EZEQUIEL MARTÍNEZ
ESTRADA
“NIETZSCHE”
Emecé -
Buenos Aires - 1947

La formación
espiritual de Nietzsche obedece a rigurosas leyes orgánicas en su desarrollo.
Sin bruscas transiciones, en una metamorfosis lenta y segura, va superando
etapas sin que nos sea posible justificar siempre un proceso que tiene su norma
y su unidad interiores. Predominan durante la niñez y la primera juventud los
sentimientos de piedad y la devoción por la música, que han de sobrevivir al
desastre de su derrumbamiento mental. Más tarde se encauza por los estudios clásicos
bajo la disciplina de la filología; y con esta apertura de horizontes no sale
del marco estricto de la tradición luterana en que se formó. Su primer trabajo
erudito, en condición de estudiante, investiga las fuentes de Diógenes Laercio
y señala prematuramente la cúspide de esa época de filólogo militante que
perdurará a lo largo de su vida como técnica mental. “Filólogo --escribe en
el prólogo de 1886 a Aurora-- quiere decir maestro de la lectura
lenta, y el que lo es acaba por escribir también lentamente. No sólo el hábito,
sino también el gusto --un gusto malicioso, acaso-- me llevan ahora por ese
camino. No escribir más que aquello que pueda desesperar a los hombres
apresurados. La filología es un arte venerable, que pide ante todo a sus
admiradores que se mantengan retirados; tomarse tiempo, volverse silenciosos y
pausados; un arte de orfebrería, un oficio de orífice de la palabra, un arte
que pide trabajo sutil y delicado, y en que nada se consigue sin aplicarse con
lentitud”.
El
período de formación, que abarca sus estudios preparatorios y universitarios
en Pforta, Bonn y Leipzig, se caracteriza por un desbordante entusiasmo por la
filosofía y la poesía helénicas. En los Trágicos encuentra compendiada la
sabiduría que se relaciona con los hechos cotidianos de la existencia,
magnificados en la escala de lo heroico y lo religioso. Fiel a su temperamento,
procura unir melodía e idea, según una carta a la madre y a la hermana, de
1863. Qué sea este ideal estético en el estadio de su vida en que lo apasiona
la música y compone un Oratorio (1860/1) y variaciones sobre temas húngaros y
servios (1862) bajo la admiración de Schubert y Schumann, no puede
conjeturarse. Sería atrevido suponer que en esos años de adolescencia hubiera
fijado ya su idea central de la cultura, como originada por la música y la
tragedia, o que ya sus pensamientos se generaran en un estado de ánimo musical,
característica que le atribuye Andler, también para las obras de su madurez.
Sin embargo, en cuanto según sus propias palabras todo autor tiene un poco el
estilo de sus amigos, los maestros que elige como guías inspiran no solamente
sus ideales literarios y musicales sino su vida --los filósofos presocráticos,
Schopenhauer, Wagner, la música alemana--. En su correspondencia, en sus
ensayos y en sus poesías refleja una delectación por las ideas que emergen en
la exaltación y en el entusiasmo, mucho más que en los cateos de la erudición
o del raciocinio fríos. De manera que tanto sus trabajos escolares como sus demás
producciones señalan desde muy temprano una inquietud y una ambición de altura
que impregna de lirismo sus más reposadas meditaciones. Hasta la época de las Consideraciones
Inactuales tiene el proyecto de realizar una serie de monografías que
se resuelven en los trabajos sobre filosofía presocrática y El Origen de
la Tragedia, donde su prosa y su pensamiento alcanzan ya las características
de su mejor estilo. En Ecce Homo la juzga obra notable más allá
de toda expresión.
En
las Consideraciones Inactuales, sus ensayos sobre Strauss, Wagner
y Schopenhauer conservan la exaltación de El Origen de la Tragedia,
pero el tono polémico y en particular la hiriente y despectiva crítica a
Strauss superan la osada inquisición de Sócrates, fijando a su vez algunos de
los rasgos despiadados de la primera parte de Voluntad de Poderío,
en el examen del nihilismo occidental. Esto es Nietzsche; es todo Nietzsche en
1874.
En
las aulas descubre El Mundo como representación y voluntad, de
Schopenhauer, que pone ante sí los problemas metafísicos en un lenguaje cálido
no escuchado desde los debates de la Academia Platónica de Florencia, que
Schelling, Fichte y Hegel renovaron en la cátedra. La huella de Schopenhauer en
su espíritu es tan honda, que puede afirmarse que jamás logró Nietzsche
independizarse de las sugestiones del maestro. Su levantamiento contra él tiene
analogías con la abjuración de Wagner; se trata de un movimiento iconoclasta,
en afán de independencia, equivalente a sus tentativas de suicidio. No puede
librarse, ni tiene por qué. Precisamente Schopenhauer señala la dirección de
la gran ruta del pensamiento y del estilo literario nuevos. Por mucho que lo
negara, Schopenhauer hereda a su vez las ideas centrales de Schelling y entra en
parentesco con los místicos y estetas románticos alemanes de fines del XVIII.
A ellos pertenece también Nietzsche, y si sólo hubiera de aprovechar el
conocimiento de que la intuición es la vía expedita para el conocimiento
profundo del alma y del mundo, la única posibilidad de sentir humanamente, en
acto viviente, la presencia de los seres y las cosas, sus relaciones
desconocidas y su oscura voluntad de perdurar, ya sería bastante.
De
Schopenhauer es todavía esa idea de que la música expresa directamente la
voluntad, como un lenguaje espontáneo, de formas extrañas y distintas de la
gramática y el silogismo, un sistema de relaciones de alma a alma, de mayor
eficacia que en la palabra y en los signos ideográficos. La música, para
Nietzsche, divinidad omnipresente, es una creación schopenhaueriana, y Wagner
es la encarnación de esa nueva ley, del evangelio de las artes y las ciencias
nuevas.
Esta
derivación de sus preocupaciones explica que optara al doctorado en Filología
con una tesis sobre Los esquemas fundamentales de la representación,
que se le rechaza sin que ello obste a que se le otorgue el título. La gran
figura de Ritschl lo ampara; él es quien patrocina su nombramiento de profesor
en Basilea. Pero ya la filología no es un método, ha pasado a ser casi un arte
de taumaturgo con que se restituye la vida a los antiguos textos de difícil
lectura, y el encuentro en la Universidad con Jacob Burkhardt y Franz Overbeck
contribuye a fijar las actividades de Nietzsche en el campo de la filosofía.
Uno representa el Renacimiento y otro la Reforma, ambos sabios y eruditos que le
auxilian en el escabroso paso de la antigua a la nueva fe, de los pequeños
ideales domésticos a perspectivas ilimitadas donde los objetos del culto se
magnifican y, como en las claves de la gnosis, toman aspectos y formas insólitos.
Ritschl, Burkhardt y Overbeck, los maestros de una hermenéutica nueva en sus
creencias antiguas, lo capacitan para aplicar sus conocimientos científicos a
una tarea de actualidad. La cultura contemporánea configura un mundo, como el
mundo clásico de las artes, las letras y la filosofía y Nietzsche trasiega a
él todo el contenido de sus juveniles afanes de saber y de sus necesidades de
creer. Los años de luchas consigo mismo, con su “daimon”, en que sus propósitos
de ser un apóstol de Cristo, un estoico que podría dejar que ardiera la palma
de su mano sin parpadear, un cruzado de la verdad, pasan candentes a los años
en que la fe se quebranta y las creencias todas se desvanecen en la humareda de
las ilusiones nocivas. No abandona su tierra de combates para penetrar al
apacible recinto de la filosofía, sino que con las mismas angustias se propondrá
investigar en el texto de los conocimientos contemporáneos el sentido que
buscaba antaño en los fragmentos y los escolios, en los “parerga” y los
“paralipómena”.
Es
un campeón de la verdad, de la honradez del pensamiento, de la pureza del alma.
Nada que la envilezca, la enerve o la cohiba quedará impune; irá en busca de
las causas del mal que el hombre sufre en su inteligencia y en su destino, como
a la guerra contra los monstruos. Un vikingo, un filibustero se considera a sí
mismo, y esto es porque se ha propuesto a ultranza una vida valiente, inflexible
en la aventura que emprende. Diez años más tarde sentirá que su misión no
está en las tareas de la cátedra, sino en dejar un testimonio más alto y
universal del sacrificio de sí mismo, a la manera de los mártires. Estas
actitudes responden a un espíritu religioso, e inevitablemente se evocan los
nombres de los campeones de la Reforma, digamos el caballero de Hutten,
Zwinglio, Huss o Servet.
En
Basilea recibe, además de las influencias de Burkhardt y Overbeck, el influjo
impalpable de la vida que allí se conserva desde siglos, renovada en la
severidad de un servicio a la libertad de pensamiento y a la rectitud de
conducta. Aquellas poderosas personalidades no desvían su orientación inicial
de ser fiel a su conciencia, sino que le suministran los elementos para
desplegar sus extraordinarias facultades de investigador. Por el ejercicio de su
profesión ha afinado sus órganos intelectuales para descifrar palimpsestos, y
la cultura es una historia en que hay superpuestas escrituras de todos los
tiempos, países y razas. En fin, su rompimiento con la enseñanza de cátedra,
como con sus más queridos ideales de la adolescencia, es el más doloroso
sacrificio que puede imponerse en una nueva concepción del heroísmo, la
sabiduría y la santidad. Lo realiza para hacer consigo mismo, con su
inteligencia, el más atrevido experimento: el de razonar sin ningún prejuicio
hasta los últimos límites de la razón libre --hasta la locura si es preciso.
En
verdad, la diversidad de reacciones de Nietzsche conservan íntima unidad; su
estilo y su posición también obedecen a una inflexible congruencia desde sus
primeros trabajos helenísticos hasta los fragmentos de Voluntad de Poderío.
Esa unidad firme que Andler encuentra en su obra y que existe, efectivamente, a
través de sus contradicciones aparentes, está en su persona. Acaba
aborreciendo lo que amó, como si descubriera la traición de seres queridos,
sin que el ideal se haya menoscabado al acrisolarse en una exigencia sin piedad.
Y de ese modo la inteligencia, la fe cristiana, la moral que se propuso en días
de estudiante como un deber eterno y que cultivó en su vida de santo en todos
los días, se proyectaron en imágenes vivientes, en idolatrías y en ideales
contra los que dirigió sus armas prodigiosas. Su obra destructora es la del
escultor que desbasta el bloque para que surja, libre, la estatua. Y era el
oficio de Sócrates antes que el de partero.
Poco
de esto, en cuanto a temperamento, tiene que ver con la filosofía, sino con la
religión. Su actitud es la del apóstata, indeciblemente empeñado en combatir
su antiguo credo trascendido. Debe vérsele, entonces, en su verdadero papel y
misión: en la de un heresiarca surgido de la fe cristiana, de la filosofía
griega, de la música y de la honradez familiar. Lo que sería preciso aclarar
ahora es el verdadero sentido de la palabra heresiarca. Porque puede tener por
tradición algún matiz condenatorio o peyorativo que no conviene al caso de
Nietzsche. Su herejía constituye un máximo heroísmo, su acto de fe pública
en nuevas convicciones, su abjuración del error. Así pasa por natural
labilidad del ejercicio intenso de pensar, de la fe, al escepticismo, del
escepticismo a la esperanza viva en ideales o doctrinas que subrogan a los
antiguos, Zarathustra es, asimismo, una declaración apostólica de fe en el
hombre, muy semejante a la cristiana, al fin y al cabo, que anhela para él la
bienaventuranza eterna, nada menos. Zarathustra es la obra representativa del
carácter y la naturaleza del genio de Nietzsche, eminentemente religioso.
Pero
entiéndase heresiarca simplemente por la apostasía, el cambio de frente a las
creencias de antaño, como en Erasmo, Lutero y Giordano Bruno se dio, para citar
a los hombres más próximos por afinidad espiritual con él. Efectivamente,
Nietzsche pertenece a la raza de esos hombres, a los que tendría que agregar sólo
dos más: Milton y Pascal. Pertenece a esa clase de pensadores apasionados y patéticos
para quienes la verdad no está escrita para siempre en los libros ni en la
naturaleza, sino que como revelación aparece en el campo de la conciencia, a
veces contra la propia voluntad y el personal designio. Contra es la palabra que
caracteriza a aquellos pensadores o místicos, siendo en Pascal la apostasía de
la matemática no menos grave que en Lutero la de la Iglesia.
Mas
la herejía siempre es una relación vista desde dentro del sistema inerte del
que sale el hereje; desde dentro del sistema móvil en que éste se coloca, la
herejía, es transferida del lugar que se abandona al que se pasa a ocupar. Ningún
hereje lo es sino desde el punto de vista de su antigua ubicación. Por otra
parte, honradamente, fiel a las exigencias del pensar escrupuloso, las fases
negativas de Nietzsche se convierten, por inverso juego, en afirmaciones categóricas
de gran coraje mental. No ha destruido a Dios, ni al cristianismo, ni a la
moral, ni a la música de Wagner, ni a la inanidad de los axiomas matemáticos y
los filosofemas: ha destruido --mejor dicho ha insistido sobre la ruinas-- las
contrafiguras, los “eidoloi” de aquellas ideas encarnadas en ellos. Una
revisión superior, fuera de los dogmas canónicos y de los prejuicios de tribu
y de academia, acabará por comprender que, como todas las apostasías, la de
Nietzsche habrá contribuido a fijar más nítido y puro el tipo ideal
corrompido por la rutina, la acumulada torpeza y la inercia del creyente en la
religión o en el progreso por complicación mecánica.
La
actitud personal de Nietzsche frente a los problemas éticos y gnoseológicos
tiene mucha más analogía con la de los pensadores del Renacimiento y de la
Reforma que con la crítica y la sistemática de las escuelas oficiales. En este
sentido debe considerársele como un defensor de nuevos ideales, un apóstol más
que un filósofo, cualesquiera sean las cuestiones de programa que haya
planteado. Lo más importante de su doctrina radica en su actitud personal, en
su reacción viviente contra la manera de tratar la apenas actualizada temática
de la escolástica, que con renovados atavíos perpetuaba la rutina medieval.
Nietzsche
se alza frente a la filosofía escolar y a la moral congregacional con el mismo
empaque de los reformistas ante el dogma y la autoridad romanas. Es un
heterodoxo, quiero decir un ortodoxo del otro lado. Toma sus argumentos de las
ciencias positivas, como los reformistas los tomaban de los exegetas católicos;
muy pronto restituye al hombre el imperio de su responsabilidad, fuera de lo
zoológico, como los reformistas restituyen al espíritu su responsabilidad
fuera de los preceptos. La conciencia es el guía y mentor en este camino, y la
ética y la metafísica se confunden, como en Spinoza.
La
posición de Nietzsche en oposición a toda dogmática del saber, del creer y
del obrar es de índole religiosa; su contenido está saturado de una fe
ilimitada en ciertas facultades o potestades humanas infalibles contra otras que
considera degenerativas. El instinto es, como la fe ciega de Tertuliano, un
camino de salvación, pero el instinto de la mente, no del cuerpo.
Tiene
el virulento entusiasmo de los reformistas; la música y la poesía suplen el
razonamiento erístico, los cantos del Zarathustra son a la vez los Profetas y
los Actos de los apóstoles. Ningún sistema de moral, de lógica, de política
ni de metafísica puede oponerse a la necesidad de salvar el alma por la confesión
de sus tribulaciones y dudas. Lleva ese deber de la confesión más allá que
Kierkegaard, y ninguna monstruosidad le parece que deba callarse; la proclama
como los pecadores de Dostoievsky, en público, buscando las palabras más duras
y las acusaciones más mortíferas, en el estilo de Lutero. Para Nietzsche como
para Erasmo, el pensador tiene los mismos deberes que el sacerdote, sólo que se
aplican al intelecto: no se lo puede traicionar, y si predestinadamente ha de
cumplir una tarea de devastación, de negación, ése es su sagrado destino.
Erasmo y Voltaire a este respecto pueden ser vistos como moralistas supremos: no
mancharon su pensamiento, y las cuestiones de moral ordinaria están fuera de
esta moral suprema. También Lutero se arredraba ante la perspectiva de su obra;
luchaba contra los demonios a brazo partido. No es casual que haya puesto
Nietzsche como epígrafe al V Libro de la Gaya Ciencia la célebre
frase de Turena. Lutero acometía para destruir, desmantelar, aniquilar el poder
temporal y pastoral de la Iglesia romana en que encontraba depositados los
positivos dones de Satanás. La postura filosófica de Nietzsche es idéntica:
la Iglesia aquí es el saber oficial, académico, frío, dogmático: el Sistema,
el Canon, la Universidad, la Academia, el Estado. Su filosofía dionisíaca es
como la religión dionisíaca de Lutero. También éste proclamó la exaltación,
el éxtasis, la música y el arrebato, como sagrada fuerza contra los preceptos
y los silogismos tomistas. Da al hombre lo que es del hombre y lo impele en un
santo furor, espada en mano. Su posición contra los filisteos de la cultura es
la de Cristo contra los fariseos. Nietzsche defiende las aptitudes del hombre,
de los superiores poderes del espíritu. Cultura es para él como mundo; una
realidad cerrada. No necesita hablar de Dios porque sabe, desde Eckart, que
nombrarlo sólo ya es desfigurarlo y atribuirle un atributo cualquiera,
reducirlo. Contra los padres del cristianismo, Sócrates, de Fedón, Sófocles,
de Antígona, el “piccolo santo” se levanta como Lutero contra el diablo
mismo. Es la patrística grecolatina, la ingestión de Aristóteles en lo dionisíaco
de los evangelios, lo que le repugna.
Es
un puritano en filosofía, que va directamente al texto de la naturaleza y del
alma como a libros escritos en lengua musical, no matemática. Razona como un
casuista; penetra en sus análisis mentales como en la reconstrucción de un
palimpsesto. Es un filólogo cuando razona, y el examen de Wagner es el método
más riguroso empleado jamás en cuestiones de arte. Asimismo procede con la
religión, la moral y la lógica. Crea el psicoanálisis, porque perfora las más
recónditas capas del alma; penetra hasta el alma de los muertos, de la
historia. Su método es ése de no omitir, no descuidar, no tener miedo. En
cuestiones de pensamientos hay que tener cuidado de no pecar contra el espíritu.
No hay perdón contra ese pecado teologal. Así como Lutero descubrió la
falsedad de toda la dogmática cristiana, así Nietzsche la de la dogmática de
la cultura. Cristianismo y cultura se basan en malentendidos, en una escala
falseada de valores, en el aprovechamiento del hombre, reducido a la impotencia
y la ignorancia; en la creación de la subclase de los estólidos sapientes. El
odio a la vida es precisamente lo que ese rozagante y hedónico Lutero
encontraba en tanta perversión de los administradores del diablo. La alegría
del cristianismo sin mancha, de los primitivos y de San Francisco, es la alegría
franciscana de Nietzsche en el seno maternal de la cultura depurada, sin
culturalina, como en la moral limpia, sin moralina.
Son,
pues, la filosofía de cátedra y la moral de iglesia los dos blancos contra los
cuales asesta sus certeros y penetrantes tiros. Esto forma parte, más que de
una concepción filosófica, de una necesidad de su conciencia, y en ella vemos
prolongarse a lo largo de sus metamorfosis y crisis las hondas canalizaciones de
su adolescencia, cuando se propuso, con voto solemne, defender la pureza del
cristianismo y la inexpugnabilidad de sus convicciones. Siempre fue Nietzsche un
hombre religioso, de contextura religiosa, impulsado primero por una divinidad
tremenda y luego por un deber intelectual que colinda con las exigencias de una
ascesis. No cree ya en lo que antes, mas esto no lo releva de sus solemnes
juramentos. La nueva creencia bien vale la misma santidad. “Pues el hecho de
que el hombre siga viviendo, sumergido en la vida --escribe Pfänder--, y de
esta suerte afirme realmente la vida en lo pequeño, contradice ésa su radical
indecisión con respecto a ella. Así el hombre crea en su interior un estado de
impulcritud espiritual, cuando deja sin solución ese problema, que al fin y al
cabo siente, y, sin embargo, continúa arrastrando voluntariamente su vida sobre
el vacilante suelo de esa indecisión. Nietzsche odia con todo su corazón estas
impurezas del espíritu” (Nietzsche).
Defendió
siempre un ideal de pureza de espíritu que, en lugar de aplicarse a la conducta
cotidiana de la vida, se aplicó a las faenas no menos responsables y rigurosas
del pensar. Era un santo en el orden de las ideas, y la valentía con que puso
en el centro de su concepción de la vida la necesidad de ser fiel a su
conciencia, nos presenta un caso sin otras semejanzas que las de los místicos
de la Reforma, el Renacimiento y el Humanismo: Lutero, Erasmo y Milton son sus
hermanos consanguíneos. También fue Nietzsche, como ellos, un filólogo
conocedor de las lenguas madres de la cultura occidental, de los textos
originarios de esa cultura, que leyó e interpretó con la fidelidad de la
hermenéutica protestante. La Biblia está reemplazada por las analectas
profanas, y ante sí el mundo occidental decadente y nihilista significaba lo
mismo que la corrupción pontificia para aquellos otros hermanos suyos.
Cristianismo y moral eran entendidos en su plano de la cultura como antes la
Iglesia y los Concilios, imágenes de un dogma cristalizado sobre la fe
desaparecida y códigos de comportamiento petrificados sobre la sensibilidad
viva del bien y del mal. En los ataques al cristianismo que siguen al ataque
contra Strauss, el último de los teólogos que se aplicaron a la prueba de la
mitología cristiana, obtiene sus mejores elementos de asedio en las ideas de
Overbeck. “En realidad escribió más en honor del cristianismo que en su
deshonor: mídase no la anchura sino la profundidad y adviértase bien en dónde
late el corazón” (Heinrich Mann, Nietzsche).
Aun
cuando en su espíritu independiente no lo declare, hay en su crítica del
cristianismo la idea central de que para la Edad Moderna el cristianismo no es
ya una religión sino uno de los objetos que integran el orbe de la cultura
occidental [i].
Efectivamente, sus críticas contra el cristianismo en su esencia misma no van
contra el aspecto religioso del mismo sino contra el filosófico; son trabajos
de psicología más que de apologética o crítica, y los argumentos que utiliza
son de la misma especie con que ataca la civilización contemporánea, a la que
acusa de nihilista y decadente. Cultura cristiana y cristianismo filosófico son
para él idénticos; así, Wagner, el hombre, se identifica con el músico, según
el mismo procedimiento con que ya en El Origen de la Tragedia
descargaba sobre Sócrates, el plebeyo, el geómetra de la moral y el optimista
de la razón, todo lo que más bien a través de Aristóteles la Iglesia había
incorporado a sus Dogmas como fundamentos racionalistas de la fe. En el
cristianismo reniega del Fedón más que de los Evangelios. En este sentido ha
podido decir Pfänder: “Pero acaso desenmascarando esa caricatura de
cristianismo haya contribuido Nietzsche poderosamente al restablecimiento del
verdadero cristianismo y detenido la progresiva tiranía del Cristianismo
degenerado”.
Lo
que combatió Nietzsche en el cristianismo y en la filosofía platónica es la
escolástica. Está en la misma línea de Reuchlin, Melanchton y Erasmo. La política
y los apologistas habían creado una filosofía del cristianismo que suplantaba
al cristianismo evangélico. Así lo entendieron los reformistas. Ritschl y
Overbeck pudieron insinuarle que Sócrates y Cristo, los dos blancos de sus
tiros, estaban identificados y que Sócrates era visto como un Santo por la
Iglesia y Cristo como un Maestro. En muchos sentidos Nietzsche es un ortodoxo,
un continuador de la mística. Es evidente que Lutero no habría hecho a fines
del siglo XIX otra labor que la de Nietzsche, concluido el Juicio de acusación
del siglo XVI y completado desde el terreno de los conocimientos positivos en el
siglo XVIII. Bastaría cambiar los términos de los objetivos que se propusieron
Lutero y Reuchlin para que comprendiéramos que otra vez Nietzsche renueva la
exaltada empresa de purificar al hombre en sus ideales contrahechos y disolutos:
del pecado de adorar falsas divinidades. Destruyendo al Dios y al Cristo de la
herejía católica incorporaba a los ideales supremos de la vida las fuerzas
puras que durante la Edad Media encarnaron en ambos supuestos para el progreso
del alma. La fe de Nietzsche en el hombre, aunque en la época inicial de su
apostolado se documente en las ciencias naturales de su siglo, comprende el
sentido de misión que por la Biblia se le asigna y que el Cristo recordó desde
fuera de los preceptos de la Sinagoga como Lutero desde fuera de los de la
Iglesia. El superhombre reconstruye el Paraíso en la tierra, y la evolución y
el progreso suplantan longitudinalmente en la historia el instantáneo proceso
vertical de la purificación el tránsito de la vida mundana a la mística, sólo
que ahora se llama metafísica. Es verdad que nunca habla Nietzsche de nada que
trascienda del mundo y del hombre, que éste forma un cosmos total, pero en el
mundo y en el hombre introduce todos los conceptos trascendentales de la religión
y quiere en definitiva, como Ulrico de Hutten o como Ignacio de Loyola, hacer
del pensador un caballero.
En
su transmutación de todos los valores tampoco hay mucho de distinto de la
revaloración que al pensamiento y al sentimiento dieron, en dos direcciones
divergentes, Erasmo y Lutero. El hombre nuevo, libre, consciente de sus
responsabilidades, no difiere del que columbra Nietzsche en el porvenir. El uno
representa ese rigor inflexible de la razón que no tolera las deducciones
capciosas ni se conforma con el conocimiento aproximativo, que quiere saber
desde la raíz misma, desde la analogía gramatical, que analiza el significado
de los actos con la penetración del sentido de las palabras en los textos
paleográficos; y el segundo, que niega la autoridad de la razón, el veredicto
de los conocimientos de carácter epistemológico o científico para probar la
verdad en materia religiosa o de fe. El escepticismo de Nietzsche en la aptitud
de la razón para decidir sobre la intuición en asuntos de competencia de la
responsabilidad ética del alma es luterana; y la certeza con que se entrega,
sin temores, a las conclusiones más osadas del raciocinio para destruir las
cristalizaciones del subconsciente, es erasmita. Cuando se ha querido colocarlo
en la línea de los moralistas escépticos que arrancan de Montaigne y llegan a
La Rochefoucauld a través de Pascal y Vauvenargues, se busca una filiación
arbitraria. También cuando se lo considera en la línea del pragmatismo y del
materialismo ateo se incurre en grosera asociación de apariencias. Nietzsche es
un adorador de la vida, como supremo don en todos los órdenes de la existencia,
del ser. Asimismo, su negación de Sócrates es la negación de Aristóteles, y
su negación de Aristóteles es la negación de la patrística y del dogma escolástico,
apostólico romano. De ahí que su heterodoxia sólo sea cierta desde el punto
de vista del pensamiento escolástico, que deja fuera toda la sensibilidad
humana que inclusive está viva en los Evangelios. Mas si su ardor lo conduce
hasta la negación misma del cristianismo, es porque lo toma en sus proyecciones
sociales y políticas, en la deformación del alma del hombre por su entrega
sumisa y pasiva a la desesperada negación de los impulsos vitales, que es
finalmente una degradación filosófica de la doctrina pura de Cristo. En fin,
su destrucción de todo fundamento racional del cristianismo le restituye su
primigenia fuerza, porque el cristianismo no se sostiene por lo que en él hay
de racional, sino precisamente porque es un extraordinario complejo de
malentendidos afines substancialmente con la índole de la sensibilidad y la
mentalidad humanas. Jamás será destruido el cristianismo por la prueba de su
absurdo, y en esto Tertuliano y Dostoiewsky estaban en lo cierto.
De
todos modos, lo que Nietzsche hace contra el cristianismo filosófico es lo
mismo que Lutero hizo contra el cristianismo pontificio: lo que hace contra los
dogmas y mitologías del raciocinio lógico, es lo que Erasmo había sentado ya
en el Elogio de la Locura. El escándalo y el espanto que
Nietzsche ha sembrado en los espíritus apegados, a las creencias religiosas,
morales y científicas sólo afecta a los fanáticos; y ello mismo prueba, como
en el caso de Zwinglio y Lutero contra la Iglesia de Roma, que algo estaba
podrido también en la fe del “homo faber” y del “homo sapiens” del
siglo XIX, para quien los problemas de la filosofía eran tópicos de programa
académico, no conceptos de la angustia.
Nietzsche
es el primer pensador que se plantea la cultura como problema; la cultura como
verdadera historia del hombre. Por lo tanto crea un mundo nuevo de valores en
que todas las actividades y manifestaciones de la inteligencia, la sensibilidad
y la voluntad quedan comprendidas dentro de ese orbe en condición de provincias
contiguas. Aun la religión y la moral pierden su autonomía y más su
importancia capital en el destino y el deber de la conducta del hombre, para
ingresar como elementos de ese mundo nuevo. La visión histórica que ubicaba al
hombre en el mundo y lo contemplaba como constructor, agricultor, navegante, político,
fabricante de herramientas y por ellas de toda la civilización, creyente, por
sus dos arquetipos del “homo faber” y “homo sapiens”, después de
Nietzsche pueden ser considerados como concepciones abstractas en que se ha
basado la estructura social, política, económica y moral de las sociedades.
Pero todas esas actividades juntas con la poesía y la música, las ciencias y
las artes aplicadas, configuran un territorio que denominamos la cultura y ese
es el mundo que el hombre habita como poblador autóctono y único. El concepto
lato de cultura que crean el Renacimiento y el Humanismo continuaban siendo,
inclusive para Schopenhauer, accesorios en la historia del hombre; Nietzsche
quiere que la cultura sea la biografía de la humanidad y que al encerrarse el
hombre en ese mundo humano se desprenda del seno de la Naturaleza en que viven
los animales y las cosas para crear un reino con un estilo y un destino. La vida
del hombre pasa a un primer plano como objeto de valor absoluto no en cuanto ser
sometido a las mismas leyes e influencias que los demás, sino en cuanto
creadora, mantenedora e impulsora del objeto de la cultura, que es la superación
del hombre por el hombre mismo (el superhombre).
Jamás
desde los filósofos presocráticos y de los poetas trágicos el concepto de
vida tuvo tal importancia. La filosofía que se inicia en la moral con Sócrates
y en la epistemología con Aristóteles, prolongada por el cristianismo y por
las ciencias físico-matemáticas hasta Giordano Bruno y Galileo, muy pronto
considera al hombre como una entidad razonante. Se lo despoja de todo aquello
que lo hacía copartícipe con los animales en el seno de la naturaleza, de su
limitada o ilimitada condición de ser capaz de sentir los misterios de su
existencia y de toda existencia, pero no de expresarlos ni de racionalizarlos.
Habrá que esperar hasta Schopenhauer para que los instintos y el subconsciente
ingresen de nuevo al sentido de la vida del hombre, y los problemas que la mente
había planteado aislándolos de su contexto vital para reducirlos a simples
problemas de lógica, semejantes a los de las matemáticas, volvieran a
estremecer el alma del pensador. La ubicación del hombre en el centro de ese
mundo de la cultura, del hombre viviente, completo, racional y sentimental, lógico
y absurdo, constructor de sistemas trabados entre sí con absoluta perfección
de cálculos y con increíbles y monstruosas tendencias atávicas imposibles de
justificar, es un acontecimiento inaudito, un trastorno semejante a una catástrofe,
según las propias palabras de Nietzsche.
Nietzsche
vuelve a pensar como un muy-antiguo, aunque con todos los recursos técnicos del
pensamiento científico del siglo XIX, de manera que instituye una filosofía
sin programa, pero con problemas, y plantea en términos claros el conflicto
entre las leyes del mundo biológico y las leyes del mundo físico, entre ánima
y materia, entre música y matemática. Si enseña a “filosofar a golpes de
martillo” es porque el velo de la ilusión se ha ceñido al cuerpo de la razón
como la túnica del centauro; si equipara el pensar a la danza más que al arte
de tejer, es para prevenirnos de la catástrofe en que seríamos deshechos si
renunciásemos a ver el mundo a través de otros lentes que los del telescopio y
la cámara fotográfica. Su evocación desesperada de Dionisos, su invocación
al dios, tienen por objeto limitar la validez de las adquisiciones ortopédicas
del conocimiento a simple auxilio del hombre en la dramática búsqueda de
respuestas, a evitar que se fijen imágenes rígidas de una realidad viva y
cambiante, a no permitir que el hombre sea anestesiado por ninguna forma del
saber como para olvidar su destino.
No
solamente retrotrajo el acto de filosofar y los problemas de la filosofía hasta
más allá de los primeros filósofos hindúes y helénicos, sino que, dotado de
la más fina y clara inteligencia, de un nuevo sentido moral para el que los
deberes de la verdad son superiores a todo dogma, plantea a la razón la
pregunta terrible de la validez de todos los postulados y sistemas lógicos
derivados de ellos, la pregunta de si la razón posee suficiente autoridad para
establecer dogmas racionales. Y esta cuestión, planteada por los filósofos
ingleses del siglo XVIII y llevada a un grado perfecto de exposición por Kant,
se enriquece con sus sucesores, Schelling y Fichte hasta Schopenhauer, pero
Nietzsche le da un impulso imprevisto hasta que a través de Bergson y William
James invade inclusive el campo epistemológico de las ciencias exactas. No partía
para ello de un escepticismo agnóstico, como ya la nueva academia, los pirrónicos
y los estoicas hasta Montaigne; estaba dominado por una fe ilimitada en el
hombre, e intentaba fundamentar todo un sistema abierto, parabólico, del vivir
y del pensar, basado en el derecho de la vida a crear su mundo de valores.
Regresa
todavía más atrás del lenguaje estético de Heráclito, Pitágoras y Empédocles
--sus dioses-- al muchísimo más profundo lenguaje de los poetas ditirámbicos,
que ya Aristófanes en Las Ranas añora como para siempre perdido. Es la sabiduría
de los silenos que vivían, sentían y razonaban en contacto pavoroso u orgiástico
con la naturaleza y las divinidades desconocidas de la vida. Sin duda, merced a
la aventura inaudita de Nietzsche estamos hoy mucho más cerca de la concepción
trágica de Esquilo y de Eurípides, con respecto a la estructura de un cosmos
espiritual, que de la concepción no menos ingenua pero ya sin “pathos” de
Aristóteles. Al silogismo que fríamente deduce de sus convencionales premisas
un orden cerrado de explicaciones satisfactorias, opone Nietzsche la pasión, la
ebriedad, el espanto y la alegría que recogieron los mitos y las leyendas.
Considerada la cultura como un drama vivo del hombre histórico, Nietzsche le
transfunde su “pathos” pánico o dionisíaco, y así la siente como parte
inherente del destino del hombre y no como elaboración académica de un capítulo
de la historia de la civilización.
En
alguna etapa de su filosofía cree encontrar en las ciencias naturales,
particularmente en las teorías de la evolución de Darwin, en su error más
grave, según observa Chestov, un apoyo científico a su hipótesis. Pero pronto
comprende que esos fundamentos se encuentran en el mundo de la cultura del que
también la teoría de la evolución de Darwin es una provincia. Ciencias
naturales y ciencias matemáticas se le aparecen como meros instrumentos de
exploración en órdenes del saber accesorios, y el problema del hombre creador
de valores de cultura vuelve en sus últimas obras a limitar el horizonte de sus
especulaciones.
Es
muy cierto que Nietzsche no ha sido por su formación intelectual, por su
temperamento y por las inquietudes propias de su mente, un filósofo del
“logos”, sino de la “hybris”, que encontró en el espíritu de la música
la norma eterna del saber, en las metáforas la correspondencia más lícita con
la esencia de las cosas, en el canto la ley de la verdad. En pocas palabras,
regresa efectiva, conscientemente, al punto de partida de Parménides, Pitágoras
y Jenócrates, al de los poetas gnómicos y los trágicos. Suelda así filosofía
y poesía, ciencia y literatura, religión y arte, borrando los deslindes que el
trabajo mecánico de investigar aisladas zonas de la realidad había trazado
arbitrariamente para hacer de todo el saber, el sentir y el querer un territorio
completo, ése en que el hombre vive. “En el curso de este libro --dice en el
prólogo de 1886 a El origen de la tragedia-- se reproduce con
frecuencia la singular proposición de que la existencia del mundo no puede
justificarse sino como fenómeno estético”. Si durante algunos siglos,
particularmente los últimos, las nuevas ciencias aplicadas obtuvieron un
positivo dominio de la naturaleza e inmensos beneficios para el adelanto
industrial y mecánico, resultaba absurdo que ese instrumental que se aplica al
mundo físico valiera también para establecer principios de verdad y normas de
pensar en el orbe de la cultura. La física y la química, auxiliadas por la
matemática pura no solamente creyeron haber alcanzado el procedimiento de
dominar la materia y la energía, sino que creyeron que esos mismos principios y
resultados de éxito podían transportarse al mundo moral, intelectual y
sentimental del hombre, lo cual era una monstruosidad. Aún la filosofía y la
religión como el arte y la ética creyeron que la norma de la verdad para su
propio mundo inmaterial estaba dada por la ciencia físico-matemática, y
Nietzsche aparece precisamente cuando los postulados de esas ciencias se
juzgaban establecidos definitiva e irrefutablemente.
Esas
actividades de la razón y de la intuición del hombre habían capitulado, y
aunque Nietzsche no poseyera una documentación técnica suficientemente válida
para refutar sus postulados epistemológicos, sí poseía, más que por su
temperamento por su vasta cultura, una intuición absolutamente segura de que
por ese camino el hombre se convertiría en un autómata, en una pieza del
rodaje inmenso de una disciplina del saber, renunciando a la penetración
directa del sentido de la realidad en que vive, y acallando el grito de su
conciencia de que por encima de la verdad de la lógica está la verdad de la
vida.
Llegó
inclusive, en la línea de Schopenhauer, a considerar que el mundo como
representación, el mundo de las apariencias, el mundo ficticio, el mundo estético,
era un mundo con mayor realidad que el mundo del cálculo y el razonamiento
puro. Afirmó en una época en que el raciocinio era una divinidad infalible,
los derechos de la ebriedad y de la locura a plantear al hombre vivo, con la
tragedia de su existencia y de su inevitable muerte, los problemas de Dionisos,
los problemas irracionales. No renegó de la razón ni de ninguno de sus
privilegios y atributos conquistados y probados durante muchos siglos, pero
empleó a la razón misma, robustecida y perfeccionada, afinada y estilizada,
para liberarla de sus propias aberraciones lógicas, de sus espectros del espejo
y de sus irrisorios simulacros de la verdad verdadera. Recurrió a la poesía y
a la música como a los lenguajes que, según Schelling y Schopenhauer, entraban
más penetrante y vivamente en el misterio del mundo y de la vida.
Hombre
formado en las rigurosas exigencias de una de las ciencias culturales más
estrictas del siglo XIX, la filología, sintió que el mito y la fábula estaban
más próximos a la verdad que el teorema o que el axioma. Es lo mismo que ha de
intentar fijar, con mayores acopios de la técnica de filosofar, Bergson, sin
que hasta hoy se haya conseguido estructurar una filosofía intuitiva, una
filosofía de las sombras de la caverna platónica, en que la mentira y la ilusión
sean precisamente lo verdadero.
Como
todo poeta de raza --Dante, Schiller, Hölderlin--, percibió que la mitología
de la ciencia no era más verídica ni siquiera más racional que la mitología
del arte. Sobre todo reivindicó aquella facultad arcaica del hombre primitivo,
la intuición, como instrumento de percibir las delicadas notas de una realidad
que no puede ser captada ni expresada en sus líneas de conjunto, en su sentido
trascendental y exacto, por el intelecto puro.
La
cultura tiende a lo dionisíaco; pero aún no hemos adelantado mucho de aquella
escena de la tragedia de Sófocles en que Edipo, el descifrador de enigmas,
necesita recibir del ciego Tiresias las respuestas de un saber más profundo que
el suyo. La sabiduría del “logos” plantea esos conflictos de fronteras; la
de Dionisos, reconcilia. “En la concepción trágica del mundo, el instinto de
la verdad y el instinto de la sabiduría se han reconciliado”, escribió
Nietzsche en 1870; y en 1888: “La palabra dionisíaco expresa la
necesidad de unidad, todo lo que sobrepasa la personalidad, la realidad
cotidiana, la sociedad, el abismo de lo efímero...” ¿Acaso se ha comprendido
que la concepción filosófica de Nietzsche es un viaje de Orfeo? Al final se
consideró a sí mismo reencarnación de Edipo tanto como de Dionisos.
No
construyó su filosofía como un ensamblaje geométrico, sino como un poema sinfónico.
Por el primer procedimiento resulta la Etica de Spinoza; por el
segundo, la Transmutación de los valores, que es el título genérico
que se puede dar a la obra nietzscheana. Son dos mundos distintos, dos mundos
coherentes y sistemáticos, ambos seductores, aunque con distinto poder de
fascinación. Pero ahora, que hasta la geometría recibe el influjo bienhechor
del nuevo advenimiento de Dionisos, no debemos olvidar que Platón ha tomado de
Pitágoras lo geométrico y que había en Pitágoras otra geometría que
corresponde al canto. Entre las osadías admirables de Nietzsche está el
abandono, desde muy pronto, de toda la gramática y la lógica del geómetra que
a través de Aristóteles y Kant llegaron hasta su maestro Schopenhauer, y el
uso decidido de un sistema igualmente lícito de connotaciones estéticas.
No
se comprende a Nietzsche si se olvidan sus últimas advertencias de que su
filosofía corresponde a la tragedia antigua y no a la ciencia positivista, como
sería colocarlo fuera de las corrientes intelectuales puras de fines del siglo
XIX si no se viera que se anticipa a la etapa fáustica de las actuales ciencias
físico-matemáticas. Hasta dónde la substancia viva del pensar filosófico de
Nietzsche puede aún revitalizar la cultura, es problema que no se ha planteado
en sus términos concretos. Hay, para turbar el veredicto de sus exegetas, la
circunstancia desfavorable y de ninguna manera significativa para la
interpretación de su obra, del trágico fin de su inteligencia. Se ha querido
juzgar de su filosofía por los diagnósticos médicos, y esto impide que se vea
en sus producciones del año 1888 la más alta expresión de su inteligencia y
la más cabal exposición de su sistema abierto en interminables perspectivas.
En mi opinión, son estos libros postrimeros Ecce Homo, Crepúsculo
de los ídolos y Voluntad de poderío, el punto culminante
de su razón, de su lógica, lo verdaderamente grandioso de su pensamiento. Nada
hubo tan grandioso desde los coros de Edipo en Colono. El delirio adquiere la
categoría de una lucidez suprarracional, y nada importa que sea el grito lo que
envuelve, como un lenguaje restituido a sus prístinos significados, la más
pura esencia de esa filosofía de Dionisos. El tuvo conciencia, desde muy
temprano, de que significaba en la historia del pensamiento un suceso
inconcebible y monstruoso, una irrupción de los dioses desterrados de las
ciudades de piedra. Al fin y al cabo no hizo sino emplear casi la misma palabra
de Kierkegaard para significar esa irrupción de la verdad introducida
violentamente por la intuición: escándalo. Cuando en sus últimas cartas firma
con el nombre de Dionisos, tampoco hay nada incoherente, nada absurdo sino desde
el punto de vista del psiquiatra y del filósofo caído en la locura sistemática.
Nada súbito había acontecido, sino el final de un lento proceso de
transfiguración, un proceso de metamorfosis que tanto nos cuesta a nosotros
realizar, privados de sus medios sobrenaturales. Su dionisismo es una restauración
de la mente mítica, lo que Weininger precisará aún más como la “hénide”,
el buceo en los ancestrales registros de la historia total del alma hacia sus
profundidades; un descenso a los subterráneos psicológicos --primer sendero
para el psicoanálisis, pero algo más grandioso, más divino--, para recoger
las formas, aún vivas y casi intactas de la antigua conciencia trágica de la
vida.
Nietzsche
ha elaborado lenta y pacientemente sus obras. La impresión de nerviosa
urgencia, de precipitación de las ideas unas sobre otras, levantándose en relámpagos
de genio como si el mismo autor ignorara toda la magnitud de los hallazgos, es
una ilusión de efectos calculados. No hemos de olvidar ni un instante que la
actividad normal, cotidiana, de Nietzsche fue, desde la primera juventud,
aplicarse por entero al trabajo de meditar con todas sus energías concentradas
en ello hasta identificar el acto de pensar y el de vivir. Era un virtuoso,
maestro --como él se estimaba-- en las artes del seductor.
La
elaboración de la obra --a veces durante años antes de escribirla-- y la
distribución de sus materiales, el equilibrio de las partes, los efectos y
reacciones provocados y en seguida aprovechados en el ánimo del lector, las
trampas con que suscita las réplicas, seguro de que posee las últimas razones
victoriosas (“...se me ha dicho que en todas (las obras) había redes para
atrapar pajarillos inocentes”. Prefacio a Humano, demasiado Humano),
significaba para Nietzsche tanto como la calidad de la doctrina. Está en sus
ardides, en lo que llama su astucia y su maligna proclividad al uso de las máscaras,
emplear también el giro imprevisto con que el razonamiento remata en una
observación aguda. Precisamente aquel arte de que se gloria: de saber
distribuir las ideas dentro del discurso como los pintores hacían con los
objetos y las figuras en el cuadro, como hacen los dramaturgos con sus
personajes, es un mérito del estilista conquistado con esfuerzo. Este adorador
de Dionisos conocía todos los recursos sutiles de esa dramaturgia de las ideas.
La primera de sus grandes obras, El Origen de la Tragedia, es ya
un fino trabajo de relojería por el montaje preciso de las piezas que componen
su maquinaria estupenda, y no falta el soplo de la tragedia misma, el espectáculo
para siempre inolvidable del nuevo juicio de Sócrates, en que el sabio vuelve a
aparecer ante su tribunal para sufrir la más terrible e inesperada de las
condenas. Si el estilo de pensar y de decir de Nietzsche no hubiese
experimentado ésas y otras mayores exigencias del artista que se propone sacar
el máximo provecho de su genio, no habría juzgado con tan segura severidad a
hombres de la talla de Herder, o de Schiller, a quien inculpa de creer “que el
genio da derechos a entregarse a la improvisación sobre toda clase de asuntos
difíciles” (El Viajero y su Sombra, 123). La palabra
“improvisación” es usada por él muchas veces como de las más despectivas
de su vocabulario [ii]; él, que meditaba
largamente cada sentencia y que luego la trabajaba heroicamente para darle en la
expresión su propia forma, fisonomía, marcha y alcance, ¿cómo no había de
sentirse orgulloso de poseer una disciplina mental y un estilo en que había
reabsorbido la técnica y el método científico del filólogo? “No en vano se
es o se ha sido filólogo”, dice en el Prefacio a Aurora.
Pero
de su temperamento y de la seriedad con que consideraba la responsabilidad de
vivir y de pensar, iba a su obra una onda cálida de fervor, de indignación por
lo regular, que nos pone en su presencia durante la lectura y hace que
percibamos las inflexiones de su voz en continua admonición con lo que la
calidad de maestro se acentúa como en nadie. “De todo lo escrito no me gusta
más que lo que uno escribe con su sangre. Escribe con sangre y aprenderás que
la sangre es espíritu”, decía Zarathustra.
En
Ecce Homo se examina como escritor y nos deja observaciones que
denotan la misma preocupación por conservar a las ideas, en la escritura, el
clima de emoción en que se generaban: “Comunicar un estado de alma, una tensión
interior, una emoción por medio de signos --comprendida la marcha de esos
signos--, he ahí el sentido de toda suerte de estilo. Dado que la multiplicidad
de los estados de alma es extraordinaria en mí, hay en mí muchas posibilidades
de estilo, el arte más variado del estilo que jamás ningún hombre haya tenido
a su disposición. Todo estilo es bueno si comunica un estado de alma, si no se
equivoca sobre la marcha de los signos, sobre los gestos. Con respecto a este
punto, mi instinto es infalible”. Y en ese examen confidencial destinado a los
amigos se confunden las dotes naturales del pensador y las exigencias del
artista, distinguidas en distintos planos y con tal claridad, que muy poco podría
agregarse en un estudio sobre el estilo de este autor.
El
estilo de Nietzsche, tan lleno de encantos y sugestiones para quien lee sus
obras en el idioma en que fueron pensadas y escritas, además de estos méritos
resultantes de su afán de perfección, suena a una voz auténticamente alemana
por la aleación que tiene de metales nativos. Esta innumerable variedad de
estilo comprende desde la forma y táctica de entrar en contacto con un problema
hasta su análisis y exhibición como presa arrebatada al enemigo. Este aspecto
de lucha con los problemas, colocados siempre bajo la personalidad de seres
vivientes, es muy característico de él: es una de sus maneras propias.
Strauss, Schopenhauer, Wagner, Sócrates, Cristo, más que problemas de ideal,
de cultura, parecerían ser adversarios que quiere aniquilar. Nunca, en fin, el
tema se torna abstracto. Estaba en sus preceptos buscar, como los poetas trágicos,
que los problemas estuvieran encarnados en seres vivos. “Pongo siempre en mis
escritos toda mi vida y toda mi persona --dice en Voluntad de Poderío--; ignoro
lo que pueden ser los problemas puramente intelectuales”.
Cada
una de las obras de Nietzsche nace de una necesidad íntima de su ser: no
filosofa por oficio y rutina, sino por compulsión de sus demonios
intelectuales. Obedecía, como Sócrates. Los temas se le presentan con un signo
de fatalidad, como si se le engendraran en el alma, y jamás los extrae de los
repertorios académicos o escolásticos. El hecho de vivir comporta para él la
desdichada necesidad de pensar; y pensar le exige entregarse sin reservas a esa
lucha consigo mismo que hace evocar las alucinaciones de Lutero. Por eso el
rasgo primario de su producción, para cualquier lector de mediana perspicacia,
es que el pensamiento de Nietzsche nos narra una trágica historia universal del
conocimiento, el cuento eterno de las angustias del hombre abandonado en una
selva, en una efímera noche oscura. El artista está siempre en primer término
y por él nos es posible descender a los infiernos y los cielos de sus ideas.
Posee una inteligencia privilegiada, pero además una sensibilidad tan fina e
irritable, que las más ligeras variaciones del clima, de la luz del día, de
los acontecimientos remotos, influyen sobre su ánimo y la obra surge con una
temperatura, un fondo de paisaje, una fisonomía, un dibujo y un color como si
fuese una planta o un ave de esa región. Su pensamiento se nutre por órganos
en contacto con energías secretas de la naturaleza y de la sociedad tan
incomprensibles como los de los insectos y los peces. Así nació y así se
obstinó en ser mediante ejercicios terribles en toda clase de exigencias y
torturas. Esos libros responden tanto a su intelecto como a una época de su
vida, a un país y a una estación del año. El Anticristo se
escribe cuando la nieve cubre las estribaciones de los Alpes y las inundaciones
anegan los prados. Ese libro hiperbóreo, de los fríos de las soledades
inhospitalarias y el Prefacio a La Gaya Ciencia en un camino,
cerca de Génova, nacen así. Él emplea, para escribir, sugestiones que aun los
artistas más sensibles dejan pasar inadvertidas. Por eso cuando se habla del
estilo de Nietzsche es preciso recurrir a las imágenes que parecen absurdas:
“...su estilo está dorado por la luz y es solamente como el antiguo Falerno
--escribe Zweig--, mágicamente trasparente hasta en sus más grandes
profundidades, y mana límpido, alegre y brillante. Muy posiblemente nunca la
lengua de un poeta alemán se ha rejuvenecido tan rápidamente, tan
completamente como en Nietzsche, y seguro que en ninguno se ha visto tan
inundada de sol, ni se ha hecho tan libre, tan meridional, tan divinamente
cadenciosa, tan oliente a buen vino, tan pagana”. Palabras muy meditadas,
palabras de clima.
Aunque
su preocupación por el idioma y la belleza de expresión son constantes, estímase
que la más alta perfección de prosa se da en Más allá del Bien y del
Mal. Este libro sigue inmediatamente a un poema de exaltación profética,
escrito, se diría, en estado de ebriedad. Está resonando lejanamente el verso
en su prosa tersa, tranquila. Es su único intento de ordenar el curso de sus
ideas ajustándolas a los clásicos modelos de organización sistemática del
discurso. Con esa obra inicia la última etapa de su producción, donde la poesía
no aflora ya, sino que se oculta tan profundamente que en ocasiones parecería
que el pensamiento hondísimo la cubriera como una piel. Pero no podemos hablar
de una madurez de estilo; porque todas sus obras están en grado de perfección
a ese respecto; sólo se habla de un tipo de perfección, porque puede comparárselo
con la labor de otros autores, así como a Rimbaud se lo puede medir, en las
alturas inconmensurables, por la talla gigantesca del Bateau ivre. Dirá
Nietzsche en Ecce Homo: “Ni la sagacidad de dos mil años
hubiera bastado para adivinar que el autor de Humano, demasiado Humano era
el visionario de Zarathustra; pero tampoco habría imaginado nadie
que el autor de Zarathustra lo fuera de Más allá del Bien
y del Mal”. Esa observación de Nietzsche se aplica exactamente a esa
facultad prodigiosa de ajustar cada obra en su propio natural estilo,
conservando todas una unidad de tipo superior.
Sin
embargo, las obras discursivas de esa clase, tienen entre sí un parentesco
innegable; como lo tienen las aforísticas. Esos libros, entre los que aparecen Opiniones
y Sentencias y El Viajero y su Sombra, que formarán a
fines de 1879 la continuación de Humano, demasiado Humano, y Aurora,
cuya continuación es La Gaya Ciencia, tienen, además, un
significado de esbozos a sus posteriores trabajos de mayor extensión y
desarrollo. Los párrafos van titulados como sí se tratara, efectivamente, de
opúsculos muy breves y tienen variada extensión. La V parte que agrega a La
Gaya Ciencia, después de compuesta su Genealogía de la Moral
--1887--, une este grupo de obras ligadas entre sí por circunstancias
exteriores, a los opúsculos y los fragmentos de 1888 con que retorna a la forma
y estilo de las primeras obras, a lo verdaderamente propio de Nietzsche.
Los
alemanes percibieron en Humano, demasiado Humano, y en El
Viajero y su Sombra que la prosa cobraba desconocidas virtudes paganas,
no solamente como expresión de un espíritu libre, sino también como modelo de
concisión, elegancia y fuerza. En el conjunto de la obra nietzscheana se las
podría definir como el período ático: sus modelos son Tucídides, Platón y
Jenofonte. Mas el contenido, su actitud moral y estética francamente hostil a
toda debilidad y molicie, pertenecen al Renacimiento y la Reforma. Aquí no es
Nietzsche un hombre del porvenir, sino un contemporáneo de Erasmo y de Lutero,
que ha roto con todos los dogmas de servidumbre y que se apresta al juicio final
del nihilismo europeo.
Esas
cuatro obras de desafío documentan una crisis, el aprendizaje en la dolencia a
que se refiere en Ecce Homo y en el Prefacio a La Gaya
Ciencia. Recobrada la salud, considera así retrospectivamente: “El
dolor grande, ese lento y largo dolor que se toma tiempo y nos consume cual si
con leña verde nos quemaran, ese dolor es quien nos obliga a los filósofos a
descender a las profundidades más hondas de nuestro ser y a desprendernos de
todo bienestar, de toda media tinta, de toda suavidad, de todo término medio,
donde tal vez antes habíamos depositado nuestra humanidad”.
Zarathustra,
en cambio, es un “intermezzo” de euforia, totalmente desvinculado por su
estilo del resto de la producción nietzscheana. Un pean de victoria, el
lanzamiento de sí a las afirmaciones más temerarias de los derechos naturales
de la vida. Maneja allí todas las formas de la poesía: mito, alegoría, parábola,
enigma, panegírico, elegía, que contienen lo más alto, intenso y sincero de
su mensaje. Nunca su pensamiento encontró como en esa obra vertiginosa la forma
adecuada, el estilo cabal, en el deslinde de la música y la idea: el estilo
dionisíaco para una filosofía dionisíaca. Las obras sucesivas son escolios de
esos cantos, la exégesis, y es asombroso cómo por ellas regresa a la forma
discursiva, analítica, de las obras iniciales, inclusive con su método de filólogo
aplicado a la lectura del texto de la cultura occidental.
De
su pensamiento y de sus manos salen los dos opúsculos contra Wagner, el más
precioso dechado de su manera personalísima de revisar, palpar, hacer girar en
todo sentido un tema hasta el agotamiento; Ecce Homo, que es la
demostración de la verdad contenida en el extraño juicio asentado en El
Viajero y su Sombra, af. 96: “El estilo grande nace cuando la belleza
triunfa de lo monstruoso”; El Crepúsculo de los Idolos, que es
una variante de El Origen de la Tragedia, y La voluntad de
Poderío, que en su condición de notas dispersas para una obra orgánica
nos confirma del carácter precario y circunstancial de sus obras aforísticas.
En estas últimas obras Nietzsche recobra su prístina, ingénita maestría, que
sagazmente define en el Prefacio a Aurora.
Su
gran estilo personal, en la variedad de tonos y matices que empleó, es el
estilo de la cultura occidental, y particularmente el de los grandes prosistas
de todos los tiempos, desde Platón. ¿Y cuánto hay de las invectivas de Lutero
y de las pláticas de Goethe con Eckermann? Ha sabido incorporar sin violencias,
como después de asimilados en las aulas y los libros, los más finos giros de
expresión con que las artes y las ciencias enriquecen el idioma del hombre
culto contemporáneo. Él pudo negar, en su actitud desdeñosa y en su brío de
independencia, esos influjos; pero es precisamente un mérito que debió
enorgullecerlo el que haya sabido incorporárselos hasta convertirlos en su
manera natural de pensar y de escribir. Sobre todo, que tan poderosamente se
fundieran en él esos aportes con los de su propio genio, hasta el punto de que
lo que he llamado el estilo de la cultura occidental y el idioma del hombre
culto contemporáneo, no son sino aquel estilo nietzscheano. El gran estilo
personal de Nietzsche no es una creación espontánea, algo que en la definición
buffoniana encuentra en su personalidad, sino resultado de trabajo asiduo y de
consciente aplicación. Schopenhauer le precede inmediatamente como artífice de
la prosa alemana, ese filósofo que piensa como un artista y que combina el
movimiento ágil y rítmico del verso con la gravedad y equilibrio de la prosa.
Junto a él está asimismo Heine (“Un día se dirá que Enrique Heine y yo
hemos sido, en mucho, los más grandes artistas de la lengua alemana”, Ecce
Homo, II, 4). Pero en Schopenhauer hay, aunque no lo quiera, la herencia
de las ideas centrales y de la forma viva y resplandeciente de Schelling y de
Solger, que recogen a su vez lo más puro y gentil de la prosa de Herder y de
Schiller. Confluyen en él, asimismo, como en Schopenhauer, las formas de un
lirismo filosófico elaborado ya en calidad de lenguaje de una metafísica
basada en la belleza, por Novalis, Hölderlin y los otros poetas místicos del
romanticismo alemán, a cuya falange alciónica pertenece.
Nietzsche
encuentra, sin proponérselo, en su descubrimiento de Schopenhauer, un modelo
perfecto que conviene a la índole de su intelecto. En ese sentido Nietzsche
perfecciona el estilo schopenhaueriano como perfecciona su filosofía; y dentro
de su estilo y de su pensamiento recoge la substancia viva de una tradición en
que es preciso colocar también a Wieland, Lessing y Goethe. Por todas estas
circunstancias, Nietzsche pertenece a la constelación de los poetas místicos
alemanes, quienes guiados por la revelación de la belleza y entregados a los
descubrimientos de la intuición, labran y abonan el terreno en que florecerán
sus obras. Es injusto, entonces, cuando escribe en El Viajero y su sombra,
95: “Ninguno de los pueblos civilizados actuales ha tenido tan mala prosa como
el pueblo alemán... Si se busca una razón para ello se acaba por hacer el
descubrimiento extraño de que el alemán sólo conoce la prosa improvisada,
aunque sabe muy bien que existe otra. Halla casi incomprensible que un italiano
pueda decir que la prosa es más difícil que el verso, en la misma medida en
que la representación de la belleza desnuda es más difícil, para el escultor,
que la belleza cubierta. El verso, el cuadro, el ritmo y la rima, exigen un
considerable esfuerzo, lo que el alemán comprende también, y no atribuye a la
improvisación un gran valor. Pero ¿trabajar en una página de prosa como en
una estatua?”
En
cuanto el pensamiento tiene también un estilo, antes de ser formulado por
conceptos y palabras, Schopenhauer es igualmente el maestro de este arte de
pensar que Nietzsche valoraba debidamente. Está en la manera de colocar el
material nativo de la meditación, como objetos que hubieran de contemplarse según
perspectivas y distancias, el secreto del estilo de un gran artista. Y esta
proyectiva, esta ciencia de los matices, de los relieves y los pesos del
material que debe conocer todo buen arquitecto de las ideas, forma la base de
toda construcción mental. En Schopenhauer existe esa técnica, como en Wagner
la misma especie de arquitectura de sonidos, con la añadidura de que está ya
la voluntad y los oscuros instintos de afirmación de la vida en los planos de
mayor resistencia, en los puntos de sostén.
Encuentra,
pues, a pesar de su escepticismo, un instrumental infinitamente eficaz para
manejar los temas de la filosofía con el idioma dúctil de la poética. No
necesita optar entre el arte y la filosofía, entre la vocación del pensador y
del poeta, porque ya las imágenes y las metáforas, los postulados y los
conceptos integran un idioma de semántica intercambiable, que en amplia gramática
abarca los hemisferios de la razón y la emoción. El gran mérito de Nietzsche,
de mantener en las alturas de lo poético el grávido material de la meditación,
o de saborear en las perforaciones subterráneas del laboreo metafísico las
presas hechas al vuelo por la imaginación, es bien común con los pensadores de
su siglo y de su lengua. Y no fue en él un carisma gratuito, sino una conquista
en que la presea tuvo que ser pagada con los dolores de su cuerpo, las angustias
de su alma y, finalmente, con el tributo íntegro de su razón. A la tradición
del gran estilo romántico de la prosa pensada y sentida, unió el prolijo
estudio de los prosistas áticos y de los moralistas franceses, dejando
concluida por su persona la labor lenta que los siglos realizan en los pueblos.
El
párrafo 110 de El Viajero y su sombra contiene la doctrina del
estilo que Nietzsche habría de concretar en un decálogo legado a Lou Salomé.
En otras múltiples ocasiones, Nietzsche se ha referido al estilo como a un arte
complejo que en la escritura resume el "pathos" que posee la palabra
hablada hasta el punto de convertirla en mero sistema convencional de expresión
para llegar al mutuo entendimiento en el coloquio. No ha sido para Nietzsche el
estilo de pensar y de decir una labor didascálica, como la que podemos
encontrar en Aulo Gelio o en Quintiliano; por el contrario, la complejidad del
estilo escrito se relaciona con la conservación fiel de los elementos que el
lenguaje tiene como revelación de un alma a otra alma, como diálogo en que,
según el modelo platónico, las ideas viven --y una vida inmortal-- por las
palabras.
Aunque
más tarde se rebelara contra ellos en ese movimiento suyo característico de
destruir por nefastas las idolatrías de la juventud, Wagner y Schopenhauer le
enseñan: uno a construir con las ideas como se compone en música, y otro a
filosofar según las normas de la belleza. En Schopenhauer confluyen con caudal
opulento la filosofía y la poesía del romanticismo alemán; Wagner se apropia
por el paciente estudio la ciencia y el arte de la composición musical alemana.
Schelling y Novalis, Schiller y Hölderlin llegan a Nietzsche, además que por
los textos que naturalmente conocía, por la nobleza y altura de los
pensamientos y de las imágenes que constituyen las cualidades estilísticas de
la prosa de su mentor. Y aunque no se beneficie directamente de Schopenhauer
como maestro en el arte de pensar y de escribir, encuentra en los lectores
inteligentes de éste una disposición favorable para comprenderlo y estimarlo:
una secta de iniciados que reconocen en él los signos de elección. Es además
la sensibilidad de Schopenhauer lo que mejor concierta con el temperamento de
Nietzsche; y la forma atrevida de plantear los problemas del conocimiento como
conflictos de la existencia histórica, le da la certeza de que hay muchas
llaves para penetrar en el reino de la verdad. Schopenhauer había construido un
sistema de filosofía que se proyectaba en formas abiertas hasta abarcar todas
las actividades del hombre; Wagner, un sistema sinfónico en que la tragedia y
las artes se incorporaban como manifestaciones congénitas de la música; y por
la conjunción de ambos, Nietzsche comprende en seguida que no necesita optar
entre el arte y la filosofía, que su vocación de pensador, de poeta y de músico
se unifican en una visión unitaria del mundo que habita solitario el hombre. Así
pudo desde muy pronto encontrarse a sí mismo en el centro de su sistema y
consagrarse, sin otras preocupaciones de fondo, a expresar con toda claridad y
precisión posibles el drama angustioso de la vida. Uno de los actos, no el
menos emocionante, se subtitula: Cultura (religión, ciencia, arte, política) y
los demiurgos de ella son Dionisos y Apolo. Esa es toda su nueva filosofía. Si
Nietzsche ha reconstruido y revalorado las mitos y las leyendas no tuvo, como
tampoco lo tuvo Platón, el propósito de exhumar los fantasmas de la imaginación,
sino de rehabilitar la específica facultad del hombre de crear símbolos. “La
filosofía --dijo-- es la poesía fuera de los límites de la experiencia, la
prolongación del instinto mítico: también ella se sirve esencialmente de imágenes”.
¿Y no es esa facultad mítica del hombre lo que ha creado la ciencia, lo que ha
creado una ilusión rigurosamente exacta, de lo que entendemos por la verdad? Al
vino de Dionisos que exaltaba los valores profundos de la vida, se lo ha
reemplazado con un nepentes que da el sueño de creer que se ha
comprendido lo que es incomprensible. ¿Qué dios es ese que ha sustituido una
bebida divina con un brebaje letárgico? O, como Santayana hace que diga Alcibíades
(en Locura normal): “Sin embargo, el estudio intenso también es
hipnótico; y ¿no pudiera ser que la lúcida teoría de la naturaleza que
vosotros creéis que en parte os despierta del sueño de la vida, fuese sólo un
sueño dentro de un sueño, y la más profunda de vuestras ilusiones?” Aquella
invocación a Dionisos, hecha con tanta vehemencia y angustia, operó una
especie de milagro que no se puede negar ya, y han sido las ciencias naturales
tanto como las ciencias culturales las que recibieron en el siglo XX ese
rejuvenecimiento que Nietzsche presagió. De él toma la filosofía gran parte
de su problemática, y sobre todo la técnica de pensar con valentía y limpieza
y el gran estilo de la prosa. Si Schopenhauer toma de la filosofía vedanta y de
la filosofía kantiana la distinción entre mundo de las cosas en sí y mundo de
la ilusión o de los fenómenos, todavía cree que puede llegar, por la voluntad
pura, al contacto con los misteriosos nóumenos. Nietzsche da el paso
definitivo, y afirma que el mundo de los fenómenos, el mundo de la ilusión, es
el único verdadero: los nóumenos son divinidades que alimentan la falacia de
las seguridades del conocimiento falso y que cree descubrir tras la apariencia
la realidad eterna. La mentira --si ayuda a vivir--, el juego libre de las imágenes,
eso es el mundo absolutamente cierto para el hombre. Sólo se falsea y deteriora
en cuanto se lo quiere juzgar falaz, engañoso, con respecto al mundo en sí.
Pero lo absolutamente extraño aun al pensamiento de Nietzsche y que coloca el
problema en términos inesperados, es que el mundo incognoscible de las cosas en
sí, de los nóumenos, existe con sus relaciones, sus formas, sus leyes, que no
son las de los sentidos ni del intelecto. Aparece en instantes de subitánea y
efímera intuición, como la sensación de un caos, de una tiniebla infinita, de
una soledad y un absurdo eterno y omnipotente; como lo que liga a seres y cosas,
fuera de las ciudades y de los gabinetes de física o de biología o de psicología
experimental, en encuentros, separaciones, afectos, odios que tienen su ley
oculta, de la que vemos sólo una ficción, según las leyes que el hombre ha
tejido para cuadricular el caos. En Nietzsche está esto presente aunque no explícito.
¿Habría sido Voluntad de Poderío el sistema de esas
intuiciones, la primera carta geográfica del orbe por descubrir? Únicamente
Kant y Schopenhauer gravitaban sobre él para no permitirle romper la última
amarra y soltarse a los mares incógnitos, a la parábola, al cuento anagógíco.
Cosa que hizo, en un lenguaje sin compromisos --en el cuento--, Kafka, para
quien el secreto de la comprensión del mundo de eventos innumerables que el
hombre habita, se oculta, como para los místicos, en una intuición pura de lo
trágico sólo expresable por un sistema de símbolos, no lógicos, sino metafóricos.
Ese
drama abarcaba la existencia y el destino enteros del hombre, no en calidad de
crónica, código o epitafio, sino de acción, de pasión y de fe; y era preciso
analizar escrupulosamente las formaciones naturales y artificiales --desde la
misma gea-- que crearon la perspectiva de los valores en el panorama del espíritu.
Necesitaba para ello un nuevo instrumento, sensible y fino, de observación; un
cuidado como nunca se había puesto en calificar y distinguir, en ver, gustar,
palpar, oír y oler con el intelecto; en establecer niveles y distancias; en
pesar, medir, juntar y separar; y ese designio conduce a Nietzsche a considerar
todo el texto de la cultura como el alma colectiva del hombre histórico y al
hombre como su epítome.
En
su mundo el pensamiento debe vivir con dignidad su propia vida, y aún tendrá
que tornar por modelo y maestro al hombre viviente, a pesar de que esto lo
ofenda; ha de mimar la vida ya que no es más que uno de sus aspectos. Impone al
pensamiento, por consiguiente, los mismos deberes de exactitud y belleza que a
la elocución, porque pensar no es distinto de esculpir o pintar; mas la
exigencia mayor está en manifestar por la palabra lo que el espíritu ha
pensado: es preciso el auxilio de la música, el socorro de la poesía, para que
el lenguaje sea como el “film” del pensamiento. “El arte de escribir
--dice en El Viajero y su Sombra, 110-- exige ante todo
equivalentes de los medios de expresión que emplea el que habla, como los
gestos, el acento, el tono, la mirada. Por eso el estilo escrito es muy
diferente del estilo hablado, y por añadidura mucho más difícil. Su objeto
es, con medios más escasos, hacerse tan expresivo como éste. Demóstenes
pronunció sus discursos de otro modo que como los leemos: los recompuso para
que pudieran ser leídos...”
Con
este criterio juzga la música de Wagner; a Wagner músico, al profeta histriónico.
Los dos opúsculos difamatorios en que descuella su asombroso poder de penetración
y de crítica, son cuasi un estudio de psicología en que de manera prodigiosa
descubre en la obra los defectos del autor, buscando en la técnica y el estilo
la misma anatomía y fisiología del ser que la engendró. Hasta ese grado había
agudizado sus facultades de descubrir afinidades recónditas entre el alma y sus
productos; tanto que la cultura entera se le presentaba como un estado complejo
de alma, con relieves y matices que el psicoanálisis aprendió de él a
percibir. “Que en mis escritos es un psicólogo quien habla --expresa en Ecce
Homo, III, 5-- es posiblemente la primera convicción a que llega un
buen lector, uno de esos lectores que yo merezco, que me leen como los buenos
filólogos de antaño leían su Horacio.”
Bajo las mismas preocupaciones
de dotar a la palabra, a la exposición escrita, de las cualidades de vida que
tiene en su uso natural como lenguaje directo de transmisión entre alma y alma
de todos los fenómenos espirituales, Nietzsche compuso para Lou Salomé un decálogo,
que tituló “La Escuela del Estilo” (en Nietzsche, de Lou Salomé). Es un
documento que sólo adquiere sentido cabal sí recordamos que la palabra formaba
parte, para Nietzsche, del vocabulario mímico del hombre, de un lenguaje de
esencias que la música supera infinitamente (como ya lo proclamó
Schopenhauer).
Este es el texto:
1.
Lo que más importa es la vida; el estilo debe vivir.
2.
El estilo debe ser apropiado a tu persona en función de una persona
determinada a quien busques comunicar tu pensamiento (ley de la doble relación).
3.
Antes de tomar la pluma es preciso saber exactamente cómo se expresaría
de viva voz aquello que se tiene que decir. Escribir debe ser una imitación.
4.
El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe
entonces inspirarse en una forma del discurso muy expresiva. Su reflejo escrito
parecerá, de todas maneras, mucho más tierno que su modelo.
5.
La riqueza de vida se traduce por la riqueza de gestos. Es preciso
aprender a considerarlo todo como un gesto; la longitud y la cesura de las
frases, la puntuación, las respiraciones; en fin, la elección de las palabras
y la sucesión de los argumentos.
6.
¡Cuidado con el período sintáctico! Sólo tienen derecho a él
aquellos que poseen un soplo muy resistente hablando. En la mayoría el período
no es sino una afectación.
7.
El estilo debe mostrar que se cree en los pensamientos, no solamente que
se los piensa sino que se los siente.
8.
Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importa
hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.
9.
El tacto del buen prosista en la elección de sus medios, consiste en
aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que
la separa. [iii]
10.
No es cuerdo ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles;
es muy cuerdo y muy hábil, en cambio, dejarle el cuidado de formular por sí
mismo la última palabra de nuestra sabiduría.
Juzgaba las
cualidades más preciosas y raras en un autor “la concisión sólida, la calma
y la madurez”. “Las jerarquías de las capacidades, la distancia --escribe
en Ecce Homo, III, 9--, el arte de separar sin enredar; no
confundir nada ni “reconciliar” nada; una multiplicación prodigiosa que, a
pesar de eso, es lo opuesto del caos --he allí cuáles fueron las condiciones
primeras, el largo trabajo secreto y el dominio de mi instinto”. Y también
(I. 1): “Esta arte de la filigrana misma, este sentido del tacto y de la
comprensión, este instinto de los matices, esta psicología de los rodeos, y
aun todo eso que me es particular, ha sido aprendido entonces y constituye el
verdadero presente que me ha hecho esta época (la de sus padecimientos físicos),
en que todo en mí se ha tornado más sutil, la observación tanto como todos
los órganos de la observación”. Siempre sus consideraciones sobre el estilo
se refieren esencialmente a la acción de pensar más que a la forma, al
filosofar como “poiesis”. Sus metáforas favoritas del gimnasta y del bailarín
explican claramente que el pensamiento, como en Blake y en Kierkegaard, debía
tener la misma organización viva del hombre que piensa. Para Nietzsche el
lenguaje era una mímica, un sistema de gestos orales, y la meditación debía
desarrollar su propia melodía más que someterse a reglas adaptadas de la albañilería
y la agrimensura.
Tampoco
es exageración que dijera poseer una sensibilidad que le permitía, en la
lectura, percibir en qué condiciones la obra había sido escrita; si sentado el
autor ante su escritorio, en una habitación cerrada o al aire libre. Nietzsche
componía casi siempre los motivos y desarrollaba sus principales variantes
mientras caminaba, regularmente por caminos escarpados. Sólo sus libros aforísticos,
no los más representativos, se compusieron en el silencio de su habitación de
enfermo. Era un buen caminador, nadaba y patinaba con suma destreza y es un
enigma saber hasta dónde esos ejercicios comunicaban su fuerza y su ritmo a las
frases, a la elocución. Baste significar, como un dato de las relaciones
secretas entre el estilo de la vida y el estilo del pensamiento y la expresión,
la diferencia que hay, efectivamente, entre el doctor Johnson y su prosa y
Shelley y su poesía.
De
la exposición de las propias opiniones de Nietzsche sobre el estilo,
naturalmente del suyo, aparece claro el interés de poner de relieve en el
pensamiento mismo y en sus formas expresivas su capacidad de mimar la vida o,
acaso mejor dicho, de someterse a las mismas condiciones patéticas de la
persona viviente. Pensar es como cantar. Por ese medio, vivir y filosofar serían
una misma cosa, puesto que la imposición de esa condición rigurosa acostumbraría,
al cabo del tiempo, a que la mente obtuviera un modo análogo de comportarse al
de la persona total. Puede parecer un exceso de sutileza, o una consigna casi
imposible de cumplir, para quien nunca se ha detenido a meditar en la
plasticidad infinita de la psique. Mas ésta ya es cuestión que compete a las
disposiciones individuales y a la firmeza del propósito de albergar una entidad
pensante en la propia personalidad; se llega a ser un pensador como se llega a
ser un atleta. Sabemos que en Nietzsche la mente así disciplinada llegó a
dominarlo a tal extremo que acaso no se dio en la historia un hecho semejante:
una inteligencia que absorbe y aniquila la personalidad, y que hasta concluye
por digerir los propios órganos digestivos; que tiene sus propios imperativos y
que reduce al hombre a servidumbre incondicional.
Hay
siempre en él la presencia de un sentido heroico en cuanto se refiere a la vida
y al pensar. La resistencia al dolor físico y a los malestares, la conversión
de la enfermedad en motivo de interés de vivir, comunica al pensamiento
nietzscheano un vigor que no es brutal, sino que está atemperado por un
“estado de paciente”. Es lo heroico en la esfera de lo cotidiano, aquello
que da semejanza a su pensamiento con la acción del héroe y la resignación
del mártir. Esta clase de heroísmo, por cierto no connatural en los filósofos,
pero que alentaba en los griegos --el Sócrates de Alcibíades-- y en los
hombres de la Reforma y el Renacimiento, vigoriza las imágenes y los conceptos.
Su incontrastable ímpetu hacia los límites extremos de la aventura de pensar,
que él comparaba a la irrupción del vikingo, hacen de las exploraciones
audaces de Nietzsche una penetración en tierra desconocida.
La
actitud de Nietzsche es por lo regular la de un adalid que desafía. Sin
necesidad de adoptar el reto como entrada en contacto, prefiere plantearse los
problemas como conflictos vivos entre la naturaleza, la historia o la religión
y el filósofo; cada enigma reviste el aspecto de un “monstruo con cuernos”
contra el que va precavido, y la manera de entrar en relaciones con él es probándolo
por la fuerza. Todo problema en filosofía tiene, efectivamente, algún cariz de
adversario. Nietzsche no va fríamente a sus dominios sino que trata de hacer
presa de él como de un enemigo. De ahí que aun cuando exponga las doctrinas más
reflexivas y pacientemente maduradas, nos dé impresión de que se le presentan
de súbito, que las atrapa sin condescendencias y que las exhibe como piezas
sangrantes cobradas en lucha.
¿De
qué otro autor se puede decir que está constantemente en la actitud del púgil,
del “agonista”? Ni Jenofonte, ni César, ni Napoleón nos dan en sus
Memorias relatos tan llenos de heroísmo como Nietzsche. Ellos obraron como
soldados impertérritos; vieron que, efectivamente, los problemas de la
conquista son bestias salvajes y procedieron con la necesaria bravura; pero al
contar las campañas, el espíritu atempera el ardor de la empresa y no parece
la misma alma del mismo hombre. Cellini, acaso, es también un hombre que
escribe como vive, cincela y mata. En Nietzsche, incapaz de ninguna brusquedad
del tipo de esos hombres, lo heroico está dentro de lo psíquico; pensar es una
aventura, una conquista, una batalla. El pensamiento actúa en un mundo hostil
que hay que vencer; frente a sí tiene la filosofía y la historia como César
las Galias y Napoleón las campañas de Italia y Egipto. Nietzsche ha sabido
“sentir que el acto de pensar es una hazaña que exige arrojo y destreza”.
Así como la naturaleza, la vida y el hecho de existir eran para él términos
de una realidad trágica (su visión dionisíaca del todo), y todo cuanto se
refería al investigar y al comprender, tenía el signo de un combate. El
pensamiento también pertenecía a la tragedia de ser, de tener conciencia, de
haber nacido.
Nietzsche
ha realizado consigo mismo el experimento más audaz y cruel, para descubrir
hasta dónde la razón podía alcanzar una clase de conocimiento más allá de
los límites impuestos al conocimiento por la razón. No se propone la búsqueda
de la verdad, sino el hallazgo de más eficaces medios para dirigir el
raciocinio hacia mayores profundidades, con más ricas perspectivas y atrayentes
problemas, sin otra consigna ni método que el natural desarrollo de la propia
fuerza de razonar. De ahí que se pueda decir que Nietzsche realizó consigo un
experimento “in vivo” para probar hasta dónde pueden alejarse las fronteras
de la mente humana liberada de todo compromiso, especie de máquina pensante que
deja irresponsable y en calidad de espectador a su dueño [iv]
Para
fundir en una unidad espiritual al creador y al receptor, al actor y al
espectador, Nietzsche necesita transferir a la mente las cualidades vivas de la
persona, pasar entero como en el lenguaje oral. Mas lo interesante de este propósito,
fuera de lo que pueda significar, como categoría de excelencia literaria, es su
conexión con el drama y por ese vínculo con el sentido dionisíaco de su
filosofía. Solamente conociendo esta singular manera de contemplar la obra histórica
del hombre, su misión y su destino (como puesto frente al mundo, a sus
inefables misterios, para percibir intuitiva o biológicamente las sílabas
incoherentes con que se expresa), su concepto de que se debe transferir a los
dominios del intelecto las energías del subconsciente inclusive --como poesía
y música, sueños y mitos-- tendría un sentido extraliterario. Si el filósofo,
como Dionisos, debe crear la impresión viva de terror, de asombro y de júbilo
--de intuición de esencias-- que yace en el umbral de la vida consciente; si
los problemas deben ser extraídos de la vida misma y no de la razón razonante
con sus juegos de geometría y de ajedrez que aduermen y aletargan, entonces es
preciso adquirir un lenguaje nuevo, distinto del de meditar y monologar en frío.
Y ese lenguaje, para que sea digno del hombre ha de cumplir las condiciones de
exactitud y belleza, dentro del nuevo orden de los fenómenos de la vida
sensibilizada, por un estilo en que viva, respire, clame y ría el hombre.
Aunque no lo expresó Nietzsche, como tampoco otra ninguna de las claves de su
extraña filosofía, la preocupación de poseer un instrumento verbal
equivalente en eficacia a los números y los sonidos con que insuflar en el
discurso los estremecimientos de la poesía, existía en él como parte antigua
de una concepción mucho más rigurosa y amplia de lo que se ha creído, acerca
de los medios de expresión como elemento substancial de una filosofía. Su
intento era retrotraer al hombre al instante en que la dialéctica moral de Sócrates
lo arranca para siempre de esa posibilidad de construir una cultura de tipo
musical, ante la cual los teoremas de la matemática y los postulados de la lógica
serían vistos como pasatiempos ingeniosos.
Tampoco
es fácilmente perceptible otro aspecto del estilo de Nietzsche que no se
refiere a la génesis y mímica del pensamiento en la palabra escrita, sino a la
composición y construcción de sus obras. El lector desprevenido puede caer en
la simpleza de creer que las obras del filósofo se desarrollan por una íntima
necesidad de crecimiento. Es decir, que se escriben sin un plan estricto trazado
de antemano. No puede aplicarse esta suposición a las obras sobre el
pensamiento helénico ni a El Origen de la Tragedia y las Consideraciones
Inactuales; es evidente. Aquí Nietzsche elabora en serie ilativa,
deduce “more geométrico” en la forma canónica del ensayo, el discurso, la
monografía y la disertación. Aquí demostró que era capaz de producir como
los profesores de Bonn y de Leipzig dentro del canon académico. Mas sí puede
aplicarse desde Humano, demasiado Humano, donde se pierde de vista
la arquitectura de la obra que se nos presenta como un conjunto de pensamientos
apenas ligados entre sí por afinidades de tema, según consignan los títulos
de las partes.
En
principio, es sensible la repugnancia de Nietzsche, desde que consolida su
concepción dionisíaca --amatemática-- de la vida, por la construcción sistemática
del tratado, según el tipo fijado por Aristóteles. Ya forma parte de la
naturaleza de su mente misma, de su sentido de la tarea de filosofar, de sus
preferencias por los presocráticos y los moralistas franceses, construir sin
soldar en un bloque las piezas principales de sus raciocinios. Es muy posible
también que entrara en sus previsiones de los efectos suasorios, la composición
discontinua que moviliza la mente y la descansa. Mas lo cierto es que la
organización de sus libros aforísticos (Humano, demasiado Humano
y su continuación: Opiniones y Sentencias y El Viajero y su
Sombra; Aurora y su continuación La Gaya Ciencia)
ninguna semejanza tienen con los anteriores ni con los que siguen. El estilo,
que para muchos es el típico de Nietzsche, también es nuevo en él. Su
pensamiento se condensa y la frase es breve; una larga meditación se sintetiza
en una fórmula y la intención en una palabra a veces se subraya. Pero el hecho
mismo de que estos libros se continúen entre sí sin necesidad orgánica
ninguna, y que sean un acopio misceláneo de reflexiones ocasionales que difícilmente
pudieran insertarse en el resto de su obra, debe inclinarnos a sospechar que los
liga una unidad de otro orden. Concebidas y escritas en estado de ánimo y de
salud muy desfavorable (Prefacio a Humano, demasiado Humano, 2)
carecen del ímpetu beligerante y del lirismo que caracterizan al autor. Se
percibe que utiliza el rendimiento de su cerebro con sabia cautela; el
pensamiento es escueto y la forma ceñida a él, a la manera de acotaciones
marginales a un texto no revelado. Son los años de 1876 a 1881, los de su
crisis, en que el dolor le enseña una nueva técnica de filosofar con el bisturí
de las neuralgias. Burkhardt y Emerson podrían ser los textos no revelados
(eran sus lecturas predilectas entonces), Montaigne y Pascal sus preceptores de
estilo. Empero, esta suposición de una tregua, de una especie de exilio en su
campaña, apenas tiene de verosímil que las cinco obras representan los
cuidadosos apuntes preliminares de los posteriores trabajos de mayor
trascendencia. Los parágrafos van titulados, como si se tratara, efectivamente,
de opúsculos muy breves, y en este concepto pueden ser considerados como
apostillas de su obra general. Entre estas obras y Genealogía de la Moral
escribe Así habló Zarathustra y la quinta parte de La Gaya
Ciencia. Así habló Zarathustra es una obra única, sin
analogía con ninguna otra de Nietzsche. Es la salida de una crisis por el otro
extremo. ¿A qué responde esta obra poética, esta increíble amalgama de parábolas,
panegíricos, himnos, elegías con enigmas y revelaciones de un apocalipsis? Sin
embargo, nunca su pensamiento encontró como en esa obra vertiginosa la forma
adecuada, el estilo cabal de su filosofía, la “sensatez” en el deslinde de
la música y el raciocinio: el estilo dionisíaco para una filosofía dionisíaca.
Por extraña que parezca y ajena a su programa, contiene la suma de cuanto hasta
entonces había pensado y de lo que en adelante pensará. Las obras sucesivas
son escolios de esos cantos, la exégesis profana.
Inesperadamente
otra vez, tras Así habló Zarathustra retorna a la manera
discursiva de las primeras obras con Más allá del Bien y del Mal
(preludio de una filosofía del porvenir) continuada en la Genealogía de
la Moral (“Para servir de complemento a una reciente obra y acentuar
sus alcances”), que inicia la prodigiosa producción de 1888: El Crepúsculo
de los ídolos (que puede ser visto como una variante de El Origen
de la Tragedia), El Anticristo, El caso Wagner,
Nietzsche contra Wagner, Ecce Homo, algunas poesías
y La Voluntad de Poderío. Este grupo se inaugura con Más
allá del Bien y del Mal, que se juzga el más alto punto de perfección
en su prosa y había de formar, según sus proyectos, una obra sistemática de
su filosofía. El estilo de pensar y de escribir es el mismo de El Origen
de la Tragedia y de Consideraciones Inactuales. No puede
hablarse de evolución ni de perfeccionamiento; aquellas obras pueden ser
colocadas al final, porque tienen ya la sazón plena. Las últimas calan más
hondo sus temas, poseen una dramaticidad incomparablemente superior y acaso
sostienen a más invariable nivel de altura el rigor del discurso catenular.
Nietzsche está ahí, filosofa como los silenos.
Mas
el problema verdadero vuelve a ser aquí, como en el caso de Así habló
Zarathustra, el de la unidad sistemática que tienen en el concepto de
Nietzsche. El modelo del todo coherente no está tomado por él de la física ni
de la geometría; ése es un módulo y hay otros. Hay el módulo de la música,
de no menor rigor lógico en cuanto una melodía responde a principios de
arquitectura tan estrictos como un teorema (Bergson). Nietzsche (ya desde los
tiempos de su amistad con Wagner) concibió el desarrollo de la obra de arte
conforme a las leyes de la vida y la sinfonía le ofreció un paradigma de cómo
habían de concertarse las partes de un sistema filosófico libre de todos los
dogmas contrarios a la índole onírica del espíritu [v]
Ante
esta perspectiva (que Joyce y Kafka juzgarían perfectamente racional y conforme
a la física del espíritu), Así habló Zarathustra cobra valor
de obra articulada y sistemática. Así también la consideraba Nietzsche,
aunque en el veredicto corriente sea por excelencia el libro más inorgánico y
multiforme. Esta es cuestión del lector. La unidad de estilo, la permanente
tensión psíquica, el sostenido clima de alegoría no bastan, es cierto, para
que la obra readquiera a nuestros ojos la unidad arquitectónica material que
exigía contemporáneamente a la novela o al ensayo. Mas esa forma de construir
el ensayo y la novela tampoco hoy imponen su norma como condición específica,
y es curioso que no se haya reivindicado ya la obra de Nietzsche, en cuanto
algunos críticos han creído ver en su estructura un síntoma de incoherencia
morbosa. Eisenstein crea esa misma polifonía para la lógica de los ojos.
La
yuxtaposición de planos, las distintas “tomas” que se disponen al parecer
arbitrariamente, pero que en realidad obedecen mejor a una lógica de efectos y
a una superior valorización artística, están en la mente de Nietzsche no como
una originalidad que se propone, sino como una necesidad orgánica de su genio
fundamentalmente musical. Andler ha visto en Voluntad de Poderío
que “todo es metafísica que se ordena por grandes masas simétricas” y en Así
habló Zarathustra “que está concebido como una sinfonía o un
poema”. En efecto, el mismo Nietzsche declara en Ecce-Homo, III: “Acaso es
preciso colocar mi Zarathustra bajo la rúbrica de “Música”. Lo que hay de
cierto es que suponía previamente una regeneración total del arte de
escuchar”.
Las
preocupaciones de estilo en Nietzsche comprenden más que la forma; comprenden
la substancia misma del pensamiento. Es muy posible que, como insinúa Andler,
todas las obras de Nietzsche “se generan de una célula musical”, de un
“pathos” más semejante al del compositor que al del pensador. Nacen de la música,
y esto significa un estado de ánimo que contiene en suspensión infinitas
posibilidades de ser expresado, también por la palabra. Exige en el lector,
como consecuencia, una capacidad semejante a la del griego del siglo de
Pericles, espectador de la tragedia. En aquella obra explica: “Muy por encima
de Wagner he percibido la tragedia musical --y muy por encima de Schopenhauer he
entendido la música que acompaña a la tragedia de la existencia”.
Veinticinco años después de su carta en que asocia el pensar al componer, la
palabra a la melodía, al borde del abismo, permanece fiel a esa extraña forma
del ditirambo. La formación intelectual de Nietzsche tiene en sus bases la música
y la religión del principio al fin. En su primera obra importante, El
Origen de la Tragedia, concibe ya la civilización helénica como
desarrollada de una raíz profunda, que es la música, bajo las dos normas de
Dionisos y Apolo. Siempre, en lo sucesivo, consideró ligada la cultura a este
aspecto, el más humano de todos, del hombre. Aún consideraba en su último año
de lucidez mental como “fundamento del pensar” a esta idea extraña, que
alborea en Schopenhauer y que en Wagner adquiere cuerpo y conciencia. Asocia
indisolublemente la finura y rectitud del pensar a las facultades musicales de
afinación y ritmo, de modo que aquella filosofía que se concibe sin el auxilio
de esa divinidad que los griegos colocaron entre las que regían la creación
artística -Euterpe-, le parecía impropia de un estado de humanidad de alto
estilo. “Para ser filósofo --escribe en La Gaya Ciencia- era
entonces condición necesaria tener tapados los oídos con cera; el verdadero
filósofo no oía la vida en lo que tiene de música; negaba la música de la
vida, pues es una antigua superstición de los filósofos la de creer que toda música
es música de sirenas”.
Comprendemos
el estímulo que la música presta a sus concepciones de artista y pensador; la
tesitura en que pone su espíritu, para la acción de crear, mas no advertimos
ya que sea un elemento indispensable de toda actividad intelectual. Para
Nietzsche es un síntoma de involución. Tan alejados estamos, en efecto, de la
vida maravillosa de los tiempos antiguos y de la aptitud del hombre primitivo
para descubrir, inventar e inaugurar vías de aventura al espíritu, que nos
asombra que pensar pueda ser un acto jubiloso. Pero independientemente de lo que
haya de metafísico en la concepción musical de la cultura, el aspecto
instrumental y técnico de la música informa gran parte de la creación de
Nietzsche. Ni vale la pena recordar a Pitágoras y a Jenócrates. Según el Dr.
Podach (en L'Effondrement de Nietzsche) esa facultad permaneció
intacta en el filósofo, después de su pérdida de la razón, e inclusive la
memoria de obras como las de Beethoven, que ejecutaba enteras al piano. Parecería
que en la concepción de las actividades intelectuales o psíquicas del hombre
Nietzsche deba considerarse, desde los primeros años de su labor de filósofo,
ese misterioso vínculo o potestad de la música para engendrar ideas o formas
imprecisas de interpretar la realidad incognoscible. En El Origen de la
Tragedia expresó: “Tampoco al lenguaje le es posible llegar a agotar
la universalidad simbólica de la música, porque es la expresión simbólica de
la lucha y del dolor primordiales en el corazón del Uno primordial, y que
simboliza así un mundo que se cierne por encima de toda apariencia, y que existía
antes de todo fenómeno. Comparada con ella toda apariencia no es más que un símbolo;
por eso el “lenguaje” como órgano y símbolo de las apariencias, no ha
podido nunca, ni podrá jamás, manifestar exteriormente la esencia íntima más
profunda de la música; antes al contrario, cuando se torna hacia la imitación
de la música, jamás tiene con ésta más que un contacto superficial, y esta
elocuencia lírica es absolutamente impotente para revelarnos el sentido más
profundo de la música”.
En
Voluntad de Poderío (VII, 530) volvemos a encontrar, quince años
más tarde un inquietante aviso de la misma índole: “Comparada con la música
toda expresión verbal tiene algo de indecente; el verbo deslíe y embrutece; el
verbo despersonaliza; el verbo trivializa lo que es raro”. Asimismo hallamos
que según su interpretación, Dionisos es el dios que unifica, que concilia:
virtud propia de la música.
Es
muy posible que todos estos datos y revelaciones de Nietzsche nos prevengan de
que acaso la complexión de su espíritu, semejante a la de los grandes artistas
a quienes la música basta para satisfacer sus más altas necesidades de expresión
de todo orden (Bach, Beethoven), le otorga un privilegio sobre los demás
pensadores y artistas de la palabra, en cuanto pudo sumar para una creación
filosófica y poética dos facultades que generalmente en estado normal se dan
separadas. Cualquiera haya sido el influjo que esa disposición extrañísima
pudo ejercer sobre sus concepciones filosóficas --tema sumamente interesante
hoy que la matemática abre horizontes inexplorados hacia teorías de estructura
y de superunidades de tipo musical--, es lo cierto que con más visible
resultado se muestra en el aspecto formal de su obra.
Todo
induce a pensar que este hombre único arrancó de su espíritu, hasta un
extremo inconcebible, todos los hábitos mecánicos de pensar, creándose otros
nuevos y personales que le permitían elaborar y plasmar sus ideas con arreglo a
un canon musical. La utilización de la música como eslabón de enlace entre el
mundo de las formas exteriores y el submundo de lo subconsciente, acaso revele,
por el anticipo de Nietzsche --sin otras semejanzas que las de Rimbaud y
Dostoiewsky--, que proclamaba la necesidad de una cultura dionisíaca,
posibilidades insospechadas para ese poder fantástico que llamamos el alma.
Parecería que ése era su secreto: el descubrimiento de una vía incógnita que
le permitía asociaciones que no eran caprichosas, sino resultado de
experiencias muy profundas, fieles a una lógica no silogística, como ésta:
“Aprender a pensar. En nuestras escuelas se ha perdido por completo esa noción.
Aun en las Universidades y entre los sabios en filosofía propiamente dichos, la
lógica, en cuanto teoría, práctica y oficio, comienza a desaparecer. Que se
lean los libros alemanes: ni de lejos se recuerda que para pensar hace falta una
técnica, un plan de estudio, una voluntad de poderío --que el arte de pensar
debe ser aprendido como la danza, como una especie de danza...”. Es como decir
que la melodía y la armonía tienen también su lógica, como hoy nadie niega,
aunque sin entenderlo a fondo.
La
concepción nietzscheana es original, pues, y responde en él al sentido
arquitectónico, de simetría y de equilibrio de tipo musical que supuso en la
base de todos los conocimientos, de toda intuición, de todo lenguaje. También
Platón ordenaba sus diálogos según una norma semejante a la de las tragedias,
en trilogías y tetralogías, y dentro del diálogo sus personajes --teorías,
opiniones-- tenían un juego dramático muy distinto del arte de razonar de
Aristóteles y de Euclides. Cuando Nietzsche ve en Wagner al representante de
una nueva cultura alemana, no se constriñe exclusivamente a su obra de
compositor, sino que lo cree animador de una concepción radicalmente dionisíaca
del arte. Los críticos han dejado pasar inadvertido este aspecto sumamente
interesante en la composición de las obras de Nietzsche, y que yo sepa, sólo
Andler se aventuró a señalar el origen de todas ellas en una génesis musical.
Los resultados de esa clase de estudios podrían verter mucha luz acerca del
“método” tanto como del “sistema” de la filosofía nietzscheana; pero
sería preciso proponerse honradamente suscitar la necesidad de crearse nuevos hábitos
mentales, nuevos oídos filosóficos. Me parece que el único discípulo de
Nietzsche fiel a esta aventura ha sido Spengler. Después sería posible echar
una mirada sobre ese desordenado panorama de las últimas obras del filósofo,
para situar las diversas piezas, desprendidas en un tumulto de ruinas, según la
estructura sin duda grandiosa de una nueva transmutación de los valores. Sería
menester, asimismo, no omitir las observaciones de otro modo incomprensibles que
Nietzsche dejó con estas palabras extrañas, refiriéndose a Voluntad de
Poderío, aún integrada en sus planes por las piezas hoy autónomas que
por algún motivo serio él mismo desglosó sin que a su parecer menoscabara
ello la total unidad:
“El libro perfecto. A considerar:
1.
La forma, el estilo. Un monólogo ideal. Todo lo que tiene una apariencia
sapiente, absorbida en las profundidades. Todos los acentos de la pasión
profunda, de la inquietud y también de la debilidad. Veladuras, manchas de sol,
la felicidad fugaz, la sublime serenidad. Superar la demostracíón; ser
absolutamente personal. Sin emplear la primera persona... Una especie de
Memorias; decir las cosas más abstractas de la manera más corpórea y más
sangrienta. La historia entera como si se hubiera vivido y sufrido personalmente
(sólo así llega a ser verdadera). En cierto modo un diálogo de espíritu; una
provocación, un llamado, una evocación de muertos. En todo lo posible, cosas
visibles, precisas, ejemplos, pero cuidarse de todo lo que pertenece al
presente. Evitar la palabra “noble” y en general todas las palabras que
pueden significar una presencia personal. Ninguna “descripción”; todos los
problemas transpuestos en sentimientos, hasta la pasión.
2.
Colección de palabras expresivas. Prioridad de términos militares.
Encontrar expresiones para reemplazar los términos filosóficos: tan alemanas
como se pueda y acuñadas en fórmulas. Representar todas las condiciones de los
hombres más intelectuales, para que su serie sea comprendida en la obra entera
(condiciones del legislador, del que ensaya, del que está forzado al
sacrificio, que hesita, de la gran responsabilidad, del sufrimiento que causa la
necesidad de la apariencia, la necesidad de causar mal, la voluptuosidad de la
destrucción).
3.
Construir la obra en vista de una catástrofe.”
Muy
posiblemente, pues, por el estudio del estilo más que por el examen del
contenido filosófico de la obra nietzscheana llegáramos a poseer integro su
mensaje de una filosofía del porvenir. Si es que el hombre está a tiempo, y
tiene ánimos, para rehacer desde sus cimientos una cultura libre y leal, fiel
ante todo a las leyes del espíritu (que ya se vería hasta dónde coinciden con
las leyes de la materia).
Si
en vez de ser reducido a un sanatorio, Nietzsche hubiese sido arrebatado por las
potencias infernales como Edipo (con él se comparó), no habrían pensado así
los que consideran que la pérdida de la razón tenía algo que ver con las
fallas de la razón. Solamente se restituyó a las potencias infernales el alma
de este filósofo, el más pulcro, el más abnegado, el más libre de todos. Sus
últimas obras contienen, en efecto, las más nobles y sublimes palabras de su
tremendo mensaje, del único intento jamás realizado de fundamentar, de
“iniciar una filosofía” desde las fuentes mismas de la naturaleza del alma
humana --de lo musical--, su advertencia febril, por supuesto, de que trae la
presa más valiosa de ese viaje al fantástico país de la realidad. País
oculto para todos bajo las apariencias de una “realidad” que es falsa
precisamente porque se la quiso valorar como verdadera. Si no se quiere admitir
como filosofía ese fulgor terrible que de su inteligencia se desprende antes de
hundirse en las tinieblas, entonces no se tiene de Nietzsche más que una vaga
idea de lo que significó dentro de la historia de la filosofía, mas no dentro
de la historia de las grandes catástrofes que abren en el mundo solidificado de
los sistemas una grieta profunda que comunica con sus entrañas. Entonces es
claro, como él presentía, que aún han de transcurrir muchos años para que
sea inteligible su mensaje.
EZEQUIEL
MARTÍNEZ ESTRADA
Va
mi agradecimiento, nuevamente, a mi amigo Ricardo Montiel quién ha
conseguido este texto y lo ha escáneado.
[i] "Justino, en la Apología
(I, 5), presenta a Cristo como el Sócrates de los bárbaros. Lo llama
"O Didaskalos Christos". Minucio Felice podía demostrar la
doctrina cristiana mediante los principios estoicos del conocimiento,
llegando a la conclusión de que el cristianismo era una filosofía, y que
los filósofos debían considerarse como cristianos, a medida que descubren
la verdad. (...ut quivis arbitretur aut nune christianos esse aut
philosophos fuisse jam tunc christianos) (HARNACK, Historia del Dogma, II,
VI).
[ii] "Se equivocaría
quien creyera que Nietzsche fue un fácil y brillante improvisador. Nadie,
al contrario, al menos en Alemania, se dio más pena por adquirir lo que se
ha llamado la escritura artística. Pertenece, bajo esta relación, a la
escuela de Flaubert" (Eugène de Roberty, Federico Nietzsche).
[iii] "...es cierto que la
mejor prosa se escribe pensando en la poesía", dice en La Gaya
Ciencia, 92
[iv] "Método,
pensamiento, vida personal y estilo se identifican (escribe Henri Lefebvre,
en Nietzsche). Ha conquistado, ha creado su expresión poética.
Desde su juventud ha comprobado que el pensamiento lógico no puede
aislarse... Intenta establecer una comunicación directa, íntima, entre el
filósofo-poeta y su lector, un intercambio de ser, una copartición."
[v] En Voluntad de Poderío,
263, escribió: "No hay ninguna razón para atribuir al espíritu la
particularidad de organizar y de sistematizar. El sistema nervioso posee un
dominio mucho más extendido: el mundo de la conciencia está sobreañadido.
En el proceso general de la adaptación y de la sistematización, la
conciencia no juega ningún papel."
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