamiento de la diferencia, el perspectivismo tiene un pie puesto en la afirmación y el otro en la crítica. En su función crítica, ha sido usado desde Nietzsche como trinchera de batalla contra el platonismo, la metafísica moderna y la moral del esclavo: “reconocemos entonces que no hay pecados en el sentido metafísico; pero que, en el mismo sentido, no hay tampoco virtudes; que todo ese dominio de ideas morales está flotando continuamente”[iii]. En su función afirmativa, el perspectivismo revierte el dualismo excluyente en afirmación de la diversidad, hace posible un plus interpretativo, no cesa de enriquecer la visión del mundo con nuevas lecturas. Como fuente de impugnación y de singularización, el perspectivismo abre en doble sentido: de una parte, porque los desplazamientos de mirada siempre abren brechas en la pretendida lisura de la identidad, crean zonas inéditas de lectura del mundo; y de otra parte porque el perspectivismo mismo, como forma del pensar, abre un espacio entre la crítica y la afirmación, constituye una bisagra entre el desenmascaramiento de la identidad y la invención que afirma lo nuevo. Este doble juego del pensar perspectivista influyó en la reapropiación que hiciera Foucault del pensamiento nietzscheano. Foucault usó la llave perspectivista para leer en la historia distintos discursos posicionados en la bisagra de la diferencia: discurso de resistencia a un orden (sentido crítico), pero también productor de formas inéditas de resistencia y de nuevas lecturas sobre el poder (sentido afirmativo). Pero mientras Foucault privilegió la resistencia sobre la diferencia, Nietzsche fuerza en otro sentido los alcances del perspectivismo: la tarea de impugnación crítica debía ser sólo una fase que la propia diferencia posteriormente disolvería en su despliegue expansivo. Para Nietzsche el objeto del perspectivismo no es solazarse en el nuevo poder analítico que esta riqueza interpretativa pone a disposición de la voluntad. Su intención -en la perspectiva, pero sobre todo en su voluntad de perspectiva- responde a una voluntad afirmativa. Nunca pierde de vista la intención de transformarse él mismo al calor de la interpretación, de afectarse en cuanto intérprete que se reconoce así descentrado por múltiples lecturas. Perspectivizar los valores, descentrar las interpretaciones e internalizar el devenir como pluralismo del pensar, provocan un cambio en la autoimagen del intérprete y en su posicionamiento ante la contingencia. Una vez más, Nietzsche moviliza el perspectivismo para crear condiciones subjetivas que favorezcan este proyecto autorrecreativo. Y mientras Foucault quiere aprovechar la llave maestra de la genealogía para hacer más traslúcido el juego entre poderes y resistencias, Nietzsche salta de la genealogía de la moral al perspectivismo para provocar la mutación en su propia forma de mirar el mundo. La libertad se vuelve reflexiva sobre la voluntad que la ejerce: no sólo libertad interpretativa que redefine el mundo sino que coloca a la voluntad en un lugar siempre distinto. No se trata de una conciencia trascendental que permanece impermeable a sus propios actos de configuración, sino de vivir las interpretaciones como itinerario del pensar propio. Pese a reconocer la potencia del nihilismo, Nietzsche nunca renunció a un proyecto afirmativo de la diferencia, entendida ésta como autorrecreación singular y como diversificación de perspectivas. Este modo afirmativo tendrá en el filósofo dos formas contradictorias de presentarse, y ambas marcan hitos del espíritu emancipatorio de la modernidad: una forma de salto irreversible (del león al niño) que haría pensar en el final de la repetición y el advenimiento del reino de la libertad; y otra forma discontinua, circular, de ir-y-venir entre los actos críticos de descentración y los actos afirmativos de expansión. Y si bien la primera alternativa (la del león al niño) posee más fuerza en la afirmación porque al suprimir la repetición también suprime la esclavitud implícita en ella; la segunda (el ir y venir) es más radical como pensamiento de la diferencia, por cuanto rompe la interpretación lineal de la libertad y se sustrae a las visiones redentoristas y al forzado “happy-end” de la historia. En este sentido se le puede objetar a la alegoría del Zaratustra su visión “etapista” de la liberación, donde el niño post-león constituye el último peldaño inexorable de una historia lineal, cuyo final es un desenlace (o un personaje) destinado a redimir el decurso que le precede Esta visión inexorable se muestra menos radical en la interpretación. El pluralismo interpretativo del perspectivismo, en cambio, va un paso más allá y rompe incluso con esta mitificación de la superación, abre la historia a lo ancho, busca repoblar de sentido el tiempo tanto hacia atrás como hacia adelante. Pero el niño de Zaratustra es y no es una reiteración de la visión redentorista de la historia. También simboliza el cambio como desenlace singular, convertido en personaje irreductible, desarraigado de la historia que le precede. Desde esta otra perspectiva el niño de Zaratustra encarna una transfiguración personal y no ya un logos universal. No es el hombre nuevo genérico de Marx ni la autoconciencia desplegada de Hegel. Con esta diferencia coloca en el tapete otra contradicción del espíritu emancipatorio moderno: entre la afirmación de lo singular y el despliegue universal de la libertad. Subsiste, empero, una brecha entre esta singularización intensiva del niño del Zaratustra y el pluralismo expansivo del perspectivismo. Esta ambigüedad es también parte esencial de la imagen moderna de la libertad de espíritu. Más aún, el perspectivismo es esta tensión en que la libertad se interpreta a dos bandos: como singularización intensiva y como pluralismo expansivo -autoafirmación del sujeto o afirmación de la movilidad en el sujeto-. Y siendo el perspectivismo esta tensión, también es el método para positivizarla. Para ello Nietzsche vuelve a apelar, a la creatividad apolínea, sacando bajo la manga el ideal del artista previamente esbozado en su obra temprana. Dicho ideal propone cuatro ideas-fuerza afines a la vocación autocreadora de la modernidad. Primero, la creatividad es voluntad de experimentación que combina la fuerza expansiva con la originalidad intensiva. Segundo, en esta imagen del artista se cruza el hito de lo inédito con la recurrencia del crear. Tercero la creatividad es diferenciación por cuanto pone un objeto fuera del campo de lo previsto; y es expansión por cuanto abre dicho campo a lo nuevo. Y cuarto, en este punto no importa tanto la obra de arte sino la vida como campo de estetización, vale decir, la existencia misma del sujeto como incesante acto de diferenciación y autoproducción. ¿Qué significa la vida como obra de arte? Apertura para experimentarse, recurrencia creativa que encarna en los giros de la propia biografía, poder para redefinirse y reinterpretar el mundo en la misma jugada. El pensamiento perspectivista vuelve a dar aquí con otro leitmotiv modernista, a saber, la confluencia entre vida libre y vida-como-arte, pluralismo interpretativo y riqueza expresiva, intensidad y sensualismo. Del esteticismo de Baudelaire al de Marcuse, la vida como explosión de formas y miradas se opone a la ratio como principio organizador de la vida social. El valor de la emancipación va asociado a una cierta exuberancia de la resignificación. Y este desborde de sentido afecta tanto al mundo como a la propia subjetividad que busca autoproducirse. La voluntad se define a medias por su potencia productiva, a medias por su derroche de creatividad. Volvemos al punto anterior: el perspectivismo oscila entre la relativización del sentido y la proliferación de sentidos, entre el descentramiento y la singularidad, la crítica y la creatividad. Afirma la voluntad a través de esta singularización, crea una diferencia a partir de este impulso que provee el desplazamiento de la mirada. La diferencia, a su vez, tiene también una doble cara: como acto por medio del cual fisura la identidad -y en esta fisura va el dolor, pero también una descomprensión; en la pérdida de consistencia-; y como forma de ejercer, en el espacio abierto por la misma fisura, la plasticidad para instalar otra cosa. Mediante esa doble cara el perspectivismo establece otro doble movimiento: liberar la subjetividad de un eje único, y hacer de este descentramiento la fuente de movilidad para la autoproducción de la voluntad. Un déficit de ubicuidad remata en un superávit de desplazamiento. En esta sobreabundancia el espacio se distiende y la voluntad encuentra la expansividad que necesita para reinterpretarse. Cuanto más se libera de un eje, más puede recombinarse. Tal como en el devenir lo único fijo es pasar, en el mundo como interpretación los únicos hechos son, a su vez, lecturas. La libertad de la voluntad adquiere la forma de potencia interpretativa y descubre, a la vez, que todo es configurable por nuevas interpretaciones. Si el perspectivismo es la traducción del devenir a la voluntad subjetiva, esta voluntad es libre salvo para detenerse. No tiene el poder de elegir entre desplazarse o dejar de hacerlo,.sino la potencia para desplazarse en movimientos distintos, cambiar al interior de un ser en que todo es de por sí cambio. El perspectivismo es así espacio del devenir en el sujeto: replica el devenir del mundo en una subjetividad que se reposiciona sin cesar. Pero también potencia el devenir del mundo con el desplazamiento en el mirar. No es, pues, indiferente al mundo la opción del intérprete. Por el contrario, el perspectivismo intensifica el devenir de ese mundo con el movimiento de la interpretación. Pero el perspectivismo potencia el devenir de manera elíptica, porque en tanto devenir traducido a la subjetividad, es siempre paradójico. A diferencia del devenir del mundo que nunca mira hacia atrás, el sujeto que asume el perspectivismo refluye sobre sí, se mira a sí mismo, remonta sus propias miradas hacia adelante y hacia atrás. Su forma de romper es siempre relativa, pero al relativizar rompe con incomparable radicalidad. De una parte el perspectivismo es irreversible como fractura de todo juicio absoluto, vale decir, constituye un salto del león al niño que marca la imposibilidad de una vuelta atrás. Pero en tanto perspectivismo no puede descartar el retorno ni consagrar un giro definitivo tampoco, y tiene que pensarse como un ir y venir entre la crítica y la afirmación, entre la historia y su recreación, y entre la expansión y el descentramiento. Es contradictoria en el perspectivismo una ruptura definitiva con la historia y, paradójicamente, el perspectivismo es la ruptura más radical con el logos moral-metafísico que se impone en la historia. Tratándose del perspectivismo, para profundizar su ruptura con la metafísica debe ser siempre parcial en sus cortes. Lo definitivo le es ajeno por definición y por lo tanto en su seno deberá imponerse la visión relativa de los cambios y recurrente de la historia. Los cambios que propugna son relativos por cuanto no pueden imponerse como interpretaciones únicas del cambio: hay tantos devenires como miradas posibles. En consecuencia, la misma voluntad perspectivista que ha desarrollado su riqueza interpretativa no se instala de manera estable en la afirmación, sino que siempre vuelve a ejercer nuevas formas de crítica La emancipación nunca puede ser total y por ende el retorno al desenmascaramiento siempre tiene un nuevo momento en la historia de la libertad. Hay un eterno retorno al sudor de la crítica, o a la perspectiva en su uso crítico. Siempre vuelve el perspectivismo a caricaturizar las pretensiones totalizantes del juicio moral y metafísico, y siempre lo hace para liberarse un poco más, siempre un poco más de] abrazo astuto de la identidad. Esta impugnación de la identidad es incesante en el perspectivismo porque el sujeto que lo ejerce siempre tiene que huir de sí para mantenerlo vivo Y así como en el campo personal siempre es necesario descongelar la identidad para alimentar el flujo interpretativo (el devenir dentro de sí); así también en su desarrollo histórico el perspectivismo se vuelca recurrentemente contra sus orígenes: nace del ala más liberadora del Iluminismo y siempre vuelve a reinterpretar críticamente el Iluminismo para liberarse de las trampas de la ratio y de las grandes proclamas del saber. De lo anterior puede inferirse otra paradoja: el trabajo crítico es necesario para acceder al perspectivismo, pero a la vez sólo mediante el perspectivismo es factible llevar el trabajo de desmistificación hasta el final, desnudar el objeto con nuevas miradas. La crítica rompe barreras, alimenta el ímpetu expansivo de la interpretación, y a su vez este ímpetu expansivo lleva la crítica más lejos en la ruptura con todo aquello que inhibe la libertad del espíritu. En esta circularidad selectiva que más tarde Nietzsche va a metaforizar con la figura del Eterno Retorno, encuentra conciliación el sentido negativo con el sentido positivo de la libertad: liberarse de condicionamientos Y liberarse para expandir el campo de la autorrecreación. El perspectivismo es paradójico por cuanto puede entenderse como desenmascaramiento y enmascaramiento. El desenmascaramiento adviene porque a mayores perspectivas, mayor poder para develar la “máscara mala": desplazamiento interpretativo que desnuda su objeto y por cuyo expediente se genera un plus disolutivo, se desmonta siempre una figura más de la moral, de la metafísica o del mito de identidad. Pero en el perspectivismo este desenmascaramiento retorna selectivamente y no es mera repetición. Vuelve como una perspectiva que alumbra su objeto de manera inédita, una figura nueva de la crítica, un develamiento singular. Por lo mismo, el modo en que niega es ya afirmativo por la singularidad con que vuelve a negar. Al recrear su ángulo de impugnación pone en evidencia el arte de la perspectiva. En cuanto enmascaramiento el perspectivismo es básicamente productivo. Cada nuevo punto de vista es como una máscara o producción de máscara (‘máscara buena”, en el sentido apolíneo de creación de nuevas formas). Coloca en el objeto una expresión adicional, lo ve distinto, le superpone una apariencia no consagrada hasta el momento. Pero la exuberancia interpretativa no enmascara para engañar ni para ocultar el rostro sino para afirmar en él su inagotable potencial expresivo. Es un enmascaramiento afirmativo: efecto de la intensidad con que el perspectivismo resignifica lo que mira. Enmascarar no es estafar sino enriquecer el mundo con la diversificación de ángulos, hacer evidente la pluralidad de mundos por medio de la pluralidad de miradas, mostrar el baile de máscaras como correlato del juego interpretativo de la voluntad. El enmascaramiento deja de ser una estrategia de dominio para constituir un juego de la libertad, una libertad en la mirada y en el modo de mirarse. “Llamar a todo esto máscara, dice Vattimo, significa ahora -una vez que precisamente esta noción haya cumplido su función de desenmascarar la ‘máscara mala’, la ficción anquilosada en realidad con el fin de desarrollar y consolidar su dominio- sólo subrayar su no seriedad, su libre movilidad.”[iv] Tal soporte lúdico del perspectivismo -su derroche autorrecreador, su vocación por las máscaras devuelve nuevamente a Nietzsche al esteticismo modernista, en que la libertad se asocia de manera positiva a la plasticidad de la voluntad. El juego de máscaras afirma .la libertad como libre movimiento y metamorfosis continua, volubilidad positiva del espíritu, maleabilidad del mundo en sincronía con la plasticidad de la mirada. El perspectivismo retorna del mandato utópico de “transformar el mundo” (Marx) a la invitación autocreadora de "cambiar la vida" (Rimbaud).[v] La utopía libertaria cuaja en un desborde hipercreativo o una “apolonización” del devenir mediante la metáfora del baile de máscaras. La soñada comunión entre la creación artística y la plasticidad interior de la conciencia, tan cara a las vanguardias estéticas modernas, constituye una ecuación recurrente del mito moderno de la autocreación del sujeto. Una utopía de la intensidad de la voluntad funde allí la fuerza de la metáfora con el ímpetu de la libertad: poetización del mundo y autopoiesis, extroversión creativa y autocreación, transfiguración de la mirada y reinvención del acto mismo de mirar. Pero este mismo ideal se torna espasmódico. Precisamente porque es contradictorio como ideal (por cuanto propone liberarse de los ideales para hacer posible la autorrecreación), la libertad como plasticidad de las interpretaciones no permite anclarse en ningún ideal. Eterno retorno de la utopía modernista que eternamente se malogra: esta libertad poetizante no puede constituir un orden estable o un principio para un orden. Sólo discontinuamente puede la intensidad manifestarse: esta es una evidencia de todos los tiempos y no sólo de la modernidad. La utopía de la voluntad libre y autopoiética (libre en cuanto autorrecreadora) es sólo pensable como lo es la individuación apolínea: recurrente pero efímera. El perspectivismo es el ideal emancipatorio que se deduce de la subjetividad radicalmente secularizada: liberado de todo prejuicio y esquema fijo, el sujeto vive la experiencia emancipatoria como ilimitada expansión de la mirada y del rango de perspectivas con que mira. Pero por otro lado: ¿dónde está el límite entre el delirio psicótico en que se entremezclan la expansión de la conciencia con su riqueza interpretativa? Desde una posición extrema, no parece haber mucha distancia entre delirio y autoinvención y todo viaje interior tiene sentido por cuanto expande la conciencia más allá de las inhibiciones gregarias y nos introduce en el vértigo creativo del perspectivismo. Pero una vez más la subjetividad hipersecularizada que no reconoce un logos normativo obra como el fuego heraclíteo, por autocombustión Por algo hay tanta resistencia en llevar hasta sus últimas consecuencias el desafío nietzscheano de la muerte de Dios. Por algo es tan difícil para la modernidad renunciar al platonismo o al hegelianismo. ¿Miedo a la disolución, miedo a asumir el devenir como perspectivismo, a experimentar con la inversión del platonismo al punto de quedar anclado en el limbo de las metamorfosis ingrávidas? A modo de ejemplo, la sentencia de Cioran: “Sin ninguna tradición que me lastre, cultivo la curiosidad de esa desorientación que pronto será patrimonio de todos (…). Ya nos anulamos en el cúmulo de nuestras divergencias con nosotros mismos. Negándose y renegándose sin cesar nuestro espíritu ha perdido su centro para dispensarse en actitudes, en metamorfosis tan inútiles como inevitables"[vi] Esta es la frontera imaginaria de la modernidad, el fantasma que la acecha, y el éxtasis que la seduce. ¿cuántos suicidios o muertes auténticamente modernos connotan esta frontera inhabitable pero siempre deseable -Novalis, Sade, Rimbaud, Nietzsche, Van Gogh, Artaud, Kerouac, Passolini, Hendrix, Jim Morrison, Pollock, Fassbinder- en que el perspectivismo alcanza su máxima vibración, su condición de “intensidad pura”? Umbral o frontera: la poetización del delirio en este espíritu secularizado-al-límite constituye un síntoma cortante y un mayor signo de interrogación para quien esté dispuesto a llevar la apuesta perspectivista a su mayor tensión. La utopía modernista que aspira a conjugar la exuberancia interpretativa con la expansión del sujeto se desgarra en esta pregunta por la sustentabilidad del delirio. La fulgurante carrera de Arthur Rimbaud, o del poeta Hofmansthal, que en plena génesis de esta subjetividad modernista brillaron por su creatividad poética hasta los veinte años para luego efectuar ambos un suicidio literario, resulta elocuente. Lo mismo puede decirse del último Nietzsche, en quien la intensidad interpretativa tuvo como desenlace el abrupto silenciamiento. En su imagen extrema el perspectivismo vuelve a exponer una tensión muy moderna: entre la utopía-destello del modernismo y la utopía-orden del iluminismo. La primera estetiza la libertad y la segunda la racionaliza. La primera liga la emancipación a un soplido libertario, a una experiencia intensiva en que el sujeto estira al máximo la amplitud de sus miradas sobre el mundo y sobre sí. Poco dura este lugar sin sitio, pero con una reverberación que lo eterniza. Infinito y fugaz en su producción, en su experimento y en su expresividad. En el otro extremo de la modernidad, la utopía de un orden durable donde el valor de la libertad cristaliza en instituciones y derechos. Así, la institución política de la libertad y la irrupción personal de la libertad constituyen los extremos de una voluntad moderna de liberación. Nietzsche no quiere transformar el mundo sino cambiar la vida. Su estetización vitalista une las dos puntas de la historia: el perspectivismo hipersecularizado y las pasiones del Olimpo. Nostalgia de un tiempo en que las intensidades parecían la norma: la obsesión consistirá entonces en consagrar la secularización como delirio; pero no al modo de una hiperracionalización mórbida sino de una desenfrenada libertad creativa/interpretativa, al interior de una contingencia reconocida ya como pura interpretación. Y aquí reincide la ambigüedad: el delirio no sólo expresa voluptuosidad de sentido sino también constituye un resorte para la producción de sentidos. No es sólo entendible como exceso sino también como metabolismo. Está incubado en el perspectivismo como efecto posible pero también es detonante del perspectivismo en cuanto torna inviable el regreso al Logos, abre una fisura que no puede volver a reabsorberse más que en la dinámica. De aceptar perspectivismo como forma hipersecularizada de la subjetividad, el delirio es tanto un motor como un efecto: productor desenfrenado de perspectivas, pero también consecuencia de un desenfreno en las interpretaciones. ¿Qué, más centrífuga que la fuerza del delirio, qué mayor impulso para el descentramiento del discurso y la diferenciación en el punto de vista, qué mayor elocuenencia en la pasión por las formas y la esteticización autoproductiva?
Delirio, cuerpo, pensar La afirmación nietzscheana de múltiples saludes como camino a la "gran salud" es también un modo de legitimar el delirio en la voluntad autocreadora. Si la autoproducción requiere del descondicionamiento, el delirio cumple allí una función disolvente-constructiva: su efecto de desestructuración sobre los estados estables de la salud no llevan el signo de la catástrofe, sino de la mayor libertad de perspectiva. "La locura, dice David Cooper, es la visión experimental de un mundo nuevo y más auténtico que debe conquistarse por la desestructuración del mundo viejo, condicionado.”[vii] Basado en su propio caso clínico Nietzsche evoca a Dionisio para afirmar el delirio como un momento desgarrador e irreductible, pero a veces necesario en el aprendizaje del perspectivismo. No le habría sido posible escribir su Gaya Ciencia o los fragmentos de su Voluntad de poderío sin pasar por sus propias mutaciones de salud, incluido el delirio. El delirio es perspectivismo volcado hacia adentro, rebotando aleatoriamente en el reino de lo pensable. Pero es también un intersticio entre el adentro y el afuera, la brecha insoluble que se produce entre un Logos universal y su resonancia-disonancia interna, el desajuste entre lo que la Palabra prescribe como correlato intelectual del mundo, y la respuesta disonante que el pensar de la carne produce, y mediante la cual frustra la pretensión totalizante de dicho Logos. Es lugar de confrontación entre la carne y la ley, entre cuerpo y Logos. Si en la carne opera la lógica de los sentidos (errática y a la vez fluida), y en el logos opera la lógica de la invarianza, el delirio es el roce entre ambos: la dinámica aleatoria que cuadricula la voz de los sentidos con los ojos de la razón, e inunda la mirada de la razón con el torrente de los sentidos. El delirio no es distorsión, mentira ni error. Es el pensar mismo que se expande más allá de las fronteras de la razón: “El pensamiento de la locura no es una experiencia de la locura, dice Deleuze, sino del pensamiento: sólo deviene locura cuando se desfonda”[viii] Pero lo que hay de Razón en el delirio siempre va a introducir, como parte del delirio pero no como su totalidad, el juicio sobre el error y la exigencia de consistencia en medio de un discurso que se escapa por todos lados. Esto hace que la obsesión por aclarar su discurso sea tan propia del delirante, como lo es la imposibilidad de lograrlo. De allí la tensión que el delirante establece consigo mismo, en la que cree no cree, y en cuya ambivalencia alimenta también su angustia. No puede descreer de su cuerpo pero tampoco puede confiar literalmente en aquello que la química de su cuerpo produce como cadena de pensamientos. No tiene la certeza para distinguir lo metafórico de lo real en su propio relato, ni para discernir lo que se le aparece irracional de aquello que es simplemente demasiado literal en su pensamiento. No le falta Logos, pero lo tiene recompuesto discrecionalmente, con partes de la razón adheridas discontinuamente a partes de sus sensaciones. El delirio singular es la fricción entre la racionalización universal y una sensibilidad personal que no acaba de amoldarse a ella. El encuentro irresuelto entre la carne y el verbo arroja mayor luz sobre esa carne y ese verbo, aporta lecturas cruzadas, puebla de un perspectivismo delirante y, por lo tanto, de una proliferación de perspectivas. El loco es una máquina de interpretaciones precisamente porque en él la palabra está poblada de devenir, permeada por el capricho inestable de la carne y de los sentidos. Que sufra, es muy esperable, y no sólo por el juicio gregario que se impone sobre su cuerpo y que, probablemente, acabe confinándolo: también por la viscosidad en su propia piel, la continua irresolución de la mezcla, el exceso de perspectivas que lleva al hoyo centrípeto de la angustia. Una cierta viscosidad de la autoexpansión contrae el nervio del delirante, lo agarrota mentalmente en la imprevisibilidad que asume el curso de un pensamiento desbocado. No saber hasta dónde puede fragmentarse la coherencia del discurso, cuánto puede inundarse el pensar por la cascada de las sensaciones, son incertidumbres que intensifican la tensión del delirio: miedo a un punto de no retorno en que el pensar queda atrapado en la masa de carne, o en que la carne se hace cargo de la producción del pensar y ya no hay poder de recuperación para recomponer una posible jerarquía desde el pensar sobre la carne. No es casual que un delirante como Artaud haya desplazado su culto al yo hacia un culto a la carne. Pero este culto a la carne no tiene la acepción habitual del concepto. No glorifica el apetito sexual, sino la sensibilidad y la piel como lugar privilegiado en que se baten los ingredientes del lenguaje y de los sentidos. Artaud señala literalmente que su teoría de la carne es una teoría de la existencia. La carne aparece divinizando lo erótico y a la vez agudiza el conflicto entre el logos y la sensibilidad. “El conflicto eterno de la razón y el corazón, dice Artaud, se desempata en mi propia carne, pero en mi carne irrigada de nervios.”[ix] Y más adelante, instalado en la contradicción de una metafísica de la carne: “Para mí, quien diga Carne dice sobre todo aprensión, pelo erizado, carne al descubierto, con toda la profundización intelectual de ese espectáculo de la carne pura y todas sus consecuencias en los sentidos, es decir, en el sentimiento. Y quien dice sentimiento dice presentimiento, es decir, conocimiento directo, comunicación devuelta y que se alumbra del interior. Hay una mente en la carne, pero una mente presta como la pólvora. Y sin embargo, la conmoción de la carne participa de la sustancia alta de la mente”[x] Pero por otro lado, para Artaud el desempate nunca se da del todo. Porque no hay desempate, hay perspectivismo: desplazamiento en la interpretación que nunca se define en favor de nadie, afirmación de singularidades que nunca se instalan del todo en esta búsqueda inacabable por dirimir lo indirimible El delirio es la tensión de este empate no resuelto, por medio del cual la carne se evidencia como no subsumible, vale decir, como sensibilidad singular: “Quien diga carne también dice sensibilidad, es decir apropiación, pero apropiación íntima, secreta, profunda, absoluta, de mi dolor (mío), y, por ende, conocimiento solitario y único de ese dolor”[xi]. No hay en el delirio de Artaud una domesticación racionalizadora de la subjetividad sino este capricho singular, o el singular encuentro de fuerzas al interior de la propia mente: “En el bullicio inmediato de la mente, exclama, hay una inserción multiforme y brillante de bestias. Esa polvareda insensible y pensante se ordena según leyes que saca de su propio interior, al margen de la razón clara y de la conciencia o razón traspasada”[xii]. El pensar queda anclado al interior del cuerpo, como pensar intracarnal En esta antifilosofía Artaud propone un inmanentismo absoluto anclado en el cuerpo, y que le niega al discurso personal toda posibilidad de producir una verdad trascendental. Esta es su propuesta de singularidad, y sólo este modo de ser singular se le vuelve legítimo. Pero a riesgo de un hermetismo incomunicable, donde la singularidad se sorprende encerrada en el flujo y reflujo entre el nervio y la carne. ¿De allí la insistencia en la esquizofrenia como depositaria de esta singularidad? ¿Se trata de una prolongación de la lucha propuesta por Nietzsche contra la conciencia gregaria? No es casual que Artaud dirija su Carta a los poderes a las figuras emblemáticas de la norma: al Papa, a los rectores universitarios y, sobre todo, a los Directores de los Asilos de Locos. Religión, ciencia y psiquiatría constituyen la otra orilla respecto del delirio, la trinchera desde donde el Logos se ejerce y proyecta. La lucha entre el Logos y la singularidad se da, en última instancia, en la mente del loco. El problema de la singularidad aparece al desnudo en esta fricción entre el Logos (del sacerdote, decano, psiquiatra) y la carne irredenta que sólo acepta el logos en tanto lo produce experimentalmente en dicha colisión. En otras palabras, la singularidad no se da sólo como autocomunicación entre el nervio y la carne propios, sino también como confrontación entre el adentro y el afuera, como especificidad de la mezcla entre la carne y el Logos, vale decir, como conflicto singular entre el cuerpo del delirante y la norma que lo juzga. La violencia del perspectivismo se hace singularmente patente en esta confrontación que el delirante protagoniza contra el discurso gregario. Pero al mismo tiempo revela la violencia del Logos que busca reducir la singularidad y negar su propia apertura a la transfiguración que el sujeto pueda hacer de él. Pero finalmente lo que se da como delirio no es el triunfo personal sobre el Logos sino la reverberación del conflicto, coexistencia no-pacífica entre el afuera y el adentro. De una parte subsiste una fragmentación interna no del todo asumida; de otra parte subsiste la presión externa por resolver dicha fragmentación conforme al juicio gregario y en oposición a toda combinatoria singular de los fragmentos. De manera que el delirio tiene su desenlace en la ausencia de desenlace, esta imposibilidad del desempate y esta viscosidad irresuelta en que se experimenta una coexistencia de cuerpos en un mismo cuerpo, compenetración que en sí no es fluida y que se vive como interrupción de la fluidez. La singularidad se reencuentra en un revés, como corte o impasse. La indigeribilidad recíproca (de la carne en el Logos, del Logos en la carne) pone de manifiesto, en un mismo movimiento, la irreductibilidad del singular y la voluntad de reprimirlo. En esta misma línea, Gilles Deleuze se refiere al cuerpo del esquizofrénico experimentado como hoyos, pura profundidad y, a la vez, mezcla de cuerpos en el cuerpo, cajonamiento y penetración. “Y en esta fisura de la superficie, la palabra entera pierde su sentido. Guarda cierto poder de designación pero se resiente como vacía”[xiii] Ultima parada del delirio: el vaciamiento de las palabras mismas, su reducción a mera materialidad, la fragmentación hasta tornar inviable la denotación: “Un cierto poder de designación, pero vivido como vacío; un cierto poder de manifestación, sentido como indiferente; una cierta significación, sentida como “falsa”. Pero sobre todo, el extravío de un lenguaje que “pierde su sentido, es decir, su poder de captar o expresar un efecto incorporal distinto a las acciones y las pasiones del cuerpo, un acontecimiento ideal distinto de su propia efectuación presente”[xiv] El vínculo esquizoide con el lenguaje traiciona la pretensión del lenguaje de ir a un lugar distinto que el cuerpo mismo, porque para el esquizoide “toda palabra es física, afecta inmediatamente su cuerpo... los elementos fonéticos devienen singularmente hirientes... al efecto del lenguaje lo sustituye un puro lenguaje-afecto...” Y más adelante: “Se impone la alternativa sin salida: o bien no decir nada, o bien incorporar, comer lo que se dice”[xv] Esto también se toca con el otro extremo en el delirio: el lenguaje puede herirnos, pero también puede aparecer opaco, meramente objetal: “He llegado a un punto, dice Artaud en su propio delirio, en que a las ideas ya no las siento como ideas, como encuentros de cosas espirituales que tienen en sí el magnetismo, el prestigio, la iluminación de la absoluta espiritualidad, sino como simples ensamblajes de objetos. Ya no las siento, ya no las veo, ya no tengo poder para que me sacudan como tales, y es por eso probablemente que las dejo pasar por mí sin reconocerlas”[xvi] En sentido parecido a Artaud y a los antipsiquiatras ingleses, Deleuze-Guattari inscriben la lógica del esquizofrénico en la afirmación de la diferencia: “El esquizo dispone de modos de señalización propios, ya que dispone en primer lugar de un código de registro particular que no coincide con el código social o que sólo coincide para parodiarlo”[xvii] Como Artaud, también Deleuze-Guattari quieren ver en el esquizo la figura emblemática del perspectivismo del siglo XX: el que mezcla las historias y las identidades dentro de sí. El propio Deleuze toma aquí a Nietzsche como modelo de este fluir delirante: la voluntad de transfiguración se convierte ella misma en desfile de máscaras, y el delirio es el modo en que una voluntad encarna provisoriamente una historia, una figura o un valor, pero siempre en una totalidad fluida donde todo es perspectiva transitoria. No hay un sujeto estable que se va poblando de atributos sino un pensar y un cuerpo en movimiento, y cuyas metamorfosis se compenetran: “No existe el yo-Nietzsche, profesor de filología, que pierde de golpe la razón, y que podría identificarse con extraños personajes; existe el sujeto nietzscheano que pasa por una serie de estados y que identifica los nombres de la historia con estos estados: yo soy todos los nombres de la historia… El sujeto se extiende sobre el contorno del círculo cuyo centro abandonó el yo.”[xviii] El poder en Nietzsche para resignificar a medio camino su propio pensar va precedido de un aprendizaje premonitorio que se nutre de las metamorfosis en la propia carne. La estrecha vinculación entre los cambios de su cuerpo y de su discurso revelan en Nietzsche un grado de proximidad entre cuerpo y relato que no es fácil encontrar en la filosofía occidental.[xix] Esta inmediatez del relato respecto del cuerpo y del afecto de quien lo formula: ¿lo condena a la autorreferencia, al subjetivismo y a la ausencia de todo valor más allá del propio caso-Nietzsche? Pero lo singular del caso Nietzsche es lo contrario: el salto que va de este vínculo inmediato del cuerpo con su pensar, a la pertinencia de ese pensar para interpelar el espíritu de una época y una cultura. El flujo desde las contorsiones de un cuerpo singular hasta la interpretación de los códigos sedimentados de toda una cultura, hacen de Nietzsche una rara bisagra en la historia de la filosofía. Su cuerpo frágil, enfermizo e hipocondríaco lo obliga a experimentar con sus propios estados de conciencia y expresar mediante estas oscilaciones las contradicciones de una historia que rebasa su caso individual. La debilidad queda revertida como singularidad del filósofo, y el modelo de filosofía que Nietzsche construye a partir de su exacerbada vulnerabilidad consiste en un pensar que hace de su cuerpo la Pantalla de la cultura, una filosofía que transita desde la auto-observación (del sujeto singular) a la interpretación del sujeto colectivo.[xx] La precisión en la reproyección se vuelve decisiva para hacer filosofía en este péndulo hacia adentro-hacia afuera. Y paradójicamente, cuanto más intensivos los desplazamientos al interior del propio sujeto, más extensivos los hace a las contradicciones de la cultura judeocristiana; y cuanto más singulares los padecimientos, más resume en ellos los avatares históricos de un espíritu moderno que lucha por emanciparse. La singularidad del pensamiento de Nietzsche es inseparable del padecimiento que lo lleva a cambiar de perspectiva. Su enfermedad recurrente parece compensarlo con esta adquisición con que beneficia al pensar en medio del padecimiento, y que a la larga amplía su gama cromática. La enfermedad adquiere así un sentido inesperado.- es la usina de la metamorfosis, el lugar del parto, la combustión requerida para arrojar-afuera (hacer-aparecer) una nueva perspectiva que torna al pensar más expansivo. Al hacerlo se convierte también en una forma de pluralizar: la combustión produce singularidades pero no se detiene en ellas, las usa como insumos para una combustión ulterior que a su vez despide nuevas aleaciones. El padecimiento se transfigura y positiviza: no es un dolor en pago de un mal sino un dolor que se afirma como metamorfosis. No expía un pecado sino que revierte el valor de un pathos. Que Nietzsche deba reinterpretar la salud cada vez que debe enfrentar la irrupción de su enfermedad muestra que parte del camino ya está hecho -pese al dolor, y a la lucha con el dolor-. La disposición a metamorfosear el sentido de la enfermedad revela ya una flexibilidad perspectivista en quien la padece. Mediante este viaje elíptico por su cuerpo, el pensamiento nietzscheano asume su propio pathos, deviene su devenir. Esta resignificación de la enfermedad lleva al pensar no sólo a mirar nuevamente su cuerpo, sino a dar un paso atrás y mirar cómo mira su cuerpo. La voluntad no niega la adversidad para vencerla, sino que busca en la derrota la luz de una nueva mirada. El valor de esta lucha no es la superación definitiva de la enfermedad, sino su uso afirmativo en el juego de las resignificaciones. Ya en Humano, demasiado humano tiene Nietzsche esta intuición: “Desde este aislamiento enfermizo, desde el desierto de estos años de aprendizaje, queda aún mucho trecho hasta esa inmensa seguridad y salud desbordante, que no puede prescindir de la enfermedad misma, como medio y anzuelo del conocimiento; hasta esa libertad madura del espíritu, que es también dominio de sí mismo y disciplina del ánimo, y que permite el acceso a modos de pensar múltiples y opuestos (…) superabundancia que da al espíritu libre el privilegio peligroso de poder vivir a título de experiencia[xxi] Nueva astucia de la perspectiva: si es capaz de instalar el devenir en el campo del pensar (devenir como cambio en el mirar), es porque ya se ha instalado el devenir a través de las inestabilidades del cuerpo que sustenta ese pensar. Y una vez más: esta connivencia del devenir instalándose en el cuerpo y en el pensar relaja los límites entre ellos, revierte la oposición en relación de correspondencia, donde cuerpo y pensar se revelan ambos como formas internalizadas del devenir. Paradójicamente, la potencia radica aquí en la volubilidad. Cuanto más se permeabilizan cuerpo y pensar, más se enriquecen como metáforas recíprocas. Cuanto más se permea la interpretación por la inestabilidad del cuerpo, más expande su gama. “Tengo bastante buena conciencia, dice Nietzsche al despuntar su Ciencia jovial de la ventaja que mi salud rica en cambios me otorga en verdad frente a todos los lerdos rechonchos del espíritu. Un filósofo que ha hecho el camino a través de muchas saludes y lo vuelve a hacer una y otra vez, ha transitado también a través de muchas filosofías: justamente él no puede actuar de otra manera más que transformando cada vez más su situación en una forma y lejanía más espirituales—este arte de la transfiguración es precisamente la filosofía.”[xxii] El proyecto filosófico se encuentra con su cuerpo. La esencia sedimentada del Logos se fisura allí, en la resignificación del vínculo que une el nombre al pathos. Nietzsche mismo se ofrece como ejemplo y carne de cañón: la permeabilidad, sea del cuerpo por el discurso o viceversa, propone un lugar específico desde el cual se prueba el magnetismo entre dos órdenes tan heterogéneos como son el lenguaje y la carne. No una legitimidad moral fundada en la eficacia del discurso sobre el- cuerpo (como control, domesticación y represión), sino una legitimidad amoral que se funda en la capacidad para singularizar esta traducción hacia uno u otro lado de estos órdenes heterogéneos. En lugar del logos que se separa del cuerpo para fijarlo, el flujo que metaforiza hacia uno y otro lado el cuerpo y el pensar. En lugar de la objetivación clínica de la salud, la analogía las errancias del cuerpo y el cambio de perspectivas en el pensar. En lugar de una norma que descalifica la inundación del pensar por el cuerpo, el reconocimiento de esos desbordes como intentos fructíferos o no de recreación de la voluntad Psicología y estética vuelven a coincidir: los estados de alma son una nueva versión de las formas apolíneas, las inestabilidades del espíritu movilizan fuerzas autocreativas. La idea de transfiguración pasa del arte trágico al perspectivismo, del baile de formas a las oscilaciones del cuerpo y la salud. Nietzsche siempre retorna de su enfermedad afirmando la expansión de si mismo y de su mirada sobre el mundo. Ya en el prefacio de Humano, demasiado humano puede leerse sintomáticamente: “Un paso más en la curación: y el espíritu libre se acerca a la vida (…) se encuentra casi como si sus ojos se abriesen por primera vez a las cosas cercanas (…) Lanza hacia atrás una mirada de reconocimiento por sus viajes, por su dureza y su alienación de sí mismo, por sus miradas a lo lejos y sus vuelos de pájaro en las frías alturas. ¡Qué dicha no haberse quedado siempre ‘en su casa’, siempre en ella entregado a la regalada poltronería (…) es una cura a fondo (…) caer enfermo a la manera de esos espíritus libres, seguir enfermo un buen lapso de tiempo y luego, lentamente, muy lentamente, recobrar la salud, quiero decir una ‘mejor’ salud”.[xxiii] Esta "mejor salud" es la resignificación del cuerpo como proceso de expansión del punto de vista, la riqueza interpretativa que va del verse al ver. El filósofo capitaliza su propia vulnerabilidad: abre el canal a través del cual el cuerpo inestable alimenta la inestabilidad “positiva” (perspectivista) del pensar; y extrovierte esta alquimia interna para generar una mirada inédita sobre el mundo. La idea de transfiguración apolínea queda, a su vez, reinterpretada por Nietzsche como transfiguraciones en su salud, y como modo específico de articular un discurso desde el devenir de su cuerpo (cuerpo que deviene metáfora del devenir). La euforia del propio autor al comienzo de su Ciencia jovial remite a la experiencia de ver escenificada en carne propia la dialéctica disolución-transfiguración que, algunos años antes, había adjudicado al mundo presocrático. Tal como se plantea en el prólogo de la Ciencia jovial el libro es un acto sublime de individuación en un espíritu y un cuerpo marcados -como es el caso de Nietzsche- por el pathos de la disolución. Con esta obra de exorcismo y transfiguración Nietzsche encuentra un punto de vista sobre su cuerpo a la medida de su pensar. Salta de la tragedia griega a la precariedad de su salud y reconstruye un flujo entre ese pensamiento fuerte y este cuerpo frágil: el desplazamiento entre saludes como metáfora del movimiento pendular entre disolución dionisíaca y figuración apolínea. La enfermedad queda recuperada en esta exuberancia productiva de nuevas figuras y, recíprocamente, el pensar queda poblado de sentido en su paso fulgurante-fusionante por el cuerpo enfermo. La fuerza plástica se muestra en la rearticulación singular del cuerpo y el pensar. No es casual que en Nietzsche se haga difuso el límite entre el carácter y el personaje. La psicología deviene narrativa, interpretación dinámica del carácter como recomposición inédita de elementos. Esta estetización de la psicología donde se disipan los límites entre el carácter y el personaje permite asestar un nuevo golpe a la metafísica. Tal como no hay un carácter separado de la piel del personaje, y tal como todo carácter es un personaje (una autoinvención, una recombinación dramática de elementos del sujeto), del mismo modo no hay verdad que reposa a distancia de la apariencia, y toda verdad no es sino un singular juego de apariencias múltiples: apariencias que no remiten a una verdad última ni tampoco la distorsionan. La dicotomía entre superficie y profundidad queda rebasada por el baile de máscaras. Si no hay un hiato de niveles que separa la construcción dramática del personaje de la autoproducción del carácter (si el Nietzsche psicólogo y el esteta pueden romper la barrera platónica que habría de separarlos), es posible, una vez más, perspectivizar la tensión verdad-apariencia y remitirla a una pluralidad interactiva de personajes y caracteres. El concepto de pathos que recorre al Nietzsche joven y reaparece años más tarde permite esta operación: en el pathos se entremezcla el personaje de la tragedia con la autoproducción del carácter en el propio Nietzsche. Todo
concurre en el itinerario nietzscheano para proponer una filosofía del devenir.
Este pensar opera paradójicamente: aniquilando la identidad pero haciendo
posible un orden exuberante en individuaciones; socavando la salud para permitir
su reinvención. El juego de las interpretaciones sería un infierno y un
sinsentido de no imponerse el valor de devenir sobre el de la estabilidad. El
pensamiento nietzscheano deviene este juego de fisuras y movimientos, esta pluralidad
de singularidades que socava
cualquier pensar estable. La adhesión de Nietzsche a cierta forma de espíritu
moderno habrá que situarla en esta coordenada. La apertura al futuro como
ontología del devenir; la secularización como ausencia de interpretaciones
estables y de valores inmutables; la autonomía del sujeto como autopoiesis
e incesante reinterpretación singular de sí mismo; la individualidad como
individuación y arte de la perspectiva; la libertad del espíritu como
movilidad entre distintas interpretaciones singulares del mundo; y el dinamismo
de la historia como voluntad de transfiguración. Estos son los valores
afirmativos, aquellos desde los cuales Nietzsche puede entender el despliegue de
la modernidad como actualización de la libertad y no como triunfo de la ratio. El delirio nietzscheano, como forma singular en que se articula un cambio en la salud con su resonancia en los conceptos que emergen de la fricción de dicho cambio, también quiere mostrar ese otro delirio que se oculta en la vocación totalizante de la metafísica. El delirio específico de la metafísica tiene como efecto la descalificación de todo delirio que muestre su raigambre singular y su origen en la sensibilidad personal. De allí que Nietzsche quiera desentrañar, en La genealogía de la moral los distintos delirios institucionalizados, en la filosofía y la moral, que racionalizan y domestican el cuerpo desde un discurso que se le impone de manera totalitaria. El reclamo del pensamiento negativo, sobre todo en la Dialéctica del Iluminismo, también se dirige contra estos efectos represivos de la razón moderna, en la que sobrevive la tentación platónica de un infinito potencial de regulación y racionalización de los individuos. ¿Qué voluntad es aquella que busca denunciar las prisiones que impone la racionalización, que quiere mostrar hasta qué punto yace el cuerpo preso en la discursividad, yace el deseo moldeado por la moral o la psicología, la sensibilidad regimentada por los imperativos de producción y competitividad? ¿Quién hay detrás del genealogista (de Nietzsche a Foucault), qué pretende cuando desmonta regresivamente este juego de construcción y bloqueo del cuerpo en el ciudadano de la modernidad, hacia dónde apunta cuando habla del efecto racionalizador que va desde el Logos de la metafísica hasta las minúsculas rutinas de las prisiones o las escuelas? ¿Quién es aquel que intenta localizar, para cada discurso, el punto en que éste se constituye en una forma canonizada, institucionalizada de articulación entre el pensar y el cuerpo? Y por otra parte: ¿qué salva al propio genealogista de la fuerza centrípeta de la racionalización? Sólo el expediente de un cierto quantum de delirio parece eficaz para sortear la trampa de un pensar categorial, y singularizar la filiación entre el pensar y el cuerpo: "Nosotros los filósofos, proclama Nietzsche, debemos dar a luz constantemente nuestros pensamientos, parirlos con dolor y darles maternalmente nuestra sangre, nuestro corazón, nuestro fuego, nuestra alegría, nuestra pasión, nuestro tormento, nuestra conciencia, nuestro destino y nuestra fatalidad”. MARTIN HOPENHAYN
[i] "Heráclito ha visto profundamente, y no vio ningún castigo de lo múltiple, ninguna expiación del devenir, ninguna culpa de la existencia." Deleuze, Nietzsche et la philosophie, París, PUF, 1962, p. 28.) [ii] F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, Madrid, trad. de Andrés Sánchez Pascual, octava edición, 1980, p.272 [iii] F. Nietzsche, Humano demasiado humano, Madrid, trad. de Carlos Vergara, EDAF, 1984, p 81. Lo destacado es M. Hopenhayn. [iv] Vattimo, El sujeto y la máscara: Nietzsche y el problema de la liberación, Barcelona, trad. de Jorge Binagui, Ediciones Península, 1989, p. 286 [v] Habermas reivindica a Schiller como padre del modernismo en sus cartas acerca de la educación estética del hombre, en cuanto sugiere allí llevar el arte a la vida misma. Pero a diferencia de la matriz nietzscheana, en Schiller esta estetización de la vida se asocia a un romanticismo comunitario (Habermas, El discurso filosófico de la modernidad, Madrid, trad. de Manuel Giménez Redondo, Taurus, 1993, pp. 63 y ss.) Para Nietzsche este comunitarismo embellecido siempre tiene algo de olor a rebaño [vi] E. M. Cioran, "Carta sobre algunas aporías", en La tentación de existir, Buenos Aires, Trad. de Fernando Savater, Taurus, 1987, p.99 [vii] David Cooper, La muerte de la familia, Buenos Aires, trad. de Silvia Costa, Paidós, 1971, p.95 [viii] Gilles Deleuze, en Pourparlers (entrevistas), París, Les Editions de Minuit, Paría, 1990, pp.141-142 [ix] A. Artaud, Carta a la vidente, Barcelona, trad. de Héctor Manjarrez, Tusquets, p.40 [x] Ibíd., p.70 [xi] Ibíd., p.70 [xii] Ibíd., p.41 [xiii] Gilles Deleuze, La logique du sens, París, Les Editions de Minuit, 1969, p.107 [xiv] G. Deleuze, ibíd., p.107 [xv] Ibíd., pp 107 y 109 [xvi] Antonin Artaud, Carta a la vidente, op. Cit., p. 48 [xvii] Guilles Deleuze y Felix Guattari, El antiedipo: Capitalismo y esquizofrenia, Barcelona, trad. de Francisco Monge, Barral Editores, 1974, p.29 [xviii] Deleuze-Guattari, op. cit., p.29 [xix] En el mismo sentido proclama Cioran: "No deberíamos hablar más que de sensaciones y de visiones: nunca de ideas -pues ellas no emanan de nuestras entrañas ni son nunca verdaderamente nuestras" (E. M. Cioran, Ese maldito yo, trad. de Rafael Panizo, Barcelona, Tusquets, 1988, p.69. Fue Wilhelm Reich quien primero postuló la filiación interna entre el inconsciente y el cuerpo. "Pongan sus manos sobre el cuerpo y habrán puesto sus manos en el inconsciente", decía Reich. También reconoció, desde una batería interpretativa psicoanalítica, el vínculo indisociable del discurso intelectual con el afecto. Y en un libro ya citado, Gilles Deleuze plantea la ligazón del pensar filosóficamente al afecto: "… me di cuenta hasta qué punto la filosofía requería no sólo de una comprensión filosófica, hecha de conceptos, sino también de una comprensión no filosófica que opera por preceptos y afectos". (Deleuze, Pourparlers, op. cit., p.191) [xx] Dice Morris Berman, en tono coincidente: "El aprender a figurar la realidad de acuerdo a las reglas de una cultura parecería ser un proceso intensamente biológico, porque la visión del mundo aparentemente se entierra en los tejidos del cuerpo". (Morris Berman, El reencantamiento del mundo, Santiago, trad. de Sally Bendersky y Francisco Huneeus, Edit. Cuatro Vientos, 1987, p.180) [xxi] F. Nietzsche, Humano, demasiado humano, op. cit.,(versión castellana), pp.36-37 [xxii] F. Nietzsche La ciencia jovial (La gaya scienza), Caracas, trad. y edición de José Jara, Monte Avila Editores, 1990, p.4 [xxiii] F. Nietzsche, Humano, demasiado humano, op. cit. (versión castellana) p.38 |
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