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Schopenhauer

Schopenhauer, Arthur (1788-1860)

Yo comprendí que mi instinto quería llevar a cabo todo lo contrario de lo que había querido el instinto de Schopenhauer: llegar a una justificación de la vida, aun en lo que tiene de más terrible, dudoso y engañoso. A tal fin yo había puesto la mano en la fórmula dionisiaca. Contra la afirmación de que un en sí de las cosas es necesariamente bueno, feliz, verdadero, único, la interpretación schopenhaueriana del en sí como voluntad constituye un progreso esencial. Pero Schopenhauer no supo divinizar esta voluntad. Se atuvo al ideal cristiano moral. Se encontró aún de tal modo bajo la dominación de los valores cristianos, que cuando la cosa en sí no fue ya para él Dios, tuvo que mirarla como mala, absurda y reprobable. No comprendió que puede haber infinitas maneras de ser diversamente y de ser dios. (Nietzsche, citado por D. Sánchez Meca: En torno al Superhombre. Nietzsche y la crisis de la modernidad, Barcelona, Anthropos, 1989)

 

Schopenhauer, Arthur (1788-1860)

  Filósofo alemán, nacido en Danzig. De familia rica, durante los años 1800 y 1803-1804 y en plena adolescencia, emprende viajes, junto con su familia, por toda Europa. A la vuelta de sus viajes, y tras heredar, a la muerte de su padre en 1805, una fortuna que le permite vivir de rentas toda su vida, ingresa en la universidad de Gotinga para cursar medicina, carrera que cambia al segundo año por la de filosofía. Estudia también en Berlín donde asiste a las clases de Fichte y Schleiermacher; rechaza ya entonces la relación entre filosofía y religión y anota en el cuaderno de clase, frente a la afirmación de Schleiermacher de que nadie puede ser filósofo sin ser religioso, «nadie que sea religioso puede ser filósofo». Se aleja momentáneamente de Berlín para redactar su tesis doctoral, que defiende en 1813 con el título de La cuádruple raíz del principio de razón suficiente.

En 1819 aparece su obra más importante, El mundo como voluntad y representación; ninguna de estas dos obras le da fama como filósofo y en 1820 decide trasladarse a Berlín para dar clases. Las da, a propósito, a la misma hora que Hegel, a quien profesaba la más profunda aversión, y no constituyen sino un fracaso de oyentes. Por causa de la peste, abandona Berlín y, en 1833, se instala definitivamente en Francfort. Retirado de la docencia, sigue escribiendo y publica en 1836 Sobre la voluntad en la naturaleza y, en 1841, Los dos problemas fundamentales de la ética. Reedita su obra fundamental, El mundo como voluntad y representación, añadiéndole nuevos capítulos y nuevos improperios contra la filosofía de «los profesores de filosofía», a la que contrapone la suya propia, que considera filosofía de la verdad. En 1851, el cuidado estilo literario de Parerga y Paralipómena -extensa colección de aforismos sobre muy variados temas, de la que los Aforismos sobre la sabiduría de la vida son su libro más leído-, le procura la fama que, hasta el momento, se le había mostrado huidiza.

En su primer prólogo a El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer remite los orígenes de su filosofía a Platón, Kant y hasta las Upanishads. El punto de partida es la afirmación kantiana de que «el mundo es una representación mía», que significa que todo cuanto conocemos sucede y existe sólo en el fondo de la conciencia humana, donde el objeto se identifica con el sujeto (ver texto ). Tras esta afirmación de idealismo fundamental, la afirmación de cómo conoce el hombre el mundo en su conciencia: a través de las formas a priori del espacio, el tiempo y la causalidad; propiamente a través de la causalidad, que actúa sobre los conocimientos espacializados y temporalizados. Sobre ellos actúa la causalidad en sus cuatro formas distintas (devenir, conocer, ser y actuar), lo que da origen a las diversas clases de objetos del mundo.

El mundo así conocido no es más que fenómeno, apariencia, lo que la filosofía india llama «velo de Maya», no cosa en sí. A la cosa en sí puede llegar el hombre por medio de la voluntad, ésta es lo que el hombre en sí, la esencia del hombre, que se manifiesta en el cuerpo, por el cual el hombre es también mundo. En ella, además, ve la esencia de todas las cosas: por la voluntad, o por la vida, que hay en todo, se llega a la esencia misma de las cosas en sí. Su filosofía es, por lo mismo, una filosofía de la voluntad. A la voluntad podría también darle el nombre de impulso, energía o fuerza original, pero estos nombre remiten más bien al mundo del conocimiento y no al de la misma vida, cuya esencia ve bien simbolizada con el nombre de voluntad.

A la pregunta fundamental de la filosofía acerca de «¿qué es el mundo?» responde Schopenhauer diciendo que es representación, fuerza y voluntad. Fuerza ciega y voluntad insatisfecha, aspiración, deseo, dolor, tragedia; tampoco la historia es racionalidad y progreso, sino ciego y engañoso azar. La liberación de la irracionalidad y la ceguera sólo es posible a través del arte (estado estético; ver texto ). La experiencia estética es, no obstante, sólo una liberación momentánea del dolor, el tedio y la insatisfacción de vivir. Hay otra fase, el estado ético, que se alcanza por la negación de la voluntad de vivir, origen de todo mal: exige primero la anulación de la propia individualidad egoísta y que impide la piedad y la compasión, y luego la ascesis que es negación y extinción de todas las manifestaciones de la voluntad, como en el nirvana budista o la ascética cristiana más rigurosa. Tras la negación de la voluntad, no queda sino la nada, que es lo que es el mundo (ver texto ).

El irracionalismo filosófico de Schopenhauer ha influido en filosofía y literatura; Kafka, Thomas Mann o Musil, en literatura, y Eduard von Hartmann, Bergson, Nietzsche y Freud, en filosofía, son deudores suyos.

Diccionario de filosofía en CD-ROM. Copyright © 1996. Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona. Todos los derechos reservados. ISBN 84-254-1991-3. Autores: Jordi Cortés Morató y Antoni Martínez Riu.

 

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