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SOBRE MARCUSE, HERBERT
(1898-1979)

Entrada del Diccionario de Filosofía Herder

Herbert Marcuse

Filósofo alemán nacionalizado norteamericano. Nació en Berlín en el seno de una familia judía burguesa. Ya de joven adoptó posiciones políticas de izquierda, que le llevaron a simpatizar con el movimiento socialdemócrata alemán, pero en 1920, después de la ejecución de Rosa Luxemburgo y del fracaso de la revolución espartaquista, abandonó desilusionado Berlín y dejó de participar de manera directa en la actividad política. Marchó a Friburgo para estudiar con Heidegger, cuyo pensamiento, junto con la fenomenología husserliana, la filosofía de la historia y de la vida de Dilthey, el marxismo y el pensamiento de Hegel, fueron sus grandes influencias iniciales.

En su primera etapa intentó una conciliación de los pensamientos de Hegel y de Heidegger. Éste último fue quien dirigió su tesis doctoral que publicó en 1932 con el título La ontología de Hegel y la teoría de la historicidad, en la que creyó encontrar una anticipación de la noción heideggeriana de historicidad en la doctrina de Hegel sobre el ser. Intentó, además, la conciliación de esta línea de pensamiento con las tesis de Marx. Interesado por la investigación de los fundamentos de una teoría social, en el mismo año fundó, junto con Adorno, Horkheimer y Benjamin, la llamada Escuela de Francfort. Al año siguiente, debido a la ascensión de los nazis al poder, se exilió y finalmente se estableció de forma definitiva en los EE.UU., donde ejerció como profesor en las universidades de Columbia, Harvard, Boston y San Diego.

En su etapa americana reanudó y profundizó su interés por el psicoanálisis de Freud del que toma especialmente los conceptos de sublimación, represión, principio del placer y principio de realidad, para integrarlos con los conceptos marxistas de alienación, fetichismo de la mercancía y explotación. De esta manera, su pensamiento puede encuadrarse dentro del llamado freudomarxismo, (aunque reprocha al neo-psicoanálisis de autores como E. Fromm, K. Horney o H.S. Sullivan, el abandono de los aspectos potencialmente subversivos del psicoanálisis, al que acusa de constituirse en instrumento de integración de los individuos en una sociedad represiva). Ciertamente no parecía fácil una conciliación de las posiciones de Marx y las de Freud, quien había señalado el carácter represor de la cultura. El debate entre las concepciones de ambos autores, que data de los años veinte, ya había suscitado un amplio movimiento teórico, del que Wilhelm Reich era uno de los abanderados, en el sentido de afirmar que la auténtica emancipación social debía pasar por una revolución no sólo social, sino también sexual. Marcuse, en su obra Eros y civilización (1955) hace una reinterpretación de El malestar en la cultura de Freud, y un estudio de las causas de la represión social y sexual, e intenta teorizar las condiciones de una sociedad y una cultura no represivas.

Si bien es cierto que Freud había señalado que es necesaria una cierta «represión» de la libido para que pueda triunfar el «principio de realidad», y había indicado entre los mecanismos de la cultura la tensión entre las pulsiones de Eros y Thánatos, orientada hacia la formación represora de la cultura (que, como dice Freud, no tiene la felicidad como uno de sus valores), también es cierto que el mismo Freud había señalado aspectos contradictorios en el mismo Eros, y aspectos positivos en la sublimación. Respecto a ello, Marcuse indica que los aspectos mas destructivos de la represión se dan en las sociedades especialmente opresoras, y señala que en las modernas sociedades industriales de consumo, se añade una sobrerepresión, que es fruto de la unión de la represión del principio de realidad con la del principio de rendimiento que está en la base de las sociedades capitalistas. Por otra parte, por esta época, Marcuse se enfrentó también con el marxismo soviético, ya que también éste se convirtió en instrumento al servicio de una sociedad represiva burocrática y totalitaria. De hecho, sustentaba Marcuse, las sociedades basadas en el modelo soviético también desarrollaron características represivas, pero aunadas al cinismo con el que intentaron enmascarar la explotación. No obstante, es en las sociedades capitalistas más desarrolladas donde aquella sobrerrepresión se convierte en más eficaz por estar completamente enmascarada y mistificar la conciencia de los hombres.

Así, se produce una aparente paradoja, de forma que Marcuse, máximo abanderado de la revolución sexual y de una sexualidad polimorfa, arremete en contra de la pretendida liberalización de las costumbres que se produjo en las sociedades capitalistas más desarrolladas, que lejos de conducir a una mayor libertad, ha sido completamente integrada por el sistema y la ha puesto a su servicio, convirtiendo la misma sexualidad en objeto de consumo. El hombre de la sociedad capitalista «avanzada», obnubilado por un consumo sin freno y por una falsa liberalización de las costumbres, pierde todo sentido crítico, se convierte en un hombre unidimensional, integrándose más y más en el sistema. Incluso el proletariado industrial, el supuesto sujeto revolucionario, según el marxismo, ha llegado a perder este carácter y ha sido integrado en el sistema capitalista, comprado por el espejismo del falso bienestar ofrecido por el consumismo. Ante esta generalización de la alienación y de la unidimensionalización de los hombres, es preciso, según Marcuse, a la vez una reivindicación y una reinterpretación del pensamiento de Marx: mantener su capacidad crítica, pero replantear ésta crítica no tanto desde la concepción marxista clásica de la alienación del trabajo, sino a partir de la felicidad total del ser humano. Se trata, según Marcuse, de añadir al marxismo la dimensión de lo lúdico, de la alegría, del erotismo y de la eudaimonía en el sentido más amplio.

Puesto que la explotación capitalista se mantiene, pero las formas de dominación se han hecho más sutiles, y el sistema ha llegado incluso a obtener el consentimiento de los explotados (ya que la manipulación de las necesidades y los deseos que realiza el sistema llega incluso hasta el pensamiento mismo), Marcuse considera que solamente las capas más marginales de la sociedad (el lumpenproletariado) y, especialmente, los jóvenes, pueden constituirse en los nuevos sujetos revolucionarios. Esta lucha contra la falsa conciencia y la alienación debe llevarse a cabo en todos los terrenos. Acabar con la sobrerrepresión y realizar la tarea de la auténtica emancipación de la humanidad, supone una auténtica subversión total de todas las estructuras sociales, especialmente de las propias de la organización del trabajo, al modo como ya lo habían planteado ciertos autores del llamado «socialismo utópico» (como Fourier, por ejemplo), pero aún de forma más radical.

Durante los años sesenta el pensamiento de Marcuse se convirtió en el inspirador de la llamada «nueva izquierda», tanto americana como europea, y su pensamiento se constituyó en uno de los núcleos protagonistas de las revueltas estudiantiles de 1968, especialmente del «mayo francés».

 

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