Nietzsche en castellano

Nietzsche en Castellano Heidegger
Derrida
Principal Textos

Comentarios

Biografía Fotos Música Bibliografía Links


Nietzsche: un niño juega a orillas del mar

Pier Aldo Rovatti

Traducción de Carlos Catropi, en Como la luz tenue. Metáfora y saber, Gedisa, Barcelona, 1990, pp. 77-88.

 

El mundo es un devenir. El devenir es devenir en el tiempo, es temporalidad. El tiempo, el devenir, asumen la figura de un niño, la movilidad de un niño que juega. El ruego es liviano, en tanto la ley es pesada. A orillas del mar hay un niño que juega, desplazando de aquí para allá las piezas de su juego. Imagen de liviandad, de inocencia, de casualidad feliz, esta imagen, tan cotidiana, tiene algo de “divino”. El niño que “juega” con el mundo tiene un aspecto ultrahumano. Debemos cumplir un gran salto imaginativo, superar con la fuerza de nuestra abstracción imaginadora las capas más duras de la realidad -de la ley, de la culpa-, para poder descubrir en aquello que es posible ver cada día y que cada uno puede recordar de sí un tramo que parece dar enteramente vuelta lo cotidiano; detener la imagen, percibir en ella un valor de permanencia que pertenece al fondo de las cosas sencillas, esas que sencillamente suceden, tales como el brillo del sol, el murmullo del mar, la lluvia que cae. En la simplicidad del puro suceder -un niño juega a orillas del mar- la realidad se eleva, deviniendo única, plena, “divina”.

Pero, ¿por qué un niño? ¿Por qué elegir la imagen, la metáfora de la infancia, prefiriéndola al discurrir racional con el que desde siempre, de varia forma, ha sido pensado el mundo como tiempo y devenir? Nietzsche convoca desde el comienzo [i] a la figura heraclítea del niño divino, y Zaratustra no podrá sino polarizarse, sin poder alcanzarla, hacia una última metamorfosis, más allá de la paciencia del camello y de la voluntad del león; desde el animal más fuerte y orgulloso al pequeño hombre, el más débil y, además, aquel que menos parece exigir de sí mismo.

El mundo es una concreción compleja. Todo gesto nuestro está subdeterminado por múltiples creencias, incrustaciones de sentido, reglas explícitas y no formuladas. Fijando la mirada, como cuando el científico acerca un microscopio cada vez más potente a un fragmento de materia, el ojo descubre el multiplicarse de las dimensiones, una multitud inesperada de elementos, la cada vez más tupida red de las relaciones. Marchando hacia lo pequeño, la simplicidad se consume inmediatamente, se desvanece como una fragilísima burbuja de aire: película de ninguna consistencia, en comparación con la complejidad de lo real. Este gesto vulgar es entonces un complejo apelotonamiento de costumbres, cultura, historia; una interferencia en un ambiente superpoblado de signos y de prescripciones. Hasta el permanecer quietos es un gesto similar, pues no interfiere menos con una miríada de circuitos sociales, con los cuales y de los cuales toma y pierde sentido.

El volverse al sencillo acontecer, ¿es, pues, un retroceder? Mirar al niño que juega, ¿no es tal vez una no debida supresión, una fuga vacía e imposible hacia atrás? Y luego el niño real, correlato causal o de memoria de nuestro mirar, en todo caso referencia necesaria en su repetirse, en su representarse, continuamente igual a sí mismo, ¿no está también inmerso en los mil códigos del escenario social? ¿No es -al mismo tiempo- lo que imaginamos y su exacto opuesto, con una pesadez y maldad, a veces con una diversidad no por cierto bella ni idealizable, sino brutal y rechazable? Y al mismo tiempo, ¿no es muchas otras cosas también diferentes, también complicadas y contradictorias?

Cae la lluvia. Es un hecho, un suceso aislable. Pero un niño que juega, ¿puede ser considerado un suceso comparable?

Pero hay en Nietzsche una peculiaridad del niño dentro de la repetición de un lugar discursivo ya sedimentado en el pensamiento. El desafío nietzscheano, al aceptar ese estereotipo, es el intento de cambiarle su valor al movimiento que parece (y siempre ha seguido siendo) esencial a la figura del niño: movimiento hacia atrás, regresión, retorno al principio, al origen, al cómo habremos sido antes de la invasión de las reglas. Cada uno logra imaginar su propia infancia como un algo, antes incontaminado; y lo puede hacer porque para él es algo cierto, practicable, legítimo. En efecto, para cada uno de nosotros es cierto que la edad infantil puede ser revivida en la dimensión de un lugar inocente al que la memoria regresa. El desafío de Nietzsche -un desafío dirigido en primer término a sí mismo- consiste en pensar la infancia y sus cualidades como un “después”, un aún no, un por venir, y no en la forma del regreso, de la curva que se cierra, sino en la de la intensificación, del grado superior de la plenitud a alcanzar. Nietzsche quiere ver en el niño el grado máximo de estructuración y de madurez alcanzable para el hombre. Es como si se diera cuenta del punto muerto que hace pesada la imagen tradicional del niño, y quisiera superarlo sin negar la imagen, rescatándola.

“Inocencia es el niño y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí sola, un primer movimiento, un sagrado decir de sí que sí.” (Así hablaba Zaratustra, “De las tres metamorfosis”.)

 “En el hombre auténtico se esconde un niño, que quiere jugar. ¡Ea, mujeres! ¡Descubrid al niño en el hombre!” (Z., “De las mujeres, viejas y jóvenes”.)

Pero una mañana él se despertó aun antes del alba, permaneció largo rato meditabundo en su lecho y dijo al fin a su corazón: “¿Cómo es que me he asustado tanto en sueños, al punto de despertarme? ¿No se me aproximó tal vez un niño que llevaba un espejo? / ¡Oh, Zaratustra-me dijo el niño- mírate al espejo!” (Z., “El niño con el espejo”.)

“Jugaban a la orilla del mar --he aquí, que llegó la ola y hundió en su fondo los juegos de ellos: y ahora lloran. / Pero la misma ola debe traerles nuevos juguetes, ¡y nuevas abigarradas conchillas arrojar a sus pies!” (Z., “De los virtuosos”.)

“Y de nuevo oí hablar sin voz: `Aún es necesario que te vuelvas un niño desprovisto de vergüenza. / Sobre ti pesa todavía el orgullo de la juventud, te hiciste joven tarde: pero quien quiere hacerse niño, debe superar también su juventud'“. (Z., “La hora sin voz”.) [ii]

Uno se vuelve niño al superar la vergüenza y el orgullo del joven. El niño no es ya “cósmico”, ni míticamente divino. [iii] El nuevo comienzo no es el mito del origen. Este niño no es un “antes” auroral. Ante todo, para Nietzsche, ello pertenece a nosotros como posibilidad causal, modo de crecimiento, edad alcanzable.

Llega la ola que desordena y estropea los juegos ordinarios: quien se desespera es un niño, demasiado inmaduro aún, un adulto demasiado encadenado a la impotencia de su propio ser joven. Solamente el orgulloso se inquieta cuando un hecho inesperado desarticula su juego. En el hombre auténtico se oculta un niño. Pero al mismo tiempo, en todo hombre se ocultan muchos falsos niños. El niño “de verdad” no se avergüenza de llorar; y su orgullo es tan parvo como para permitir que el llanto se transforme en risa, porque el ojo sigue siendo capaz de distinguir las conchillas que otra ola traerá de nuevo a la playa.

Un nuevo comienzo. De todas las características del niño nietzscheano, probablemente sea esa la que proporciona la clave para entenderlo. Se trata de la idea de la experiencia, que ha cumplido uno de los giros de los que se compone. Podríamos imaginar una espiral. Pero al término de la curva hay un salto, un cambio de dimensión. El peso de la memoria y el peso de la anticipación, pasado y futuro de este volverse niños, sufren en un punto una metamorfosis. Los giros ya efectuados no se anulan detrás de un improbable olvido anonadador: según el lenguaje de Nietzsche, se “redimen”. La inocencia viene después de la culpa. El olvido es posibilitado aquí por la memoria. Sólo el girar de la rueda, el “viaje” de la experiencia, prepara la posibilidad de comenzar.

La inocencia es entonces un recorrido, el ejercicio de una actividad, cuyo símbolo es el episodio de Zaratustra. Volverse niños no es el inesperado relámpago de un estado de gracia, sino la fatigosa adquisición de un ejercicio contra sí mismo, tarea de preparación y de espera, demolición de capas, terrible acostumbramiento al rostro de la propia existencia y -por paradójico que parezca- aproximación deliberada a la “feliz casualidad”. Por otra parte, precisamente el niño, en sueños, aplica el espejo al espanto que experimentamos ante nuestro propio gesto demoníaco.

Se aprende a desaparecer, a hacer estallar las estructuras subjetivas, el yo metálico que nos defiende y al mismo tiempo nos envuelve como una cárcel. Ahora captamos las trampas del futuro proyectado, allí donde, en la anticipación de nosotros mismos, antes habíamos visto solamente fuerza y seguridad. La inocencia del niño hacia el futuro es su capacidad de reír, un instante después que las olas han estropeado su juego.

Pero, ¿qué tipo de realidad es este? Nietzsche da solamente una indicación; no se considera capaz de dar una respuesta exhaustiva. El eterno regreso al otro no es sino este nuevo comienzo, magia que permite producir el antes. Paradoja de las paradojas; ¿cómo es posible alcanzar un antes que jamás fue? ¿Cómo se puede ganar perdiendo? A esta altura, el pensamiento parece no tener ya mas terreno; oscila, va a sucumbir, y no por el vértigo de las más altas cumbres de la abstracción, donde el aire se halla enrarecido, sino porque ha vuelto a caer y ha podido descubrir el abismo en el hecho más sencillo. El eterno regreso, el niño, son para Nietzsche “experiencias”. Se pueden vivir, se viven. Uno puede volverse niño, es algo que sucede. Pero el pensamiento sólo sabe traducir este “antes” en el “ya” de la regresión (tal como lo hará Freud, sin ruptura alguna, al inventar una nueva forma conceptual para algo que había sido pensado desde siempre).

No hay más remedio que tomar muy en serio el título de las páginas centrales de Zaratustra, Visión y enigma. A este hecho, por más que esté ante nuestros ojos, sólo podemos soñarlo, imaginarlo; sólo podernos ilusionarnos. Pero no se trata de un puro sueño, de una ilusión vulgar. En todo caso es el despertar el verdadero sueño. La desilusión, la “recta” percepción, he ahí la verdadera ilusión. El niño está allí. Nuestro volvernos niños es un enigma, verdadero y falso a un mismo tiempo. Lo bajo y lo alto, [iv] el sueño y el hecho. Un extraño tipo de realidad, que poco tiene que ver con cuanto estamos acostumbrados a llamar “positivo”. El pensamiento naufraga, el enigma no encuentra solución.

El niño es una metáfora, un desplazamiento, una distorsión no eludible. Como se sabe, Nietzsche escribe en el verano de 1873 algunas reflexiones sobre el carácter metafórico de todo cuanto el pensamiento organiza y establece bajo formas conceptuales; de esa manera, ya desde sus primeros escritos, depotencializa la idea de verdad, hurga dentro del enigma. Existe en el hombre, observa Nietzsche, un impulso irrefrenable a la construcción de metáforas, imágenes e intuiciones que quedarán sepultadas en el cementerio de los conceptos. Y, al mismo tiempo, opera en el hombre una irresistible inclinación a “dejarse engañar”, a permitir que lo aturda el rapsoda que “le narra, como si fueran verdaderas, fábulas épicas”.[v] ¿Qué es, entonces, la verdad? “Un movible ejército de metáfo­ras, metonimias, antropomorfismo, en resumen, una su­ma de relaciones humanas que, mejoradas poéticamente y retóricamente, son traspuestas y embellecidas y que, después de un largo uso, a un pueblo le parecen firmes, canónicas y obligadas”.[vi]

Parecería que el carácter metafórico fuera aquí algo originario, la vida de las imágenes intuitivas que se enfría en la muerte, en la rigidez de las categorías conceptuales, aun conservando necesariamente un “recuerdo” de esa vitalidad de todos modos “ya no” presentificable. La serie metafórica que Nietzsche usa para indicar esta “muerte” (torre, pirámide, palomar, telaraña) [vii] es tal vez interpretable como la prueba de la insuprimible residualidad de la «originaria” producción metafórica, plural (un «ejército”) y plástica (un «móvil ejército”), pero también individual y “única”. Las metáforas se desgastan vaciándose de su -fuerza sensible, «monedas que han perdido su efigie y que ahora son consideradas sólo metal”. [viii] Ya Derrida [ix] observó la singularidad de tal proceso de deterioro: ni el esquema metafísico del origen perdido, ni el histórico-pragmático del uso (pasando infinitas veces de mano en mano, la efigie se va esfumando y al fin desaparece) corresponden a cuanto, ciertamente de manera impropia, Nietzsche trata de describir.

Pero hay más. La metáfora es también ilusión, máscara, engaño, “antropomorfismo”. El esquema es abigarrado y complejo; más que una pérdida, parece señalar una experiencia global, tal vez una “dimensión” propia del hombre, pero no una dimensión unitaria, sino un plano sobre el cual se deslizan múltiples líneas, contradictorias y hasta paradójicas. Se trataría de alcanzar la posibilidad de representarse la necesidad de un engaño sin que a la máscara correspondiera un rostro. La efigie consumida, sin que pueda ser por completo borrada, no es la “hermosa” imagen originaria porque, al contrario, ella misma es ilusión, fábula. Hace falta verdad: ésta se halla oculta, disimulada en la telaraña del cálculo lógico, producto ciertamente de las transacciones intersubjetivas en el decurso del tiempo histórico. Pero esta misma “verdad” no es al fin otra cosa que “un movible ejercicio de metáforas”. Ningún “valor” es igual a sí mismo, no hay ningún fundamento. Antropomorfismos. Engaños. ¿Puede proseguirse más allá? Es decir, ¿es posible sobrepasar esta formulación sugestiva, contradictoria, enigmática?

Nietzsche ya no hablará de metáforas, y se limitará a usarlas. Desde el comienzo de su filosofía llega al difícil paso tal vez infranqueable, en cuya frontera se detienen, asimismo, las páginas de Zaratustra, sobre el eterno regreso de lo igual, con un agregado de pathos. Y a ese mismo umbral nos empujan las icásticas líneas del Crepúsculo de los ídolos, en las que Nietzsche, como apuntando una secuencia fílmica, delinea las escenas de “cómo el mundo verdadero terminó por convertirse en fábula”. Con el mundo de las verdades se hunde también el mundo de las, apariencias, pero precisamente aquí comienza el enigma, porque más allá Nietzsche no prefigura el mundo ingenuo de los sentidos, ni el avezado de la experiencia positiva. Con mucho mayor consecuencia podríamos formular la hipótesis de que, más allá de la metafísica y más allá del universo de las apariencias representativas, existe tal vez para Nietzsche una realidad de tipo “ilusorio”, metafórico.

En ese más allá se encuentra el niño. Podemos decirlo sin forzar los términos, baste recordar una vez más las primeras páginas de Zaratustra. Metáfora especial, agreguemos, móvil, formada de imágenes, plural, pero también engañosa. Para comprender particularidad semejante debemos pensar que también el ejército de las metáforas posee jerarquía propia y que, en consecuencia, la elección de esta o aquella imagen no es casual ni arbitraria. Si de su escrito de 1873 recabamos una serie de figuras metafóricas que señalan una progresiva rigidez de la metáfora, en todo el corpus nietzscheano, ¿no es posible acaso detectar una serie análoga y contraria de figuras que indican el aproximarse al carácter propio de la metáfora misma? Creo que Nietzsche trabajó continuada y laboriosamente en esta dirección. La metáfora del niño es entonces la que nos es propuesta como hipótesis terminal de la sede positiva. El niño, para Nietzsche, podría ser la metáfora de la metáfora

Esta realidad posee varias dimensiones. Puede ser que a la misma convenga un modelo topológico como el que durante muchos años trató de elaborar Lacan para describir la presencia simultánea de lo imaginario, lo simbólico y lo real. Aquí, la complejidad no es solamente lo contrario de la sencillez. Se debe construir una idea de la realidad que brinde una referencia no unívoca (del significante al significado, y viceversa); y no es suficiente considerar al referente como escondido, ni siquiera como ausente y, por lo tanto jamás agotable. El término “metáfora” deja de corresponder a una idea semejante si consideramos a la metáfora en el panorama de la semiosis ilimitada, vale decir de una estructuración posible y que comparte un mismo plano, si bien infinita. Pero aun si consideramos erróneo el acceso al significado, es decir si referimos la metáfora a un contenido faltante, a un agujero del ser (como el mismo Lacan propone), corremos el riesgo de volver a caer en un modelo cognoscitivo, tal vez más productivo que el anterior, pero siempre de dos términos.

Si reflexionamos sobre las metáforas nietzscheanas (por ejemplo, la del “crepúsculo” y, justamente, la del “niño”), nos percatamos de que contienen algo extremadamente simple. Hay en ellas algo así como un dato “natural”, elemental, al que la imagen queda ligada: los momentos del día, el mar y la montaña, la luz y la sombra, los animales. Se diría que son figuras insuprimibles de la experiencia humana: no modelos arcaicos, inconscientes, sacralizados, sino elementos de base de toda gramática del vivir cotidiano, obviedad más que contenidos simbólicos. Tal vez toda metáfora se apoye, de manera más o menos evidente, en esos “universales” de la experiencia común, y puede pensarse que actúa aquí una especie de mecanismo de embudo, por medio de expansiones y reducciones del y al elemento simple.

En el espacio de la complejidad que buscamos parece existir entonces algo extremadamente sencillo: un antropomorfismo reconducido a su elementalidad. La aurora y el crepúsculo, la luz y la sombra, el vuelo de la gaviota, etcétera, son todas ellas estructuraciones sencillas de nuestro vivir. No es la gaviota en sí lo que nos importa, sino la posibilidad de hallar, en la imagen de su vuelo circular, un tramo básico de nuestra manera de percibirnos a nosotros mismos. No está pues en cuestión el “mero” dato natural, sino un antropomorfismo de grado cero: punto de apoyo que, cuanto más sencillo es, tanto más sostiene el significado. La metáfora, entonces, no parece poder cumplir progresión o regresión alguna al infinito; remite a un mundo de la vida circunscripto, que se repite, igual a sí mismo, con débiles variaciones históricas.

La elección de la figura del niño muestra el intento de situarse en la encrucijada entre el dato natural y el dato antropológico, en el punto mínimo de antropomorfismo donde por cierto el hombre está ya por entero presente, pero todavía no ha cobrado rigidez simbólica, ni ha llegado a escindirse. El niño y el mar pueden así constituir una pareja, mezclarse, intercambiarse.

El niño está allí, fuera y dentro de nosotros, como experiencia vivida de cada uno. Es una obviedad, una referencia normal, natural, simple. Por cierto, el niño, considerado en sí mismo, es muy otra cosa que esta vinculación positiva por la metáfora; y desde luego es precisamente de ahí que toma cuerpo una no leve mixtificación de la infancia en cuanto tal. Pero, ¿logramos separarnos de esta imagen del niño? ¿Por qué nos atrae la cría de cualquier animal? ¿Qué es lo que de ella “amamos”?

La realidad del niño nietzscheano no es, de todos modos, un repliegue. Si ella gira en torno de un elemento simple, su complejidad consiste, no obstante, en la relación imaginaria y simbólica que establecemos con tal elemento. Jamás seremos “ese” niño. Pensar la infancia como cumplimiento, como “después, significa atravesar la dimensión natural y salir de ella. Se trata de representarnos una ilusión positiva allí donde la posibilidad y la imposibilidad se entrelazan. ¿Nos resulta soportable una imagen positiva de la imposibilidad? Y además, ¿podemos seguir llamando “sueño” a todo esto?

El niño nietzscheano es, por cierto, también un sueño o, si se quiere, una fábula. Pero no es el relato de una realidad fabulosa capaz de consolarnos. La fábula del niño puede ser narrada sólo en el momento en el que la pareja apariencia-verdad se halla disuelta, es decir, cuando la “realidad verdadera” ha dejada de ser para nosotros un autónomo otro-lugar. Precisamente en ese momento, Nietzsche reencuentra la metáfora, ahora declinada hacia el futuro. El niño es un después. Puede haber en él una manera de soñar que no sea pérdida, sino afinamiento de los sentidos y de la experiencia. Entrando en esta dimensión paradójica, la adecuación a la verdad ya no es posible, porque ahora la verdad misma funciona como un juego de varios elementos y en varios espacios. Niño imaginario, niño real, niño metafórico, ya no son escindibles: solamente el juego de las remisiones entre uno y otro puede dar sentido a la imagen de la infancia como figura de la nietzscheana “trasvaluación”, nuevo comienzo, potenciación de un hombre que se eclipsa. Precisamente, porque no hay trasvaluación sin imagen; y tal vez no sea posible imagen sin infancia.

Pier Aldo Rovatti


 

[i] Véase Friedrich Nietzsche, La filosofia nell’epoca tragica dei Greci, en Opere, traducción italiana, Tomo III, libro II, Adelphi, Milán, 1980.

[ii] Véase F. Nietzsche, Así hablaba Zaratustra; la cita es de la tr. ital, en Opere, Tomo I, Adelphi, Milán, 1979, págs. 25, 77,96,114 y 180.

[iii] Tal como, por el contrario, tiende a subrayar E. Fink en La filosofía di Nietzsche [1960], tr. ital., Marsilio, Padua,1973.

[iv] Pequeñez, peso, espíritu de gravedad: también el “enano” que se encarama en los hombros de Zaratustra tiene facciones de niño. El enano -su versión del eterno regreso- es la negativa a crecer, una infancia bloqueada, una deformación adulta del niño, un camino sin salida, pero posible y común, de nuestro convertirnos en niños. El enano nietzscheano, conviene recordarlo, no es tampoco un verdadero enano: es “mitad enano, mitad topo; deforme, deformante...” (Así hablaba Zaratustra, trad. ital., cit., pág. 190).

[v] F. Nietzsche, Su verità e menzogna in senso extramorale [1873], trad. ital., en Il libro del filosofo, Savelli, Roma, 1978, pág. 82.

[vi] Ibíd., pág. 76.

[vii] S. Kofman, Nietzsche et la métaphore, Payot, París, 1972, cap. IV.

[viii] Nietzsche, Su verità e menzogna.... cit., página 76.

[ix] Véase Derrida, La mythologie blanche, citado.

Sitio creado y actualizado por Horacio Potel