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FRIEDRICH NIETZSCHE, UNA BIOGRAFÍA

Miguel Morey

Editorial Archipiélago, S.L., 1993

El hijo del predicador (1844-1868)

 

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La mayoría de los testimonios que poseemos sobre la infancia de Nietzsche nos lo presentan como un niño solitario, grave y altivo —con ocurrencias y maneras insólitas para su edad. Si se quiere, puede ser éste un retrato embellecido por su hermana con el fin de heroizar aún más su figura y presentarla a la posterioridad con todos los rasgos de la genialidad precoz. De creerla a ella, el abuelo materno, Oehler, fue «el primero en percibir los dones extraordinarios de su nieto Friedrich». Y así, nos cuenta, por ejemplo, cómo el abuelo solía atajar las quejas de la madre, exigiendo que se respetaran las rarezas de Nietzsche, ya que «es el niño más extraordinario, el mejor dotado que yo haya encontrado en toda mi vida; entre mis seis hijos no reúnen la mitad de dones que Fritz...».

Los más tempranos compañeros de Nietzsche (Pinder, Garnier, Deussen y otros) destacan también su notoria superioridad intelectual, aunque de un modo más matizado: no lo hacen sin añadir comentarios acerca de su profunda melancolía, próxima a la misantropía, su gran timidez, su miopía, o sus escasas dotes para las matemáticas o la gimnasia. Respecto de esa ceremoniosa gravedad suya, mezcla igualmente exagerada de autodominio y autoestima, que tanto respeto contribuía a despertar en sus condiscípulos, la siguiente anécdota, que nos transmite su hermana, es bien reveladora, en su misma ambigüedad: «Un día, una violenta tormenta comenzó a caer justo en el momento de la salida de la escuela. Nosotras esperábamos a nuestro Fritz en el extremo de la calle. Todos los muchachos se precipitaron en tromba hacia sus casas. Finalmente, apareció el pequeño Fritz, andando calmadamente, con su gorra protegida bajo la pizarra y un pequeño pañuelo encima. Mamá le gritó desde lejos: “Pero corre, venga”. La lluvia que caía no nos dejó oír la respuesta. Luego, como mi madre le hiciera reproches al verlo tan calado, él respondió gravemente: “Pero mamá, el reglamento dice que los alumnos no deben salir de la escuela corriendo ni brincando, sino que han de volver a casa de una manera calmada y tranquila”».

Sea como fuere, si en algo coinciden todos los recuerdos de quienes le conocieron entonces, es en su piedad, en su escrupulosa religiosidad. Desde muy niño, Nietzsche había asumido su destino de predicador, y se ejercitaba concienzudamente para cumplir ese papel.

 

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Nietzsche era hijo del pastor protestante Karl Ludwig (1813-1849) y de Franciska Oehler (1826-1897), casados en 1843 e hijos ambos de pastores protestantes. El padre, ferviente monárquico, había sido preceptor en la corte de Altenburg y, al parecer, era allí muy bien considerado hasta que una enfermedad que le afectaba el sistema nervioso y el cerebro le obligó a pedir el traslado a un destino más tranquilo: una parroquia en el pequeño pueblo de Röcken (Turingia, en la Sajonia prusiana). Allí, nacerá su primogénito, en 1844, el 15 de octubre. Es el día del cumpleaños del rey y por ello el niño llevará sus nombres: Friedrich Wilhelm.

Con motivo del nacimiento, su padre escribirá, en el libro de registros de la parroquia, cosas como la siguiente: «¡Oh gozoso mes de octubre, bienaventurado seas! Tú has sido, a lo largo de mi vida, el mes en que me han sucedido los acontecimientos más importantes. Pero, el de hoy es el mayor de todos, y el más maravilloso, porque es el bautismo de mi hijito...». Dos años más tarde, en 1846, nace su hermana Elisabeth, y en 1848 su hermano Joseph, que morirá dos años más tarde. Coincidiendo con el nacimiento de Joseph, el estado de salud del padre empeorará a causa de una caída desafortunada, hasta agravarse de modo definitivo — muriendo al año siguiente, el 30 de julio. Por entonces Nietzsche aún no ha cumplido los cinco años — su padre tenía treinta y seis.

En adelante, los primeros años de Nietzsche transcurrirán exclusivamente entre mujeres (su madre, su hermana, y sus tías Friederike y Rosalie), y presumiblemente sobreprotegido. Recordemos a título de ejemplo lo que escribe su hermana, tratando de justificar la tardanza de Nietzsche en aprender a hablar: «Fritz está demasiado bien cuidado y servido. Al menor signo, todo el mundo cumple su voluntad. ¿Por qué tendría que molestarse en hablar entonces?».

A la muerte de su padre, la familia se trasladó a Naumburg an der Saale. Naumburg era por entonces una pequeña ciudad amurallada, rodeada por un gran foso franqueado por cinco puentes levadizos que se cerraban al anochecer. Además, poseía una de las más bellas catedrales de toda Alemania, a la que el pequeño Nietzsche acudirá frecuentemente para escuchar los oratorios de Bach. Un año después, se le inscribe en la escuela pública, donde por Pascua comienza sus estudios. Allí trabará entonces sus primeras amistades, principalmente con sus condiscípulos Wilhelm Pinder y Gustav Krug.

 

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Fue precisamente en el transcurso de una velada en casa de su condiscípulo Krug, cuando Nietzsche descubrió lo que iba a ser una de sus compañías más indiscutiblemente fieles: la música. Años más tarde, el 15 de enero de 1888, escribe a Peter Gast: «Ahora la música me da sensaciones como no las había sentido nunca. Me libera de mí mismo, me desliga de mí mismo, como si me mirara, me sintiera de muy lejos; me fortifica al mismo tiempo, y siempre tras una buena velada musical (he oído cuatro veces Carmen) mi jornada abunda en juicios firmes y en ideas. Es muy curioso. Es como si me hubiera bañado en un elemento más natural. La vida sin música no es más que un error, una fatigosa necesidad, un exilio».

Por aquel entonces, el impacto de aquella velada fue tan importante que, el mismo año, en 1851 y mientras prepara su admisión al Domgymnasium de Naumburg en la escuela privada del candidato Weber, su madre le regala un piano, y comienza a recibir educación musical.

Compañía tan fiel como la música serán, a lo largo de toda su vida, la enfermedad y el dolor. Los primeros síntomas alarmantes datan de 1856, bajo la forma de fuertes dolores de cabeza y ojos — hasta el punto de que, por ese motivo, recibe en varias ocasiones vacaciones escolares. Pocos años más tarde, ya en la escuela de Pforta, un parte médico, tras mencionar sus enfermedades más frecuentes (migrañas, resfriados, reumatismo, etc.), hace constar lo siguiente: «Nietzsche es enviado a su casa convaleciente. Es un muchacho rechoncho y sanguíneo, con una mirada extrañamente fija, miope, presa de frecuentes dolores de cabeza. Su padre murió a causa de un reblandecimiento cerebral, siendo también él hijo de un hombre de edad avanzada, y Nietzsche fue engendrado por un padre ya enfermo. No hay síntomas graves por el momento. Pero, debe vigilarse, a la vista de sus antecedentes ».

Los dolores seguirán progresando hasta 1872, año en el que publica El nacimiento de la tragedia —y que es, según los cronistas, el primero de los dieciséis años de vida creativa de Nietzsche, y el último en el que goza de un estado de salud tolerable. No es de extrañar así, no sólo la importancia que en su reflexión cobran los temas del dolor, la salud y afines, sino también el modo como su experiencia doliente (contrapesada por los momentos eufóricos en los que el alivio le hace entrever qué podría ser esa gran salud que le está vedada y por la que luchó sin descanso — una gran salud que en poco se diferencia del entusiasmo por el simple hecho de sentirse vivo) es una experiencia que tutela sin cesar su quehacer intelectual. Por ejemplo, en 1882, cuando por vez primera cree haber reconquistado por entero su salud, le escribe a Rohde estas reveladoras palabras: «¡Qué años! ¡Qué interminables dolores! ¡Qué perturbaciones internas, revoluciones, soledades! ¿Quién ha soportado tanto como yo? Leopardi, desde luego, no. Y si hoy me encuentro sobre todo ello con la alegría de un triunfador, cargado con nuevos, difíciles proyectos, y, como me conozco, con la perspectiva de nuevos sufrimientos y tragedias, más difíciles y todavía más íntimos, y con el valor para hacerles frente, nadie puede tomarme a mal que yo tenga una buena idea de mi medicina. Mihi ipsi scripsi, y a ello hay que atenerse; y de igual manera, cada uno debe hacer a su modo lo mejor para sí mismo. Ésta es mi moral, la única que me queda todavía».

 

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Fundada por unos monjes cistercienses en el siglo XII y cercana a Naumburg, la escuela de Pforta es una de las más antiguas de Alemania y, sin duda, era por entonces la más prestigiosa — junto con la de Maulbronn, en Suabia, donde se educó la gran tradición revolucionaria alemana: Hegel, Hölderlin, Schelling... Abanderada del protestantismo, desde el siglo XVI cuando fueron expulsados los benedictinos, esa noble abadía vio pasar por sus aulas a espíritus tan elegidos como Novalis, Fichte o los hermanos Schlegel. Y allí acudirá también Nietzsche para realizar sus estudios secundarios, entre 1858 y 1864. Su rígida disciplina y el alto nivel de exigencia intelectual hacían de los doscientos estudiantes que vivían en Pforta una suerte de orden monástica en la que el estudio de los clásicos y la meditación sobre el futuro ocupaban por entero el lento sucederse de las horas. Incluso mucho tiempo después, bajo el nazismo, llamada ahora Napola y convertida en una Kadettenschule, Pforta seguirá siendo lo que siempre fue: un centro de formación para las élites de la Alemania del futuro.

Nietzsche será uno de ellos, de los mejores — trabajará con tesón y éxito notables. De su estancia allí, conocemos por su diario sus lecturas y traducciones de los clásicos griegos y latinos (un trabajo suyo de entonces sobre Teognis, por ejemplo, le acompañará hasta la Universidad, donde lo completará a lo largo de toda su carrera, publicándolo en el Rheinisches Museum für Philologie de Leipzig, en 1867); su entusiasmo por los románticos, muy especialmente por los héroes inmoralistas de Schiller, y luego su descubrimiento de la poesía de Hölderlin; su trato frecuente con Emerson, que tan profunda huella dejará en su prosa; y finalmente, su educación del gusto musical, en la que por entonces Schumann ocupa un primerísimo lugar. Allí, Nietzsche estudia, escribe poemas, compone música, medita — y de su estancia en Pforta conservará siempre ese estilo de vida frugal y disciplinado, así como una soñadora nostalgia por una comunidad monástica de pensadores, que le acompañará durante toda su vida.

 

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En Pforta, Nietzsche establecerá algunas amistades que tendrán una importancia capital en la vida de este filósofo nómada y solitario. En particular, merece destacarse su relación con Carl von Gersdorff (nacido en 1844, se suicidará en 1904) y con Paul Deussen (1845-1919), con quienes fundará, según la costumbre, una sociedad musical y literaria, con el nombre de Germania. De la importancia que Nietzsche asignaba a las actividades de dicha sociedad, valga como ejemplo la caracterización que de ellas realiza años más tarde en una conferencia, el 16 de enero de 1872 (Sobre el porvenir de nuestros establecimientos educacionales, I): «Con ocasión de un anterior viaje por el Rhin, emprendido en las postrimerías del verano, mi amigo y yo, habíamos concebido casi en el mismo momento, y en el mismo lugar —y sin embargo, cada uno por separado— un plan, así que precisamente por tan singular coincidencia nos sentimos obligados a llevarlo a la práctica. Decidimos fundar una pequeña comunidad de camaradas, con el propósito de establecer para nuestras aficiones productivas al arte y a la literatura una organización estable y coercitiva; cada uno debería comprometerse a remitir todos los meses un producto propio, ya fuera una poesía, una disertación, un boceto arquitectónico o una composición musical; producto que cada uno de los demás tendría derecho a juzgar con la ilimitada franqueza de la crítica amistosa. De esta suerte creíamos tanto estimular como encauzar debidamente nuestro anhelo de ilustración mediante un sistema de recíproca vigilancia; y en efecto, el éxito era tal que no podíamos por menos de evocar siempre con gratitud, y aun embargados por un sentimiento solemne, ese momento y ese lugar que nos habían inspirado aquella idea».

 

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En 1864, al concluir sus estudios en el Domgymnasium, Nietzsche se inscribe como estudiante de teología y filología clásica en la Universidad de Bonn. Su antiguo profesor de Pforta, Steinhart, le recomienda a su colega de Bonn y ex alumno de Pforta, Schaarschmidt, en estos términos: «Nietzsche es un espíritu profundo y reflexivo. Está lleno de fervor por la filosofía, especialmente por la filosofía platónica, que ya conoce aceptablemente. Duda todavía entre la teología y la filología, pero ciertamente acabará ganando la segunda. Sobre todo, se consagrará con alegría, bajo vuestra dirección, a la filosofía, que es adonde le conduce su inclinación natural».

Las noticias que nos llegan de su estancia en Bonn vienen marcadas por dos rasgos mayores. En primer lugar, su soledad y un profundo disgusto. Tras un primer momento de euforia que le lleva a participar activamente en la vida social del estudiantado, sin olvidar detalle ninguno, como adherirse a la Burschenschaft Franconia, participar en los ritos de la cerveza o resultar herido en un duelo, Nietzsche se retrae bruscamente, lamentando no haber sabido ser dueño de sí mismo y defender su soledad estudiosa y meditativa. A partir de ese momento, entrará en una fase melancólica que tan sólo la música y el estudio alivian algo. «Con sumo gusto —escribió luego al respecto— aprendí entonces a ver las cosas en negro, porque (y sin tener ninguna culpa, creo) éste era el color que había tomado mi destino.»

En segundo lugar, hay que destacar que será durante este año de estancia en Bonn cuándo, influenciado por un maestro excepcional, Friedrich Ritschl, Nietzsche decide abandonar sus estudios de teología y opta por la filología clásica, ocupación que no sólo reclamará todo su interés en los años venideros sino que también marcará profundamente su carácter y los modos de su trabajo filosófico.

 

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No llevaba un año de estudios en Bonn cuando tuvo lugar la célebre anécdota del burdel de Colonia, que Thomas Mann recrearía magníficamente en su Doktor Faustus. Paul Deussen la cuenta así: «Un día fue Nietzsche a Colonia, en febrero de 1865. Tomó por guía a un mozo al que le pidió que le mostrara las principales curiosidades de la ciudad, y luego que le indicara un restaurante. Entonces, éste le condujo a una casa de mala fama. “De pronto, me contó Nietzsche al día siguiente, me encontré rodeado por una media docena de criaturas vestidas de gasa y lentejuelas, que me miraban ávidamente. En principio, quedé petrificado. Luego, instintivamente me dirigí hacia un piano que me pareció el único ser dotado de sentimientos en aquella sociedad, y toqué algunos acordes. Estos disiparon mi estupor y gané la calle”. Según este relato, y de acuerdo con lo que sé de Nietzsche, tiendo a pensar que pueden aplicársele las palabras que Steinhart nos dictaba en su biografía de Platón: mulierem numquam attingit».

Posiblemente sea éste uno de sus escasos deslices de los que quedó memoria, junto a la no menos célebre francachela en la estación de Kösen, con su condiscípulo Richter, el 14 de abril de 1863 — borrachera que les costó comparecer ante la comisión disciplinaria de Pforta, y de la que Nietzsche se lamentaba a su madre, pocos días después, en estos términos: «He cometido una falta muy grave y no sé si me lo perdonarás, ni si me lo puedes perdonar. Tomo la pluma con el corazón oprimido y odiándome a mí mismo, sobre todo cuando traigo a la memoria nuestros días en común en las vacaciones de Pascua, tan cordiales y no turbados por una sola estridencia. En resumen, el domingo me emborraché, y no puedo además aducir ninguna otra disculpa, sino que no sé lo que puedo resistir y que precisamente aquella tarde estaba algo excitado». Y concluye la carta de este modo: «Escríbeme pronto y severamente, pues lo merezco y nadie mejor que yo sabe hasta qué punto. No hace falta que te asegure los esfuerzos que voy a hacer, ya que ahora tanto depende de ello. Estaba muy seguro de mí, y he sido sacado de esta seguridad, aunque de una manera harto desagradable».

Las consecuencias del episodio de Colonia serán, sin embargo, más trascendentes que las de su pueril farra de Pforta. Por un lado, la «parálisis progresiva», de origen probablemente sifilítico, que le diagnosticaron en Basilea cuando su derrumbamiento mental, tendría su causa en una infección venérea contraída, de creer en sus propias manifestaciones, por esas fechas, y mal curada — con lo que, de rechazo, las suposiciones de Deussen parecen ciertamente pecar de ingenuidad. Y por otro lado, en este episodio estará la fuente de inspiración de uno de los más bellos epígrafes de Así habló Zaratustra, aquel cuyo estribillo canta «el desierto crece: ¡ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!», y que lleva por título: «Entre hijas del desierto». «Entonces —escribe allí— amaba yo a tales muchachas de Oriente y otros azules reinos celestiales, sobre los que no penden nubes ni pensamientos. No podréis creer de qué modo tan gracioso se estaban sentadas, cuando no bailaban, profundas, pero sin pensamientos, como pequeños misterios, como enigmas engalanados con cintas, como nueces de sobremesa — multicolores y extrañas, ¡en verdad! pero sin nubes: enigmas que se dejan adivinar; por amor a tales muchachas compuse yo entonces un salmo de sobremesa...»

 

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En 1865, Nietzsche abandona Bonn y se inscribe en la Universidad de Leipzig, adonde acudirá siguiendo a su maestro Ritschl — de quien seguirá las lecciones hasta 1869. Acerca de este maestro singular Ch. Andler escribe: «Ofrecía el modelo de una verdadera cultura de humanista; y como a la más vasta erudición humanista unía un verbo brillante, una ironía mordiente, una elocución viva y figurativa, tenía todas las cualidades mefistofélicas y faústicas precisas para sorprender, asustar y seducir a las jóvenes y ambiciosas inteligencias. Por la firmeza lógica y la desconfianza que nunca admite un hecho mal probado, Ritschl fue para todos el ejemplo vivo del método. Para Nietzsche, fue algo más. Nietzsche no sólo aprendió de Ritschl las “alegrías de la pequeña productividad”, esa necesidad de perfección en la minucia que es la única que da satisfacciones tan puras. Lo que Nietzsche descubrió gracias a él fue ante todo el arte de educar a la juventud, de transmitir correctamente el saber, de sacar un partido racional de los recursos de los que se dispone. Ritschl tuvo un robusto talento de organizador. En las Universidades por las que pasó, surgieron “seminarios” de griego y latín, maravillosos por la perfección con la que se aprendía. Para ser admitidos en ellos, era preciso presentar un trabajo personal como prueba de madurez. Pero, a los escasos elegidos, Ritschl les imponía el más rudo y estimulante entrenamiento».

Ritschl sentirá desde el principio una profunda simpatía y respeto por Nietzsche, y le desafiará continuamente con tareas filológicas más y más delicadas, según su particular método pedagógico: «Cuando adivino en un joven un talento que comienza a despuntar, lo llamo aparte. Le dirijo un discurso que no tiene nada de tierno, y concluyo: “Usted puede, luego usted debe”. Es raro que este sistema fracase». A su lado, Nietzsche aprenderá algo más que filología, aprenderá qué es ser un verdadero maestro, un educador.

 

9

Poco después de su llegada a Leipzig tuvo lugar un encuentro que marcaría de modo definitivo, como una revelación, los años de formación de Nietzsche: la filosofía de Schopenhauer. Un volumen de El mundo como voluntad y como representación en la vitrina de la librería Rohn, la sugestión del título, un demonio que le susurra al oído: vuelve a casa con este libro..., tales son los elementos de un encuentro iluminador que Daniel Halévy narra de este modo: «Friedrich Nietzsche leyó con avidez las dos mil páginas de este panfleto metafísico cuyo formidable choque golpea las creencias de la pueril humanidad, y la descorona de sus sueños. Esta dureza había convertido la obra en ininteligible para las primeras generaciones del siglo, ebrias de esperanza. Nietzsche queda fascinado, siente una emoción casi gozosa. Schopenhauer condena la vida, pero la condena es pronunciada y conducida con un verbo tan ardiente que, en esta obra condenadora, es todavía la vida lo que allí se encuentra y admira. Durante once días, Nietzsche apenas duerme, se acuesta a las dos, se levanta a las seis, pasa sus días entre el libro y su piano abiertos, medita, y, en el intervalo de sus meditaciones, compone un Kyrie. Su alma está colmada: ha encontrado un pensador verdadero, una verdad; su verdad». Y ello seguirá siendo siempre cierto a lo largo de toda su existencia — a pesar de sus distanciamientos, sus críticas, sus invectivas, la filosofía de Schopenhauer siempre seguirá siendo en alguna secreta medida su verdad, esa misma con la que no pudo nunca dejar de medirse.

En los primeros momentos, su entusiasmo es tal que, poseído enteramente por la metafísica schopenhaueriana, abandona sus trabajos filológicos y redacta una tesis, hoy perdida, con el título de Los esquemas fundamentales de la Representación. Su osadía llega hasta el extremo de, cuando sólo lleva dos años de estudios, depositarla en la Facultad de Filosofía y pedir que sea examinada como tesis doctoral. Con la socarronería que caracteriza a buena parte de su correspondencia juvenil, Nietzsche le escribe a Gersdorff, el 6 de abril de 1867, contándole la historia así: «Hay una ciudad en la que un joven, dotado de singulares facultades intelectuales y capacitado, sobre todo, para la especulación filosófica, concibe el plan de conquistar el grado de doctor. Con este fin da unidad a su sistema “sobre los esquemas fundamentales de la representación”, pensado por él trabajosamente en el curso de varios años, y se siente feliz y orgulloso de haberlo hecho. Penetrado de tales sentimientos, entrega el trabajo a la Facultad de Filosofía de una ciudad en la que casualmente se encuentra una Universidad. Dos profesores de filosofía tienen que emitir un dictamen, y lo emiten en el sentido de que, según uno de ellos, el trabajo demuestra inteligencia, pero defiende ideas que allí no se han enseñado nunca, mientras que, según el otro, las ideas no responden al sentido común y son paradójicas. En virtud de ello, el trabajo no fue admitido y el solicitante no obtuvo el birrete de doctor. Felizmente, el candidato no es lo bastante humilde para oír en este juicio la voz de la verdad, más aún, es tan arrogante como para asegurar que una cierta Facultad de Filosofía carece de la facultas filosófica».

El resultado inmediato de este incidente será su regreso a las tareas filológicas, aunque sea éste tan sólo un rodeo provisional en su ya inevitable viaje hacia la filosofía.

 

10

A partir de su encuentro con el magisterio de Schopenhauer, la viva conciencia sectaria de Nietzsche cobra nuevos bríos: durante tiempo trata de convertir a la doctrina schopenhaueriana, primero, a sus antiguos amigos de Pforta y, luego, a los nuevos compañeros de Leipzig. Así, en la carta a Gersdorff antes citada, se expresa de este modo: «No hace falta decirte cómo me alegro contigo cuando descubres a alguien que comulga con nuestras ideas, sobre todo si es además tan inteligente y digno de aprecio como Krüger. Nuestra masonería aumenta y se extiende, aunque sin insignias, misterios ni fórmulas de credo».

De entre los nuevos captados para la causa, uno debe ser destacado especialmente. Se trata de Erwin Rohde (1845-1898), antiguo estudiante de Bonn que también se ha trasladado a Leipzig, en Pascua de 1866, para seguir las enseñanzas de Ritschl. Rohde, que con los años será profesor de filología clásica en Jena, Tubingen y Heidelberg, y autor de textos tan justamente reputados como Psyche. Seelenkult und Untersblichkettsglaube der Griechen (1890-1994), fue por entonces el interlocutor privilegiado de Nietzsche, y continuó siéndolo epistolarmente durante toda su vida — aunque conforme el pensamiento de Nietzsche se hacía más y más audaz, Rohde fuera retrayéndose progresivamente. De su amistad de entonces, la hermana de Nietzsche nos da el siguiente testimonio indirecto: «Un estudiante me contó que en aquellos tiempos, mi hermano y su amigo Erwin Rohde a veces iban directamente del picadero a la clase de Ritschl en ropa de montar y con la fusta en la mano. Y añadía que los dos jóvenes, cuando entraban en la clase, radiantes de salud, de gracia física y de superioridad intelectual, les parecían a sus camaradas “como dos jóvenes dioses”».

Con Rohde, Nietzsche compartirá sus afanes y proyectos filológicos, sus dudas pedagógicas, su devoción schopenhaueriana y, especialmente, sus reflexiones, ininterrumpidas desde Pforta, acerca de cuál era el papel, glorioso siempre, que les tenía reservado el destino.

 

11

En 1867, tras un período de intensos trabajos filológicos de los que no le apartan ni la poesía ni la música, Nietzsche comienza, el 9 de octubre, su servicio militar en un escuadrón de caballería. Desde allí, le escribe a Rohde poco después (3-6 de noviembre): «Te aseguro que mi filosofía tiene ahora ocasión de serme de utilidad práctica. Hasta ahora no he experimentado ni un momento el sentimiento de la humillación, pero sí, en cambio, me he reído a menudo como de algo fabuloso. A veces, oculto debajo de la panza del caballo, me cuchicheo “Schopenhauer ayuda”; y cuando regreso a casa agotado y cubierto de sudor me tranquiliza una mirada al cuadro sobre mi mesa de trabajo, o bien abro Parerga, un libro que junto con Byron me es ahora más simpático que nunca...». Sin embargo, la fortuna no le acompañará, y una grave caída del caballo que a punto está de costarle la vida, le mantiene en cama durante meses —hasta que, un año después de su incorporación, puede abandonar el servicio militar y volver a Leipzig.

A su regreso, la importancia de sus trabajos filológicos se ha acrecentado notablemente. Valgan dos ejemplos significativos. Su estudio sobre Teognis ha aparecido en el Rheinisches Museum für Philologie (nueva serie, XXII), de la que además, y a instancias de Ritschl, está redactando los índices (1842-1869) que se publicarán en 1871, y en la que ven la luz varias recensiones suyas sobre obras de filología clásica. Y luego, su trabajo sobre las fuentes de Diógenes Laercio, también elaborado a partir de una sugerencia de Ritschl (sabedor de que éste era uno de los temas seleccionados para optar a los premios de la Universidad), recibe efectivamente el premio de la Universidad de Leipzig. Mientras, sueña con finalizar su carrera con una disertación sobre las relaciones entre Homero y Hesíodo, sin abandonar empero su vocación filosófica, ya que, al mismo tiempo, tiene la intención de elaborar una tesis sobre la filosofía de Kant — para la cual han sido determinantes, además del peculiar (anti)kantismo de Schopenhauer, exposiciones como las de Kuno Fischer, la lectura de La crítica del juicio de Kant o la de la Historia del materialismo de O. Lange.

Las dudas sobre el sentido y el valor de su quehacer filológico son cada vez más acuciantes. «Ahora —le escribe a Rohde, el 20 de noviembre de 1868— en que de nuevo veo de cerca la hormigueante raza de los filólogos de nuestros días, en que tengo que observar cotidianamente todo este trabajo de topo, los buches llenos y los ojos ciegos, la alegría por el gusano cazado y la indiferencia frente a los verdaderos e incluso urgentes problemas de la vida —y ello no sólo en los jóvenes, sino también en los viejos y crecidos—, me doy cada vez más cuenta de que, si permanecemos de alguna manera fieles a nuestro genio, ninguno de los dos seguiremos nuestro camino sin topar con múltiples obstáculos y maquinaciones.»

En buena medida debido a la influencia schopenhaueriana, el pensamiento de Nietzsche requiere cada vez con más urgencia los espacios abiertos y la altura que, según piensa, sólo la filosofía puede ofrecerle —y descree cada vez más de la tarea gris y la disciplina estricta que la búsqueda de fuentes y variantes filológicas implica—. Puede decirse que, por aquel entonces, Nietzsche no sólo ha descubierto la filosofía y sus prestigios, sino también la magia del estilo, la seducción de la escritura. «La verdad sea dicha —le escribe a Gersdorff, el 6 de abril de 1867— no quisiera volver a escribir tan esquinado, tan seco y tan preocupado por la lógica, como lo he hecho, por ejemplo, en mi trabajo sobre Teognis, al borde de cuya cuna no han estado precisamente las tres gracias. Sería una tristeza no poder escribir mejor y, sin embargo, desearlo ardientemente. Sobre todo, hace falta dar suelta en mi estilo a algunos espíritus vivaces, tengo que aprender a tocar en él como en un teclado, pero no sólo piezas aprendidas, sino fantasías libres, todo lo libres que sea posible, aunque siempre lógicas y bellas.»

En esos momentos, Nietzsche ya está maduro para su encuentro con Richard Wagner.

 

12

El 8 de noviembre de 1868, en casa del orientalista Hermann Brockhaus, Nietzsche conoce a Wagner — conocimiento que completa el último de los elementos de la formación nietzscheana. Hay que leer la carta que dirige a Rohde, el 9 de noviembre, contándole el encuentro, para apreciar todo el impacto que causó en él la personalidad singular de Wagner — cuya música, como toda la llamada entonces «música del futuro», Nietzsche no llegó a apreciar hasta que asistió a la representación de los Meisterlied. La carta, en la que Nietzsche describe todos sus preparativos para la visita con un humor desbordante y en una aceleración narrativa cuya comicidad recuerda la de las viejas películas mudas, resume así sus impresiones: «Antes y después de sentarnos a la mesa tocó Wagner todos los pasajes importantes de Los maestros cantores, imitando las voces y de muy buen humor. Es un hombre enormemente vivaz y fogoso, que habla muy deprisa, que es muy ingenioso y que anima una reunión íntima. Mantuve con él una conversación sobre Schopenhauer, y ya puedes comprender qué placer fue para mí oírle hablar de él con calor indescriptible, contándome lo que le debe y que es el único filósofo que ha conocido la esencia de la música. Después indagó cuál era ahora la actitud de los profesores frente a él, se rió mucho sobre el Congreso de filósofos de Praga, y habló de los “criados filosóficos”...».

A partir de aquel encuentro, las relaciones con Wagner serán cada vez más estrechas y frecuentes —y su amistad más firme, a despecho del desprecio de Nietzsche hacia el círculo de wagnerianos que rodeaba al maestro, y de quienes dudaba que pudieran comprenderle realmente—. Pero, para calibrar el modo como Wagner pudo llegar a influir en Nietzsche habrá que esperar a la publicación de El nacimiento de la tragedia (1872) — donde su anterior trabajo filológico, las influencias de Schopenhauer y Wagner, así como sus reflexiones de juventud sobre el papel del saber y la educación en la preservación y la transmisión de la auténtica cultura se funden en un todo orgánico, de delicada nervadura, en el que ya se anuncia

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