El hombre más independiente de
Europa
Peter Sloterdijk
La presente conferencia, “Der
unabhängigste Mann in Europa”, pronunciada en Weimar, el 25 de agosto de
2000 en ocasión del centenario de la muerte de Friedrich Nietzsche, fue
publicada en versión original en el Frankfurter Allgemeine
Zeitung del 28 de agosto del mismo
año. Traducción: Fernando La Valle.
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La ruptura de Nietzsche con la antigua tradición evangélica
europea permite percibir que, a partir de cierto estadio de la
Ilustración, las funciones indirectamente eulógicas del discurso ya no
pueden ser aseguradas por compromisos relacionados con el deísmo y la
educación protestante. Aquel que busque todavía un habla que permita al
hablante suscribir
every human excelence,
o al menos, asegurarse una participación en los más altos destinos, deberá
desarrollar a partir de ahora estrategias de lenguaje que vayan más allá
del eclecticismo jeffersoniano. En lo que toca a las comunicaciones de la
modernidad, ya no es suficiente con la mera evasión de penas por medio de
la difusión de comprometedoras noticias sensacionalistas; y tampoco basta
la simple propagación de apocalipsis furibundos y amenazas moralizantes
que comprometían a cada orador ante un público de impronta secular o
humanista. Quién podría darse por aludido hoy por un orador como el Jesús
de Marcos 9,42, alguien que cree correcto decir: “A quien escandalizare a
uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valdría que le colgaran
al cuello una rueda de molino de las que mueven los asnos y lo arrojasen
al mar.” Un comentador del año 1888 se contentó con señalar: “¡Qué
evangélico!”
Las tijeras no pueden salvar ya la autoestima del hablante
por medio de la difusión de la buena nueva, pues incluso el resto del
Evangelio se revela como algo que apenas resiste el examen. Ni siquiera la
desmitologización podrá volver a ponerlo en pie. Demasiado turbias,
demasiado sospechosas, son las fuentes a partir de las que inician su
vuelo los bellos discursos, con su universalismo rencoroso y su amenazante
buena voluntad. Aun en caso de ser posibles todavía en absoluto las buenas
nuevas, y si los presupuestos de la difusión se consumaran en una cadena
de la suerte, unas y otros deberían ser redactados de nuevo, llegar a ser
lo bastante nuevos como para evitar similitudes penosas con viejos textos
que se han vuelto inaceptables, pero seguir siendo lo bastante similares
como para volverse verosímiles, al menos como continuaciones formales del
bagaje evangélico recibido. Por ello, ocurre por primera vez que la
refundición de un discurso que sea predicable para el predicador a partir
de la expectativa de beneficios se logra por medio de la subversión de las
formas anteriores. Pero Nietzsche no quiere ser apenas un parodista del
Evangelio; no desea sólo unir a Lutero con el ditirambo y cambiar las
tablas mosaicas por las zaratustrianas. Se trata para él mucho más de
colocar en un orden completamente nuevo las relaciones de los credos y el
encadenamiento de las citas de autoridad, pues va implicado en ello el
examen de la diferencia entre una profesión de fe y una cita. El autor de
Zaratustra
quiere renovar desde sus bases la fuerza eulógica del lenguaje, y
liberarla de las trabas que le fueron impuestas por el resentimiento de
impronta metafísica. Esta intención resuena en la frase en que Nietzsche
asegura a su amigo Franz Overbeck, “...que con este libro he superado todo
lo que ha sido dicho hasta ahora con palabras...” Y es también presupuesta
cuando afirma ante el mismo corresponsal: “Ahora soy, con toda
probabilidad, el hombre más independiente de Europa.”
El apogeo –o mejor, el espacio de operaciones– de esta
independencia es el resultado del conocimiento que, ya desde los días de
Humano, demasiado humano,
Nietzsche fue logrando a partir de un agresivo ejercicio que llevó a cabo
sobre su propia persona. El autor de
La gaya ciencia
se había convencido de que el resentimiento es un modo de generación de
mundo, hasta aquí el más poderoso y nocivo, incluso. En todo lo que hasta
el momento recibía los nombres de Cultura y Religión se encontraba la
impronta decisiva de dicho modo: todo lo que durante una era supo
presentarse como el orden moral del universo lleva sus trazos. De aquí
resulta el final catastrófico que cae sobre el pensador como un
conocimiento de siglos: que toda palabra signada por la metafísica gravita
en torno a un núcleo misológico; las doctrinas de sabiduría clásicas son
esencialmente sistemas de discursos malintencionados en relación con el
ente en su totalidad. Cumplen la calumnia del mundo de parte de los que
han llegado demasiado tarde, y tienen como meta la humillación de toda
posición ligada con la autoalabanza. No es necesario extenderse aquí sobre
la significación de que Nietzsche haya colocado al apóstol Pablo junto con
Sócrates y Platón como el genio de la inversión, y aún menos sobre la
circunstancia de que Nietzsche desvíe la atención de la gravedad de la
operación paulina, para disponer su enmienda como eje de una historia del
futuro. Ante este escenario el autor de
Zaratustra
se dispone a formular el primer eslabón de una cadena de mensajes de los
que ha sido eliminado el falsete metafísico. Con respecto a esta maniobra,
Nietzsche conoce a ciencia cierta su posición epocal; sabe que la
desarticulación del inminente torrente de palabras del resentimiento y la
nueva canalización de las energías eulógicas son un hecho “de la historia
del mundo”; pero también comprende que operaciones de tal orden de
magnitud requieren mucho tiempo; considera como parte de su martirio el no
poder contemplar las consecuencias de su pensamiento capital: “Espero
tanto de mí,” escribe con leve autoironía en mayo de 1884 a Overbeck desde
Venecia, “que, con ingratitud, me pongo en contra de lo mejor que he hecho
hasta ahora; y cuando no llego tan lejos que milenios enteros hagan sus
más altos votos en mi nombre, entonces es ante mis ojos como si no hubiera
logrado nada.” En septiembre del mismo año, hace la siguiente confesión
ante Heinrich Köselitz: “Zaratustra
tiene por lo pronto la falta absolutamente personal de ser mi ‘libro de
edificación y aliento’ –por otra parte, oscuro y secreto, y motivo de risa
para todo el mundo.”
Un “libro santo”, un “libro edificante”, un libro de la
independencia y el autodominio, un verdadero “libro de las cimas”, un
“quinto evangelio”: las etiquetas de Nietzsche para
Zaratustra,
su “hijo” literario, surgen, como el texto mismo, de un fondo de
tradiciones lingüístico-religiosas, que son transformadas para la ocasión.
El fundamento esencial para la admisión renovada de tales fórmulas se
encuentra más allá, sin embargo, de la esfera retórico-paródica. Nietzsche
da a entender que el concepto de evangelio como tal, fue llenado hasta
ahora con ejemplos falsos, pues en la tradición cristiana fueron
difundidas como buenas nuevas aquello que según su valor y figura, sólo
podía representar un triunfo de la misología. La vieja cuadratura de los
evangelios no es a su modo de ver otra cosa que un manual para un
malintencionado hablar del mundo por parte de los abogados de la nada, los
ultrajados, los vengativos y perezosos; se coloca a la vez como escrito
propagandístico del resentimiento, que convierte a las derrotas en éxitos,
y disfruta de la postergada venganza como si se tratara de impulsos
idealistas, lejos y por encima de la dura realidad. La arrogancia de
Nietzsche se funda en la certeza de que recaía sobre él la tarea de
interrumpir el continuum milenario de la propaganda misológica. Para el
completo complejo de imposturas metafísicas, rige la observación de
Ecce homo:
“Ha acabado todo «impulso oscuro», precisamente el hombre bueno era el que
menos conciencia tenía del camino recto... Y con toda seriedad, nadie
conocía antes de mí el camino recto, el camino hacia arriba: sólo a partir
de mí hay de nuevo esperanzas, tareas, caminos que trazar a la cultura –yo
soy su alegre mensajero...”[i]
El evangelismo de Nietzsche significa por consiguiente:
saberse en oposición a los poderes de inversión de milenios, en oposición
a todo lo que hasta entonces se llamó evangelio; ve en eso su destino,
tener que ser un alegre mensajero, “como nunca lo hubo”. Esa es su misión,
destruir la competencia comunicativa de los envenenados. El quinto
“Evangelio” –Nietzsche pone sólo el sustantivo, no el adjetivo numeral,
entre las comillas, y le adjunta como variantes las expresiones “Poesía” o
“Algo para lo cual todavía no hay nombre”– deberá ser un evangelio de
contraste que no tenga como contenido a la negación como liberación de la
realidad, sino a la afirmación como liberación para la totalidad de la
vida. Es un evangelio de la ya-no-más-necesidad-de-mentira, un evangelio
de la negentropía o de la creatividad, y por consiguiente, bajo el
presupuesto de que sólo pocos individuos sean creativos y capaces de
acrecentamiento, un evangelio de minorías, o aun mejor: un evangelio “para
nadie”, un envío para destinatarios no identificados, porque no existe
todavía una minoría, por pequeña que sea, que pueda aceptarlo directamente
como su mensaje. No es casual que, durante los meses y años críticos que
siguieron a la publicación de las tres primeras partes del
Zaratustra,
Nietzsche haya señalado con una melancolía auténtica y ficticia al mismo
tiempo, que no tenía ni un solo discípulo.
Esta comprobación será sólo aparentemente contradecida por
el hecho de que el nietzscheano giro “vitalista” del pensamiento se
revelaba ya claramente para asimilar las nuevas palabras de la afirmación
de la vida; por otra parte, la consideración en términos históricos del
hecho de que, poco después de la muerte de Nietzsche, se instaló una ola
de interés que convirtió a Zaratustra en profeta de moda, y a la “voluntad
de poder” en contraseña de escaladores, tampoco llega a desmentir la tesis
de que no hay ni podría haber para este “Evangelio” destinatarios
adecuados.
La base para esto ha de ser buscada en la economía interna
del mensaje nietzscheano, que exige un precio incomparable, y aun
imposible de pagar, para acceder al privilegio de su anuncio. El quinto
Evangelio pone a sus receptores en gastos tan elevados, que a fin de
cuentas sólo puede ser recibido como una mala noticia. No es casual que
impulsara a sus primeros pregoneros en el sentido de su des-solidarización
con la humanidad histórica y presente. La rara renovación nietzscheana de
las energías eulógicas en el sentido de una corriente de discurso
alternativa, desemboca en la propuesta de seguir hablando de un evangelio
que se erija sobre las ruinas de un dis-angelio –la expresión encuentra su
origen en el mismo Nietzsche, que tanta atención había prestado al mensaje
de Pablo; a ella se refirió Eugen Rosenstock-Huessy, quien caracterizó a
los grandes intérpretes de la realidad del siglo XIX, Marx, Gobineau,
Nietzsche y Freud, como los cuatro dis-angelistas de la
desespiritualización moderna... Un poco más desapasionadamente, hoy nos
referiríamos a ellos en todo caso como los fundadores de los juegos de
discurso sobre lo real. Su propia vida era en efecto el “experimento del
cognoscente”, y sus sufrimientos el costo de su inteligencia. Era
imposible para el autor suponer en esto la posesión de una vía de salida
que compartiera con lectores contemporáneos; e incluso menos le estaba
permitida la idea de que podría encontrar alumnos que quisieran aprender
sus lecciones en condiciones similares. De ahí las insistentes
observaciones de Nietzsche respecto de su fatal soledad; de ahí la helada
mirada al mundo como “un portal hacia mil desiertos, vacío y frío”. De ahí
también la desconfianza hacia aquellos que se atrevían a darle lisonjeras
palmaditas en el hombro. Lo que cuesta el nuevo mensaje, queda ilustrado
por el Zaratustra del “Convalesciente”, cuando tras el encuentro con su
“pensamiento más abismal”, se desploma a fuerza de asco y desencanto, y al
despertar se debate siete días entre la vida y la muerte. La verdad tiene,
“en verdad”, la forma de una enfermedad mortal: es un ataque al sistema de
inmunidad aletheiológico, que coloca al hombre en el punto geométrico de
la mentira y la salud. La paradoja económica de la buena nueva
nietzscheana consiste en caer en la cuenta de que la primera, inaudita
mala nueva, necesita ser compensada con una todavía improbable
movilización de energías creadoras; el concepto de superhombre es la
apuesta por la lejana posibilidad de tal compensación: “Tenemos el arte,
para que, ante la verdad, no nos vayamos a pique”... Lo que significa:
tenemos la vislumbre del superhombre, para poder soportar la condición
humana. Tal proposición surge como anuncio de aquello, por lo que produce
espanto. Esta es la razón por la que el
Zaratustra
completo debía adoptar la forma de un extenso preludio: en términos
descriptivos no se trata de otra cosa que de la vacilación del mensajero
ante el proferimiento del propio mensaje.
Cuando se quiere, en todo caso, tener un acceso menos
oneroso al nuevo privilegio de proclamación, pasando por alto aquel
espanto y toda reserva experimental –y ésta es la forma que ha adoptado en
gran medida la historia de la edición nietzscheana en los movimientos
antidemocráticos, e incluso en sus reelaboraciones por parte de la
democrática crítica de la ideología–, se separan las recién adquiridas
funciones eulógicas de la conveniente Ilustración previa, y su trabajo de
negación, con lo cual toma la palabra “evangelio” sus comillas, es decir
su modernidad e ironía. Nietzsche era consciente del aspecto absurdamente
costoso de su empresa, y dudó a menudo respecto de si la recuperación de
una posición evangélico-eulógica a partir del nihilismo consumado tendría
sentido desde un punto de vista tanto existencial como de mera sensatez.
En 1884 escribe a Malwida von Meysenburg: “Tengo cosas en mi alma que
pesan cien veces más que la bétise humaine.
Es posible
que, para todos los hombres por venir, sea yo una fatalidad, la
fatalidad... y consecuentemente, es
muy posible
que enmudezca un día, de amor a los hombres [Menschen-Liebe]!!!”
Recordemos el triple signo de admiración tras esta alusión a la
posibilidad cercana del enmudecer. A toda elucidación del mensaje
nietzscheano habrá de responder con la pregunta de cómo fue posible que la
proclamación prevaleciera frente a sus obstáculos interiores. Esto vendría
como una elucidación respecto a cómo, en el balance del factor disangélico
contra los motivos evangélicos, los últimos podrían tener más peso: en
torno a esta revisión habría incluso que revisar la cuenta misma, desde el
punto de vista de su corrección inmanente. ¿No están acaso todos los
indicios a favor de la idea de que en Nietzsche la mala nueva goza de
clara ventaja respecto de la buena, mientras que todos los intentos de dar
a esta última la preeminencia se fundan en impulsos momentáneos y
autohipnosis pasajeras? Sí, ¿pero no es Nietzsche precisamente por esto el
pensador paradigmático de la modernidad, en la medida en que ésta se
define a partir de la imposibilidad de sobrepujar a lo real con enmiendas
contrafácticas? ¿No se define la modernidad por una conciencia precoz de
estados de cosas atroces, contra los cuales los discursos de las artes y
del derecho presentan siempre apenas una compensación y unos primeros
auxilios? ¿Y no ha dejado de ser la alta voz del mundo contemporáneo
eficaz en eso mismo, cuando tuvo que admitir la ventaja de los infames?
En lo que a Nietzsche respecta, él sabía muy bien que por
mucho tiempo él mismo seguiría siendo el único lector emocionado de
Zaratustra;
su quinto “Evangelio” es, como dijo más o menos correctamente, “oscuro y
secreto y motivo de risa para todos”, y esto no sólo por su precocidad. No
se puede concebir cómo podía un documento así, que todo divulgador
posterior debía inmediatamente librar de su ridiculez, convertirse en
punto de partida de una nueva cadena eulógica, cadena en que llevar la voz
cantante se volviera el premio de una competencia más o menos afortunada.
Ninguna tijera puede salvar a los cantos de Zaratustra para el juego
victorioso y palabrero de la Ilustración estándar. Suponiendo que
Nietzsche supiera esto desde un principio (y a favor de esta suposición
juegan los datos biográficos, así como los literarios con que contamos),
¿qué podía hacerle creer, sin embargo, que a partir de él se iniciaba una
nueva época del discurso positivo? ¿Cómo quería dar el paso de lo ridículo
a lo sublime, de lo sublime al aire libre, y quién podría haberlo seguido?
Para dar respuesta al enigma, debemos examinar más de cerca la ética
nietzscheana de la amplitud de miras.
El que quiera conocer de cerca la teoría y praxis de la
generosidad nietzscheana, debe también –o sobre todo– concebir “sueños de
grandeza” junto con Nietzsche, bajo el supuesto de que sea éste un título
adecuado para la desacostumbrada capacidad de este autor, de hablar en la
más alta de las voces de sí mismo, su misión y sus escritos.
Aquí quisiera proponer la hipótesis de que el narcisismo de
Nietzsche no es tanto un fenómeno relevante de psicología individual, sino
que marca más bien una cesura en la historia lingüística de la vieja
Europa. Básicamente, no es otra cosa que la revelación de la naturaleza
del autor y del discurso literario. El discurso-acontecimiento que lleva
el nombre de Nietzsche, tiene como particularidad el hecho de que en él se
palpa la escisión, característica de la alta cultura, entre la buena nueva
y la auto-celebración, develándose con ello lo que un autor es y hace. Lo
que se presenta aquí de una vez por todas, es la economía de los discursos
eulógico y misológico, y su fundamentación en el tabú de la autoalabanza.
Un examen del contexto de la metafísica y crítica de la moral de Nietzsche
puede aportar elementos para una identificación de este vuelco repentino:
en dicho contexto, se vuelve transparente el orden embustero en que la
eulógica indirecta tiene su base. Ahora bien, si se verificara que esta
separación de la alabanza de uno mismo no es otra cosa que una
postergación obrada por el resentimiento, habría que entender el atentado
de Nietzsche contra la discreción como un acto de revisión, acto a través
del cual la moral antiegoísta resultaría contradecida de modo casi
rabioso. Hay que retroceder hasta la mística medieval para encontrar
fenómenos al menos lejanamente comparables. Espectaculares y dolorosos
como son, restituyen la posibilidad de plantar conexión lo más directa
posible entre el yo y la ponderación. Lo que Nietzsche tiene en mente, no
es un júbilo atolondrado vuelto sobre sí mismo como puro
Dasein:
mantiene con toda su fuerza la idea de que el
Dasein
debe ganarse su júbilo, o mejor, acrecentarse en él. Cuando la vida se ha
elevado demasiado hasta sus más altas posibilidades, puede desplegarse
finalmente y de modo análogo la autoalabanza: una vez más, es la obra la
que alaba a su autor, quien, en concepto, ha de desaparecer a su vez en la
propia obra. Y es precisamente esta misma concordancia el escándalo –el
buen discurso ilimitado de la propia riqueza, esta autocrítica jubilosa a
partir de hechos consumados, esta completa disolución de la vida en
disposiciones luminosas, que permanecen como obras de la palabra:
constituyen el antiescándalo, respecto de aquello que Pablo llamara el
escándalo de la cruz, y con el que había de ser logrado el bloqueo de toda
conexión entre el yo y la alabanza.
Nietzsche había entendido que el fenómeno dominante e
irresistible en la cultura del mañana sería la necesidad de diferenciarse
de la masa. Tenía presente de modo inmediato que la materia de que debería
estar hecho el futuro, se encontraba en la exigencia de unicidad, de ser
distinto y mejor que otros, e incluso que todos los otros. El tema del
siglo XX es la relación con uno mismo, en un sentido tanto sistémico como
psicológico.
La constatación, empero, de que la poética nietzscheana
haya superado las reglas de la eulógica indirecta, y haya vuelto
intercambiable la autoalabanza por la alabanza del otro, da a ver sólo el
estrato superior del terreno. En un nivel más profundo, también la palabra
afirmativa de Nietzsche queda comprometida por la alabanza de lo ajeno,
pues alaba al no-yo y lo celebra como nunca antes había sido celebrado. Se
dedica solamente a una ajenidad [Fremdheit],
que es más que la otredad [Andersheit]
de la otra persona. Se ofrece a una ajenidad que atraviesa al hablante
mismo, a la ajenidad que lo penetra y lo posibilita –su cultura, su habla,
sus educadores, sus enfermedades, sus infecciones, sus tentaciones, sus
amigos. Celebra en sí una abundancia de ajenidad llamada mundo. Lo que
Nietzsche siempre expresaba sobre estas magnitudes, se transforma en
autoalabanza de lo ajeno. “...como mi padre (soy yo), ya muerto, como mi
madre, vivo yo todavía...” De tal modo, el autodesprendimiento de
Nietzsche debe ser buscado entre los niveles manifiestos de autoalabanza,
en su apertura a lo ajeno-interior, en su desmesurada mediumnidad, en una
idiotez nunca compensada del todo.
Quizás podamos permitirnos la observación de que alcanzó
como autor la cima de la lengua alemana y de la sintaxis europea. En su
cima como cantor pudo experimentarse como organon de un universo que busca
autoafirmarse en individuos. Como filósofo habría sentido un júbilo
temprano, de haber llegado él mismo a compilar y editar en un volumen su
teoría de la voluntad. Pero sabemos que otros lo hicieron por él,
utilizando el nombre del autor para el mercado, y esto en contra del mejor
saber del autor, que vuelve siempre sobre el punto en sus escritos; punto
consistente en la noción de sistema provisorio, que anula una hipotética
base para la enseñanza: no hay ninguna voluntad, con lo cual, tampoco
voluntad de poder, voluntad es sólo un modo de hablar, hay sólo diversidad
de fuerzas, discursos, gestos, y su composición bajo la dirección de un
yo, que se afirma a sí mismo. Justo aquí contradice el autor sus marcas, y
sus declaraciones se hacen explícitas. Quizás no podamos hacer nada mejor
en el centenario de su muerte, que repetir estas declaraciones, que
ninguna edición futura podrá volver a coartar:
“Es preciso mantener la superficie de la conciencia –la
conciencia
es
una superficie– limpia de cualquiera de los grandes imperativos. ¡Cuidado
incluso con toda palabra grande, con toda gran actitud! [...] En mi
recuerdo falta el que yo me haya esforzado alguna vez, –no es posible
detectar en mi vida rasgo alguno de lucha, yo soy la antítesis de una
naturaleza heroica. ‘Querer’ algo, ‘aspirar’ a algo, proponerse una
‘finalidad’, un ‘deseo’ –nada de esto lo conozco yo por experiencia
propia. Todavía en este instante miro hacia mi futuro –¡un
vasto
futuro!– como hacia un mar liso: ningún deseo se encrespa en él. No tengo
el menor deseo de que algo se vuelva distinto de lo que es; yo mismo no
quiero volverme una cosa distinta. Pero así he vivido siempre”.[ii]
Este idilio del autor responde al idilio del mediodía de Zaratustra, la
ovación yacente ante la tierra consumada:
“Como uno de esos barcos cansados, en la más tranquila de
todas las bahías: así descanso yo también ahora, cerca de la tierra, fiel,
confiado, aguardando, atado a ella con los hilos más tenues.
“¡Oh felicidad! ¡Oh felicidad! ¿Quieres acaso cantar, alma
mía? Yaces en la hierba. Pero ésta es la hora secreta, solemne, en que
ningún pastor toca su flauta.
“¡Ten cuidado! Un ardiente mediodía duerme sobre los
campos. ¡No cantes! ¡Silencio! El mundo es perfecto”.[iii]
Con esto dice el autor que él mismo deja de ser autor.
Donde el mundo se consuma en un todo que no es posible despertar, no hay
ya más autor. Dejémoslo en su antiguo mediodía. Debemos representarnos al
autor cesante como a un hombre feliz.
Peter Sloterdijk
[i]
Ecce homo, Alianza, Madrid, 1985, p. 112. Traducción:
Andrés Sánchez Pascual.
[iii]
Así habló Zaratustra, Alianza, Madrid, 1975, pp.
369-370. Traducción: Andrés Sánchez Pascual.
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