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«Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido mi nombre al recuerdo de algo gigantesco, de una crisis como jamás la había habido en la tierra, de la más profundo colisión de conciencia, de una decisión tomada, mediante un conjuro, contra todo lo que hasta ese momento se había creído, exigido, santificado. Yo no soy un hombre, soy dinamita.» F. Nietzsche, Ecce Horno Que alrededor de la figura de Nietzsche iban a tejerse los más poderosos malentendidos que jamás afectaron a filosofo alguno es algo que el propio Nietzsche presintió frecuentemente y de modo inequívoco. Desde muy temprano tuvo a gala cubrir con su desdén la progresiva soledad en la que se desenvolvían su vida y su trabajo: ¿Nos hemos quejado jamás de que se nos entienda mal, desconozca, confunda, vilipendie y pase por alto? Ese es precisamente nuestro destino.. .» (La gaya ciencia, V, 371). El mismo hizo lo imposible por afirmar esa soledad como querida, por ver en ella la marca del carácter forzosamente futuro de su pensamiento, por verse a sí mismo como un pensador póstumo. No ser entendido sería entonces signo del itinerario intempestivo de su pensamiento; sería signo de que su pensamiento había conseguido ir más allá de los tópicos de lo que para un período histórico es pensable -signo, por ello mismo, de hasta qué punto su pensamiento se abría al porvenir, buscaba los lectores del siglo venidero... Llegó a soñar incluso que estaba inventando el futuro. Se consagró así a la tarea de no ser demasiado entendido, de no serlo por demasiada gente; -hizo de ello un rasgo de su estilo: «Cuando se escribe, no sólo se quiere ser entendido, sino también no ser entendido. El que uno encuentre ininteligible un libro no es en modo alguno una objeción contra este libro; puede que se lo haya propuesto el autor, deseoso de no ser entendido por todo el mundo» (La gaya ciencia, V, 381). Su escritura huirá así de los lectores perezosos, de quienes ante un texto se comportan como soldados que saquean -su estilo se convertirá en embozo contra la rapiña, disimulo y máscara, juego de laberintos del que sólo saldrán victoriosos los lectores verdaderamente pacientes: aquellos provistos de esa capacidad de rumiar que Nietzsche aprendió de la filología. Todo lo que, en Nietzsche, puede parecer producto de una exaltada imaginación poética, de una incontinencia lírica, oculta sin embargo un calculado y cada vez más autoconsciente arte de los efectos de pensamiento que quiere provocar en el lector.- «No es ni sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle que formule por sí mismo la última palabra de nuestra sabiduría (Decálogo del estilo, X). De la escasa acogida del discurso nietzscheano en los marcos académicos de la filosofía, de las numerosas ampollas gremiales que su pensamiento levantó, es en buena medida responsable esta decisión, su voluntad de aunar pensamiento y estilo. Quiso seleccionar a sus lectores por el trazado de su prosa, y no los halló hasta muy tardíamente en las instituciones universitarias que decidían qué era y qué no era eso llamado filosofía. ¿Cómo otorgar el nombre de filosofía a unos textos que cubren las más variadas formas de estilo: aforismos, poemas, prosa lírica, panfletos... pero que evitan siempre la seriedad del tratado? ¿Qué garantías ofrece el trabajo de este hombre que, encerrado en un altanero aislamiento, lee cada vez menos y tan sólo piensa? Se ha señalado hasta la saciedad la falta de unidad de su discurso, su falta de sistematicidad (y lo que tal vez sea peor: su absoluto desinterés por hacer que su pensamiento adopte la forma sistemática); se han denunciado en su obras infinitos puntos donde se contradice; se duda seriamente de su rigor conceptual (¡siempre encontramos una metáfora donde debería haber un concepto!); es conocido el escaso alcance de su capacidad deductivo... Por todo ello, Nietzsche tardará en ser leído por los filósofos -tardará en ser acogido en el seno de la filosofía institucional. Habrá que esperar a las lecturas que de su obra realizaron primero, K. Jaspers (1935) y, luego, M. Heidegger (1936-46, publicadas en 1961), para que se le conceda una cierta carta de ciudadanía, siempre con el marchamo de «autor maldito», sin embargo (y aun así, aun entonces, Nietzsche no encontrará lectores desinteresados, sino intérpretes que hacen, de una determinada versión del discurso nietzscheano, premisa para sus propias posiciones filosóficas, ¿nuevos malentendidos?). Sin embargo, con la publicación, a cargo de G. Colli y M. Montinari, de la edición crítica de sus obras completas, se nos dibuja hoy de modo inequívoco la presencia de un gran pensador, grande entre los grandes. Es posible que sus textos no coincidan con el canon de obra filosófica que su época establecía, pero lo que es indudable es que Nietzsche es un filósofo; de lo que no cabe duda es de su terca voluntad y absoluta entrega a la tarea de ser filósofo. El mismo Colli, que ha exhumado la totalidad de los papeles de Nietzsche y le ha leído de su puño y letra, ironiza respecto a las críticas a la pretendida ligereza del estilo nietzscheano con estas palabras: «El estilo filosófico de Nietzsche es antitético al de Kant. El primero es el resultado de una fatigosa elaboración, como se puede comprobar mediante los cuadernos de trabajo de Nietzsche. Porta muchas veces de esquemas, de exangües abstracciones: el escritor, con la magia de la palabra, a través de reiterados y obstinados intentos de reanimación, da vida a estos cadáveres. Al final aparece la expresión, como recién salida, limpia y escueta. Kant, al contrario, lleva al papel el trabajoso proceder del intelecto, con todos las desviaciones, incertidumbres, repeticiones y variantes en busca de una mayor claridad del pensamiento, más incluso que de la exposición.» Y añade: «Pero seguir las vías tortuosas del intelecto de un individuo empírico, que le llevan a determinados resultados, tiene escaso interés. El estilo debe borrar el condicionamiento concreto, el procedimiento material del individuo raciocinante. El pensamiento debe presentarse desprendido del modo en que ha sido conquistado, como una realidad en sí mismo, sin nada personal.» Y es que una voluntad de ruptura para con el discurso filosófico tradicional tan decidida como la nietzscheana, no podía darse sin una profunda transformación de las maneras del decir propias de la filosofía. Su fuerza polémica apuntaba a entrar en diálogo con los grandes de la historia del pensamiento, de tú a tú y con una voz propia. No le bastaba contradecirlos en tal o cual aspecto concreto, sustituir un concepto por otro, negar donde ellos afirmaron o alabar lo que ellos denigraron. Ante la vasta crisis en la que se sumía Europa como forma de vida espiritual, ante lo que llamó «nihilismo», trazando de él un análisis lúcido y anticipador, Nietzsche se sintió emplazado frente al envite de una ruptura total con la tradición entera del pensamiento occidental. Se trataba de intentar pensar de otra forma, alumbrar un pensamiento que rompiera los marcos mismos dentro de los cuales el Occidente platónico y cristiano encuadraba eso denominado pensar. E introducir la cuestión del estilo en relación con el pensamiento, defender la pertinencia de la cuestión estilística en filosofía era una finta para lograrlo. Porque hacer de la pregunta por el estilo la cuestión filosófica por excelencia, hacer del cuidado por el estilo la primera precaución del pensamiento implicaba, de una vez, negar el valor de los análisis en términos dicotómicos: verdadero o falso, bueno o malo, elevar al pensamiento por encima de la mera gestión de las polaridades establecidas. Porque no hay un estilo bueno o un estilo verdadero: no hay una sola manera de pensar que sature toda la verdad, como no hay un solo modo de actuar que pretenda toda la bondad. Hay infinidad de estilos que traducen otras tantas perspectivas («instintivas», dirá Nietzsche) sobre eso que ocurre, sobre la vida. Y la tarea de la filosofía consistirá en evaluar y jerarquizar estas perspectivas: ¿Cuál es el punto de vista más sano, más noble, más favorable a la vida, más afirmativo? ¿Y cuál es el más bajo, el más decadente, el que, con su interpretación, niego todo lo vivo? Así, ante un pensamiento no hay que preguntar por su verdad o su bondad, sino desplegar todo el arte de lo que Nietzsche denominaba «psicología» para establecer a qué tipo corresponde ese pensamiento: ¿Quién puede pensar esto? Porque verdades las hay de todo tipo, nobles y viles: verdades de la enfermedad, de la decadencia, de la estupidez, tanto como verdades de la salud, de la alegría o de la lucidez. Lo que importará no es tanto la verdad de un enunciado cuanto su sentido, desde dónde se puede afirmar tal o cual cosa; a quién o a qué sirve el que se determine de éste u otro modo tal problema... La cuestión del sentido y el valor se coloca entonces por encima del mero asunto de la verdad positiva. Así, introducir la cuestión del estilo en filosofía significará, en definitiva, una defensa del pluralismo contra todo dogmatismo del pensamiento, un magno intento de ruptura con la tradición platónico de pensamiento, que se prolongará multiplicada, a lo largo de veinte siglos de cristianismo, manteniendo la ficción de una dicotomía ontológica entre mundo aparente y mundo real, y de una dicotomía moral entre bien y mal, como único marco válido para cualquier interpretación de la vida. El resultado de este largo error será, para Nietzsche, una civilización asentado sobre el desprecio por la vida: la Europa del nihilismo, y su tarea, «filosofar con el martillo» contra ese pensar decadente, con la mirada puesta en el futuro. Y sin embargo el futuro no ha liberado definitivamente al pensamiento de Nietzsche de sus ambigüedades. Antes al contrario, añadió a los malentendidos que le acompañaron en vida, otros más graves y póstumos -esa dinamita explotó de mil modos y hoy no puede dejar de acompañar a la obra de Nietzsche el miedo a sus consecuencias-. En primer lugar están los años de locura que cierran patéticamente su biografía; años de locura que, crítica o clínicarnente, serán utilizados para justificar una descalificación de su aventura espiritual: ya sea atribuyendo el origen de su locura a una temprana y mal curada sífilis, con lo que toda su obra no sería sino la manifestación progresiva del avance de su enfermedad; ya sea haciendo de su final la «consecuencia lógica» del intento de pensar fuera de las órbitas de la razón. Y en segundo lugar tenemos el triste pillaje y manipulación de su pensamiento por la barbarie nazi, posibilidad presentida por el propio Nietzsche desde, por lo menos, 1884, lo que le empujaría a distanciarse explícitamente de todo lo alemán en general, y aún más del pangermanismo en particular: «¡Escuchadme! pues yo soy tal y tal. ¡Sobre todo no me confundáis con otros!» (Ecce Homo). Con todo, el malentendido sigue pesando sobre Nietzsche. Incluso su estilo parece haberse vuelto contra él y son muchos quienes, lectores perezosos o desertores del rigor del concepto, se reconocen en su obra -su estilo no parece permitirle ya seleccionar lectores, mantener ese pathos de la distancia del que hizo un arte. La mayor dificultad de la obra nietzscheana advertirá Jaspers, bastante antes de que la moda Nietzsche fuera un hecho- estriba en que es demasiado inteligible. E, infortunadamente, es cierto, aunque sólo en apariencia, por supuesto, porque hoy apenas si estamos en condiciones para algo más que adivinar la grandeza de su aventura espiritual. Y ello al tiempo que se hace cada vez más evidente la urgencia por apropiamos de su saber, la necesidad de medirnos con su pensamiento para probar hasta dónde resiste eso que creemos que es nuestro. Hoy, que apenas sí sabemos quién no era Nietzsche, qué no era su filosofía, nos siguen y seguirán aún desafiándonos, con idéntica fuerza de sabiduría a la de los viejos enigmas griegos, las últimas palabras de Ecce Homo, su último texto: «¿Se me ha comprendido?». Miguel Morey |
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