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Todos los nombres de la historia (1886-1990) 1 «La tarea de los años siguientes —escribe en Ecce homo— estaba ya trazada de la manera más rigurosa posible. Después de haber quedado resuelta la parte de mi tarea que dice sí, le llegaba el turno a la mitad de la misma que dice no, que lleva ese no a la práctica: la transvaloración misma de los valores anteriores, la gran guerra — el conjuro de un día de la decisión. Aquí está incluida la lenta mirada en torno a la búsqueda de seres afines, de seres que, desde una situación fuerte, me ofrecieran la mano para aniquilar. A partir de ese momento todos mis escritos son anzuelos: ¿entenderé yo acaso de pescar con anzuelo mejor que nadie?... Si nada ha picado, no es mía la culpa. Faltaban los peces...» De este modo, su decisión de guardar silencio durante diez años no va finalmente a cumplirse, antes al contrario. Nietzsche va a entrar ahora en un período de frenético trabajo con el objetivo de «llevar ese no a la práctica». Además, con el fallecimiento de su editor, Schmeitzner, por quien Nietzsche sentía cada vez más antipatía, parecen abrírsele nuevas posibilidades para la difusión de su obra. Así, el 2 de septiembre de 1886, les escribe a su hermana y su cuñado: «Desde que el paralizador y comprometedor de Schmeitzner ha sido eliminado parece como si hubiera desaparecido un maleficio sobre mis libros. A fin de cuentas, claro está, no es que importe mucho ser leído por los alemanes actuales, que tienen cosas muy distintas en la cabeza y en las manos. Lo único que quiero es que compren mis libros, no para hacerme rico, sino estrictamente para poder imprimir mis cosas sin pérdidas y con independencia de editores. Éste es también el ensayo que estoy haciendo ahora. Perdonadme que no os haya enviado todavía el nuevo libro; pero, en el momento mismo en que iba a dar orden para ello, lo examiné considerando si os causaría placer, y me pareció en absoluto que no...». Durante algún tiempo, Nietzsche buscará infructuosamente un nuevo editor — hasta el punto de que su «nuevo libro», Más allá del bien y del mal, deberá publicarse otra vez en Naumann, y a su cargo. Finalmente, contactará con un editor entusiasta, Fritzsch de Leipzig, en donde publicara su primera obra. Rápidamente se compromete con él y comienza a reeditar todos sus textos anteriores. En 1886, los dos volúmenes de Humano, demasiado humano, con un nuevo prefacio, y El nacimiento de la tragedia, precedido por un Ensayo de autocrítica a su pasado wagneriano. Y en 1887, Aurora, La gaya ciencia, a la que añade un quinto libro (Nosotros, los intrépidos) y un apéndice que recopila buena parte de sus poemas (Las canciones del príncipe Vogelfrei), así como las tres partes del Zaratustra reunidas en un solo volumen. También editará allí una de sus más conocidas composiciones musicales, su Himno a la vida para coro mixto y orquesta, cuya melodía es de 1873-1874 y la letra reproduce una estrofa de la Plegaria a la vida de Lou Salomé. Y de nuevo, la casualidad querrá que por entonces le llegue la noticia del compromiso de ésta con el Dr. Andreas, con quien acabará casándose — noticia que le lleva a caer en un profundo estado de depresión. Pero, su decisión de guardar largo silencio no sólo va a quedar rota por sus reediciones sino también por las numerosas publicaciones de este período. Piénsese que, hasta su derrumbamiento final, en menos de tres años, Nietzsche va a publicar o dejar preparados para la imprenta un total de ocho libros, sin contar sus voluminosos cuadernos póstumos. De estos ocho libros, cinco están fechados en su último año lúcido, 1888. El primero de la serie será Más allá del bien y del mal.
2 El 20 de julio de 1886, Nietzsche le escribe a Peter Gast lo siguiente: «Usted habrá sentido conmigo la dificultad que esta vez representaba para mí el hablar o más bien encontrar el lugar desde el que podía hablar, inmediatamente después del Zaratustra. Ahora, empero, en que el libro se halla suficientemente claro ante mí, tengo la impresión de haber superado la dificultad con tanta habilidad como valor. Para poder hablar de un “ideal” hay que crear una distancia y un lugar inferior; aquí me sirvió de excelente ayuda el tipo anteriormente preparado de “espíritu libre”...». Con Más allá del bien y del mal, Nietzsche regresa al estilo aforístico —como queriendo indicar claramente que cierra el paréntesis que significó su Zaratustra y reanuda su tarea allí donde quedó con La gaya ciencia—. Y ello es cierto incluso para el origen de buena parte del material — que nuevamente proviene de los cuadernos de notas no utilizados en sus dos textos anteriores. De ahí la conveniencia de leer el Zaratustra arropándolo con las consideraciones de los dos libros entre los que se ubica —lo que amplifica notablemente sus alcances y permite una mejor comprensión de su mensaje visionario—. El propio Nietzsche así lo indica, en sus papeles póstumos: «Tal vez sea una especie de glosario provisional, donde se dan en alguna parte y se llaman por sus respectivos nombres los más importantes conceptos y valores nuevos de este libro —que es un acontecimiento que no tiene modelo, antecedente, ni analogía en toda la literatura—». Pero, esto será sólo parcialmente cierto, en la medida en que otra parte no menos importante del material proviene de las notas que toma para la redacción de su obra sobre la Voluntad de Poder — que Más allá del bien y del mal trata sin lugar a dudas de anunciar, como queda expresado claramente en su mismo subtítulo: Preludio para una filosofía del porvenir. Sobre los presupuestos e intenciones de esta obra, en sus papeles póstumos leemos lo siguiente: «Partiendo de una concepción de la vida (la que no es voluntad de supervivencia, sino voluntad de crecimiento), he trazado el panorama de los instintos fundamentales de nuestro movimiento político, intelectual y social europeo mostrando: 1. que detrás de las más fundamentales diferencias entre las filosofías hay una común confesión: la de que inconscientemente se guían por segundas intenciones morales, más claramente: por ideales del vulgo: — siendo, por tanto, el de la moral un problema más radical que el del conocimiento; 2. que es preciso invertir la visual para sacar a la luz el prejuicio inherente a la moral y a todos los ideales del vulgo: para lo cual son útiles todos los tipos de espíritus libres, vale decir, inmorales; 3. que el cristianismo, en cuanto un ideal plebeyo, con su moral redunda en detrimento de los tipos superiores, más fuertes, más viriles, y beneficia al hombre gregario: que prepara el terreno para la idiosincrasia democrática; 4. que la ciencia marcha del brazo del movimiento igualitario; — es democracia que todas las virtudes del erudito repudian el orden jerárquico; 5. que la Europa democrática simplemente da como resultado una sublime forma de esclavitud, la que necesita ser regida por una raza fuerte para soportarse a sí misma; 6. que una aristocracia solamente se origina bajo una presión rigurosa y prolongada (dominación mundial)».
3 Aunque Nietzsche ha abandonado su decisión de guardar silencio y acudir a estudiar ciencias a alguna prestigiosa Universidad como la de Viena o París, no por ello ha desistido de la proyectada magna obra sobre su saber secreto. Continúa trabajando en ella a la par que en sus otros textos — coleccionando aforismos, ordenándolos y reordenándolos, con la intención a largo plazo de publicar el compendio definitivo de su filosofía. En el verano de 1886, en Sils-Maria, Nietzsche bosqueja un plan de la obra en cuatro volúmenes, y al año siguiente, el 17 de marzo, en Niza, imagina el esquema que su hermana y demás primeros albaceas editoriales considerarán el idóneo para ordenar temáticamente sus papeles póstumos. Como es sabido, los actuales editores de la obra completa de Nietzsche, considerada hoy la edición crítica definitiva, Giorgio Colli y Mazzino Montinari, han desestimado este criterio por poco fiable si no abiertamente falseador, optando por la publicación de sus papeles póstumos en capas cronológicas —con lo que desaparece la pretendida «obra» de Nietzsche que llevaba por título La voluntad de poder. Sin embargo, y con esta reserva, merece la pena recordar ese proyecto que Nietzsche no pudo cumplir y que, como escribía a su hermana, el 2 de septiembre de 1886, «[...] para llevarlo a cabo me hace falta todo, salud, soledad, buen humor, quizá una mujer [...]». El esquema de Niza reza como sigue:
La voluntad de poder (Ensayo de una transmutación de
todos los valores).
La versión publicada póstumamente por la hermana se abre con las siguientes y célebres palabras: «Lo que yo cuento aquí es la historia de las próximas dos centurias. Describo lo que vendrá, lo que no puede menos que venir: el advenimiento del nihilismo. Esta historia puede ser contada ya ahora; pues opera en ella la necesidad misma. Este futuro habla ya a través de cien signos; este destino se anuncia por doquier; ya todos los oídos están aguzados, prontos, a captar esta música del porvenir. Desde hace mucho toda nuestra cultura europea, presa de una tensión angustiosa que aumenta de década en década, se encamina a una catástrofe — inquieta, violenta y precipitada; cual río que ansía desembocar en el mar, ya no reflexiona, tiene miedo de reflexionar».
4 También su siguiente obra, La genealogía de la moral, entronca directamente con su etapa de “espíritu libre”. Consta de tres disertaciones: «“Bien y mal”, “bueno y malo”», «la “culpa” (la “deuda”), la “mala conciencia” y cosas afines», y «¿Qué significan los ideales ascéticos?». En ellas, el filólogo y el moralista se dan la mano en una sola tarea, ejemplar metódicamente para la posteridad, y que ya había sido emblemáticamente caracterizada en el aforismo primero de Aurora. Decía allí: «Todas las cosas que duran largo tiempo se embeben progresivamente y hasta tal punto de razón que parece increíble que hayan tenido su origen en la sinrazón. ¿La historia exacta de una génesis no es casi siempre experimentada como paradójica y sacrílega? ¿El buen historiador qué hace en definitiva sino contradecir?». Aplicando ahora este principio de crítica a toda racionalidad retrospectiva —que hoy entendemos como el equivalente en el dominio de la comprensión histórica a la crítica del etnocentrismo en el campo de la antropología— Nietzsche lleva a cabo una tarea de reducción de nuestras representaciones morales a la lucha de fuerzas irracionales que les dieron origen, impugnando por tanto su presunta solvencia ideal y planteando de nuevo el problema de la índole de voluntad de poder que en ellas se oculta y actúa secretamente. Poniendo sucesivamente el problema del origen del cristianismo en el espíritu del resentimiento (Disertación Primera); buscando el nacimiento de la conciencia en el instinto de la crueldad (Disertación Segunda); o determinando el surgimiento del ideal ascético en una voluntad que prefiere querer la nada a no querer nada (Disertación Tercera), Nietzsche sienta aquí las bases de una vigorosa tipología moral. De los tres textos, sin duda es el segundo el más importante hasta el punto de ser frecuentemente considerado hoy como el gran tratado de antropología contemporánea. Y de nuevo, deberemos buscar sus orígenes en Aurora —concretamente en los aforismos 9 («Idea de la moral de las costumbres») y 26 («Los animales y la moral»). Sin duda, es éste el libro más limpio, logrado y penetrante de este último período.
5 Durante todo este período de intenso trabajo, su soledad y su pobreza siguen siendo extremas. Las quejas del abandono en el que le tienen sus amigos son constantes. Así, el 8 de julio de 1886, le escribe a su hermana: «¿Dónde están aquellos antiguos amigos, con los que, en un tiempo, tan unido me sentí? Ahora es como si perteneciéramos a mundos distintos y no hablásemos el mismo idioma. Como un extraño, como un expulsado deambulo entre ellos; ninguna palabra, ninguna mirada me alcanza ya. Enmudezco, porque nadie entiende mis palabras —¡ay, nunca me han entendido!— ni nadie lleva sobre el alma el mismo destino, el mismo peso. Es espantoso estar condenado al silencio, cuando tanto se tiene que decir». Y el 20 de abril de 1887 insiste al respecto: «En resumen, que la salud progresa: en cambio, la soledad íntima y la indiferencia de mis “amigos” con respecto a mí y a mis libros se hace cada vez mayor». Pero, aunque la salud mejore, e incluso se le acerquen algunos de los antiguos amigos con los que había interrumpido relaciones muchos años atrás, como Gersdorff o Deussen, la situación está cerca de ser insostenible. P. Deussen, que le visita en otoño de 1887, recuerda lo siguiente: «Al día siguiente me hizo entrar en su habitación, en su antro, como decía él. Era una simple habitación campesina, en una casa a tres minutos de la carretera. Nietzsche la había alquilado por una temporada, a un franco por día. La instalación era de lo más sumario. En una de las paredes, sus libros que yo conocía en la mayor parte desde hacía tiempo; una mesa rústica en la que había una taza de café, cáscaras de huevo, manuscritos, objetos de aseo, todo en el mayor desorden; un zapato con su horma, y una cama sin hacer. Todo indicaba un servicio negligente, y un huésped paciente y resignado». Sin embargo, por otro lado, y en parte gracias a la nueva difusión de sus obras y las críticas pudibundas que recibieron por parte de los sectores oficialistas alemanes, su popularidad crece por momentos. Cada día son más quienes se le acercan, le visitan o le escriben para testimoniarle su devoción — la mayor parte, excéntricos que son inmediatamente despedidos por Nietzsche. Aunque también habrá entre ellos espíritus nobles, como el profesor Georg Brandes, de la Universidad de Copenhague, quien en 1888 dictará allí una serie de conferencias sobre el «radicalismo aristocrático» de Nietzsche. O August Strindberg, con quien planea una traducción de sus obras al sueco. O Hippolite Taine, que se declara ferviente admirador suyo, y con quien mantiene un intenso intercambio epistolar. Pero Nietzsche parece oscilar en este punto entre la necesidad de soledad para su trabajo, y la búsqueda de la amistad para sobrevivir; entre el deseo de reconocimiento y el miedo a influir demasiado. En este sentido, son muchos los testimonios que tenemos sobre el modo como Nietzsche desaconsejaba sus obras a aquellos a quienes juzgaba poco preparados para su lectura, comenzando por su hermana — al tiempo que ocultaba su explosivo pensamiento con un comportamiento extremadamente cortés y solícito. Todo ello dará lugar a un proceder sumamente excéntrico en sus relaciones personales — y del que podría ser justo emblema la carta furibunda que, el 21 de mayo de 1887, le envía a su viejo amigo Rohde, y que a punto está de provocar entre ambos una ruptura definitiva y a todas luces desproporcionada: «No, mi viejo amigo Rohde, no permito a nadie que hable de Monsieur Taine con tal falta de respeto como tú lo haces en tu carta; y a ti menos que a nadie, porque va contra todas las reglas del decoro tratar así a alguien de quien tú sabes que yo tengo tan alta idea. Puedes hablar de mí mismo, si ello te causa placer, todas las necedades que te agrade, como tienes por costumbre; ello se halla en la natura rerum, y nunca me he quejado de ello ni esperado otra cosa...».
6 El último texto que concluirá antes de su partida de Sils-Maria y su descubrimiento de Turín, a fines del verano de 1888, lleva por título El crepúsculo de los ídolos y de él, el propio Nietzsche destaca «su gracia y malignidad» (en carta a Deussen, el 14 de septiembre), escribiendo a propósito, en Ecce homo, lo siguiente: «No existe ninguna realidad, ninguna “idealidad” que no sea tocada en este escrito (— tocada: ¡qué eufemismo más circunspecto!...). No sólo los ídolos eternos, también los más recientes, en consecuencia los más seniles. Las “ideas modernas”, por ejemplo. Un gran viento sopla entre los árboles, y por todas partes caen al suelo frutos — verdades. Hay en ello el derroche propio de un otoño demasiado rico: se tropieza con verdades, incluso se aplasta alguna de ellas con los pies, — hay demasiadas... Pero lo que se acaba por coger en las manos no es ya nada problemático, son decisiones. Yo soy el primero en tener en mis manos el metro para medir “verdades”, yo soy el primero que puedo decidir. Como si en mí hubiera surgido una segunda conciencia, como si en mí “la voluntad” hubiera encendido una luz sobre la pendiente por la que ahora se descendía... La pendiente, se la llamaba el camino hacia la “verdad”...». Y efectivamente, este texto lleva por subtítulo Cómo se filosofa a martillazos — y de ello se trata precisamente, de derribar los «ídolos» eternos en los que se asienta la blandura acomodaticia de la modernidad: la moral, la verdad, la razón... Al mismo tiempo, en su título resonarán poderosamente las notas mayores de ese Espíritu Alemán con quien Nietzsche no dejó de tratar de entroncar, para revitalizarlo: el «crepúsculo» wagneriano, los «ídolos» tan denostados por Lutero... De entre los diversos alegatos y pequeñas colecciones de aforismos de los que consta el texto, una página merece ser destacada — la que lleva por título De cómo el «mundo verdadero» se convirtió en fábula, y por subtítulo Historia de un error. Allí, en seis breves pasos, Nietzsche «deduce» su filosofía como consecuencia natural y superación de la deriva del pensamiento a lo largo de la historia. Esta historia estará constituida por aquellos pensadores o movimientos que, desde siempre, fueron los referentes filosóficos del quehacer nietzscheano: Platón, el cristianismo, Kant, el positivismo, el nihilismo — para llegar finalmente a Zaratustra: «Hemos suprimido el mundo verdadero —dice entonces— ¿qué mundo ha quedado? ¿Acaso el de la apariencia? ¡En absoluto! Al suprimir el mundo verdadero, hemos suprimido el mundo de la apariencia (Mediodía; instante de la sombra más corta; fin del más largo error; momento culminante de la humanidad. INCIPIT ZARATUSTRA)».
7 El 2 de abril de 1888 Nietzsche se traslada a Turín, movido por sus tropismos de siempre y siguiendo una recomendación de Peter Gast. La ciudad le entusiasmará hasta el punto de que, desde allí, le escribe a su amigo: «¡Qué ciudad tan digna y tan grave! Nada de gran ciudad, nada de ciudad moderna, como yo me había temido, sino una residencia del siglo XVII, que no tenía en todo más que un gusto ordenador, la corte y noblesse. En todas partes se ha mantenido la paz aristocrática; no hay suburbios mezquinos, sino una unidad de gusto que llega hasta el color, pues toda la ciudad es amarilla o pardo rojiza. ¡Y para los ojos como para los pies, un lugar clásico! ¡Qué seguridad, qué pavimento, para no hablar de los ómnibus y de los tranvías, cuya organización aquí ha llegado a lo maravilloso! Se vive, al parecer, más barato que en las otras grandes ciudades de Italia que conozco, y todavía no me ha engañado nadie. Se me tiene por ufficiale tedesco, mientras que en Niza, este invierno, figuraba en el registro de extranjeros como polonais. ¡Qué plazas tan graves y solemnes! Y el estilo de los palacios sin pretensiones, las calles limpias y graves, y todo mucho más digno de lo que había esperado. Los más hermosos cafés que he visto. Estos soportales son algo necesario dado lo cambiante del clima, pero son amplios y no oprimen. Por la noche, en el puente del Po: ¡maravilloso! ¡Más allá del bien y del mal!». Por aquellos días el clima le resultará sin embargo altamente desapacible, por lo que poco después regresará a Sils-Maria — lugar que no abandonará hasta que no concluya El crepúsculo de los ídolos. Entonces, regresará de modo ya definitivo a Turín, donde terminarán los últimos meses de su vida lúcida. Sobre ellos escribe en Ecce homo: «Hasta el 20 de septiembre no dejé Sils-Maria, retenido por unas inundaciones, siendo al final el único huésped de ese lugar maravilloso, al que mi agradecimiento quiere otorgar el regalo de un nombre inmortal. Tras un viaje lleno de incidencias, en que incluso mi vida corrió peligro en el inundado Como, a donde no arribé hasta muy entrada la noche, llegué en la tarde del día 21 a Turín, mi lugar probado, mi residencia a partir de entonces. Tomé de nuevo la misma habitación que había ocupado durante la primavera, vía Carlo Alberto 6, III, frente al imponente palazzo Carignano, en el que nació Vittorio Emanuele, con vistas a la piazza Carlo Alberto y, por encima de ella, a las colinas. Sin titubear y sin dejarme distraer un sólo instante, me lancé de nuevo al trabajo: quedaba por concluir tan sólo el último cuarto de la obra. El 30 de septiembre, gran victoria, conclusión de la Transvaloración; ociosidad de un dios por las orillas del Po. Todavía ese mismo día escribí el prólogo de Crepúsculo de los ídolos, la corrección de cuyas galeradas había constituido mi recreación en septiembre. — No he vivido jamás un otoño semejante, ni tampoco he considerado nunca que algo así fuera posible en la tierra, — un Claude Lorrain pensado hasta el infinito, cada día de una perfección idéntica e irrefrenable». Turín será así para Nietzsche la ciudad de la euforia, su ciudad soñada —en la que trabaja con una facilidad que le parece pasmosa, pasea entusiasmado saludando a los viandantes, y comienza a dar muestras de un comportamiento más que excéntrico—. Fueron sus últimos días, transfigurados y plenos — porque allí será también donde, pocos meses después, se derrumbe abatido por la demencia.
8 El texto sobre la transvaloración al que se ha aludido antes no es otro que el que conocemos como El Anticristo, para cuyo subtítulo pensó Nietzsche en alguna ocasión en el de Transvaloración de todos los valores aunque finalmente optara por el de Anatema contra el cristianismo. Con él, la tendencia al panfleto, que se había manifestado progresivamente en este período, alcanza su cenit — al tiempo que lo que se conoce como «euforia turinesa» se muestra en todo momento. Aparentemente, se trata de una impugnación del cristianismo directa y sin excesivos matices — que incluso en algún momento parece no alcanzar el nivel habitual en la trabajada prosa filosófica de Nietzsche. Sin embargo, el libro oculta, cuanto menos, un enigma. A partir del 20 de noviembre de 1888, Nietzsche se desinteresará de su proyectada obra sobre la Voluntad de Poder, y deja entonces de considerar a El Anticristo como la primera parte de su tarea de transvaloración para pasar a afirmar que, con dicho libro, ésta está ya cumplida. Giorgio Colli reflexiona este curioso desplazamiento del siguiente modo: «¿Por qué, poco después de haber escrito El Anticristo, Nietzsche considera que ha cumplido ya la muy anhelada “transvaloración de todos los valores”? Quizá porque en este breve momento —antes de que la desatinada voluntad de realizar lo inactual le llevase al delirio de la locura— le parece verdaderamente haber encontrado la expresión decisiva, cuyo impacto sobre las conciencias somnolientas pudiese desencadenar el gran incendio, traducir a la realidad concreta el pensamiento del más solitario. No se equivocaba del todo, porque la agitación provocada por este libro se propaga todavía hasta hoy. Y la astucia tal vez inconsciente de Nietzsche para actualizar lo inactual consistía en esto: concentrar toda maldición sobre el nombre del cristianismo, atrayendo de este modo sobre ese organismo decrépito el odio de todos aquéllos que sólo esperaban ser alentados. Pero aquéllos que tenían o tienen que lamentarse con respecto al cristianismo son muchísimos, mientras que el prefacio de El Anticristo dice: “este libro concuerda con poquísimos”. La astucia consiste por lo tanto en excitar a los muchísimos con un libro destinado a poquísimos, o, en otras palabras, en proponer como objetivo destruir el cristianismo, objetivo estrechamente ligado según Nietzsche a muchos otros, con respecto a los cuales los seducidos por el verbo anticristiano no se sienten para nada en oposición. Cristianismo involucra así moral, metafísica, justicia, igualdad de los hombres, democracia, resume en sí los valores del mundo moderno. La destrucción del cristianismo, por esa razón, es verdaderamente según Nietzsche una transvaloración “de todos” los valores». De que esto es así, de que la confianza que Nietzsche tiene en los efectos de este texto es extrema, hablan bien claro las palabras que le escribe a Overbeck cuando lo concluye, el 18 de octubre de 1888: «Todo se me hace fácil, todo se me logra, a pesar de que será difícil que nadie haya tenido entre las manos cosas tan grandes. Que el primer libro de la “Transmutación de todos los valores” está terminado, listo para la imprenta, te lo comuniqué ya, con un sentimiento para el que no tengo palabras. Serán cuatro libros, y aparecerán separados. Esta vez, como antiguo artillero, hago avanzar mi cañón de gran calibre; mucho me temo que con mis disparos voy a partir en dos mitades la historia de la humanidad...».
9 La idea de la transvaloración de todos los valores operará modificando seriamente buena parte de sus sueños y preocupaciones habituales. Uno de sus resultados más claros es su noción de gran política, y de la necesidad de un complot para intervenir en ella y cambiar así el curso de la historia — idea en la que desembocarán desde sus preocupaciones juveniles por la transmisión y preservación de la cultura y el papel del maestro (el genio) en ello, hasta su sueño de una comunidad monástica de pensadores íntimamente cómplices. Las anteriores afirmaciones sobre su necesidad de «seres afines» o su modo de reclamar el «momento de la decisión», son ya claros indicios de esa voluntad de complot — cuyas manifestaciones mayores se abrirían en dos direcciones: una, la de la lucha contra la religión (con El Anticristo); y otra, la de la lucha contra la política (cuyo manifiesto sería un texto, Promemoria, del que apenas conservamos algún apunte). Sin duda, a la formación de esta noción de complot contribuirá decisivamente la cierta popularidad de la que el solitario de Sils-Maria ha comenzado a gozar —y que, aunque cierta, Nietzsche exagera notablemente. Así, por ejemplo, cuando el 21 de diciembre le escribe a su madre: «En el fondo, tu hijo es ahora una persona enormemente célebre: no precisamente en Alemania, pues los alemanes son demasiado estúpidos y viles para la altura de mi pensamiento, y se han puesto siempre en ridículo a mi respecto, pero sí en las demás partes. Cuento entre mis admiradores toda una serie de naturalezas selectas, toda una serie de personas elevadas e influyentes, en San Petersburgo, en París, en Estocolmo, en Viena, en Nueva York. ¡Si tú supieras con qué palabras me expresan su devoción los primeros personajes, incluso las mujeres más encantadoras, sin excluir a una princesa Tenicheff! Tengo verdaderos genios entre mis admiradores, y no hay nombre que sea tratado con tanta distinción y reverencia como el mío». Esta noción del necesario complot será cada vez más dominante en el pensamiento de Nietzsche, y ha sido señalada repetidamente como uno de los temas que conducen su delirio final. Apoyaría esta hipótesis, la explosión terminal de su identidad en una multiplicidad de encarnaciones en todos los nombres de la historia, tal como se evidencia en sus billetes de locura o en algunas partes del Ecce homo — libro que formaría parte principal de este complot, ya que Nietzsche proyectaba enviarle un ejemplar a Bismarck y otro al joven emperador Guillermo II, junto con «una carta conteniendo una declaración de guerra», según le escribe a Strindberg, en carta del 7 de diciembre.
10 Que sus dos escritos contra Wagner, El caso Wagner y Nietzsche contra Wagner, se insertan por entero bajo esa intención del complot antigermánico y la agitación político-cultural es plenamente evidente. Así, sobre el primero de ellos, le escribe a Deussen, el 14 de septiembre: «En este mes recibirás un envío, un pequeño escrito polémico de carácter estético, en el cual, por vez primera, saco a la luz de la manera más radical el problema psicológico de Wagner. Es una declaración de guerra sin cuartel a todo este movimiento; a fin de cuentas, soy yo el único que tiene amplitud y profundidad bastante para no perder aquí la seguridad». Y, unos días más tarde, caracteriza su escrito a J. Burckhardt en estos términos: «[...] un pequeño trabajo estético, que, si bien pensado como solaz en medio de la gravedad de mi cometido, tiene, sin embargo, su seriedad. Usted no se dejará engañar acerca de ello por el tono ligero e irónico. Quizá tengo yo derecho a hablar una vez claramente de ese “caso Wagner”, quizá también la obligación. El movimiento se encuentra ahora en su cenit. Tres cuartas partes de todos los músicos están total o medio convencidos; desde San Petersburgo hasta París, Bolonia y Montevideo viven los teatros de este arte, y recientemente ha designado el joven emperador alemán el movimiento como una cuestión nacional poniéndose a su frente. Motivos suficientes para que me sea permitido salir a la palestra. Confieso que dado el carácter europeo-internacional del problema, el trabajo no debería estar escrito en alemán, sino en francés. Hasta un cierto grado, está escrito en francés, y en todo caso, sería más fácil traducirlo al francés que al alemán». El éxito que tienen los libros en los medios cultos europeos, la polémica que levantan, hacen que Nietzsche piense seriamente en la posibilidad de recuperar para sí la herencia wagneriana — y hacerse así con aquellas «personas en las cuales tiene sentido influir en Alemania» y que, según él (en carta a Gast, febrero de 1883), Wagner le había quitado. Añádase a lo anterior dos beneficios secundarios no menores que le reportarán estos textos. En primer lugar, son también una suerte de mensaje para Cosima-Ariadna, con el que da plena fe de su existencia. Y además, le permitirán tomarse la revancha por la antigua «ofensa mortal» que Wagner le inflingiera. El 2 de abril de 1883, le había escrito a Peter Gast sobre ello, en estos términos: «Wagner es rico en ideas malignas; pero qué dirías si supieras que ha intercambiado cartas (incluso con mis médicos) para expresar su convicción de que el cambio de mi manera de pensar era consecuencia de excesos contra natura, con alusión a la pederastia». Y es cierto que tales cartas existieron — especialmente con el Dr. Otto Eiser, miembro fundador de la Asociación wagneriana de Frankfurt, y de quien lo menos que puede decirse es que fue incomprensiblemente indiscreto. Pero la insinuación era muy otra, y Nietzsche debía saberlo: lo que se interrogaba no era su nueva manera de pensar sino el origen de sus dolencias físicas, en especial sus dolores de cabeza y ojos, y la causa que se barajaba no debía buscarse del lado de una inclinación a la pederastia, sino en un supuesto onanismo inveterado. Así, Wagner, en 1887, le escribe al médico sus conclusiones de este modo: «En lo relativo a la apreciación del estado de salud de Nietzsche, guardo desde hace tiempo el recuerdo de experiencias iguales o muy parecidas que he tenido de hombres jóvenes dotados de gran talento espiritual. Los he visto arruinarse con síntomas semejantes, y supe con certeza que se trataba de las consecuencias del onanismo. Desde que, guiado por estas experiencias, he observado a Nietzsche con más detalle, por todos los rasgos de su temperamento y sus hábitos característicos mi sospecha se ha transformado en convicción». Sin embargo, todo ello no debe hacernos olvidar que Nietzsche, a pesar de su voluntad panfletaria, no puede dejar de ser quien es — por ello, en estos textos, encontraremos también, aquí y allá y como a pesar suyo, una reflexión penetrante y cargada de sugerencias sobre la esencia del fenómeno musical.
11 A partir de diciembre de 1888, Nietzsche comienza a escribir lo que se conocerá como «billetes de locura», a amigos y conocidos. Su sabida afición a firmar sus cartas con un alias, explotará ahora en un carnaval de identificaciones imaginarias — entre las que destacan por su insistencia las de Dioniso y el Crucificado. Además, su convicción de la necesidad de un complot político-religioso que impusiera un golpe de timón al futuro de la cultura europea se convierte ahora en una parodia delirante, propia de algún bufón de la eternidad. Así, le escribe a Overbeck, el 28 de diciembre: «Por mi parte, trabajo ahora en un memorándum para todas las cortes europeas, con el fin de formar una liga antialemana. Quiero aprisionar al “Reich” en un corselete de hierro y provocarlo a una guerra desesperada. No tendré las manos libres hasta que no tenga en mi poder al joven emperador y a todos los que le rodean». El tono será análogo en la mayor parte de los billetes, al que debe añadírsele su euforia creciente, su amor fati que ya cabalga desbocado. A Peter Gast le escribe el 4 de enero: «Maestro Pietro, cántame una canción. El mundo se ha transfigurado y todos los cielos se alegran». Y a Cosima Wagner, simplemente: «Ariadna, te quiero». Y firma: Dioniso. Y a J. Burckhardt, el 5 de enero, le escribe una carta que comienza con estas palabras: «Querido señor Profesor, a fin de cuentas preferiría ser profesor en Basilea que ser Dios, pero no me he atrevido a llevar mi egoísmo personal tan lejos como para desatender por su causa la creación del mundo...». En ella, entre otras cosas, afirmará: «No tome demasiado gravemente el caso Prado. Yo soy Prado, soy el padre de Prado, me atrevo a decir que también soy Lesseps...: Quería decir a mis parisinos que me gusta una nueva noción — la de un criminal honesto. Soy Chambige — otro criminal honesto». La carta concluye con la siguiente postdata: «Me paseo por todas partes vestido de estudiante, de vez en cuando golpeo en el hombro de alguno y le digo: siamo contenti? son dio, ho fatto questa caricatura... Mañana vendrá mi hijo Umberto y la deliciosa Margarita, pero los recibiré igualmente en mangas de camisa. Lo demás para la señora Cosima... Ariadna... de vez en cuando hago un poco de magia...». Cuando Jacob Burckhardt recibe esta carta comprende al punto la gravedad de la situación y, alarmado, acude a Overbeck, quien, amigo fiel una vez más, parte inmediatamente, llegando a Turín el 8 de enero.
12 Sin duda, el texto más afín a estos billetes es Ecce homo, su última obra — y como ejemplo de ello, basta recordar las palabras con las que se abre: «Como preveo que dentro de poco tendré que dirigirme a la humanidad presentándole la más grave exigencia que jamás se le haya hecho, me parece indispensable decir quién soy yo». O el título mismo de sus capítulos iniciales («Por qué soy tan sabio», «Por qué soy tan inteligente», «Por qué escribo tan buenos libros») y el final («Por qué soy un destino»). Entre ambos extremos, Nietzsche trazará un recorrido a través de toda su obra, dedicando unas pocas páginas a cada uno de sus libros — páginas que, a despecho de su tono extravagante, son fruto de un ejercicio severo de profundización y autognosis, que desplazará profundamente las claves interpretativas de su recepción. En este sentido, el 22 de diciembre, le escribe a Peter Gast: «Desde hace cuatro semanas entiendo mis propios libros, más aún, los aprecio. Con toda seriedad; hasta ahora no había sabido lo que significaban. Mentiría si dijera que, salvo el Zaratustra, me habían causado gran impresión. Es como la madre con su hijo: le quiere quizá, pero con una completa estupidez acerca de lo que verdaderamente es. Ahora tengo la convicción de que todo está logrado, desde un principio; que todo es una cosa, y que todo quiere una cosa. Ayer leí El nacimiento de la tragedia: algo indescriptible, profundo, delicado, feliz...». Sin embargo, la pregunta sobre si Ecce homo es una obra «de locura» es imposible de responder. Lo que sí puede asegurarse es que Nietzsche era plenamente consciente de la acción que estaba llevando a cabo — que, con su publicación, quemaba la última de sus naves, su trayectoria como escritor y pensador, y por tanto todo lo que le había sostenido a lo largo de su vida comprometido con la lucidez. Así, le escribe a Peter Gast, el 30 de octubre: «El día de mi cumpleaños he comenzado otra cosa que parece lograrse y que se halla ya bastante avanzada. Se titula Ecce homo, o cómo se llega a ser lo que se es. Se trata, con gran audacia, de mí y de mis libros. Con este escrito no sólo he querido presentarme antes del gran acto solitario de la “Transvaloración”, sino que quiero también probar lo que puedo arriesgarme a hacer con el concepto alemán de la libertad de prensa». Y nuevamente, el 16 de diciembre, al comunicarle la publicación de Nietzsche contra Wagner, comenta: «No veo tampoco por qué debo acelerar en exceso la trágica catástrofe de mi vida que comienza con Ecce homo...». ¿Cuál pensaba Nietzsche que era esa trágica catástrofe, ese gran acto solitario de la Transvaloración? La única respuesta a ello que tenemos se pierde en el mutismo terminal de su locura. O se oculta, como un enigma, en las últimas palabras de Ecce homo: «¿Se me ha comprendido? Dioniso contra el Crucificado».
13 La escena final de su derrumbamiento es bien conocida. El 5 de enero, en la Piazza Carlo Alberto de Turín, Nietzsche ve como un cochero castiga a su caballo — transido de piedad, se abraza al cuello del animal y se desploma llorando. Overbeck le encontrará en este estado cuando llegue, tres días más tarde — en un delirio en el que la euforia corre pareja con la más extrema depresión. Sólo gracias a la decidida protección de su patrono, Davide Fino, Nietzsche evitará ser internado en un manicomio italiano. Inmediatamente, Overbeck regresará con Nietzsche a Basilea donde es ingresado en una clínica para enfermedades nerviosas, diagnosticándosele «parálisis progresiva». A partir de ese momento, Nietzsche ya no recobrará plenamente su lucidez: su impresionante aventura intelectual ha concluido. A partir de ahora, va a comenzar otra historia que no merece ser relatada aquí — la historia del «nietzscheanismo», de sus consecuencias, de su malentendido... Es la posteridad del nietzscheanismo lo que aquí se inicia: la tortuosa historia de la publicación manipulada de sus escritos póstumos; de la gestión de su obra por el Nietzsche-archiv, fundado en 1894 por su hermana, responsable también del acercamiento de su doctrina con el nazismo; de los oscuros prestigios de su locura. Se trata de una historia hecha de penuria económica y otras muchas miserias: de la rapacidad de muchos —editores, amigos de ocasión y familiares— ante la tutela de sus derechos de autor; de intentos de apropiarse de su fama creciente y ponerla al servicio de los intereses espurios del pangermanismo, el antisemitismo o el nazismo. De mil voracidades clínicas, también, intentando reducir la obra excesiva de Nietzsche a su verdad patológica, fuera ésta la sífilis o la miopía — comienzo del carnaval de patografías que, en adelante, no dejarán de sucederse... Y tan sólo una luz en medio de tantas oscuridades, sólo una nota de nobleza: la abnegación de unos pocos de sus amigos que, contra viento y marea, le sostuvieron económica y moralmente hasta el fin. Y lo hicieron así, a pesar de las dificultades puestas por familiares y arribistas — a pesar incluso de su propia perplejidad ante el caso Nietzsche. El mismo Peter Gast escribe al respecto: «He de dejar aquí sin zanjar la cuestión de cuál sería el placer que se le causaría a Nietzsche volviéndole a despertar a la vida. Creo que, aproximadamente, nos estaría tan agradecido como uno que salta a la corriente para matarse y es sacado a continuación vivo por un necio asno salvador. ¡He encontrado a Nietzsche en situaciones en las que —horrible—, me parecía como si fingiera la locura, como si estuviera contento de que todo hubiera terminado así! La filosofía de Dioniso sólo podía escribirla muy probablemente estando loco; pero todavía no está escrita, aunque él cree haberla apuntado ya». Overbeck se expresará a su vez en un sentido análogo: «No puedo sustraerme del todo al pensamiento de que la enfermedad de Nietzsche sea simulada: una impresión que deriva de mi larga experiencia de su costumbre de endosarse muchas máscaras diversas». Hoy sabemos incluso que el episodio del caballo en Turín guarda un escalofriante parecido con una escena (cap. 5, parte I) de Crimen y castigo de Dostoyevski - autor de quien Nietzsche era por entonces asiduo lector. ¿Es legítimo concluir de todo ello una sospecha razonable acerca de su derrumbamiento final? Nada puede decirse con certeza. En cualquier caso, Nietzsche, ajeno por completo a la gloria que su obra está ya alcanzando día a día, vivirá, sumido en el mutismo, aún once años. Finalmente, hacia el mediodía del 25 de agosto de 1900, Nietzsche muere. Y según cuentan quienes lo vieron, su última mirada fue «solemne e interrogadora». Barcelona, otoño de 1990 |
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