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De las relaciones humanas entre Nietzsche y Burckhardt ningún crítico imparcial de su correspondencia y de los demás documentos pertinentes puede ganar la impresión de una verdadera amistad. Alfred von Martin, Nietzsche und Burckhardt
Es -en palabras de Nietzsche- una amistad de astros, que se debe interpretar con profundo respeto. Edgar Salin, Jacob Burckhardt und Nietzsche
Los años 1872 y 1873 marcan un primer hito en la actividad creativa de Nietzsche: a principios del año 1872 publicó El nacimiento de la tragedia, en primavera escribió las cuatro disertaciones Sobre el futuro de nuestras instituciones docentes, en el semestre de verano impartió las clases sobre los filósofos preplatónicos, de las que al año siguiente salió el texto de La filosofía en la época trágica de los griegos. A finales de mayo de 1872 empezó a recoger material para el tratado Sobre la verdad y la mentira en sentido extra moral, en el que su filosofía se muestra por primera vez abiertamente (o de manera encubierta, pues sólo Cosima tuvo conocimiento de estos atrevidos proyectos gracias a un regalo de Navidad con el título de Sobre el pathos de la verdad). El proyecto de las consideraciones inactuales seguía madurando: la primera de éstas, David Strauss, el confesor y el escritor apareció en 1873, el 1 de enero de 1874 concluyó el último capítulo de la segunda consideración, titulada De la utilidad y las desventajas de la historia para la vida. La situación intelectual de la época, de la que nacen y contra la que nacen estos escritos, se puede describir más o menos así: en el nuevo imperio alemán, los nacionalliberales constituyen la corriente y la voz dominante. Con ellas se corresponde el optimismo de la época fundacional, al que tampoco consigue dañar seriamente el crack bursátil de 1873. Es «progresista», amiga del capital y de los judíos, contraria al socialismo, enemiga de los católicos. Ya en julio de 1871, la paz sólo tenía dos meses de vida, se suprimió el Departamento católico del ministerio de Educación Pública prusiano; la Dieta del Imperio aprobó en noviembre de 1871 el artículo de cátedra y en junio de 1872 la ley de los jesuitas. En una consigna electoral de carácter anticlerical del partido progresista, Rudolf Virchow, el gran médico e investigador y figura emblemática del nuevo Imperio, acuñó el término «lucha por la cultura», que luego, abreviado como «lucha cultural» o Kulturkampf, definió la guerra fría entre el Estado y la Iglesia católica. En mayo de 1873 en la Dieta prusiana se aprobaron las «leyes de mayo» que prescribían entre otras cosas un «examen cultural», a escala estatal, para los clérigos católicos. De entrada quedan postergados los conservadores, o sea, en Prusia la camarilla palaciega de vieja orientación clerical, apoyada en la nobleza y lectora adicta del Kreuzzeitung. El «centro», ocupado por el partido católico, sufre los ataques de la Kulturkampf, pero bajo la opresión se robustece como ocurrirá en las décadas siguientes con la socialdemocracia tras las leyes de los socialistas. El que podemos llamar «partido de Wagner» ocupa una extraña posición dentro de este esquema general y comprensible: aunque comparte con los nationalliberales la aversión a los católicos, detesta la fe en el progreso, la fiebre científica, el espíritu mercantil del «presente», es marcadamente antisemita y opone al optimismo de las ciencias el pesimismo de la filosofía schopenhaueriana. Además rechaza el socialismo, en el que ve otra y más grave consecuencia del progreso. Por lo demás, ya no cree en la antigua alianza entre el trono y el altar. Confía en una salvación a través de la renovación cultural y por lo tanto a su manera practica una Kulturkampf, sólo que la cultura soñada por él no se basa en el progreso sino en un regreso. Wagner, el patético nacional, se vuelve a los viejos mitos germanos; Nietzsche, maestro como él, a los mitos del helenismo temprano. El clima básico es aristocrático, pero nobles y monarcas, emperador, rey, príncipes y condes son solicitados únicamente como medios e incorporados al proyecto en beneficio de una nobleza del espíritu, de nueva instauración, y una monarquía del espíritu con sede en Bayreuth. Si todo esto eran ilusiones, Wagner y Nietzsche las tomaron con la seriedad con la que se tienen que tomar las ilusiones cuando sé han de convertir en realidad. De la misma manera que en otro tiempo Nietzsche pensó en una orden monacal, un convento cultural, pronto estará de nuevo dispuesto, con Wagner y sus amigos. a luchar contra el tiempo, contra los «sanos», contra los «mensajeros» de Gustav Freytag y consortes, y justamente en los años 1872-1873 estaba tercamente decidido a afrontar esta lucha de los pocos contra los muchos en la esperanza de alcanzar una victoria definitiva. Que pronto fuera tenido por «fundador de una religión», por «apóstol», por sectario, era algo que correspondía plenamente a las condiciones reales. El nuevo «periodo cultural» era un objetivo tan concreto como lo era la «cultura» de los progresistas en su lucha contra la Iglesia católica. Lo que Nietzsche escribía parecía servir exclusivamente a este fin: en primer lugar había que reformar la educación, después venían las disertaciones «Sobre el futuro de nuestras instituciones docentes». Entonces había que incidir polémicamente en la época. con posturas «inactuales», o sea, provocativas contra y a favor: contra David Friedrich Strauss, que en 1872 había publicado el nuevo catecismo del credo progresista, contra la falsa cientificidad, que actuaba pesadamente en la historia dentro de cada época, a favor de Schopenhauer, presentado como educador, y a favor de Wagner y Bayreuth. En la memoria para Bismarck, grito de aviso y alerta al pueblo alemán, aparecían los planes más atrevidos de esta estrategia cultural. Pero en una carta el editor de la revista Im neuen Reich, Nietzsche pudo atacar al escritor Alfred Dove, que se había atrevido a defender al médico muniqués Puschmann «por haber intentado demostrar y analizar teóricamente la megalomanía de Richard Wagner». Este era un aspecto, expuesto a la luz del día. del profesor Dr. Friedrich Nietzsche. Del otro no sabían nada ni siquiera los amigos. Se desarrollaba en la más secreta reflexión como lenta separación de Wagner y el «wagnerismo», como lento, vacilante movimiento reflexivo hacia la independencia, hacia una nueva filosofía, que se presentaría en público en 1878 con el libro Humano, demasiado humano.
Un hecho determinante: Wagner se fue de Tribschen a Bayreuth, regresó al «Imperio». Nietzsche siguió en Basilea. Si es cierto que no se había enraizado en Suiza también lo es que este país le gustaba como lugar neutral, como punto de observación, como balcón situado por encima de las llanuras alemanas. Aquí él estaba a salvo de la resaca del nuevo Imperio de la propaganda del cada vez más grande y cada vez más poderoso Imperio con su martilleo diario. Aquí se sentía con idéntica fuerza la vecina Francia. Con la victoria de los ejércitos alemanes en Francia creció la simpatía de los suizos por los vencidos, la preocupación ante un vecino prepotente en el norte. Los Wesendonk, viejos amigos de Wagner, regresaron al Imperio a causa de la animosidad de los suizos hacia los alemanes. Por el contrario, Nietzsche aprendió que, frente a este Imperio esplendoroso, también estaban justificadas la prevención, la desconfianza y la preocupación. Su más poderoso correligionario en este escepticismo era también el más relevante de sus colegas: Jacob Burckhardt. En este contexto, Elisabeth ha referido una anécdota que hay que leer como, en las viejas leyendas, los relatos de curaciones milagrosas; tanto ésta como otras de sus muchas y conmovedoras anécdotas, aunque su fidedignidad es muy dudosa, poseen algo que, por expresivo, permite caracterizar situaciones y personas implicadas. Así, pues, Elisabeth narra que, al enterarse de que había ardido el Louvre, tanto Nietzsche como Burckhardt buscaron refugio: Burckhardt en casa de Nietzsche, Nietzsche en casa de Burckhardt. «Al final se encontraron frente a la casa donde vivía mi hermano, subieron la escalera juntos y en silencio, y, una vez estuvieron en la habitación sumida en la penumbra, rompieron a llorar, incapaces de decirse uno a otro una palabra de consuelo.» Elisabeth, testigo de la conmovedora escena, se retiró con su habitual discreción a la habitación contigua, «pero durante un largo rato imperó todavía un profundo silencio, sólo interrumpido aquí y allá por una palabra en voz baja o un sollozo reprimido». Esta escena de Marlitt nos resulta tanto más cómica cuanto que Burckhardt, veintiséis años mayor que Nietzsche, era un solterón adusto, un viejo y sarcástico basilense, que, en contra de la costumbre de la época, llevaba su pelo encanecido cortado al cepillo y no tenía barba; en una primera caracterización Nietzsche le definió como «un excéntrico con ingenio». Pero, si esta escena entre amigos tal vez procede del gusto de Elisabeth por los libros ilustrados, da en el clavo cuando, al aludir a la relación de los dos, anota: «Burckhardt ejerció con toda seguridad una gran influencia moderadora en mi hermano, pues entonces, cuando germanos y romanos estaban frente a frente y esta lucha se extendió también al campo intelectual de las dos culturas, él fue considerado siempre como el más ingenioso representante de la cultura romana». Burckhardt, dice Elisabeth, era un excelente contrapeso para contemplar con una especie de imparcialidad, «al margen de la sensibilidad alemana», los acontecimientos que conmovían el mundo. La situación era: de una parte, Wagner hacía todo lo que podía para convertir a Nietzsche en un wagneriano, en un seguidor ciego. Tiraba violentamente de él para hacerse con él, como en la Edad Media los demonios tiraban de las almas que acababan de abandonar el cuerpo. Jacob Burckhardt fue el ángel salvador que se opuso a ello. El tenía reservas no sólo contra el nuevo Imperio alemán, sino también contra Wagner y el culto a Wagner, y era suficientemente genial para arrastrar a Nietzsche, para llevarle por otros derroteros, ganarle para una ciencia con amplias perspectivas que no sería ya mezquina y pedante sino realmente grande. Hasta donde llegó la amistad entre el viejo historiador y el joven filólogo y los nuevos filósofos es, aún hoy, tema de discusión. Los dos libros dedicados a la relación entre Burckhardt y Nietzsche, adoptan posturas contrapuestas: uno de ellos, el de Edgar Salin, celebra el encuentro de los genios con una mezcla de respeto y entusiasmo; el otro, de Alfred von Martin, intenta demostrar que «no hubo nada». Un examen sobrio de los testimonios demuestra que Nietzsche admiró a Burckhardt desde el primer encuentro, que durante los primeros años de Basilea entre ellos hubo un contacto regular, que podemos calificar sin reparos como «amistoso», pero precisamente el entusiasmo del más joven llevó al más viejo a una actitud de cautelosa reserva, hasta que finalmente la relación fue sólo unilateral, pues Burckhardt se limitaba a reaccionar cortésmente, hasta que por último optó por un frío silencio. En cambio, no puede haber ninguna duda de que Burckhardt percibió la genialidad de Nietzsche, junto con sus peligros, y que apreció su trato y el valor de sus escritos en la primera época como algo enriquecedor en sí mismo. Tal vez Burckhardt se refugió al final en su concha de caracol porque no quería verse arrastrado por el espíritu absorbente de Nietzsche fuera de su existencia deliberadamente resignada en Basilea. La disputa sobre si entre Nietzsche y Burckhardt hubo algo parecido a una amistad encubre que entre dos hombres de alto nivel intelectual puede haber también relaciones intensas distintas de la amistad, de la simpatía y la profunda confianza mutua: por ejemplo, una relación basada en el diálogo, el intercambio y el estímulo, y también en la fascinación que dos seres completamente distintos pueden ejercer y sentir recíprocamente. Así ocurrió en Basilea, y a decir verdad pronto. Ya el 29 de mayo de 1869, un día después de la clase inaugural y en la misma carta que describe la gran vivencia de Tribschen, Nietzsche comunica a su amigo Rohde: «Desde un principio he establecido relaciones más estrechas con el excéntrico, lleno de ingenio, Jacob Burckhardt; de lo cual me alegro sinceramente, pues descubrimos una asombrosa congruencia de nuestras paradojas estéticas». Dicho en lenguaje usual: cada uno de ellos descubrió en el otro una cabeza original. Al cabo de un año largo. en una carta a su amigo Preen, Burckhardt hizo un balance con ciertas reservas: «Aquí vive uno de sus creyentes [de Schopenhauer], con el que a veces converso, en la medida en que me puedo expresar en su lengua». Esto parece poca cosa, pero Burckhardt estaba acostumbrado a ocultar sus sentimientos tras una corteza dura, de la misma manera que Nietzsche se exaltaba y prorrumpía en encendidos elogios con facilidad. El comentario de Overbeck en el sentido de que «el pobre Nietzsche quería a todo el mundo sin excepción, mientras que a él le querían mucho menos e incluso absolutamente nada» es con toda seguridad incorrecto y. rebuscado. En lugar de todo ello, el lenguaje de los hechos. Nietzsche a Gersdorff en carta del 7 de noviembre de 1870: «Anoche tuve un placer que habría deseado sobre todo para ti: Jacob Burckhardt pronunció una disertación. libre sobre “grandeza histórica”, y a decir verdad totalmente al margen de nuestro círculo de ideas y sentimientos. Este hombre de cierta edad, sumamente peculiar, no es proclive a las falsificaciones pero sí a los silencios de la verdad y en paseos íntimos llama a Schopenhauer “nuestro filósofo”. En su casa asisto a un seminario de una hora semanal sobre el estudio de la historia y creo ser el único de sus sesenta oyentes que comprende los profundos pensamientos con sus extraños cortes v desvíos, donde el recurso roza lo peligroso. Por primera vez he disfrutado con una lección; además es el tipo de clase que me gustaría impartir sí fuera más viejo». Frente al joven Nietzsche, el anciano sabio y callado no cerraba en modo alguno su corazón, sino que daba rienda suelta a su escepticismo y su pesimismo. La guerra franco-prusiana estaba en su apogeo, las victorias alemanas tronaban en la escena del mundo, pero Burckhardt escribió a Preen: «¡Oh, cómo se equivocará la pobre nación alemana si pretende dejar el fusil en un rincón de casa y dedicarse a las artes desde la felicidad de la paz! Esto era tanto corno decir: ¡ante todo, seguir adelante! Y después de algún tiempo nadie podrá decir ya para qué sirve realmente la vida...». Exactamente esta misma preocupación resuena en la carta de Nietzsche a Gersdorff: «Tengo las más grandes preocupaciones ante la actual situación de la cultura... tengo a la Prusia actual por una potencia sumamente peligrosa para la cultura...». La preocupación de Burckhardt se había convertido en la preocupación de Nietzsche. En Tribschen no se tenían semejantes temores. Nietzsche y Burckhardt no son, pues, dos amigos sino dos colegas que se enriquecen mutuamente. Los dos se habían entregado al estudio de la antigüedad griega con la mayor pasión científica, los dos se habían pronunciado contra una concepción idealizante y armonizadora de los griegos. ¿Fue sólo una extraña casualidad que los dos llevaran ahora un «libro sobre los griegos» en la cabeza? El plan de Burckhardt, ya viejo, había sido aplazado una y otra vez. Todavía en octubre de 1868 escribió a su sobrino, y. posterior editor, Oeri, que vislumbraba en la oscuridad del futuro un seminario sobre el espíritu de la antigüedad, «pero está todavía lejos ...». No obstante, en febrero de 1869 ya había tomado la decisión y el 1 de enero de 1870 desarrolló el primer plan; el definitivo llegó a finales de diciembre del mismo año. Precisamente por entonces Nietzsche informa que él y Burckhardt hablan mucho de helenismo y que ha pasado unos días preciosos con él. El plan de Nietzsche estaba dedicado exactamente el mismo tema, un cuadro general de la cultura griega, sólo que el suyo. bajo la tiránica exigencia de Richard Wagner, derivó hacia el nacimiento de la tragedia. Nietzsche abrigaba la audaz esperanza de atraer a Burckhardt, mucho más viejo, reservado y cauteloso que él, al círculo de amigos. Así llegó la extraña noche de la que informa a Rohde, Gersdorff y los Wagner. Tras el encuentro de los amigos en octubre de 1871, Nietzsche propuso para reforzar «la idealidad del tiempo y el espacio» que el lunes, 23 de octubre, a las 10 de la noche vertieran la mitad de un vaso de vino tinto en la noche oscura y la otra mitad la bebieran con un saludo a los demonios. Esto lo hizo Nietzsche precisamente con Jacob Burckhardt. «La ofrenda a los demonios la celebré con Jacob Burckhardt en su habitación» comunicó a Gersdorff. «él se adhirió a mi acto y los dos vertimos sendas jarras de buen vino del Ródano en la calle.» Deussen corroboró que todo se desarrolló así, y tuvo que sufrir por ello. Hacia las once y media de la noche, Nietzsche. ligero y achispado, se dirigió a su casa, y Deussen apareció ante él, el león victorioso, como una figura fantasmal y dudosa. A los Wagner Nietzsche no les dijo nada de su compañero en la ofrenda a los demonios. Pero ellos sabían quién era su enemigo y rival en Basilea. La ofrenda a los demonios merece aún un pequeño comentario. Como es sabido. el concepto griego no está tan estrechamente unido al mal como el actual. Pero Nietzsche había prescindido no sólo de los daimones más amistosos sino también de sus hermanos más locos. El vino oscuro se tenía que verter en la oscuridad, y en la carta a Rohde se citaba expresamente el demonio-lobo Samiel, del Freischütz de Weber. En carta a Gersdorff le comunicó que, en otro tiempo, Burckhardt y él habrían sido sospechosos de brujería por tales manejos. ¿Una broma o algo más? ¿Y por qué participó en ella el viejo «Köbi», a quien por otra parte tanto le gustaba la cerveza? Esto tenía un motivo sencillo y esclarecedor. El profesor basilense, que llevó a Berlín su dignísima fama, que, aun siendo acaudalado, vivía en la penuria, no escribía ya ningún libro y se conformaba con la actividad en la pequeña universidad y en Pädagogium, había sido en otro tiempo artista. poeta, romántico, y todavía le seguían atrayendo en secreto el poder la grandeza, lo demoníaco en la historia. Lo que no decía en las lecciones y conferencias, afloraba en las conversaciones con el genial y demoníaco joven sabio, un Fausto con diabólicas tentaciones: el convencimiento de que la maldad rige el mundo. Sarcasmo y fría decepción son cosas que se podían aprender con Burckhardt, y no debemos sorprendernos de que, a la postre, su escarnio no se detuviera tampoco ante Nietzsche. Con Burckhardt, de Burckhardt conoció Nietzsche a los tiranos del Renacimiento, con Burckhardt y de Burckhardt conoció también a aquellas grandes familias de espíritus que en Francia serán conocidas bajo el nombre de «moralistas», y esto no significa en modo alguno «propagandistas de la moral» sino perspicaces iluminadores de lo moral, descubridores y encubridores de lo demasiado humano: Montaigne, La Bruyère, La Rochefoucauld, Vauvenargues, Chamfort. También podemos ver la lucha por el alma de Nietzsche como la hemos descrito anteriormente: con Wagner como noble ángel germano y salvador de almas, con Burckhardt como escéptico Mefisto. Sólo que, a decir verdad, Burckhardt, el humanista basilense, no era diabólico. Tenía una visión sobria de las cosas, y su manera de pensar era infinitamente superior al oscilante galimatías de ideas de Wagner, que podía degenerar fácilmente en verborrea. Él colaboró en la marcha de Nietzsche hacia la decepción, pero en sí mismo había convertido su escepticismo en un nuevo humanitarismo, en un humilde amor a la verdad, sentido del deber, entrega a la labor educativa. Acerca de la reflexión de La Rochefoucauld sobre las parcelas desconocidas del egoísmo, que aún hay que describir, comenta: «Sí, pero también parcelas del amor y de la abnegación, hasta donde no llega el egoísmo». Nietzsche tenía razón desde su punto de vista cuando sospechaba que Burckhardt era demasiado miedoso para dar el paso hacia la libertad, su moral aúlica era distinta de la que escondía en su interior, pero subestimaba la inteligencia, la fuerza vital, el ethos, que, más allá de este autoenclaustramiento, anidaba en la componente burguesa del basilense. Ciertamente, Burckhardt participó en el rito demoníaco, mitad divertido y mitad distante, pero la estrecha relación no se rompió, y de la misma manera que Nietzsche como profesor se había mezclado con los oyentes de aquella serie de conferencias que más tarde darían lugar a uno de los libros más grandiosos del siglo XIX con el nombre de Consideraciones sobre la historia universal, Burckhardt asistió a las cuatro disertaciones de Nietzsche «Sobre el futuro de nuestras instituciones docentes», sin faltar a ninguna. Esto era más que un gesto de cortesía, y sorprendentemente de acuerdo escribió poco después al joven teólogo Arnold von Salis: «¡Tendría que haber oído usted lo que dijo! En algunos pasajes era decididamente cautivador, pero luego se volvía a percibir una profunda tristeza, y no vemos cómo los auditores humanissimi deben buscar una explicación reconfortante al tema. Una cosa. era cierta: el hombre de alto porte que lo recibe todo de primera mano y lo da todo». En estas frases, de elogio casi exuberantes a la vista de su reserva se esconde todo Burckhardt. «Cautivador» es una palabra apenas imaginable en Nietzsche; con ella se refería sin duda a su espíritu, su ingenio, sus abundantes ocurrencias, su estilo florido, y como no aparece lo reconfortante, la receta de la vida, caracteriza certeramente la diferencia entre la actitud conciliadora y la disposición para el compromiso de Burckhardt y el radicalismo de Nietzsche. Pero el juicio general no admitía ninguna duda: «el hombre de alto porte». Así, pues, tenemos que creer a Nietzsche cuando nos dice que Burckhardt recibió con sumo interés El nacimiento de la tragedia. «El, que se mantiene enérgicamente a distancia de todo lo filosófico y sobre todo de la filosofía del arte, y por lo tanto también de la mía, queda tan fascinado por los descubrimientos del libro para el conocimiento de la idiosincrasia griega, que medita en él día y noche y me da el ejemplo del más provechoso aprovechamiento histórico con miles de detalles» escribió a Rohde. El diálogo no se malogra, y menos ahora cuando, en el semestre del verano de 1872, Burckhardt empieza a trabajar en su Historia de la cultura griega. «El curso de verano de Burckhardt fue algo único», comunicó Nietzsche a Gersdorff. Nietzsche, el orgulloso, se sentaba, aunque no regularmente, a los pies del maestro, le acompañaba cuando iba a casa; por eso la relación intelectual entre los dos se ve poco dañada cuando la fama proclama que Burckhardt siempre ha caminado al lado de Nietzsche como si secretamente hubiera estado deseando escapar corriendo. Ante los basilenses se debió de avergonzar, y cuando lanzaba una de sus sarcásticas alusiones contra Nietzsche, ello no alteraba en nada su admiración por el joven trepador, al que contemplaba desde su seguro refugio basilense.
Nietzsche seguía su camino. Burckhardt no podía seguirle. La filosofía le era ajena. De la misma manera que las disertaciones de Nietzsche le habían parecido «cautivadoras», más tarde pudo escribir que «husmeaba» en sus cosas. Pero Nietzsche. cada vez más solitario y cada vez más alejado del mundo, se aferró patéticamente a este maestro. Para él Burckhardt era Ritschl en genial. la inolvidable y perdurable figura del padre. Lo que le tenía que agradecer era muchísimo: la visión de la naturaleza de las cosas, del desarrollo del proceso del mundo, la eliminación escéptica de los mitologemas probablemente procedía de Schopenhauer o de Wagner. El era el igual, el sabio y el más sabio, el «muy venerado amigo», incluso cuando se mantenía apartado. Nietzsche podía preguntar «¿Verdad que usted sabe cuánto le quiero y le respeto? y luego firmar con «leal e inmutable». Podemos preguntarnos a posteriori qué habría pasado si Nietzsche hubiera permanecido bajo la docencia de Burckhardt en Basilea, como éste mismo explicó. en tonos amables, en una de sus contadas cartas a Nietzsche: «Si usted quisiera, totalmente ex professo, iluminar la historia universal con su tipo de luces y de acuerdo con los ángulos de iluminación adecuados a usted, entonces, a diferencia del actual consensus populorum, muchas cosas aparecerían al revés». Ciertamente esto no iba totalmente en serio como propuesta, pero tampoco se debía entender como simple broma o como ridículo cumplido. ¿Qué habría pasado si Nietzsche hubiera pensado más profundamente en Burckhardt? En lugar de ello tenemos que traer a colación una frase de la «epístola» del demente a Burckhardt, del 4 y el 5 de enero de 1889, que, con un conmovedor paso al tú, dice: «Ahora usted es -tú eres- nuestro gran, más grande maestro: pues yo, junto con Ariadna, sólo tengo que ser el dorado equilibrio de todas las cosas, nosotros tenemos en cada trozo a aquellos que están sobre nosotros... Dionisos». |
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