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Cuando Nietzsche titula «Sanctus Januarius» el libro cuarto de La gaya ciencia, hace ciertamente una declaración de amor a este alado mes de 1882 en Génova, pero además pretende dedicar el texto a un santo, al mártir Sanctus Januarius. En Nápoles, donde lo veneran con muchas estatuas, que Nietzsche pudo ver en 1876, se le da el nombre de san Gennaro. Este mártir era un hombre con algunas peculiaridades femeninas. Estaba dotado de una suave belleza y padecía periódicas pérdidas de sangre. En la imaginación de la gente la sangre de su martirio está mezclada con la de la menstruación. Era hombre y mujer a la vez, y así pudo convertirse en el santo de los andróginos. En la cripta de la catedral de Nápoles, que lleva su nombre, se conservaba entonces la cabeza del mártir decapitado, junto con dos botellas de su sangre, considerada como una fuente de milagros. A este femminiello, tal como lo llamaban también en Nápoles, va dirigida la poesía con la que comienza el libro cuarto de La gaya ciencia: «Que con lanza de fuego, rompes el hielo de mi alma, para que efervescente corra al mar, a la más alta de sus esperanzas, cada vez más clara, cada vez más sana; libre en el deber más lleno de amor, por eso ensalza los milagros que haces tú, ¡el más bello de los eneros!» (3, 521; FW). Nietzsche había encarecido a su amigo Gersdorff la lectura de este libro dedicado al mártir andrógino con estas palabras: sus libros narraban acerca de « mí más de lo que pueden contar cien cartas de amigos. Lee a Sanctus Januarius particularmente en este sentido» (6, 248, finales de agosto de 1882). Algunos intérpretes entendieron esto como una confesión indirecta de tendencias homoeróticas. Pero ¿qué se ha entendido cuando se entiende así a Nietzsche? Algunos creen que con ello poseen una llave para penetrar en el problema de la vida y en la obra entera de Nietzsche. Hay todo un abanico de conjeturas. El muchacho crece sin padre, rodeado de mujeres. Se pretende haber descubierto signos de amor a la hermana en los años tempranos. El pequeño «Fritz», ¿llegó al extremo de llevarse a la cama a su hermana Elisabeth y luego estuvo atormentado por la mala conciencia? Se persiguen posteriormente las huellas de los secretos sexuales en la época escolar de Pforta. Allí encontramos la historia con Ernst Ortleb, el poeta vagabundo y abandonado, conocido y con mala fama en la región de Naumburg. Los alumnos idolatraban a este genio arruinado, que vagaba por los bosques, casi siempre bebido, y que en los días de verano recitaba y cantaba sus poesías bajo las ventanas de las aulas. Algo terrible emanaba de él, tenía mala fama por sus ataques blasfemos al cristianismo, en concreto distorsionaba el culto divino por sus exclamaciones en alta voz. Era célebre su poema «El padrenuestro del siglo diecinueve», que terminaba con los versos: «El hijo de los nuevos días desprecia la religión de los antiguos tiempos. Y con risa sarcástica exclama la tierra entera: “que tu nombre no sea santificado”» (Schulte, 33). En el álbum de poemas de Nietzsche de la época de Pforta se encuentran algunas que proceden de la mano de Ortleb. Ortleb, este individuo rechazado, era sospechoso de tendencias pederastas. A principios de julio de 1864 fue encontrado muerto en una cuneta. Nietzsche y sus amigos recogieron dinero para una lápida. En el poema «Ante el crucifijo», Nietzsche retrató a los dieciocho años a este hombre terrible como un sacrílego embriagado que había increpado al crucificado: «¡Baja! ¿Acaso eres sordo? ¡Aquí tienes tu botella!» (J, 2, 187). Según la reconstrucción biográfica de H J. Schmidt, Ortleb pudo ser en la vida de Nietzsche el primer seductor dionisiaco, y esto no sólo en el mundo de la imaginación, sino también en el de la sexualidad. Algunos suponen que Nietzsche, traumatizado y a la vez fascinado por ello, nunca se deshizo de este primer avasallamiento por un Dionisos de carne y hueso; sospechan que el suceso comentado fue la verdadera escena originaria de la experiencia dionisiaca, a la que después se refiere Nietzsche con anotaciones susurrantes y atormentado por sentimientos de culpa, como cuando en Ecce homo escribe: «La certeza absoluta sobre lo que yo soy se proyectaba a alguna realidad casual; la verdad sobre mí hablaba desde una profundidad estremecedora» (6, 314 y sig.). Si se da por obvio que estas «profundidades estremecedoras» se refieren a la supuesta escena originaria de la seducción (o incluso violación) sexual por parte de Ortleb y a las tendencias homosexuales que así se despertaron (o fortalecieron), entonces se encontrará por doquier en la obra el retorno de esta experiencia, enmascarada a través de imágenes y recuerdos encubridores. Pero con ello lo monstruoso de la vida, que el pensamiento de Nietzsche concitaba, se reducirá a la historia secreta de su sexualidad, que de esa manera se verá convertida en el lugar privilegiado del acontecer de la verdad. Y en consecuencia la sexualidad pasa a ser la verdad de la persona. Quizá sea ésta la ficción más prominente de la verdad en el siglo XX, por más que se difundiera ya en el XIX. Nietzsche padeció la rudeza y la agresividad oculta de esta voluntad de verdad que descifra a la persona desde su historia sexual. No hay duda de que también él investigó la vida instintiva, pero en estos asuntos era politeísta y no rendía homenaje al monoteísmo sin fantasía de los deterministas sexuales. Nada menos que el propio Richard Wagner le molestó primero y luego le ofendió «mortalmente» con esta psicología de sospechas sexuales. Con precaución al principio y todavía en forma muy amistosa, a principios de los años setenta, Wagner había recomendado a Nietzsche como remedio contra la melancolía y la ofuscación que no cultivara las amistades demasiado íntimas con los hombres a expensas de las mujeres. «Entre otras cosas me daba cuenta», escribe el 6 de abril a Nietzsche, «de que yo no había tenido en mi vida un trato masculino como el que usted cultiva en las horas nocturnas [...]. Parece que al joven señor le faltan mujeres; y esto significa de todos modos [...], ¿dónde tomar y no robar? Por lo demás, en caso de necesidad se podría robar alguna vez. Trato de decir que debería usted casarse» (N/W, 241). No sólo los Wagner le buscaban una esposa. También la madre y luego Malwida von Meysenbug hacían todos los esfuerzos posibles por casar a Nietzsche, lo cual no siempre le resulta inoportuno. A veces incluso suplica que se le ayude en la búsqueda de mujer. Pero en el fondo Wagner persigue otros hilos y manifiesta otras sospechas. Nietzsche sólo lo supo más tarde, con certeza poco después de la muerte del compositor, en la primavera de 1883. Sin embargo, ya antes corría el rumor de que era un hombre afeminado y un onanista crónico, y es muy posible que Nietzsche tuviera noticias de esto en aquel terrible verano de 1882 en Tautenburg con Lou Salomé. El 13 de marzo de 1882 Paul Rée partió de Génova, donde había visitado a Nietzsche, para dirigirse a Roma. Allí conoció en casa de Malwida von Meysenbug a Lou Salomé, una rusa de veinte años. La joven, intelectualmente muy dotada, era hija de un general ruso con antecedentes hugonotes. Después de la muerte del padre en 1880, abandonó Rusia, junto con su madre, para estudiar en Zurich. La joven estaba gravemente enferma de los pulmones; los médicos le daban pocos años de vida, motivo por el que se dedicó tanto más intensamente al estudio de la filosofía, la religión y la historia de la cultura. Impresionaba por su pasión intelectual, tempranamente madura, y por su curiosidad y energía vital. En el otoño de 1881 había redactado en Zurich el poema «Oración a la vida», que entusiasmó a Nietzsche y al que puso música bajo el título de «Himno a la vida». Y en 1887, poco después de la ruptura, consiguió que Peter Gast lo adaptara para coro y orquesta; era la única de sus composiciones que quería tener impresa. Le impresionaban especialmente estos versos: «Sin duda, así ama un amigo al amigo, como yo te amo, ¡vida de enigmas! [...]. ¡Ser durante milenios! ¡Pensar! ¡Estréchame en tus brazos! No puedes regalarme ninguna dicha más. ¡Pues bien, todavía tienes tu pena!» (Lou Andreas-Salomé, 301). Lou había interrumpido sus estudios en Zurich a finales de 1881 porque no soportaba el clima del lugar. Los médicos le recomendaron una cura en el sur. Y así llegó a Roma con su madre. Allí, en casa de los Meysenbug, se convirtió con suma rapidez en el centro del círculo social y, cuando llegó Paul Rée, éste se enamoró inmediatamente de la inteligente rusa. Durante noches pasearon los dos por Roma, abismados en interminables conversaciones. Rée exponía a la joven mujer las ideas del libro de filosofía moral en el que él estaba trabajando. Escribía a Nietzsche que nunca había tenido una compañera de diálogo semejante, capaz de captar los pensamientos antes de que estuvieran formulados. Era una sensación de embriaguez, y deseaba que Nietzsche participara en la vivencia. Pero eso no ha de perjudicar a la liga de hombres. Invita al amigo a que venga a Roma. También Malwida von Meysenbug envía una invitación, también ella se siente impresionada ante la joven rusa y cree que Nietzsche tiene que conocerla por encima de todo: « Es una muchacha muy sorprendente [...], en el pensamiento filosófico me parece que ha llegado aproximadamente a los mismos resultados que usted hasta ahora [...]. Rée y yo coincidimos en el deseo de verlo alguna vez junto a este ser extraordinario» (Janz, 2, 121). La invitación a Roma y los relatos sobre Lou despiertan la curiosidad de Nietzsche y reavivan sus planes de matrimonio. Desea una compañera de vida que haga las tareas de la casa, tal como las ha hecho su hermana durante cierto tiempo, una mujer que desempeñe las funciones de secretaria y que incluso, a diferencia de su hermana, pueda ser una compañera de diálogo con el mismo nivel intelectual que él. En tales asuntos Nietzsche a veces puede decidirse con rapidez. Esto se puso de manifiesto, por ejemplo, en abril de 1876, cuando hizo a Mathilde Trampedach una proposición de matrimonio casi como un asalto, después de verse solamente tres veces en sociedad. La mujer rechazó asustada y Nietzsche se replegó de nuevo, como si nada hubiese sucedido. Ninguna huella de enamoramiento o de sentimiento fuerte. Con igual rapidez asoma de nuevo en marzo de 1882 la idea de casarse como reacción ante las noticias que le llegan de Roma. En una carta a Overbeck del 17 de marzo de 1882 se queja en primer lugar de su defectuosa máquina de escribir, luego del mal estado de sus ojos y, después de intercalar la observación de que necesitaría una «máquina de dictado», continúa: «Necesito a una persona joven cerca de mí, que sea suficientemente inteligente e instruida para poder trabajar conmigo. De cara a este fin aceptaría un matrimonio de dos años; pero, evidentemente, llegado el caso habría que tomar en consideración un par de condiciones más» (B, 6, 180). El 21 de marzo, en una carta a Paul Rée, habla de los mismos deseos, si bien en un tono irónico, ligeramente quebrado, grave y galanteador: «Saludos de mi parte a esta rusa, si los saludos tienen sentido; estoy ávido de tal especie de almas. ¡Sí!, en breve me lanzaré al rapto; a la vista de lo que pienso hacer en los próximos diez años, la necesito. Un capítulo totalmente distinto es el matrimonio; a lo sumo podría ponerme de acuerdo para un enlace de dos años» (B, 6, 185 y sig.). Pero de momento no va a Roma, sino a Mesina. Por Paul Rée se entera de que este viaje ha hecho crecer su importancia ante los ojos de la rusa, casi como si se hubiera tratado de una escenificación lograda. «Por lo que más admiración y preocupación ha producido a la joven rusa es por este paso» (el viaje a Mesina). «En efecto, ella está ansiosa de verlo, de hablar con usted» (15, 120). Así, esta relación comienza antes de comenzar realmente. A finales de abril se produce el primer encuentro, que tiene lugar en la catedral de San Pedro de Roma. Las primeras palabras de Nietzsche fueron: «¿De qué astros hemos caído aquí el uno para el otro?» (Janz, 2, 123). Con la misma rapidez que seis años antes a Mathilde Trampedach, pocos días después hace ya a Lou la primera proposición de matrimonio. La historia es muy complicada, pues él utiliza a su amigo Rée como casamentero, a un Rée que abrigaba sus propias ambiciones. Lou rechaza, alegando motivos económicos; pero tanto mas apasionadamente acoge el plan de formar a tres una .especie de grupo de trabajo y de estudio, de compartir una vivienda, quizás en Viena o en París; por motivos de decoro podría unirse también la madre de Lou o la de Rée, o bien la hermana de Nietzsche. Rechazada la proposición de matrimonio, también Nietzsche se adhirió con gusto a este plan, al que se aferrará durante todo el año. En cualquier caso, semejante alianza intelectual a tres respondía por completo al gusto de Lou, que, tal como escribe en los recuerdos de su vida, soñaba con una «agradable estancia de trabajo, llena de libros y flores, flanqueada por dos dormitorios y, moviéndose de aquí para allá entre nosotros, compañeros de trabajo, unidos en un círculo ameno y serio» (Janz, 2, 125). También Nietzsche podía imaginarse perfectamente semejante comunidad de trabajo con intenso afecto, ya que después de la vivencia de Sulej estaba decidido a cimentar la doctrina del eterno retorno mediante un sólido estudio de las ciencias naturales. En el viaje de regreso a Alemania se encontraron a principios de mayo en el lago de Orta, al norte de Italia; finalmente Nietzsche tuvo ocasión de pasear a solas con Lou. El camino conducía hacia arriba, hacia Monte Sacro; más tarde Nietzsche se acordará de esto como de un suceso sagrado, lleno de esperanzas que nunca llegaron, lleno de promesas que nunca se cumplieron. No sabemos lo que sucedió en Monte Sacro. Nietzsche no se manifestó al respecto y Lou lo hizo muy escasamente; más tarde dijo a un amigo: «No recuerdo ya si besé a Nietzsche en Monte Sacro» (Peters, 106). En cualquier caso Nietzsche se sintió alentado en Lucerna para hacer su segunda proposición de matrimonio, ahora sin casamentero. Lou, que se siente simultáneamente atraída y repelida por Nietzsche, lo rechaza de nuevo. Eran atractivas para ella las aventuras del pensamiento en las que él la envolvía. Pero actuaban repulsivamente el pathos, la rigidez, la formalidad en alternancia con la actitud de descreído. Lou percibía esto como un coqueteo con una locura que él no tenía. De todos modos Nietzsche ejercía suficiente efecto seductor como para poner celoso a Rée, que quería saber de Lou exactamente qué había sucedido en Monte Sacro, y la preparaba con tanta broma como inquietud para la siguiente proposición de matrimonio de Nietzsche. Rechazada la segunda proposición de matrimonio, Nietzsche cifra todas sus esperanzas en la recomposición del plan de alianza a tres. Ahora ya no se le puede esconder a Nietzsche que, a pesar de esta alianza, de hecho compite con el amigo por la mano de Lou. De ahí que se vea inducido a insistir con especial fuerza en la continuación de la amistad: «No se puede ser amigo como nosotros lo somos en una forma tan admirable», escribe a Paul Rée el 24 de mayo de 1882, y en una carta del mismo día a Lou dice: «Rée es en todas sus piezas un amigo mejor que yo; ¡advierta usted bien esta diferencia!» (B, 6, 194 y sig.). Hasta ahora habían estado juntos muy pocos días y horas, Nietzsche quiere pasar más tiempo al lado de Lou. Quizás así podría ganarla para él. ¿Sabe lo que quiere? A Peter Gast le dice explícitamente que no es indicada aquí «la idea de un amorío» (B, 6, 222; 13 de julio de 1882).Y en un esbozo de carta a Malwida von Meysenbug define la relación como una «amistad firme». Califica a Lou de «alma verdaderamente heroica» y manifiesta el deseo «de conseguir en ella una alumna y, si mi vida no tuviera larga duración, una heredera y continuadora de mis pensamientos» (B, 6, 223 y sig.; 13 de julio de 1882). En este sentido se manifestó Nietzsche también ante Lou. Tenía que eliminar su desconfianza, ella no había de pensar que quería tenerla solamente como secretaria, y por eso escribe:
«Hasta ahora nunca he pensado que usted ha de leerme en alta voz y escribir para mí; pero deseo de corazón poder ser su maestro. Finalmente, para decir toda la verdad: ahora estoy a la espera de hombres que puedan ser mis herederos; llevo conmigo algo que no puede leerse en los libros, y me busco para ello el suelo más bello y fértil» (B, 6, 211; 26 de junio de 1882).
Lou no tenía que leerlo necesariamente como una declaración de amor; y en general las cartas de Nietzsche a Lou apenas son eróticamente exageradas. Pero hay en ellas frases que permiten a Lou adivinar un temblor subterráneo. «Tenía que callar», le escribe a Lou el 27 de junio de 1882, «porque hablar de usted me habría trastornado cada vez que lo intentara» (B, 6, 213). Y luego llegó el verano en Tautenburg (Turingia). Lou aceptó la invitación de Nietzsche. Primero había visitado los festivales de Bayreuth, donde frecuentó la casa de Wagner y conoció a la hermana de Nietzsche. Elisabeth se convirtió en una testigo envidiosa de su éxito social en los salones y en las recepciones. Allí no se hablaba bien del renegado Nietzsche, y Elisabeth encontraba que esta joven rusa habría debido defender enérgicamente a su hermano. Y no lo hizo, sino que, por el contrario, lo traicionó y tomó parte en las calumnias; en todo caso así lo sintió Elisabeth y, sobre todo, así se lo contó después a su hermano. En el viaje común a Tautenburg se produjo una fuerte disputa entre Elisabeth y Lou, y desde este momento la hermana se convirtió en una enemiga ansiosa de venganza. Más tarde afirmó que Lou, ante sus reproches morales, calificó a Nietzsche de hipócrita, pues, bajo el pretexto de una amistad espiritual, conducía los hilos hacia un amancebamiento, añadiendo que era un egoísta y que su obra en general mostraba huellas de locura. No sabemos lo que Lou dijo realmente entonces; pero la hermana así se lo contó a Nietzsche, que, según escribió después en una carta, estuvo cerca de la «demencia» (B, 6, 435; 26 de agosto de 1883). A pesar de los sentimientos adversos, Elisabeth pasa algunas semanas junto con Lou y Nietzsche en Tautenburg; de todos modos, ambos se despreocupan ampliamente de ella, que queda excluida de la intensa comunidad de diálogo. Y dado que Rée contempla con celos la relación entre los dos, Lou escribe un diario sobre estas semanas en forma de cartas a Rée. Éstas dan una información bastante exacta sobre el idilio de Tautenburg. Cuenta que pocas horas después de la llegada, los dos dejaron atrás las «habladurías mezquinas» y se encontraron inmersos en la antigua confianza. Se hospedaron en viviendas diferentes; por la mañana Nietzsche buscaba a Lou para dar largos paseos y dialogar incansablemente. Lou escribe: «Durante estas tres semanas hablamos casi hasta morir [...]. Es curioso que con nuestros diálogos vamos a parar maquinalmente a los abismos, a unos lugares de vértigo hacia los cuales uno ha trepado en solitario para mirar a las profundidades. Hemos elegido siempre caminos de cabras y, si alguien nos hubiera escuchado, habría creído que estaban conversando dos diablos» (15, 125). ¿Sobre qué hablan? Apenas sobre sus sentimientos recíprocos, sólo una vez susurra Nietzsche quedamente: «Monte Sacro, le agradezco el sueño más fascinante de mi vida» (Peters, 133). Hablan especialmente sobre la muerte de Dios y la añoranza religiosa. Lou escribe:
«Lo común a los dos es el fundamental rasgo religioso de nuestra naturaleza, el cual quizás ha hecho su irrupción en nosotros con tanta fuerza porque somos incrédulos en el sentido más extremo. En el incrédulo la sensación religiosa no puede referirse a ningún Dios y ningún cielo fuera de sí, donde puedan saldar sus cuentas las fuerzas formadoras de la religión, tales como la debilidad, el miedo y la codicia. En el incrédulo la necesidad religiosa [ ...] que ha surgido a través de la religión, por así decirlo, puede ser arrojada de nuevo a uno mismo, convertirse en fuerza heroica de su esencia, en el impulso de la propia entrega a un gran fin».
El carácter de Nietzsche mostraba este rasgo heroico en especial medida. Y por ello llegaremos a ver «que se presenta como mensajero de una nueva religión, una religión que conquiste a héroes como discípulos» (Peters, 136). La perspicaz observadora Lou escribe esto medio año antes de que Nietzsche emprenda realmente con su Zaratustra el intento de anunciar una especie de religión. Las semanas de Tautenburg fueron felices e intensas, pero hubo también instantes en los que Lou notó lo extraño, lo terrible que emanaba de Nietzsche. Dice, por ejemplo: «En alguna profundidad escondida de nuestra esencia nos separan mundos. Nietzsche, a la manera de un viejo castillo, tiene en su esencia algunos calabozos oscuros y ocultas bodegas que pasan desapercibidos en un conocimiento fugaz y, sin embargo, pueden contener lo más auténtico de su persona. Sorprendentemente, hace poco, de golpe pasó con fuerza por mi cabeza el pensamiento de que alguna vez podríamos enfrentarnos como enemigos» (Peters, 134).Y así será. Nietzsche no quiso notar que Lou no lo amaba tal como él quizás había deseado; confundió la intensidad entre ellos y la dicha especial que Lou sentía en sus conversaciones con la felicidad del amor, que para Lou no estaba aquí en juego. Nada podía reprocharle, pues el amor no puede exigirse ni forzarse, y si alguien se equivoca en esto no hay que cifrar la causa necesariamente en el engaño. Lou no le fingió nada. Más tarde formuló con suficiente claridad la dramática tergiversación y el desequilibrio de los afectos entre ellos. En el libro En la lucha en torno a Dios escribe tres años más tarde: «Ningún camino conduce de la pasión sensible a la simpatía espiritual de la esencia, pero sí hay muchos caminos que desde ésta llevan hasta aquélla» (Peters, 157). A partir de la «simpatía de la esencia», se había desarrollado en Nietzsche una pasión coloreada sensiblemente, a la que Lou de ninguna manera podía corresponder. Y además, en Nietzsche el aspecto sensible estaba en juego de una manera muy ambivalente, ya que después de la ruptura se expresa todo el asco corporal que había sentido frente a Lou, como en una carta -no enviada- al hermano de Paul Rée, en la que dice sobre ella: «Esta seca, sucia y maloliente mona, con sus falsos pechos. ¡Una fatalidad!» (B, 6, 402; mediados de julio de 1883). Retrospectivamente, toda la historia se le presenta como una «alucinación» (B, 6, 374; 10 de mayo de 1883). Recompone el asunto en los siguientes términos: convertido en un anacoreta, perdida la costumbre del contacto con los hombres, ya no se maneja entre ellos. Está abandonado a ellos sin ninguna protección: «Por así decirlo, a mi alma le faltaban la piel y todas las medidas naturales de protección» (B, 6, 423; 14 de agosto de 1883). De esa manera, no supo descubrir el juego que se estaba jugando con él. Fue atraído a Roma para conocer a Lou. Puede ser que Malwida y Rée tuvieran buenas intenciones. ¿Pretendían solamente proporcionarle una interesante compañera de diálogo? El amigo Rée no le reveló los propios sentimientos hacia Lou; con ello le llevó a engaño. Y él mismo, así pasa cuentas Nietzsche consigo mismo, nada notó de todo eso, pues su conocimiento práctico de los hombres era demasiado deficiente. Por eso se adhirió a la propuesta de la alianza a tres, pero sin notar, como hace ahora, que con ello se pretendía solamente darle un consuelo. Después de Tautenburg, Lou y Rée mantuvieron todavía el plan durante cierto tiempo, pero sólo para conseguir que Nietzsche se adormeciera sosegadamente. Mientras él se aferraba todavía a la alianza a tres, Lou y Rée habían llevado a la práctica su propósito de vivir juntos en Berlín. Y luego las terribles calumnias que llegan a sus oídos a través de su hermana, y a las que él da fe con tanta mayor firmeza cuanto más tiempo Lou y Rée lo mantienen esperanzado. Arde en su interior por esta triple difamación: la de ser un egoísta, perseguir intenciones sexuales bajo un manto idealista y la de que su obra es fruto de un medio loco (B, 6, 399; mediados de julio de 1883). Le resulta difícil relegar todo eso al olvido. De hecho le falta una protección inmunológica, le faltan las «medidas protectoras naturales», por ejemplo, la distracción mediante el contacto usual con otros hombres. El ermitaño es atormentado por su imaginación; cuando más tarde Nietzsche conozca la Tentación de san Antonio, de Flaubert, reconocerá allí lo que significa ser avasallado por el tormento de las propias fantasías. Pero Nietzsche lucha por la voluntad de poder sobre sí mismo; vuelve la sospecha contra las propias suposiciones, y de pronto puede ver todo el tumulto bajo otra luz totalmente distinta. Entonces, tal como escribe el 14 de agosto de 1883, Lou se le presenta de nuevo como «un ser del más alto nivel, y su ausencia será siempre una lástima [...]. La echo de menos, incluso con sus malos atributos» (B, 6, 424). Nunca expresa con claridad cuáles son estos supuestos «malos atributos». Estamos abocados a sospechas. Nietzsche abrió su existencia espiritual a Lou como a ningún otro ser humano con anterioridad. Desde el punto de vista de su manera de sentir, había entre ellos una profunda e incomparable comprensión, que rozaba el núcleo de sus «dones» e «intenciones» (B, 6, 254; 9 de septiembre de 1882). Se sentía Casi completamente comprendido por ella: «Algunas, grandes perspectivas del horizonte espiritual y moral son mi más poderoso horizonte de vida; estoy contento de que nuestra amistad alimente sus raíces y esperanzas en este suelo» (B, 6; 204; 12 de junio de 1882). Incluso son «demasiado semejantes», «parientes de sangre» (B, 6, 237; 14 de agosto de 1882), con la consecuencia de que, según escribe Nietzsche a su hermana, defendiendo a Lou, «cada difamación que le afecte a ella, me afectará primero a mí» (B, 6, 254; 9 de septiembre de 1882). Con ello está acabado el salón de los espejos, pues cuando Nietzsche ultraja a Lou después de la separación, el ultraje también le salpica a él. Pero preguntemos de nuevo: qué le echa en cara? ¿Puede reprochársele que lo entendiera tan bien? No. Lo insoportable para Nietzsche es pensar que lo entendiera tan profundamente y luego, con su indómita curiosidad, siguiera de nuevo en pos de hombres, se fuera hacia otros y no permaneciera bajo su hechizo, que lo abandonara y lo dejara atrás como un estadio de su proceso de formación. No le resultaba posible declarar frente a Lou: has sido invitada a la mesa de otro señor... Nietzsche no mostraba la serenidad soberana de Zaratustra, que exigía a sus discípulos que se desprendieran de él y lo abandonaran una vez que lo habían encontrado. Precisamente esto, el que Lou se desprendiera de él y siguiera su propio camino, le ofendió profundamente. Se sentía utilizado, creía haber sido objeto de abuso. Una alumna le da a entender que lo comprende, pero luego sabe buscarse otros maestros. Nietzsche percibió esto como una terrible ofensa. Se había entregado a ella, y luego ella lo había abandonado. Ahora (en el invierno de 1882‑1883), se siente arrojado a sí mismo como nunca antes. En diciembre de 1882 escribe a Franz Overbeck: «Ahora estoy totalmente solo ante mi tarea [...]. Necesito un baluarte contra lo más insoportable» (B, 6, 306). Dos semanas más tarde llegan aquellos diez días en los que, como en un estado de embriaguez, escribió la primera parte de Zaratustra. No hay duda de que esta obra era para él el baluarte» ominoso «contra lo más insoportable». Rüdriger Safranski
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