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CamusEscritor y filósofo, nacido en Mondovi, (actualmente Drean, Argelia), el 7 de noviembre de 1913 es uno de los exponentes del existencialismo francés. Estudia en la universidad de Argel, donde sus estudios se interrumpen pronto debido a una tuberculosis, trabaja como periodista en el Alger-Republicain, primero, y luego, trasladado a Francia en 1940, en el Paris-soir. Durante la guerra, combatió en la resistencia y, a partir de 1943, dirigió Combat, órgano clandestino de la misma. 

Su novela El extranjero (1942), en la que presenta el tema favorito de sus escritos, lo absurdo de la vida humana, le lanza a la fama. En El mito de Sísifo. Ensayo sobre el absurdo (1943), repite temática, reelaborándola en un ensayo ya filosófico. Expone en esta obra su “filosofía del absurdo” - “juzgo que la noción de lo absurdo es esencial y puede figurar como la primera de mis verdades” - tema central en toda su obra: el absurdo nace de la confrontación entre la experiencia del mundo y el “deseo desenfrenado de claridad”. El suicidio no puede ser la salida de este absurdo, ya sea el suicidio corporal que elimina la conciencia, ya sea el suicidio moral del hombre con el sometimiento al absoluto irracional, en la filosofía, o al consuelo y la esperanza que ofrece la religión. No hay otra salida que tomar conciencia de lo absurdo y vivir la vida, que “se vivirá tanto mejor si no tiene sentido”. Tres consecuencias saca Camus de lo absurdo: “mi rebelión, mi libertad y mi pasión”. En La peste (1947), novela filosófica, la vivencia de lo absurdo llega al máximo bajo la figura del sufrimiento del inocente; la peste es símbolo de la misma vida humana y, en ésta como en aquélla, en cualquier momento puede saltar agazapada la enfermedad fatídica y horrorosa, como el absurdo. El hombre rebelde (1951), causa de su alejamiento de Sartre, por su discusiones en torno a su interpretación del marxismo, es también su obra filosóficamente más densa: la conciencia de lo absurdo tampoco puede acabar en nihilismo; la rebelión no sólo ha de ser eficaz, ha de tener también sentido y, para ello, tiene necesidad de un límite: tras la rebelión, la conciencia de que somos colectividad. “Me rebelo, luego existimos”. Recibió el premio Nobel de literatura en 1957 y murió en un accidente automovilístico  en Villeblerin (Francia) el 4 de enero de 1960.

 

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