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Si existe exégesis del pensamiento de Nietzsche, esa no es la tarea que se impuso Deleuze. Su ubicación intelectual, aun como comentador o divulgador, se encuentra en lo que conocemos como espacio postnietscheano. La afirmación postnietscheana no debe verse sólo como una colocación de algunos en el itinerario de la filosofía, una forma de reverencia en la danza académica o tan sólo un cómodo paraje intelectual. La posición postnietscheana como afirmación es preferible utilizar, la corno una situación -condición- en el orden de los conceptos. Se trata, si se quiere de una embestida filosófica en un mundo presente que no deja de trepanarse a sí mismo; consiste en adoptar a la filosofía como forma de resistencia. La filosofía como resistencia: este es el gran legado nietzscheano; y es Deleuze -no sin risas- uno de aquellos que más se lo tomó en serio y, en tanto que afirmación, se propuso llevarlo hasta las últimas consecuencias. El nietzscheano es además un estilo que se ofrece al territorio de la producción filosófica, otra máquina de hacer y pensar conceptos; porque las ideas que se hacen rehacen, en verdad, su cuerpo propio, y se disponen a deshacer lo más propiamente suyo. El hacer, rehacer y deshacer nietzscheano prosigue el plegar, replegar, desplegar leibniziano y el terrirorializar, reterritorializar y desterritorializar deleuziano prosigue a Nietzsche. Deleuze reafirma la afirmación nietzscheana: toda construcción en filosofía es un proyecto de edificación y de demolición.
Sin embargo, rehacerse no consiste en alcanzar una forma preexistente dentro de una lógica identitaria de lo mismo. Tampoco deshacerse es convocar a la corrosión emanada de la negatividad, Rehacer y deshacer forman parte de un hacer supremo: el Devenir. Se trata de un devenir adialéctico:
Existencia e imprevisión, este es el acto afirmativo por excelencia que, con Nietzsche, lleva el nombre de ‘intempestivo o inactual’. Contra un presente extático, un tiempo en devenir. Deleuze se encarga de tensar el arco tendido entre la perseverancia spinociana y la intempestividad nietzscheana. Este arco, que alcanza alturas de vibración sublime en la pintura, el cine y estados dionisíacos en la música, es el arco de la afirmatividad. La afirmación nietzscheana no teme ni tampoco elude la negación, pero ese ‘no’ es de sentido contrario a la dialéctica porque rechaza todo lo que configura a la negación como motor o fuerza trascendente. El resentimiento y la mala conciencia son espectros de ese modo de pensamiento,
No se trata de repudiar lo negativo, por el contrario, la grandeza de Nietzsche consistió en haber hecho de la negación una forma de afirmatividad: la negatividad en lo positivo. Tornemos por caso al filósofo de estas tierras que aun debe vérselas con el fino apotegma de que ‘la única verdad es la realidad’. El orden de la verdad se rubrica con lo real en una coincidencia que no sopesa ni valora. Pues bien, Deleuze -cual gorila intempestivo- recuerda que ésta es una moral de asno y camello, un ejercicio negativo que olvida que ella es ya acto de afirmación. Verdad = realidad porque real es todo lo que se acarrea, todo lo que se soporta y asume. La asunción de sí mismo como bestia de carga de los ideales ajenos, eso es asumir lo real. Tomar lo real como lo que es constituye una afirmación de aquellos que confunden ser con ser fieles, ser obedientes. La carga que se sobrelleva, -fines, destinos, cruces- goza de la fuerza perezosa de la apariencia, de las cualidades positivas que corresponden al asumir la vida como viene y en el asumirse de un edipismo dócil. Es el espíritu de lo negativo que consiguió ser separado de la positividad de la afirmación; es el mundo reactivo y el cielo del nihilismo. Las cargas del consentimiento son la resignación que rebuzna y la genuflexión que se arrastra en el desierto ajeno, pero Nietzsche recuerda que ya son un ‘sí’ una afirmación de los que no saben decir que no a las premisas negativas. Dice Deleuze:
Para nuestro autor, esas formas de pensamiento son una teología de la mala conciencia y un ateísmo del resentimiento. El enfrentamiento es con aquel que opone negatividad a positividad y no reconoce a la primera como un modo mismo de la afirmación y, con ello, desvalija la fuerza de la afirmatividad. Pero el ser no tiene que pasar por el alambique de la nada pura y simple, por el devenir nihilista, porque es únicamente afirmación de lo negativo. Nietzsche no se propone cargar la vida con los fardos más pesados sino aligerarla, porque esa espalda encorvada es la expresión corporal de la voluntad de nada, es la voluntad de despreciar la vida con la vida misma. Hay algunos para quien la afirmación queda al servicio de lo negativo, pero hay otros -como el león y la leona- que ya ponen lo negativo como voluntad de afirmatividad. Si el querer es adecuado a toda la vida y el poder coextensivo a toda su afirmación entonces, dice Deleuze,
Afirmar con todo el poder es pura acción, y es también creación; es afirmar la propia afirmación, esto es la afirmatividad, es el mundo dionisíaco.
El arco de la perseverancia spinociana ha quedado así en una tensión tal que accedemos a la voluntad pura de poder. Con él podemos obtener los sonidos de cómo hablaba Zaratustra. Este arco es una máquina, la máquina descante de un cuerpo sin órganos -ágil, liviano, descargado- para el que la única verdad es valorar. Una afirmación de sí tal que de toda demolición, por ejemplo la psicótica, yo construyo los pliegues de mi propia vida. Gregorio Kaminsky
[i] Deleuze, Gilles, Differénce et Répétition, pág 3 PUF, París, 1968. [ii] Deleuze, Gilles, Critique et Clinique, pág 10, Les Editions de Minuit, Paris, 1993 (trad. nuestra) [iii] Deleuze, Gilles, Nietzsche y la filosofía, Barcelona, Anagrama, pág. 252. [iv] Op. cit., p. 255. [v] Op. cit., p. 258. [vi] Op. cit., p. 259 |
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