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Lucía Piossek Prebisch
PENSAR, SUJETO, LENGUAJE, METAFÍSICA EN UN PÓSTUMO DEL AÑO ‘85’

De Nietzsche actual e inactual. Actas de las Jornadas Nacionales Nietzsche 1994, Oficina de publicaciones del Ciclo básico común, Universidad de Buenos Aires.

 

I

Cuando el Instituto Goethe de Bs. Aires me invitó para conmemorar los 75 años de la muerte de Nietzsche, se me sugirió tomar como tema su concepto de filosofía .

Inútilmente me esforcé, durante un tiempo, por llegar a una noción unitaria y clara, posible de exponer en el término de una conferencia. Al final opté por declarar que hallaba en Nietzsche al menos tres nociones de filosofía y que las mencionaba a las tres, renunciando a apretarlas con violencia en un solo concepto,

Tales nociones eran: la filosofía como diagnóstico de la época, visión que sobrevuela la historia presente; la filosofía como actividad desenmascaradora de ficciones en que ha consistido la metafísica occidental; la filosofía como preparación para la vida y como esfuerzo por devolver su valor al mundo sensible. A cada una de tales nociones acompañé de una imagen de filósofo, extraída cada una de los mismos textos nietzscheanos: a la primera noción la ilustré con la imagen del “filósofo pájaro” a que se hace mención en un fragmento póstumo que los primeros editores colocaron en el Prólogo a la Voluntad de poder:

 

El que aquí os dirige la palabra no ha hecho hasta ahora otra cosa que reflexionar: como un filósofo y solitario por instinto, que encuentra su provecho en apartarse, en alejarse, en el aplazamiento y en el retraso; corno un espíritu temerario y tentador, que ya se ha extraviado una vez en cada laberinto del futuro; como un espíritu de pájaro profeta que mira hacia atrás cuando relata lo que ha de venir [...]

 

A la segunda noción, a la filosofía como desenmascaradora de ficciones, me pareció que te venía muy bien la imagen del “filósofo topo”, que en evidente aunque casi inadvertida inversión de la caverna platónica de La república­ aparece en el Prólogo tardío de Aurora:

 

1. En este libro uno ve en acción a un ‘ser subterráneo’, a alguien que taladra, cava, socava. Si uno tiene ojos para ese trabajo en las profundidades, ve cómo él avanza lentamente, con circunspección, y con una dulce inflexibilidad, sin que se noten demasiado las miserias que trae aparejadas una larga privación de luz y aire [...] Por cierto que volveré: no le preguntáis qué quiere allí abajo [...] Uno olvida totalmente el callar cuando, como él, se ha estado totalmente solo y se ha sido un topo [...]. 2. En efecto, mis pacientes amigos, quiero deciros aquí, en este Prefacio tardío, lo que me propuse allá abajo [...] No creáis que pretendo embarcaros en el mismo riesgo! Ni siquiera en la misma soledad! Pues el que transita por estos singulares caminos no encuentra a nadie [...] Nadie viene en su ayuda [...] ni siquiera sus propios amigos pueden descubrir dónde está, hacia dónde va [...] Entonces emprendí algo que no debería ser cosa de todo el mundo: bajé a las profundidades, hice un agujero en el fondo, comencé a examinar y minar una antigua confianza (Vertrauen) sobre la cual nosotros, filósofos, debimos construir desde hace un par de milenios como sobre el fundamento más seguro, aun cuando todos los edificios se hayan desplomado hasta ahora [...]

 

Y a la tercera noción, a la filosofía concebida como esfuerzo por devolver el valor al mundo sensible y preparar para la vida en un tal mundo, me permití ilustrarla con la imagen del “filósofo artista”, porque el artista es el tipo humano que a lo largo de la historia ha amado las cosas de este mundo y ha propiciado una espiritualización y un despliegue cada vez más rico de los sentidos. Para esto me he basado en un póstumo del verano de 1885 que dice así :

 

En lo fundamental doy más razón a los artistas que a todos los filósofos que han existido hasta ahora: los artistas no han perdido la pista en que transcurre la vida, han amado las cosas de ‘este mundo’, han amado los sentidos. Tratar de desvalorizar los sentidos me parece una incomprensión o una enfermedad o un tratamiento curativo, cuando no una hipocresía o un autoengaño. Yo deseo para mí mismo, y para todos los que viven, o deberían vivir, sin las angustias de una conciencia puritana, una espiritualización y un despliegue cada vez más rico de sus sentidos. Queremos agradecer a los sentidos por su finura, su plenitud (Fulle), su fuerza, y les ofrecemos, en cambio, lo mejor que tenemos de espíritu. Qué nos importan las calumnias sacerdotales y metafísicas de los sentidos! Ya no necesitamos más esta calumnia. Señal de que un hombre está bien constituido es que, como Goethe, se apegue con un gozo y una cordialidad cada vez mayores, a las ‘cosas de este mundo’... [i]

 

 

II

En esta oportunidad quiero circunscribirme a un aspecto del “filósofo topo”, en su labor de crítica a la metafísica de Occidente, y de desmitificación de una “antigua confianza” sobre la cual los filósofos construyeron como sobre el más firme de los cimientos. He elegido un aforismo póstumo, al que sólo se tuvo acceso en su integridad gracias a la edición Colli-Montinari. Pertenece a los últimos años de la actividad filosófica de Nietzsche, al año 1885, y le atribuyo una fundamental importancia: procede de una época en que Nietzsche se ocupa de modo obsesivo de Descartes y su descubrimiento del punto arquimédico del pensar, que resultó ser el punto arquimédico de la modernidad, hoy tan vapuleada. Nietzsche parece advertir que en ese punto se halla el corazón mismo de la modernidad.

 

Pienso que en ese aforismo se concentra lo esencial de la crítica del “filósofo topo”, del desenmascarador de ficciones, al vincular, de modo necesario, metafísica, sujeto, pensar-razón y lenguaje. Además, su temática está de rigurosa “moda”: correcta o incorrectamente entendida, figura frecuentemente como uno de los goznes sobre los que gira el debate en tomo a la modernidad­-posmodernidad. La bibliografía sobre este punto se ha vuelto muy extensa en los últimos años, como puede verse, por ej., en los Nietzsche Studien, y en la labor exegética más reciente en Francia e Italia. Aquí me propongo, no obstante, ceñirme a los textos nietzscheanos, especialmente póstumos de la década del 1880, y dentro de ésta, del año '85, cuando es más intensa la confrontación del autor con Descartes.

Tal texto póstumo que me servirá de guía es el aforismo que figura en la edición Colli-Montinari como VII 3, 35 [35]:

 

Lo que más fundamentalmente me separa de los metafísicos es esto: no les concedo que sea el yo el que piensa. Tomo más bien al mismo yo como una construcción del pensar, construcción del mismo tipo que ‘materia’, ‘cosa’, ‘sustancia’, ‘individuo’, ‘número’, por tanto sólo como ficción reguladora gracias a la cual se introduce y se imagina una especie de constancia, y por tanto de ‘cognoscibilidad,’ en un mundo del devenir. La creencia en la gramática, en el sujeto lingüístico, en el objeto, en los verbos, ha mantenido hasta ahora a los metafísicos bajo el yugo: yo enseño que es preciso renunciar a esta creencia. El pensar es el que pone el yo, pero hasta el presente se creía, como el ‘pueblo’, que en el ‘yo pienso’ hay algo de inmediatamente conocido, y que este yo es la causa del pensar, según cuya analogía nosotros comprendemos todas las otras relaciones de causalidad. El hecho de que ahora esta ficción sea habitual e indispensable, no prueba en modo alguno que no sea algo imaginado; algo puede ser condición para la vida y sin embargo falso.[ii]

 

Es difícil encontrar otro texto breve en que se reúnan de tal manera los elementos centrales de la actitud de Nietzsche ante la metafísica y ante un concepto central de la modernidad.

Y ya que el mismo autor nos incita a una lectura “microscópica” y lenta me permito aquí proponer una análisis del texto, desmembrándolo en diferentes períodos:

 

1. Lo que más fundamentalmente me separa de los metafísicos.

 

Nietzsche expresa de modo rotundo e inequívoco su separación de los  metafísicos. Este tono reemplaza al de la mera suposición propuesta como     experimento intelectual en Humano, demasiado humano, 21. Los metafísi­cos aludidos son los filósofos de Occidente, que construyen su “edificio de conceptos”, y que, sin percatarse claramente de ello tratan de explicitar racionalmente y argumentativarnente una Weltanschauung. Aquí, como en el mencionado af. 21, se alude a ambas extensiones de la palabra metafísica: como disciplina racional de “filósofos” y como “metafísica del pueblo”, como difusa pero poderosa concepción del mundo que sostuvo a Occidente. No obstante su diferencia, en ambos casos metafísica implica una actitud de desconocer la variedad y el cambio, de atribuir a lo valioso un origen trascendente, con la consecuente desvaloración del presente sensible, etc. Nietzsche, enfrenta como un todo a la metafísica tanto en el extenso tiempo que se abre desde Platón como en el período más restringido que se origina en Descartes.

¡Cuáles son los motivos que el filósofo topo tiene para separarse de los metafísicos? Sabemos que son muy variados y proclamados ya desde el mismo Origen de la tragedia, por más que ésta diga presentarse como una versión de la metafísica, corno una “metafísica” de artista.

Pero entre esos varios motivos hay uno fundamental, el que está en la base misma de la discrepancia, con relación al cual todos los demás resultarían ser subsidiarios:

 

2. ...nos les concedo que sea el yo el que piensa.

 

A nosotros, a fines del s. XX. no nos toma mayormente de sorpresa esta causa de separación. Marx, y sobre todo Freud, nos vinieron acostumbrando a desplazar el yo, en cuanto autoconciencia, del puesto de la iniciativa libre de actuar y pensar. Diferentes ciencias sociales nos han acostumbrado posteriormente a reconocer los condicionamientos que actúan sobre la aparentemente libre actividad de la conciencia. Pero cuando Nietzsche lo escribió, este texto tiene que haber sido francamente “inactual”. La afirmación significa nada menos que invertir la relación espontáneamente y normalmente establecida entre el yo y el pensar, el desplazar al yo de su puesto de “sujeto” en el sentido fuerte de la palabra, como Grund del pensar. Significaba -y sigue significando- romper la unidad de yo y de sujeto que se afianza y domina a lo largo de la Edad Moderna.

 

3. Tomo más bien al yo como una construcción del pensar, del mismo tipo que ‘materia’ ‘cosa’ ‘sustancia’ ‘individuo’ ‘objetivo’ ‘numero’.

 

Ahora se especifica el modo de la inversión de dicha relación. La relación entre yo y pensar es la que existe entre algo construido y su constructor, o, mejo dicho entre algo construido y un poder de construir.

La pregunta que surge de inmediato es : ¿qué es el pensar?, ¿en qué consiste su poder de construir?

 

“Pensar” en el estado primitivo [pre-orgánico] es imponer-formas, como en el caso del cristal. En nuestro pensar lo esencial es el ordenamiento del nuevo material en los viejos esquemas [=Lecho de Procusto], el hacer igual lo nuevo.[iii]

 

Ya este aforismo, tomado entre innumerables que hacen referencia al pensar, y al que citamos aquí por parecernos su forma más genérica y abarcadora de otras más específicas, nos hace ver que el pensar, en su raíz es un modo que una actividad “constructora”, ya visible en lo preorgánico, adquiere en el hombre. Va perfilándose así la inversión en cuanto a la concepción de qué es el pensar. Ya no es visto en relación connatural con una dimensión inteligible; pasa a ser un, poder de construcción de entidades como materia, cosa, sustancia, individuo, número ‑además del yo- es decir entidades que han figurado en primerísimo rango metafísico. ¿Cuál es el común denominador de tales entidades? Precisamente su carácter de entidades: designar algo uno y estable.

 

4. por tanto, como una ficción reguladora, gracias a la cual se introduce y se imagina (?) una especie de constancia, por tanto de ‘cognoscibilidad’, en un mundo del devenir.

 

Se va aclarando más el carácter de la tal construcción del pensar. Tal construcción es una ficción, y en cuanto tal no le corresponde una realidad. Pero no es una ficción cualquiera, como podría ser algo fingido de mero carácter estético, como producto de una actividad metaforizadora. que se ha liberado de la necesidad de dar seguridad a su amo. Es una ficción que regula, regla, pone orden, que desconoce su carácter de ficción; es una ficción con cuya ayuda se introduce una cierta constancia en un mundo en devenir. Sabemos que Nietzsche nos dice que éste es el único, existente. No lo podemos conocer en cuanto tal, pero si atendemos de modo extraordinario a nuestra experiencia sensible, es decir, “siguiendo el hilo conductor del cuerpo”, de los sentidos que. nos dan las indicaciones más claras acerca de lo que puede ser ese mundo, es posible afirmar que ese mundo del devenir tendría los caracteres opuestos al “mundo del ser” de la vieja metafísica. Es multiplicidad, cambio, contradicción, lucha. La fuerza misma de la vida se hace cargo de imaginar e introducir un orden tendiente a estabilizar lo mudable y a unificar lo múltiple. La expresión “introduce” apunta a una imposición hecha al devenir, a fin de establecer un orden. Ese orden ficticio es la condición de posibilidad de la cognoscibilidad. Sólo así se puede dar lo que se llama conocimiento, dentro e los lineamientos de una “teoría del conocimiento” meramente empírica:

 

No hay ni “espíritu”, ni razón, ni pensar, ni conciencia, ni alma ni voluntad, ni verdad. todo esto son ficciones, inutilizables. No se trata de ‘sujeto y objeto’ sino de una determinada especie animal, que sólo prospera bajo una cierta precisión relativa, sobre todo regularidad de sus percepciones de modo de poder capitalizar experiencia)...
El conocimiento trabaja como instrumento del poder. Por tanto, es claro que progresa con cada aumento del poder...
Sentido del conocimiento: aquí, corno en el caso de lo ‘bueno’ o de lo ‘bello’, el concepto debe ser tomado de modo estrictamente y estrechamente antropocéntrico y biológico. [...] La utilidad de la conservación, y no una necesidad teórica abstracta de no ser engañado está como motivo tras el desarrollo de los órganos del conocimiento... [...].[iv]

 

Esto último nos lleva a preguntarnos por la relación entre pensar y conocer. Creo que en esto Nietzsche no es o no le interesó ser. suficientemente claro. Tanto al pensar, como al conocer y a la razón, los ve como modos de esquematizar el devenir. Yo me atrevería a decir, recordando la comparación con la imposición de formas en los cristales, que conocer y razón son especificaciones de un más básico “pensar”, que establece las condiciones de la cognoscibilidad. La tradicional función de la razón, en la que fincaba su dignidad, de llegar a lo uno e inmutable mediante conceptos cada vez más generales tiene su raíz en el pensar. El conocimiento como aparato de simplificación y esquematización del devenir....

He ahí, pues, la función vital del pensamiento, el conocimiento y la razón. La razón constituida en ciencia, filosofía o metafísica es un modo muy posterior de un pensar espontáneamente ejercitado por necesidades de la vida misma, dice otro póstumo de año 85.[v]

 

El pensar no es para nosotros un medio de ‘conocer’ sino de designar el devenir, de ordenarlo, de hacerlo manejable para nuestro uso: así pensamos hoy acerca del pensar: mañana quizá de manera diferente. [...],

 

Un punto central del pensamiento filosófico actual es la revisión del concepto de razón, de razón en su uso moderno. También en este aspecto el filósofo topo es insoslayable, por que:

 

¿No tiene acaso toda filosofía, finalmente que, sacar a la luz los supuestos sobre los que descansa el movimiento de la razón? ¿Nuestra creencia en el yo, en una sustancia, como si fuera la única realidad, según la cual, en general, nosotros atribuimos realidad a las cosas? El antiquísimo ‘realismo’ se muestra por fin a la luz: al mismo tiempo que toda la historia religiosa de la humanidad se reconoce como historia de las supersticiones en el alma. Aquí hay un límite: nuestro pensamiento mismo implica esa creencia (con su distinción sustancia-accidente, acción, actor etc.), Pero el hecho de que una creencia, por necesaria que sea para la conservación de seres nada tenga que hacer con la verdad, lo reconoce uno, por ejemplo, en que tenemos que creer en espacio tiempo y movimiento sin sentirnos obligados, aquí [a atribuirles realidad] absoluta.[vi]

 

5. La creencia en la gramática, en el sujeto lingüístico, en el objeto, en los verbos, ha mantenido hasta ahora a los metafísicos bajo el yugo.

 

De Pronto, la crítica a los metafísicos y a la metafísica toma un giro inesperado. De ser una especie de genealogía de los conceptos elaborados por el pensar, se traslada al terreno del lenguaje.

Y aquí la vigencia actual del problema del lenguaje para la filosofía no debe impedirnos apreciar la significación de pionero de Nietzsche. Creo que Foucault fue uno de los primeros, en Las palabras y las cosas, en reconocer que con Nietzsche el lenguaje entró directamente y por sí mismo en el campo de la filosofía como tema de una reflexión radical, con toda su densidad y su multiplicidad enigmática.

Nietzsche invirtió la relación vigente desde Platón entre pensamiento y lenguaje, y, prosiguiendo la línea de un Guillermo de Humboldt, en un póstumo de 1873, retomó el viejo problema del Cratilo acerca de la correspondencia o no entre los nombres y las cosas designadas, con un resultado francamente adverso para las pretensiones de la metafísica.

Pero en la obra de los años 80 se abre paso una más radical modalidad de examen de la metafísica sobre el plano del lenguaje. Ya no se trata sólo de la adecuación de la palabra con la cosa designada, de una coacción semántica del lenguaje sobre el pensamiento, sino de una más profunda: de una coacción estructural, o gramatical.

El hombre común, y tras él el metafísico, atribuyó a las estructuras gramaticales un valor ontológico: en eso consiste la “creencia” en la gramática. Esta creencia ha mantenido a los metafísicos bajo el yugo.

Y nuevamente Nietzsche se confronta con el todo de la metafísica o de la filosofía; no apunta a un filósofo o metafísico en particular, sino al todo de Occidente y, como lo veremos, en especial en su forma de Weltanschauung o “metafísica del pueblo”. Tal metafísica del pueblo tiene corno uno de sus componentes la creencia en la gramática.

 

Cuán pobres son los filósofos hasta el presente -dice otro aforismo de la misma época- dónde, como un apuntador de teatro, no les ha soplado el lenguaje, al menos la gramática, en general lo que en ellos es ‘pueblo’.[vii]

 

6. Yo enseño que es preciso renunciar a esta creencia.

 

Nietzsche define la creencia como el tomar algo por verdadero sin fundamentación. ¿En qué consiste esta creencia en la gramática a la que sería preciso renunciar? Consiste en proyectar -de un modo inconsciente e inadvertido- a la realidad misma las estructuras lingüísticas. Entiendo que no pretende que renunciemos a la estructura gramatical del lenguaje (sin la cual ya no es posible pensar...) sino que renunciemos a creer que esa estructura corresponde tal cual a la estructura de la realidad. Entiéndase, de una realidad concebida -en lenguaje de la hermenéutica gadameriana, como Umweh y no corno Welt, es decir ya lingüísticamente articulada. Lo que nos incita Nietzsche es a tomarla como lo que es: como una estructura reguladora.

Nos incita, como se diría ahora, a renunciar a la creencia fuerte en la gramática.

 

7. Es el pensar el que pone el yo, pero, hasta el presente, se creía, como “el pueblo” que en el “yo pienso” hay algo de inmediatamente conocido...

 

El primer período de la frase se resuelve en lo visto en 2 y su valor es el de una repetición enfática. Pero en lo que viene a continuación, Nietzsche especifica el blanco de la crítica: sin nombrarlo se refiere de modo transparente a Descartes y a la supuesta inmediatez y simplicidad del conocimiento dado en el cogito.

Lo desconcertante es la comparación “como el pueblo”. Esto nos remite de inmediato a la VoIkmetaphysik que es la gramática, inseparable de la Weltanschauung del hombre común de Occidente. Como todo filósofo hasta el presente, Descartes también habría sido vehiculado por esa metafísica implícita, también a él le habría soplado el lenguaje como un discreto apuntador de teatro... Descartes para Nietzsche fue muy superficial en su dudar: Descartes dudó de todo pero se llevó consigo todo el lenguaje con su interpretación, su carga de tradición, de historia, y, por sobre todo, sus estructuras gramaticales...

Por eso

 

Seamos más precavidos que Cartesio, que quedó prendido en la trampa de las palabras[ ... ][viii]

 

Por lo menos dos aforismos más de la misma época dan cuenta de esta creencia causante de la superficialidad y la ingenuidad de la duda de Descartes. El referido a la supuesta inmediatez de la evidencia del cogito:

 

La creencia en la certeza inmediata del pensar es una creencia más, ¡y no una certeza! Nosotros, innovadores somos todos enemigos de Descartes y nos precavernos ante su dogmática ligereza en la duda. ¡Hay que dudar mejor que Descartes![ix]

 

En cuanto a la simplicidad de lo allí conocido, basta recordar el extenso aforismo que enumera parte de cuanto está implícito, supuesto, sobreentendido en el aparentemente simple yo pienso:

 

[...] Cogito es indudablemente sólo una palabra, pero significa algo plural [...] En aquel famoso cogito se esconde 1) se piensa 2) y creo que soy yo quien piensa allí, pero aun suponiendo que este segundo punto se mantenga en suspenso como cosa de creencia, también el primero, ‘se piensa’, implica una creencia, es decir, que ‘pensar’ es; una actividad a la cual habría que atribuirle un sujeto, al menos un ‘se’ - y además ergo sum no significa nada! Pero esto es la creencia en la gramática, allí se erigen ‘cosas’ y sus ‘actividades’, y estamos lejos de la inmediata certeza [...].[x]

 

Cortamos aquí este largo fragmento procedente también del verano de 1885. Merecería, sin embargo ser considerado en su totalidad, pues este texto no incluido en la Voluntad de poder es uno de los momentos de mayor acuidad en la crítica filológico- filosófica de Nietzsche en cuanto “filósofo topo”.

 

8. ...y que este yo es la causa del pensar y que por analogía nosotros comprendemos todas las otras relaciones causales.

 

Aquí está funcionando un hábito gramatical : consiste en atribuir una acción a un agente, en cuanto causa de esa acción. Se trata de un hábito gramatical tan viejo como el lenguaje mismo. Ya Platón puso en evidencia esta estructura necesaria del lenguaje al señalar, en el Sofista  [261c] que, a fin de que haya logos, enunciación con sentido, no basta con acumular nombres y por otra parte palabras que designen acciones sino que hay que combinar nombres y acciones de modo que a una acción le corresponda un agente. Tal atribución de un agente a una acción -en el caso de Descartes, de un yo al pensar- no es una comprobación de un hecho inmediatamente conocido sino un postulado de carácter lógico, metafísico. Lógico, porque es requerido por la estructura del pensar, lenguaje; metafísico, porque el nombre, el sustantivo, pone el sustrato de la acción, la sustancia

Un aforismo dos años posterior a los que estamos manejando, de otoño de 1887, revela que Nietzsche sigue debatiéndose con Descartes:

 

Se piensa: luego hay algo pensante: a esto viene a parar la argumentación de Descartes, Pero esto significa tornar como ‘verdadera, a priori’ nuestra creencia en el concepto de sustancia: -el hecho que, si se piensa, deba haber algo ‘que piense’, es simplemente una formulación de nuestro hábito gramatical de atribuir una acción a un agente. Dicho brevemente: se establece aquí un postulado lógico-metafísico - y no sólo se comprueba... Por el camino de Descartes no se llega a algo absolutamente cierto sino sólo a un hecho de creencia muy fuerte. [...].[xi]

 

Pero, además, esta primera atribución de una causa sirve de modelo analógico para comprender todas las otras relaciones de causa a efecto.

Así como el sujeto, imaginado como uno y estable, es el origen del concepto de sustancia y no a la inversa!, la atribución, de carácter lógico, metafísico de un agente a una acción, es el modelo de la organización del mundo según el principio de causalidad. De modo que sustancia y causalidad proceden de “sentimiento” de sujeto, es decir, de la creencia en el yo uno y estable y agente.

Me parece que el destacar de modo especial el verbo “entendemos” indica el carácter de interpretación que reviste todo nuestro mundo. Nuestro mundo, en total, dicho gadamerianamente, está “lingüísticamente”  interpretado. A esta altura de nuestro examen cobran más sentido las irónicas expresiones acerca de Descartes: Hay que dudar mejor que Descartes!, Seamos más precavidos que Descartes, que quedó prendido en la trampa de las palabras!

 

9. El  hecho de que ahora esta ficción sea habitual e indispensable, no prueba en modo alguno que no sea algo imaginado: algo puede ser condición para la, vida y sin embargo falso.

 

No voy a repetir aquí lo que tantas veces se ha dicho acerca de la complejidad de los niveles del concepto de la verdad en Nietzsche. En este caso nos encontramos con la idea de verdad como error, o falsedad, útil para la vida. La pregunta que, entonces se nos impone es: por qué este perspectivista que es Nietzsche hace esta crítica despiadada a una creencia útil? ¡En nombre de qué la hace? ¿Por qué el pensar se empeña en destruir la, validez de una creencia que él mismo el pensar, ha engendrado obedeciendo a un impulso de la vida misma? Será que está en acción aquí el pensar que apoya una de las tendencias de la vida, la de incrementarse, y que, como tal arremete contra las formas endurecidas que él mismo una vez fingiera para sólo mantenerse y conservarse?[xii] ¿Es que será necesario mostrar el carácter ficticio y contingente de estas ficciones a fin de que la filosofía recupere el valor del mundo sensible y sirva de “preparación para la vida”? Creo que buena parte del pensamiento filosófico actual respondería afirmativamente a esta última pregunta.

Este tipo de exámenes de Nietzsche son un paso obligado para quien quiera hacer filosofía en la actualidad. Recuerdo en este sentido la indicación de Jaspers en su ya lejano libro sobre Nietzsche, de 1935, y que la considero válida para nuestro, presente:

 

Nietzsche fue una “excepción”; como tal llevó al máximo una de las posibilidades de ser hombre, sin contemplación de circunstancias ni consecuencias personales. Hoy debemos filosofar teniendo la vista puesta en la “excepción”. No para imitarla, sino para saber a qué extremos puede legar un pensar que se encarniza consigo mismo revisando “el movimiento de la razón...”

 

Pienso que la gran tarea que queda después de Nietzsche, después del diagnóstico del nihilismo del filósofo pájaro, tras la crítica radical a la metafísica occidental con su Weltamschauung Platónico-cristiana, es ésta: lo que más debe inquietarnos es el cumplimiento del intento inconcluso del filósofo artista.

Por eso, todavía queda en pie para nosotros, a fines del siglo XX, el gran interrogante que nos deja la crítica radical, despiadada, pero ineludible, del “filósofo topo”: ¿en qué sentido tal pensar transgresor contribuye al acrecentamiento de la vida?

 

Lucia Piossek Prebisch



[i] KGA, VII 3, 37[12]. En todos los casos de citas -con excepción de la correspondente al Prólogo de Voluntad de poder- se ha utilizado Nietzsche Werke, Kritische Gesamtausgabe, Herausgegeben von Giorgio Colli und Mazzino Montinari, De Gruyter, Berlin, New York.

[ii] KGA, VII 3, 35[35].

[iii] KGA, VII 3, 4[11].

[iv] KGA, VIII 3, 14[122].

[v] KGA, VII 3, 40[20]

[vi] KGA, VIII 1, 7[63].

[vii] KGA, VII 3, 40[6].

[viii] KGA, VII 3, 40[23].

[ix] KGA, VII 3, 40[25].

[x] KGA, VII 3, 40[23].

[xi] KGA, VIII 2, 10[158].

[xii] Cf. KGA, VIII 3, 14[122]. (En la edición de las actas, la autora, incluye en las notas los fragmentos en alemán)

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