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Friedrich Nietzsche
“Cinco prefacios para cinco libros no-escritos”

Para la Señora Cósima Wagner
en cordial veneración y como respuesta a
preguntas epistolares, escrito con alegre espíritu en los
días de Navidad de 1872

 

Sobre el pathos de la verdad 

¿De veras es la gloria tan sólo el más delicioso bocado de nuestro amor propio? - Es que, como ansia, está ligada a los más raros hombres y, por otro lado, a los más raros momentos de los mismos. Son éstos los momentos de súbita iluminación, en los que el hombre, imperativo, extiende su brazo en ademán de crear el mundo, extrayendo luz de sí y derramándola en derredor. Entonces le penetró la dichosa certidumbre de que aquello que de ese modo lo elevó hasta lo extremo y lo puso fuera de sí, sea, la altura de esta única sensación, no debía permanecer vedado a ninguna posteridad; en la eterna necesidad de estas rarísimas iluminaciones para todos los venideros reconoce el hombre la necesidad de su gloria; la humanidad, de ahí en adelante y para todo porvenir, ha menester de él, y al igual que aquel momento de iluminación es epítome y compendio de su esencia más propia, así cree él, en cuanto hombre de este momento, ser inmortal, mientras que aparta de sí todo lo demás como escoria, podredumbre, vanidad, animalidad o pleonasmo y lo deja a merced de la caducidad.

Todo desaparecer y perecer lo vemos con desagrado, a menudo con el asombro de estar viviendo en ello algo en el fondo imposible. Un espigado árbol se derrumba para desazón nuestra y una montaña que se hunde nos duele. Cada Nochevieja nos deja sentir el misterio de la contradicción de ser y devenir. Pero que un instante del más eminente acabamiento del mundo desapareciese, por así decir, sin posteridad ni herederos, cual destello fugaz, eso hiere con más fuerza que ninguna otra cosa al hombre moral. El imperativo de éste, antes bien, reza: que lo que una vez existió, a fin de reproducir de manera más bella el concepto «hombre», tiene también que estar eternamente presente. Que los grandes momentos forman una cadena, que éstos, como una cordillera, unen a la humanidad a lo largo de milenios, que para mí lo más grande de un tiempo pasado también es grande, y que se cumpla la creencia, henchida de presentimiento, del ansia de gloria: tal es el pensamiento fundamental de la Cultura.

En la exigencia de que lo grande debe ser eterno se inflama la terrible lucha de la Cultura; pues que todo lo demás que vive grita ¡no! Lo habitual, lo insignificante, lo ordinario, llenando todos los rincones del mundo, como pesada atmósfera que todos nos vemos condenados a respirar, humeando alrededor de lo grande, se abalanza para ponerle trabas, apagándolo, asfixiándolo, envolviéndolo en turbiedad y confusión, obstaculizando el camino que lo grande debe recorrer hacia la inmortalidad. ¡Ese camino conduce a través de cerebros humanos! A través de los cerebros de miserables seres efímeros, los cuales, sometidos a estrechas necesidades, emergen siempre de nuevo a las mismas penurias ya duras penas, por poco tiempo, apartan de sí la ruina. Quieren vivir, vivir algo -a cualquier precio. ¿Quién de entre ellos podría barruntar esta ardua carrera de antorchas, el solo medio por el que lo grande pervive? Y, con todo, despiertan siempre de nuevo unos cuantos que, con la vista puesta en esa grandeza, se sienten tan llenos de dicha que la vida humana se les aparece como una cosa magnífica y les parece obligado que el más bello fruto de esta amarga planta sea saber que una vez hubo uno que altivo y estoico pasó por esta existencia, que otro lo hizo cavilosamente, y que un tercero con compasión, pero todos dejando como legado una sola enseñanza: que vive la existencia de la más bella de las maneras aquel que la tiene en poco. Si el hombre ordinario toma este lapso de ser con tal sombría seriedad, aquellos otros, en su viaje hacia la inmortalidad, supieron acabar en una risa olímpica o, al menos, en un sublime sarcasmo; a menudo bajaron con ironía a su tumba -pues ¿qué había en ellos que pudiera ser sepultado?

Los más audaces caballeros de entre estos ávidos de gloria, que creen encontrar su blasón prendido a una constelación, hay que buscarlos entre los filósofos. Su quehacer no los destina a un «público», a la excitación de las masas ya la ruidosa aclamación de sus contemporáneos; andar el camino en solitario es lo propio de su esencia. Su talento es el más raro y, tomado de cierta manera, el más antinatural en la Naturaleza, además, incluso, de excluyente y hostil hacia los talentos de la misma especie. El muro de su autosuficiencia tiene que ser de diamante, si no ha de ser derribado y roto, pues todo está en movimiento contra él, hombre y Naturaleza. El viaje de éstos hacia la inmortalidad es más penoso y está más plagado de obstáculos que ningún otro, y, no obstante, nadie puede creer con mayor firmeza alcanzar su meta que precisamente el filósofo, porque no sabe en absoluto dónde debe estar si no es sobre las alas ampliamente desplegadas de todos los tiempos; pues el desdén de lo presente y de lo instantáneo reside en la índole de la consideración filosófica. El tiene la verdad; que la rueda del tiempo ruede hacia donde quiera, que nunca podrá escapar a la verdad.

Es importante, por lo que toca a tales hombres, enterarse de que una vez vivieron. Jamás cabría imaginar como una ociosa posibilidad la altivez del sabio Heráclito, el cual bien nos puede valer de ejemplo. Y es que, de por sí, cualquier afán de conocimiento parece, conforme a su esencia, insatisfecho e insatisfactorio; de ahí que nadie, a menos que no haya sido instruido por la ciencia histórica, pueda llegar a creer en una tan regia estima de sí mismo, en una tan ilimitada convicción de ser el único afortunado pretendiente de la verdad. Tales hombres viven en su propio sistema solar; es ahí donde también hay que buscarlos. También un Pitágoras o un Empédocles se trataron a sí mismos con sobrehumano aprecio, es más, con un temor casi religioso; pero el lazo de la compasión, ligado a la gran convicción de la transmigración de las almas y de la unidad de todo lo viviente, condújoles de nuevo junto a los demás hombres, a la salvación de éstos. Del sentimiento de soledad, empero, que penetraba al eremita del efesio templo de Artemisa, sólo cabe barruntar algo, petrificado de espanto, en el más agreste yermo montañoso. Ningún sobrepujante sentimiento de emociones compasivas, ningún deseo de ayuda y de salvación emanan de él: es como un astro sin atmósfera. Su ojo, vuelto inflamado hacia adentro, mira extinguido y helado, cual mera apariencia, hacia afuera. Alrededor de él, contra la fortaleza de su orgullo se estrellan las olas de la demencia y del desvarío; él, con asco, se aparta de ello. Pero también los hombres de ánimo sensible rehuyen a semejante máscara trágica; en un apartado santuario, entre estatuas de dioses, junto a una arquitectura fría y grandiosa, puede un ser tal aparecer más concebible. Entre los hombres fue Heráclito, en cuanto hombre, algo inaudito; y si ciertamente era visto cuando prestaba atención al juego de los niños bulliciosos, al hacerlo, no obstante, meditaba en lo que un mortal jamás hubiera meditado en circunstancia pareja -en el juego del gran niño-mundo Zeus y en la eterna burla de la destrucción y el surgimiento del mundo. No hubo menester de los hombres, tampoco para conocer; todo lo que acaso de ellos pudiera aprenderse no le concernió en absoluto, como tampoco lo que los demás sabios, antes de él, se esforzaron en indagar. «Me he buscado y escudriñado a mí mismo», dijo con una sentencia con la que se designaba la consulta a un oráculo: como si fuera él quien en verdad diera acabado cumplimiento a aquella délfica sentencia «conócete a ti mismo», él y nadie más.

Lo que, empero, escuchó de este oráculo, eso lo tiene por sabiduría inmortal y eternamente digna de ser desentrañada, en el mismo sentido en el que son inmortales las palabras proféticas de la Sibila. Eso es bastante para la humanidad más lejana: que ésta procure que ello le sea desentrañado como si de las sentencias de un oráculo se tratase, al igual que él, al igual que el propio dios délfico, «no dice ni oculta». Aunque ello sea por él anunciado «sin risa ni ornato ni mirra», sino con «espumeante boca», tiene que penetrar hasta los miles de años del porvenir. Pues que el mundo ha eternamente menester de la verdad, así ha eternamente menester de Heráclito, si bien él no tiene necesidad del mundo. ¡Qué le importa a él su gloria! «¡La gloria entre los mortales siempre pasajeros!», como exclama con sarcasmo. Eso es algo para aedos y poetas, también para aquellos que antes de él hubieron llegado a ser conocidos como varones «sabios» -que sean éstos los que deglutan el más delicioso bocado de su amor propio, que para él este manjar es demasiado vulgar. Su gloria les importa algo a los hombres, no a él; su amor propio es el amor a la verdad -y precisamente esta verdad le dice que la inmortalidad de los hombres ha menester de él, no él de la inmortalidad del hombre Heráclito.

¡La verdad! ¡Manía visionaria de un dios! ¡Qué les importa a los hombres la verdad!

¡Y qué fue la «verdad» heraclítea!.

¿Y qué se hizo de ella? ¡Un sueño desvanecido, borrado de los semblantes de la humanidad junto con otros sueños! -¡No fue ella la primera! Acaso un impasible demonio no sabría decir otra cosa de todo lo que nosotros con orgullosa metáfora denominamos «historia universal» «verdad» y «gloria» que estas palabras:

«En algún apartado rincón del universo, derramado centelleante en un sinnúmero de sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más arrogante y mendaz de la historia universal, pero, con todo, un minuto tan sólo. Tras haber la Naturaleza alentado unas pocas veces, se congeló el astro, y los animales inteligentes tuvieron que morir. Y fue en buena hora: pues aunque ellos se pavonearan de haber conocido ya muchas cosas, sin embargo, finalmente habían acabado por descubrir, para gran decepción suya, que todo habíanlo conocido erróneamente. Murieron y maldijeron la verdad al morir. Tal fue la índole de estos animales desesperados que hubieron inventado el conocimiento».

Tal sería la suerte del hombre, si es que sólo fuera un animal que conoce; la verdad lo empujaría a la desesperación y al aniquilamiento, la verdad de estar eternamente condenado a la no-verdad. Al hombre solamente, empero, le corresponde la creencia en la verdad alcanzable, en la ilusión que se acerca merecedora de plena confianza. ¿No vive él en realidad mediante un perpetuo ser engañado? ¿No le oculta la Naturaleza la mayor parte de las cosas, es más, justamente lo más cercano, por ejemplo, su propio cuerpo, del que no tiene más que una «conciencia» que se lo escamotea? En esta conciencia está encerrado, y la Naturaleza tiró la llave. ¡Ay de la fatal curiosidad del filósofo que por un resquicio desea mirar una vez afuera y por debajo de la cámara de su estado consciente! Acaso barrunte entonces cómo el hombre descansa sobre lo voraz, lo insaciable, lo repugnante, lo despiadado, lo mortífero, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decir, montado en sueños a lomos de un tigre.

«Dejad que siga montado», exclama el arte. «Haced que despierte», exclama el filósofo en el pathos de la verdad. Pero él mismo se hunde, mientras cree sacudir al durmiente para que despierte, en una mágica somnolencia más profunda aún -acaso sueñe entonces con las «Ideas» o con la inmortalidad. El arte es más poderoso que el conocimiento, porque él quiere la vida, y el segundo no alcanza como última meta más que- el aniquilamiento. -


PENSAMIENTOS SOBRE EL PORVENIR DE NUESTROS ESTABLECIMIENTOS DE ENSEÑANZA

El lector del que espero algo tiene que poseer tres cualidades. Tiene que ser tranquilo y leer sin prisa. Tiene que abstenerse de intervenir a cada momento él mismo y de hacer valer su «cultura». No debe, por último, esperar al final, a modo de resultado, nuevos programas. No prometo ni programas ni nuevos planes de estudio para los institutos y las demás escuelas. Admiro, antes bien, la pujante naturaleza de quienes son capaces de recorrer el camino entero desde la profundidad de la empiria hasta la altura de los auténticos problemas de la Cultura, y de nuevo, desde allí, descender hasta las hondonadas de los más áridos reglamentos y de los programas más minuciosos. Satisfecho, por el contrario, con haber escalado, entre jadeos, una montaña bastante elevada y con poder disfrutar, en lo alto, de la vista más despejada, jamás podré, precisamente, dar satisfacción en este libro a los aficionados a los programas. Ciertamente, veo acercarse un tiempo en el que hombres cabales, al servicio de una formación completamente renovada y depurada, y trabajando de consuno, se conviertan de nuevo en los legisladores de la educación cotidiana — de la educación que conduce precisamente a esa formación —. Es probable que éstos tengan entonces que hacer nuevos programas; pero ¡qué lejano está ese tiempo! ¡Y qué cosas no habrán de suceder entre tanto! Acaso se encuentre entre ese tiempo y el presente la aniquilación del Instituto, quizás incluso la aniquilación de la Universidad, o, al menos, una transformación tan completa de los susodichos establecimientos de enseñanza que pudiera suceder que sus antiguos programas apareciesen ante la posteridad como vestigios del tiempo de los palafitos.

El libro está destinado a los lectores tranquilos, a hombres que no se ven todavía arrastrados por la prisa vertiginosa de nuestra atropellada época y que no sienten todavía el servil placer idólatra de tirarse bajo sus ruedas; esto es, a hombres que no están todavía habituados a sopesar el valor de cada cosa según el tiempo ganado o perdido con ella. O sea — a muy pocos hombres. Estos, empero, «aún tienen tiempo»; a éstos les es dado, sin sonrojarse ante sí mismos, encontrar y reunir los momentos más fecundos y vigorosos de su jornada para meditar sobre el porvenir de nuestra enseñanza; a éstos incluso les está permitida la creencia de haber pasado el día de una manera verdaderamente provechosa y digna, es decir, en la meditatio generic futuri. Un hombre así todavía no ha desaprendido el hábito de pensar cuando lee; todavía conoce el secreto de leer entre líneas; más aún, es de un natural tan pródigo que incluso reflexiona sobre lo que ha leído — tal vez mucho después de haber dejado el libro. Y no por cierto para escribir una recensión o un nuevo libro, sino simplemente así, ¡por reflexionar! ¡Alegre derrochador! Tú eres mi lector, pues serás lo bastante tranquilo como para emprender con el autor un largo camino cuyas metas él no puede ver, aun teniendo que creer honradamente en ellas, para que una generación posterior, acaso lejana, vea con sus ojos aquello a lo que nosotros tendemos a tientas, a ciegas y guiados sólo por el instinto. Si, por el contrario, fuera el lector de la opinión de que no hay más que dar un ágil salto o que actuar a la ligera; si pretendiese acaso haber alcanzado todo lo esencial mediante alguna nueva «organización» introducida por el Estado, en ese caso habremos de temer que no ha comprendido ni al autor ni el auténtico problema.

Finalmente, se le hace la tercera y más importante exigencia, a saber, que de ningún modo, a la manera del hombre moderno, se meta constantemente por medio él mismo y haga valer su «cultura», tal vez a guisa de medida, como si con ello estuviera en posesión de un criterio de todas las cosas. Nuestro deseo es que sea lo suficientemente cultivado como para tener en muy poca cosa su cultura, es más, como para mostrarse desdeñoso con ella. Entonces probablemente le estaría permitido encomendarse con ilimitada confianza a la dirección del autor, el cual, precisamente, no podría osar hablarle más que a partir del no-saber y del saber del no-saber. No otra cosa quiere este último que reivindicar para sí, con preferencia a los demás, un sentimiento fuertemente exacerbado en lo que toca a lo específico de nuestra presente barbarie, a lo que en calidad de bárbaros del siglo XIX nos distingue de otros bárbaros. Así que, con este libro en la mano, va en busca de aquellos que se ven agitados por parejo sentimiento. ¡Dejad que os encuentre, vosotros solitarios, en cuya existencia creo! ¡Vosotros desprendidos, que padecéis en vosotros mismos las penas de la corrupción del espíritu alemán ! ¡Vosotros contemplativos, cuyo ojo es incapaz de deslizarse, echando una presurosa ojeada, de una superficie a otra! ¡Vosotros de altas miras, a los que Aristóteles elogia diciendo que vais por la vida vacilantes y sin actuar, salvo cuando un grande honor y una grande obra os reclaman! A vosotros os exhorto. No os escondáis esta vez en el retiro de la caverna de vuestra distancia y de vuestro recelo. Pensad que este libro está destinado a ser vuestro heraldo. Hasta el momento en el que vosotros mismos, vistiendo vuestras propias armas, os presentéis en el campo de batalla: ¿quién entonces albergaría todavía el deseo de mirar hacia atrás y fijarse en el heraldo que os llamó?


El Estado griego

Los modernos tenemos respecto de los griegos dos prejuicios que son como recursos de consolación de un mundo que ha nacido esclavo y, que por lo mismo, oye la palabra esclavo con angustia: me refiero a esas dos frases la dignidad del hombre y la dignidad del trabajo. Todo se conjura para perpetuar una vida de miseria, esta terrible necesidad nos fuerza a un trabajo aniquilador, que el hombre (o mejor dicho, el intelecto humano), seducido por la Voluntad, considera como algo sagrado. Pero para que el trabajo pudiera ostentar legítimamente este carácter sagrado, sería ante todo necesario que la vida misma, de cuyo sostenimiento es un penoso medio, tuviera alguna mayor dignidad y algún valor más que el que las religiones y las graves filosofías le atribuyen. ¿Y qué hemos de ver nosotros en la necesidad del trabajo de tantos millones de hombres, sino el instinto de conservar la existencia, el mismo instinto omnipotente por el cual algunas plantas raquíticas quieren afianzar sus raíces en un suelo roquizo?

En esta horrible lucha por la existencia sólo sobrenadan aquellos individuos exaltados por la noble quimera de una cultura artística, que les preserva del pesimismo práctico, enemigo de la naturaleza como algo verdaderamente antinatural.  En el mundo moderno que, en comparación con el mundo griego, no produce casi sino monstruos y centauros, y en el cual el hombre individual, como aquel extraño compuesto de que nos habla Horacio al empezar su Arte Poética, está hecho de fragmentos incoherentes, comprobamos a veces, en un mismo individuo, el instinto de la lucha por la existencia y la necesidad del arte. De esta amalgama artificial ha nacido la necesidad de justificar y disculpar ante el concepto del arte aquel primer instinto de conservación. Por esto creemos en la dignidad del hombre y en la dignidad del trabajo.

Los griegos no inventaban para su uso estos conceptos alucinatorios; ellos confesaban, con franqueza que hoy nos espantaría, que el trabajo es vergonzoso, y una sabiduría más oculta y más rara, pero viva por doquiera, añadía que el hombre mismo era algo vergonzoso y lamentable, una nada, la sombra de un sueño.  El trabajo es una vergüenza porque la existencia no tiene ningún valor en sí: pero si adornamos esta existencia por medio de ilusiones artísticas seductoras, y le conferimos de este modo un valor aparente, aún así podemos repetir nuestra afirmación de que el trabajo es una vergüenza, y por cierto en la seguridad de que el hombre que se esfuerza únicamente por conservar la existencia, no puede ser un artista.  En los tiempos modernos, las conceptuaciones  generales no han sido establecidas por el hombre artista, sin por el esclavo: y éste, por su propia naturaleza, necesita, para vivir, designar con nombres engañosos todas sus relaciones con la naturaleza. Fantasmas de este género, como dignidad del hombre y la dignidad del trabajo, son engendros miserables de una humanidad esclavizada que se quiere ocultar a si misma su esclavitud.  Míseros tiempos en que el esclavo usa de tales conceptos y necesita reflexionar sobre sí mismo y sobre su porvenir. ¡Miserables seductores, vosotros, los que habéis emponzoñado el estado de inocencia del esclavo, con el fruto del árbol de la ciencia! Desde ahora, todos los días resonarán en sus oídos esos pomposos tópicos de la igualdad de todos, o de los derechos fundamentales del hombre, del hombre como tal, o de la dignidad del trabajo, mentiras que no pueden engañar a un entendimiento perspicaz. Y eso se lo diréis a quien no puede comprender a qué altura hay que elevarse para hablar de dignidad, a saber, a esa altura en que el individuo, completamente olvidado de sí mismo y emancipado del servicio de su existencia individual, debe crear y trabajar.

Y aún en este grado de elevación del trabajo, los griegos experimentaban un sentimiento muy parecido al de la vergüenza. Plutarco dice en una de sus obras, con instinto de neto abolengo griego, que ningún joven de familia noble habría sentido el deseo de ser un Fidias al admirar en Pisa el Júpiter de este escultor; ni de ser un Policleto cuando contemplaba la Hera de Argos; ni tampoco habría querido ser un Anacreonte, ni un Filetas, ni un Arquiloco, por mucho que se recrease en sus poesías. La creación artística, como cualquier otro oficio manual, caía para los griegos bajo el concepto poco significado de trabajo. Pero cuando la inspiración artística se manifestaba en el griego, tenía que crear y doblegarse a la necesidad del trabajo. Y así como un padre admira y se recrea en la belleza y en la gracia de sus hijos, pero cuando piensa en el acto de la generación experimenta un sentimiento de vergüenza, igual le sucedía al griego. La gozosa contemplación de lo bello no le engañó nunca sobre su destino, que consideraba como el de cualquiera otra criatura de la naturaleza, como una violenta necesidad, como una lucha por la existencia. Lo que no era otro sentimiento que el que le llevaba a ocultar el acto de la generación como algo vergonzoso, si bien, en el hombre, este acto tenía una finalidad mucho más elevada que los actos de conservación de su existencia individual: este mismo sentimiento era el que velaba el nacimiento de las grandes obras de arte, a pesar de que para ellos estas obras inauguraban una forma más alta de existencia, como por el acto genésico se inaugura una nueva generación. La vergüenza parece, pues, que nace allí donde el hombre se siente mero instrumento de formas o fenómenos infinitamente más grandes que él mismo como individuo.

Y con esto hemos conseguido apoderamos del concepto general dentro del que debemos agrupar los sentimientos que los griegos experimentaban respecto del trabajo y de la esclavitud. Ambos eran para ellos una necesidad vergonzosa ante la cual se sentía rubor, necesidad y oprobio a la vez. En este sentimiento de rubor se ocultaba el reconocimiento inconsciente de que su propio fin necesita de aquellos supuestos, pero que precisamente en esta necesidad estriba el carácter espantoso y de rapiña que ostenta la esfinge de la naturaleza, a quien el arte ha representado con tanta elocuencia en la figura de una virgen. La educación, que ante todo es una verdadera necesidad artística, se basa en una razón espantosa; y esta razón se oculta bajo el sentimiento crepuscular del pudor. Con el fin de que haya un terreno amplio, profundo y fértil para el desarrollo del arte, la inmensa mayoría, al servicio de una minoría y más allá de sus necesidades individuales, ha de someterse como esclava a la necesidad de la vida a sus expensas, por su plus de trabajo, la calase privilegiada ha de ser sustraída a la lucha por la existencia, para que cree y satisfaga un nuevo mundo de necesidades.

Por eso hemos de aceptar como verdadero, aunque suene horriblemente, el hecho de que la esclavitud pertenece a la esencia de una cultura; ésta es una verdad, ciertamente, que no deja ya duda alguna sobre el absoluto valor de la existencia. Es el buitre que roe las entrañas de todos los Prometeos de la cultura. La miseria del hombre que vive en condiciones difíciles debe ser aumentada, para que un pequeño número de hombres olímpicos pueda acometer la creación de un mundo artístico. Aquí esta la fuente de aquella rabia que los comunistas y socialistas, así como sus pálidos descendientes, la blanca raza de los “liberales” de todo tiempo, han alimentado contra todas las artes, pero también contra la Antigüedad clásica. Si realmente la cultura quedase al capricho de un pueblo, si en esta punto no actuasen fuerzas ineludibles que pusieran coto al libre albedrío de los individuos, entonces el menosprecio de la cultura, la apoteosis de los pobres de espíritu, la iconoclasta destrucción de las aspiraciones artísticas sería algo más que la insurrección de las masas oprimidas contra las individualidades amenazadoras; sería el grito de compasión que derribara los muros de la cultura; el anhelo de justicia, de igualdad en el sufrimiento superaría a todos los demás anhelos.  De hecho, en varios momentos de la historia un exceso de compasión ha roto todos los diques de la cultura; un iris de misericordia y de paz empieza a lucir con los primeros fulgores del cristianismo, y su mas bello fruto, el Evangelio de San Juan, nace a esta luz. Pero se dan también casos en que, durante largos períodos, el poder de la religión ha petrificado todo un estadio de cultura, cortando con despiadada tijera todos los retoños que querían brotar.  Pero no debemos olvidar una cosa: la misma crueldad que encontramos en el fondo de toda cultura, yace también en el fondo de toda religión y en general, en todo poder, que siempre es malvado; y así lo comprendemos claramente cuando vemos que una cultura destroza o destruye, con el grito de libertad, o por lo menos de justicia, el baluarte fortificado de las reivindicaciones religiosas. Lo que en esta terrible constelación de cosas quiere vivir, o mejor, debe vivir, es, en el fondo, un trasunto del entero contraste primordial, del dolor primordial que a nuestros ojos terrestres y mundanos debe aparecer insaciable apetito de la existencia y eterna contradicción en el tiempo, es decir: como devenir. Cada momento devora al anterior, cada nacimiento es la muerte de innumerables seres, engendrar la vida y matar es una misma cosa. Por esto también debemos comparar la cultura con el guerrero victorioso y ávido de sangre que unce a su carro triunfal, como esclavos, a los vencidos, a quienes un poder bienhechor ha cegado hasta el punto de que, casi despedazados por las ruedas del carro, exclaman aún: ¡dignidad del trabajo! ¡Dignidad del hombre! La cultura, como exuberante Cleopatra, echa perlas de incalculable valor en su copa: estas perlas son las lágrimas de compasión derramadas por los esclavos y por la miseria de los esclavos. Las miserias sociales de la época actual han nacido de ese carácter de niño mimado del hombre moderno, no de la verdadera y profunda piedad por los que sufren; y si fuera verdad que los griegos perecieron por la esclavitud, es mucho más cierto que nosotros pereceremos por la falta de esclavitud; esclavitud que ni al cristianismo primitivo, ni a los mismos germanos les pareció extraña, ni mucho menos reprobable. ¡Cuán digna nos parece ahora la servidumbre de la Edad Media, con sus relaciones jurídicas de subordinación al señor, en el fondo fuertes y delicadas, con aquel sabio acotamiento de su estrecha existencia - ¡cuán digna-, y cuán reprensible!

Así, pues, el que reflexione sin prejuicios sobre la estructura de la sociedad, el que se la imagine como el parto doloroso y progresivo de aquel privilegiado hombre de la cultura a cuyo servicio se deben inmolar todos los demás, ese ya no será víctima del falso esplendor con que los modernos han embellecido el origen y la significación del Estado. ¿Qué puede significar para nosotros el Estado, sino el medio de realizar el proceso social antes descrito, asegurándole un libre desarrollo? Por fuerte que sea el instinto social del hombre, sólo la fuerte grapa del Estado sirve para organizar, a  las masas de modo que se pueda evitar la descomposición química de la sociedad, con su moderna estructura piramidal. ¿Pero de dónde surge este poder repentino del Estado cuyos fines escapan a la previsión y al egoísmo de los individuos? ¿Cómo nace el esclavo, ese topo de la cultura? Los griegos nos lo revelaron con su certero instinto político, que aun en los estadios más elevados de su civilización y humanidad no cesó de advertirles con acento broncíneo: “el vencido pertenece al vencedor, con su mujer y sus hijos, con sus bienes y con su sangre. La fuerza se impone al derecho, y no hay derecho que en su origen no sea demasía, usurpación violenta”.

Aquí volvemos a ver con qué despiadada dureza forja la naturaleza, para llegar a ser sociedad, el cruel instrumento del Estado, es decir, aquel conquistador de férrea mano, que no es más que la objetivación del mencionado instinto. En la indefinible grandeza y poderío de tales conquistadores, vislumbra el observador que sólo son un medio del que se sirve un designio que en ellos se revela, pero que a la vez ellos mismos desconocen. Corno si de ellos emanase un efluvio mágico de voluntad, misteriosamente se les rinden las otras fuerzas menos poderosas, las cuales manifiestan, ante la repentina hinchazón de aquel poderoso alud, bajo el hechizo de aquel núcleo creador, una afinidad desconocida hasta entonces.

Cuando ahora vemos qué poco se preocupan los súbditos de las naciones del terrible origen del Estado, hasta el punto de que sobre ninguna clase de acontecimientos nos instruye menos la historia que sobre aquellas usurpaciones violentas y repentinas, teñidas de sangre, y por lo menos en un punto inexplicables; cuando vemos que antes bien la magia de este poder en formación alivia los corazones, con el presentimiento de un oculto y profundo designio, allí donde la fría razón sólo ve una suma de fuerzas; cuando se considera el Estado fervorosamente como punto de culminación de todos los sacrificios y deberes de los individuos, nos convencemos de la enorme necesidad del Estado, sin el cual la naturaleza no podría llegar a redimirse por la virtud y el poder del genio. Este goce instintivo en el Estado, ¡cuán superior es a todo conocimiento! Podría creerse que una criatura que reflexionase sobre el origen del  Estado buscaría su salud lejos de éste. ¿Y dónde no hallaríamos las huellas de su origen, los países devastados, las ciudades destruidas, los hombres convertidos en salvajes, los pueblos destruidos por la guerra? El Estado, de vergonzoso origen, y para la mayor parte de los hombres manantial perenne de esfuerzos, tea devastadora de la humanidad en períodos intermitentes, es, sin embargo, una palabra ante la cual nos olvidamos de nosotros mismos, un grito que ha impulsado a las más heroicas hazañas, y quizá-, el objeto más alto y sublime para la masa ciega y egoísta, que sólo se reviste de un gesto supremo de grandeza en los momentos más críticos de la vida del Estado.

Pero los griegos aparecen ante nosotros, ya a priori, precisamente por la grandeza de su arte, como los hombres políticos por excelencia; y en verdad, la historia no nos presenta un segundo ejemplo de tan prodigioso desarrollo de los instintos políticos, de tal subordinación de todos los demás intereses al interés del Estado, si no es acaso, y por analogía de razones, el que dieron los hombres del Renacimiento en Italia. Tan excesivo era en los griegos dicho instinto, que continuamente se vuelve contra ellos mismos y clava sus dientes en su propia carne. Ese celo sangriento que vemos extenderse de ciudad en ciudad, de partido en partido; esta ansia homicida de aquellas pequeñas contiendas; la expresión triunfal de tigres que mostraban ante el cadáver del enemigo; en suma, la incesante renovación de aquellas escenas de la guerra de Troya, en cuya contemplación se embriagaba Homero como puro heleno, ¿qué significa toda esta barbarie del Estado griego, de dónde saca su disculpa ante el tribunal de la eterna justicia? Ante él aparece altivo y tranquilo el Estado y de su mano conduce a la mujer radiante de belleza, a la sociedad griega. Por esta Helena hizo aquella guerra, ¿qué juez venerable la condenaría?

En esta misteriosa relación que aquí señalarnos entre Estado y Arte, instintos políticos y creación artística, campo de batalla y obra de arte, entendemos por Estado, como ya hemos dicho, el vínculo de acero que rige el proceso social; porque sin Estado, en natural bellum omnium contra omnes, la sociedad poco puede hacer y apenas rebasa el círculo familiar. Pero cuando poco a poco va formándose el Estado, aquel instinto del bellum omnium contra omnes se concentra en frecuentes guerras entre los pueblos y se descarga en tempestades no tan frecuentes, pero más poderosas. En los intervalos de estas guerras, la sociedad, disciplinada por sus efectos, va desarrollando sus gérmenes, para hacer florecer, en épocas apropiadas, la exuberante flor del genio.

Ante el mundo político de los helenos, yo no quiero ocultar los recelos que me asaltan de posibles perturbaciones para el arte y la sociedad en ciertos fenómenos semejantes de la esfera política. Si imagináramos la existencia de ciertos hombres, que por su nacimiento estuvieran por encima de los instintos populares y estatales, y que, por consiguiente, concibieran el Estado sólo en su propio interés, estos hombres considerarían necesariamente como última finalidad del Estado la convivencia armónica de grandes comunidades políticas, en las cuales se les permitiera, sin limitación de ninguna clase, abandonarse a sus propias iniciativas. Imbuidos de estas ideas fomentarían aquella política que mayor posibilidad de triunfo ofreciera a estas iniciativas, siendo, por el contrario, increíble que se sacrificaran por algo contrario a sus ideales; por ejemplo, por un instinto inconsciente, porque en realidad carecerían de tal instinto. Todos los demás ciudadanos del Estado siguen ciegamente su instinto estatal; sólo aquellos que señorean este instinto saben lo que quieren del Estado y lo que a ellos debe proporcionar el Estado. Por esto es completamente inevitable que tales hombres adquieran un gran influjo, mientras que todos los demás sometidos al yugo de los fines inconscientes del Estado no son sino meros instrumentos de tales fines.  Ahora bien, para poder conseguir por medio del Estado la consecución de sus fines individuales, es ante todo necesario que el Estado se vea libre de las convulsiones de la guerra, cuyas consecuencias incalculables son espantosas, para de este modo poder gozar de sus beneficios; y por esto procuran del modo más consciente posible, hacer imposible la guerra. Para esto es preciso, en primer término, debilitar y cercenar las distintas tendencias políticas particulares, creando agrupaciones que se equilibren y aseguren el buen éxito de una acción bélica, para hacer de este modo altamente improbable la guerra; por otra parte, tratan de sustraer la decisión de la paz y de la guerra a los poderes políticos, para dejarla entregada al egoísmo de las masas o de sus representantes, por lo que a su vez tienen necesidad de ir sofocando paulatinamente los instintos monárquicos de los pueblos. Para estos fines, utilizan la concepción liberal-optimista, hoy tan extendida dondequiera que tiene sus raíces en el enciclopedismo francés y en la Revolución francesa, es decir, en una filosofía completamente antigermana, netamente latina, vulgar y desprovista de toda metafísica. Yo no puedo menos de ver, en el actual movimiento dominante de las nacionalidades, y en la coetánea difusión del sufragio universal, los efectos predominantes del miedo a la guerra; y en el fondo de estos movimientos, los verdaderos medrosos, esos solitarios del dinero, hombres internacionales, sin patria, que dada su natural carencia de instinto estatal han aprendido a utilizar la política como instrumento bursátil, y el Estado y la sociedad como aparato de enriquecimiento. Contra los que de este lado quieren convertir la tendencia estatal, en tendencia económica, sólo hay un medio de defensa: la guerra y cien veces la guerra. En estos conflictos se pone de manifiesto que el Estado no ha nacido por el miedo a la guerra y como una institución protectora de intereses individuales egoístas, sino que inspirado en el amor de la patria y del príncipe, constituye, por su naturaleza eminentemente ética, la aspiración hacia los más altos ideales. Si, por consiguiente, señalo como peligro característico de la política actual el empleo de la idea revolucionaria al servicio de una aristocracia del dinero egoísta y sin sentimiento del Estado, y la enorme difusión del optimismo liberal igualmente como resultado de la concentración en algunas manos de la economía moderna y todos los males del actual estado de cosas, juntamente con la necesaria decadencia del arte, nacidas de aquellas raíces o creciendo con ellas, he de verme obligado a entonar el correspondiente Pean en honor de la guerra. Su arco sibilante resuena terrible, y aunque aparezca como la noche, es, sin embargo, Apolo, el dios consagrador y purificador del Estado. Pero primero, como sucede al principio de la Ilíada, ensaya sus flechas disparando sobre los mulos y los perros. Luego derriba a los hombres, y de pronto las hogueras elevan su llama al cielo repletas de cadáveres.  Por consiguiente, debemos confesar que la guerra es para el Estado una necesidad tan apremiante como la esclavitud para la sociedad; ¿y quién podría desconocer esta verdad al indagar la causa del incomparable florecimiento del arte griego?

El que considere la guerra y su posibilidad uniformada, la profesión militar, respecto de la naturaleza del Estado, que acabamos de describir, debe llegar al convencimiento de que por la guerra y en la profesión militar se nos da una imagen, o mejor dicho, un modelo del Estado. Aquí vemos, como efecto, el más general de la tendencia guerrera, una inmediata separación y desmembración de la masa caótica en castas militares, sobre la cual se eleva, en forma de pirámide, sobre una capa inmensa de hombres verdaderamente esclavizados, el edificio de la sociedad guerrera.  El fin inconsciente que mueve a todos ellos los somete al yugo y engendra a la vez en las más heterogéneas naturalezas una especie de transformación química de sus cualidades singulares, hasta ponerlas en afinidad con dicho fin. En las castas superiores se observa ya algo más, a saber, aquello mismo que forma la médula de este proceso interior, la génesis del genio militar, en el cual hemos reconocido el verdadero creador del Estado.  En algunos Estados, por ejemplo, en la constitución que Licurgo dio a Esparta, podemos ya observar la aparición de esta idea fundamental, la génesis del genio militar. Si ahora nos representarnos el Estado militar primitivo en su más violenta efervescencia, en su trabajo propio, y recordamos toda la técnica de la guerra, no podremos menos de rectificar los tan difundidos conceptos de la dignidad del hombre y de la dignidad del trabajo, preguntándonos si el concepto de dignidad no corresponde también al trabajo que tiene por fin destruir a ese hombre digno y a los hombres a quienes está encomendado este trabajo, o si debemos dejar a un lado este concepto, por lo contradictorio, siquiera cuando se trata de la misión guerrera del Estado. Yo creía que el hombre guerrero era un instrumento del genio militar y su trabajo un medio también de este genio; y que no como hombre absoluto y no genio, sino como instrumento de este genio, el cual puede arbitrar su destrucción como medio de realizar la obra de arte de la guerra, le correspondía un cierto grado de dignidad, a saber, ser un instrumento digno del genio. Pero lo que aquí exponemos en un ejemplo particular tiene una significación universal: cada hombre, en su total actividad, sólo alcanza dignidad en cuanto es, consciente o inconscientemente, instrumento del genio; de donde se deduce la consecuencia ética de que el “hombre en sí”, el hombre absoluto, no posee ni dignidad, ni derechos, ni deberes; sólo como ser de fines completamente concretos, y al mismo tiempo inconscientes, puede el hombre encontrar una justificación de su existencia.

Según esto, el Estado perfecto de Platón es algo más grande de lo que imaginan sus fervientes admiradores, para no referirme a la ridícula expresión de superioridad -con que nuestros hombres cultos, históricamente hablando, rechazan este fruto de la antigüedad.  El verdadero fin del Estado, la existencia olímpica y la génesis y preparación constante del genio, respecto del cual todos los demás hombres sólo son instrumentos, medios auxiliares y posibilidades, es descubierto en aquella gran obra y descrito con firmes caracteres por una intuición poética. Platón hundió su mirada en el campo espantosamente devastado de la vida del Estado y adivinó la existencia de algo divino en su interior. Creyó que esta partícula divina se debía conservar y que aquel exterior rencoroso y bárbaro no constituía la esencia del Estado; todo el fervor y sublimidad de su pasión política se condensó en esta fe, en este deseo, en esta divinidad. El hecho de que no figurara en la cima de su Estado perfecto el genio en su concepto general, sino como genio de la sabiduría y de la ciencia, y arrojara de su República al artista genial, fue una dura consecuencia de la doctrina socrático sobre el arte, que Platón, aun luchando contra sí mismo, hubo de hacer suya. Esta laguna meramente exterior y casi casual no nos debe impedir reconocer en la concepción total del Estado platónico el maravilloso jeroglífico de una profunda doctrina esotérica de significación eterna de las relaciones entre el Estado y el Genio; y lo que acabamos de exponer en este proemio es nuestra interpretación de aquella obra misteriosa.


 Certamen homérico

Cuando se habla de humanidad. se piensa en lo que separa y distingue al hombre de la naturaleza. Pero tal separación no existe en realidad: las propiedades naturales y las propiedades humanas son inseparables. El hombre, aun en sus más nobles y elevadas funciones, es siempre una parte de la naturaleza y ostenta el doble carácter siniestro de aquella. Sus cualidades terribles, consideradas generalmente como inhumanas, son quizás el más fecundo terreno en el que crecen todos aquellos impulsos, hechos y obras que componen lo que llamamos humanidad.

Así vemos que los griegos, los hombres más humanos de la antigüedad, presentan ciertos rasgos de crueldad, de fiereza destructiva; rasgos que se reflejan de una manera muy visible en el grotesco espejo de aumento de los helenos, en Alejandro el Grande, pero que a nosotros los modernos, que descansamos en el concepto muelle de humanidad, nos comunica una sensación de angustia cuando leemos su historia y conocemos su mitología. Cuando Alejandro hizo taladrar los pies de Batis, el valiente defensor de Gaza, y ató su cuerpo vivo a las ruedas de su carro para arrastrarlo entre las burlas de sus soldados, esta soberbia se nos aparece como una caricatura de Aquiles, que trató el cadáver de Héctor de una manera semejante; pero este mismo rasgo tiene para nosotros algo de ofensivo y cruel. Vemos aquí el fondo tenebroso del odio. Este mismo sentimiento nos invade ante el espectáculo del insaciable encarnizamiento de los partidos griegos, por ejemplo, ante la revolución de Corcira. Cuando el vencedor en una batalla de las ciudades establece, conforme al derecho de la guerra, la ciudadanía de los hombres y vende a las mujeres y a los niños como esclavos, comprendemos, en la sanción de este derecho, que el griego consideraba como una seria necesidad dejar correr toda la corriente de su odio; en ocasiones como éstas se desahogan sus pasiones comprimidas y entumecidas; el tigre se despierta en ellos y en sus ojos brilla una crueldad voluptuosa. ¿Por qué se complacían los escultores griegos en representar hasta el infinito cuerpos humanos en tensión, cuyos ojos rebosaban de odio o brillaban en la embriaguez del triunfo; heridos que se retuercen de dolor, moribundos exhalando el último gemido? ¿Por qué todo el pueblo griego se embriaga ante el cuadro de las batallas de la Ilíada? he temido muchas veces que nosotros no entendiéramos esto de una manera suficientemente griega, que nos estremeceríamos si alguna vez lo entendiéramos a la griega.

¿Pero qué hay detrás de todo el mundo homérico, cuna del mundo helénico?  En éste, la extraordinaria precisión artística de la línea, la calma y pureza del dibujo nos elevan sobre el asunto; los colores, por una extraña ilusión artística, nos parecen más luminosos, más suaves, más calientes; sus hombres más simpáticos y mejores; pero ¿por qué temblamos cuando, desprendidos ya de la mano de Homero, nos internamos en el mundo prehomérico? Entonces nos encontramos en la noche y en la oscuridad, tropezamos con los engendros de una fantasía habituada a los horrible. ¡Qué existencia terrestre reflejan aquellas leyendas teogónicas repulsivas y terribles! Una vida en la cual reinan los hijos de la noche, la discordia, la concupiscencia, el engaño, la vejez y la muerte. Recordemos el asfixiante ambiente de los poemas de Hesíodo, aún más condensado y entenebrecido y sin ninguna de aquella suavidad y pureza, que irradiaba sobre la Hélade, de Delfos y de los distintos lugares de los dioses; mezclemos este aire pesado de la Beocia con la sombría sensualidad de los etruscos; esta realidad nos dará entonces un mundo mítico, en el que Urano, Cronos y Zeus y las luchas de los Titanes nos parecerán un alivio; la lucha, en esta atmósfera sospechosa, es la salud, la salvación; la crueldad de la victoria es el punto culminante de la alegría de vivir. Y así como en realidad el concepto del derecho griego se ha derivado del asesinato y del pecado de homicidio, la más noble cultura toma su guirnalda de triunfo del altar de este pecado. Aquella sombría época traza un surco sangriento por toda la historia griega. Los nombres de Orfeo, Museo y sus cultos, revelan a qué consecuencias llevo la incesante contemplación de un mundo de lucha y de crueldad, a la idea de la vanidad de la existencia, a la concepción de la vida como un castigo expiador, a la creencia en la identidad de la vida y la culpabilidad. Pero estas consecuencias no son específicamente helénicas; en ellas vemos el contacto de la Grecia con la India y en general con el Oriente. El genio helénico tenía ya preparada otra respuesta a la pregunta “¿qué significa una vida de guerra y de victoria?”; y esta respuesta la hallamos en toda la extensión de la historia griega.

Para comprenderla, debemos partir de la consideración de que el genio helénico aceptó este instinto terrible y trató de justificarlo, mientras que en el cielo órfico palpita la idea de que una vida fundamentada en tal instinto no es digna de ser vivida. La lucha y el goce del triunfo fueron conocidos, y nada separa el mundo griego del nuestro tanto como la coloración que de aquí se deriva para ciertos conceptos éticos, por ejemplo: los de la Discordia y la Envidia.

Cuando el viajero Pausanias, en su peregrinación por Grecia visitó el Helicón, le fue mostrado un antiguo ejemplar del primer poema didáctico de los griegos, Los trabajos y los días, de Hesíodo, escrito, en hojas metálicas y muy deteriorado por el tiempo y la intemperie. Pero vio que, al contrario de los ejemplares usuales, no contenía en un extremo aquel pequeño himno a Zeus, sino que empezaba con la frase “dos diosas de la discordia hay en la tierra”. Es éste uno de los más notables pensamientos helénicos, digno de escribirse en el pórtico de la ética griega. “Una de estas diosas merece tantas alabanzas de los inteligentes como la otra censuras, pues cada una de ellas tiene una disposición de ánimo distinta. Una de ellas predica las disputas enconadas y la guerra, ¡la crueldad!  Ningún mortal puede soportarla, y sólo se le tributa culto bajo el peso de la necesidad y por el decreto de los inmortales. Esta, como la más vieja, engendra la negra noche; pero la otra fue puesta por Zeus, que dirige los destinos del mundo, sobre las raíces de la tierra y entre los hombres, porque era mejor. También se encarga de impulsar al hombre desdichado al trabajo; y cuando uno ve que el otro posee la riqueza de que él carece, se apresura a sembrar y plantar y proveer su casa; el vecino rivaliza con el vecino, que se afana por el bienestar de su casa. Buena es esta Eris para los hombres. También el alfarero odia al alfarero y el carpintero al carpintero, el mendigo al mendigo y el cantor al cantor."

Los eruditos no comprenden por qué figuran en este lugar estos dos últimos versos que tratan del odium figulinum. A su juicio, las palabras rencor y envidia sólo son apropiadas al carácter de la mala Eris; por eso no vacilan en considerar tales versos como apócrifos o puestos en este lugar por azar. Pero esta vez se han sentido inspirados por otra épica distinta de la helénica; pues Aristóteles no sentía ninguna repugnancia en aplicar estos versos a la buena Eris. Y no sólo Aristóteles, sino toda la antigüedad pensaba sobre el rencor y la envidia de otra manera que nosotros, y participaba de los sentimientos de Hesíodo, que consideraba como mala aquella Eris que arrojaba a los hombres los unos contra los otros en luchas hostiles y destructoras, y al mismo tiempo alababa a otra Eris que alimentaba el celo, el rencor y la envidia entre los hombres, pero no los lanzaba al hecho de la destrucción, sino al atletismo. El griego es envidioso y consideraba esta cualidad, no como una falta, sino como el efecto de una divinidad bienhechora.¡Qué abismo ético entre ellos y nosotros! Por ser envidioso, siente posarse sobre él, con ocasión de cualquier demasía de honores, riquezas, esplendor y felicidad, el ojo receloso de los dioses, y teme su envidia. Pero esta idea no lo aleja de los dioses, cuya importancia, por el contrario, estriba en que con ellos el hombre nunca puede contender, ese hombre que arde en rivalidades contra cualquiera otra criatura viviente. En la batalla de Thamyris con las musas, de Marsias con Apolo, en la trágica suerte de Níobe, vemos la espantosa rivalidad de dos poderes que nunca pueden entrar en colisión uno con otro: el dios y el hombre.

Pero cuanto más grande y elevado es un griego, más luminosa es en él la ardiente llama de la ambición y aquel instinto de rivalidad que siente contra todo el que recorre su mismo camino. Aristóteles hizo una vez una lista de tales luchas enemigas, en estilo grandilocuente; entre los ejemplos que allí figuran está el de que un muerto puede inspirar a un vivo el sentimiento de la envidia. Así califica Aristóteles las relaciones del colofense Jenófanes con Homero. No comprenderíamos en toda su intensidad este ataque al héroe nacional de la poesía, si no pensásemos, como también pensó luego Platón, que la raíz de esta acometida es el ansia monstruosa de ocupar el puesto del poeta derrocado y heredar su fama. Todo griego ilustre enciende la tea de la discordia; en cada gran virtud arde una nueva grandeza. Cuando el joven Temístocles no podía dormir pensando en los laureles de Milcíades, su instinto, precozmente despierto, se desencadenaba en largas rivalidades con Arístides, por aquella genialidad instintiva que muestra en sus actos políticos y que nos describe Tucídides.¡Cuán elocuente es aquel diálogo en el que a un afamado contrincante de Pericles le preguntamos quién era el mejor luchador de la ciudad, si él o Pericles, a lo que contesta: “aun cuando yo lo derribo, niega que ha caído, consigue su intento y persuade a los que le ven caer”.

Si queremos contemplar este sentimiento sin velo alguno, en su manifestación más ingenua, el sentimiento de la necesidad de la lucha si ha de subsistir el Estado, recordemos el sentido primitivo del ostracismo; recordemos las palabras de los efesios con motivo del destierro de Hermodoro. “Entre nosotros ninguno ha de ser el mejor; si alguno lo es, que lo sea en otra parte y entre otras gentes.” ¿Y por qué no ha de ser nadie el mejor? Porque entonces la lucha se acabaría y desaparecería la suprema razón de ser del Estado helénico.  Ulteriormente el ostracismo adquirió otra significación respecto de la lucha: se echó mano del ostracismo cuando se temió que alguno de los grandes jefes políticos que tomaban parte en la lucha, en el fragor de ésta se sintiera tentado a emplear medios perjudiciales y perturbadores, peligrosos para el Estado. El sentido originario de esta singular institución no es el de válvula, sino el de estimulante; se desterraba a los que sobresalían para que se restablecieran los resortes de la lucha; es ésta una idea que se opone a nuestro exclusivismo del genio en el sentido moderno, pero que parte del supuesto de que en el orden natural de las cosas siempre hay varios genios, que se estimulan recíprocamente, aunque se mantengan dentro de los límites de la masa. Esta es la esencia de la idea helénica de la lucha: aborrece la hegemonía de uno solo y teme sus peligros; quiere allegar, como medio de protección contra el genio, un segundo genio.

Por medio de la lucha es como se ha de acreditar toda cualidad sobresaliente, esto es lo que dice la pedagogía popular helénica, mientras que los nuevos educadores nada temen tanto como el desencadenamiento de la llamada ambición. Aquí se teme el egoísmo como lo malo en , con excepción de los jesuitas, que piensan en esto como los antiguos y por lo mismo son los mejores pedagogos de nuestro tiempo. Ellos parecen creer que el egoísmo, es decir, el interés individual es el más poderoso agente, pero consideran como bien y mal aquella que conviene a sus fines. Mas para los antiguos el fin de una educación rígida era el bienestar de todos, de la sociedad estatal. Cada ateniense, por ejemplo, debía desarrollar su individualidad en aquella medida que podía ser más útil a Atenas y que menos pudiera perjudicarla. No había allí ambiciones inmoderadas ni descomedidas, como en las sociedades modernas; cada jovenzuelo pensaba en el bienestar de su ciudad natal, cuando se lanzaba, bien a la carrera, o a tirar o a cantar; quería aumentar su fama entre los suyos; su infancia ardía en deseos de mostrarse en las luchas ciudadanas como un instrumento de salvación para su patria; esto es lo que alimentaba la llama de su ambición, pero al mismo tiempo lo que la enfrentaba y la circunscribía. Por eso los individuos en la antigüedad eran más libres, porque sus fines eran más próximos y más visibles. El hombre moderno, por el contrario, siente siempre ante sus pasos el infinito, como Aquiles el de los pies ligeros en el ejemplo de Zenón el Eleata; el infinito le estorba, no puede alcanzar a la tortuga.

Pero así como los jóvenes educados estaban sometidos a este procedimiento de concurso o lucha constante, así también rivalizaban continuamente entre sí sus educadores. Los grandes músicos como Píndaro y Simónides se miraban mutuamente de reojo; el sofista, sumo maestro de la antigüedad, contendía con el sofista; el más generalizado procedimiento de enseñanza, el drama, le fue concedido al pueblo bajo la forma de grandes combates de los grandes artistas y músicos. ¡Admirable! También el artista se encona con el artista. Y el hombre moderno nada teme más, en un artista, que la lucha personal, mientras que el griego no reconocía al artista más que en estos encuentros personales. Allí donde el hombre moderno olfatea la mácula de la obra de arte el heleno busca la fuente de su grandeza. Lo que, por ejemplo, en Platón es de mayor importancia artística en sus diálogos, en su mayor parte es el resultado de una rivalidad en el arte de la oratoria de los sofistas, los dramáticos de aquel tiempo, hasta el punto de que pudo decir: “Ved, yo puedo hacer lo mismo que hacen mis émulos, y lo hago mejor que ellos. Ningún Protágoras ha concebido mitos más bellos que yo, ningún dramático ha dado vida a obras tan interesantes como el Simposion, ningún orador ha concebido tan elocuentes discursos como yo en el Gorgias; pues bien, yo censuro todo esto y condeno todo arte imitativo. ¡Sólo la lucha me convirtió en sofista, en poeta, en orador!” ¡Qué problemas plantea esto cuando pensamos en las relaciones de la lucha con la concepción de la obra de arte!

Si, por el contrario, eliminamos la lucha de la vida griega, vemos al punto en aquel abismo prehomérico la cruel ferocidad del odio y de la sed de destrucción. Este fenómeno se da muy frecuentemente por desgracia, cuando una gran personalidad es declarada hors de concours por un glorioso hecho a juicio de sus conciudadanos, sustrayéndose de este modo a la lucha repentinamente. El efecto casi siempre es terrible; y si de este efecto sacamos la conclusión de que el griego fue incapaz de soportar la gloria y la felicidad, hablaríamos con más propiedad diciendo que no podía soportar la fama sin lucha ulterior ni la felicidad una vez terminada la lucha. No hay ejemplo más elocuente que la suerte final de Milcíades, colocado en una cima solitaria por su incomparable victoria de Maratón, y elevado sobre cualquier otro guerrero: allí se entregó a sus insaciables deseos de venganza contra uno de sus conciudadanos, por el que sentía un antiguo resentimiento. Por satisfacer estos deseos de venganza renunció a la gloria, al poder, a las dignidades y hasta se deshonró. Sintiendo su fracaso, se entregó a las más indignas maquinaciones. Entabló relaciones íntimas e impías con Timo, una sacerdotisa de Deméter, y hollaba de noche el sagrado templo en el que no se permitía entrar a hombre alguno. Después de haber saltado los muros y cuando se acercaba al sagrario de la diosa, sintió de repente un terror singular; descompuesto y casi sin sentido, se sintió lanzado otra vez por encima de los muros, y cayó sin movimiento y gravemente herido. El cerco hubo de ser levantado, el tribunal popular le esperaba, y una vergonzosa muerte manchó el final de una vida heroica, oscurecida ante la posteridad. Después de la batalla de Maratón se había apoderado de él la envidia del cielo. Y esta envidia divina se encendió cuando miraba a los hombres sin rivalidad alguna, desde la solitaria cima de su fama. No tenía a su lado sino los dioses, y por esto se declaró contra ellos. Pero éstos le condujeron a la comisión de un delito contra el pudor y en él sucumbió.

Notemos ahora que así como Milcíades sucumbió, sucumbieron también los más prestigiosos Estados griegos, cuando por el mérito la fortuna llegaron después de una gloriosa lid al templo de la Victoria. Atenas, que había atentado contra la independencia de sus aliados, y castigaba con rigor las insurrecciones de los oprimidos; Esparta, que después de la batalla de Egospotamos hacía sentir de dura y cruel manera su supremacía sobre la Hélade, precipitó también su caída por delitos como el de Milcíades. Todo lo cual es prueba de que sin envidia, sin rivalidad, sin ambición combatiente, el Estado helénico, como el hombre helénico, degeneran. Se hacen malos y crueles, vengativos e impíos; en una palabra, se vuelven prehoméricos, y entonces basta un terror pánico para conducirlos al abismo y destrozarlos. Esparta y Atenas se entregan a los persas, como habían hecho Temístocles y Alcibíades; revelan su helenismo cuando han renunciado a la más noble idea helénica, la lucha; y entonces Alejandro, la abreviatura y la copia más grosera de la historia griega, inventa el Panhelenismo y la llamada Helenización.


LA RELACIÓN DE LA FILOSOFÍA SCHOPENHAUERIANA CON UNA CULTURA ALEMANA

En la querida abyecta Alemania se halla actualmente la cultura rebajada a un estado de degradación tal, reina de manera tan desvergonzada la envidia por todo lo grande, y el tumulto generalizado de los que se apresuran en pos de la «felicidad» retumba de manera tan ensordecedora, que hay que tener una firme creencia, casi en el sentido del credo quia absurdum est, para poder aquí depositar todavía alguna esperanza en una Cultura por hacerse y, sobre todo, para poder trabajar en favor de la misma — ejerciendo la docencia pública, frente a la «pública opinión» de la prensa —. Con violencia tienen que liberarse aquellos que se preocupan con imperecedero desvelo por el pueblo del acoso de lo que es de imperiosa actualidad y vigencia para aparentar que lo cuentan entre las cosas indiferentes. Tienen que aparentar esto porque quieren pensar y porque un espectáculo repulsivo, a más de un confuso estruendo, mezclado incluso con los toques de trompeta de la gloria bélica, son un estorbo para pensar; pero, ante todo, porque quieren creer en lo alemán y porque con esta creencia perderían su fuerza. ¡Que no se les censure a estos creyentes si tomando mucha distancia y desde lo alto miran hacia abajo, a su tierra de promisión! Es que se avergüenzan de las experiencias a las que se expone el benévolo extranjero cuando actualmente vive entre alemanes y tiene que sorprenderse de lo poco que se corresponde la vida alemana con esos grandes individuos, con esas obras y acciones que él, en su benevolencia, aprendiera a honrar. Ahí donde el alemán no es capaz de elevarse hasta lo grande produce una impresión menos que mediocre. Incluso la afamada ciencia alemana, en la que un conjunto de las más útiles virtudes domésticas y familiares, como la fidelidad, la contención, la aplicación, la modestia o la pulcritud aparecen trasladadas a un aire más libre y, en cierto modo, transfiguradas, sin embargo, no es en absoluto el resultado de estas virtudes; considerado desde cerca, el motivo que impulsa al conocimiento sin trabas es en Alemania algo mucho más parecido a una carencia, a un defecto o a un vacío que a una sobreabundancia de fuerzas, casi como consecuencia de una vida menesterosa, falta de forma y contraria a lo viviente; y más aún, como una huida de la mezquindad moral y de la maldad, a las que el alemán, sin semejantes desvíos, está sujeto y que también a pesar de la ciencia, es más, aun en la ciencia, a menudo se manifiestan. En materia de estrechez de miras en el vivir, el conocer o el juzgar son los alemanes unos entendidos, en su calidad de verdaderos virtuosos de lo adocenado; si alguno quiere llevarlos más allá de sí mismos hacia lo sublime, se hacen pesados como el plomo, y como pesos cuelgan de sus verdaderos grandes hombres, a fin de bajar a éstos del éter junto a sí y rebajarlos a su propia indigente indigencia. Acaso no sea esta confortable mediocridad más que la corrupción de una genuina virtud alemana — de un íntimo recogimiento en lo singular, pequeño y próximo y en los misterios del individuo — pero esta virtud enmohecida es actualmente más dañina que el vicio más patente; en especial, desde el momento en que se ha llegado incluso a tomar alegre conciencia de esta cualidad hasta el extremo de la glorificación literaria de sí mismo. Ahora se estrechan públicamente la mano los «cultivados» entre los, como es sabido, tan cultivados alemanes y los «aburguesados» entre los, como es sabido, tan incultos alemanes y llegan a un mutuo acuerdo sobre la manera en que en adelante se tendrá que escribir, hacer poesía, pintar, componer música y hasta filosofar, y es más, gobernar incluso, a fin de no alejarse demasiado de la «cultura» de los primeros ni aproximarse excesivamente al «confort» de los segundos. A esto se llama actualmente «la Cultura alemana de la actualidad»; en donde lo único que quedaría por averiguar es en qué característica es dable reconocer al susodicho «cultivado», una vez que sabemos que su hermano de leche, el adocenado burgués alemán, se da actualmente a conocer así mismo, sin vergüenza y, por así decir, perdida ya su inocencia, presentándose ante todo el mundo como el que es.

El cultivado es actualmente, ante todo, históricamente culto: por medio de su conciencia histórica se salva a sí mismo de lo elevado; algo que el burgués consigue por medio de su «confort». Ya no es el entusiasmo provocado por la historia — como, sin embargo, imaginara Goethe—, sino precisamente el embotamiento de todo entusiasmo la actual meta de estos admiradores del nil admirari, cuando buscan comprenderlo todo histórica-mente; a ellos, empero, habría que espetarles: «¡Vosotros sois los bufones de todos los siglos! ¡La historia no os confiará más que aquellas cosas dignas de vosotros! El mundo ha estado en todo tiempo plagado de trivialidades y de nimiedades: son éstas y nada más que éstas las que se descubren a vuestro apetito histórico. Os podéis abalanzar, cual miríada, sobre una época — que después pasaréis tanta hambre como antes y os podréis gloriar de la índole de vuestra salud famélica. Illam ipsam quam iactant sanitatem non firmitate sed ieiunio consequuntur (Dial. De Oratore, c. 25). Todo lo esencial la historia lo ha callado a vosotros; al contrario, con sorna e invisible se tenía a vuestro lado, y en manos de uno ponía la acción de un Estado, a otro entregaba un despacho de embajada, y a un tercero un año o una etimología o una urdimbre de actos. ¿De veras creéis poder sumar la historia entera como si de un ejemplo de adición se tratase y consideráis suficientes a tal fin vuestro sentido común y vuestra formación matemática? ¡Cuál no ha de ser vuestro resquemor al oír que hay otros que hablan de cosas, sacadas de tiempos sobradamente conocidos, que nunca jamás llegaréis a comprender!».

Si ahora a esta cultura que se llama a sí misma histórica, horra de todo entusiasmo, y a la adocenada actividad del pequeño burgués, enemiga y despreciativa de todo lo grande, se les une ese tercer aliado brutal y acalorado —el pelotón de los que se apresuran en pos de la «felicidad»—, entonces de esto resulta in summa un griterío tan confuso y una turbamulta tan desquiciadora, que el pensador huye con las orejas taponadas y los ojos vendados a la más solitaria selva — allí donde le es dado ver lo que esos otros no verán jamás, donde tiene que escuchar lo que desde todas las profundidades de la Naturaleza y desde las estrellas le interpela con su son. Aquí conversa con los grandes problemas que acuden a su compañía y cuyas voces de cierto resuenan de manera tan turbadora y terrible como ahistórica y eterna. El hombre muelle rehuye espantado su frío hálito, y el calculador pasa a través suyo sin notarlas. Pero el «cultivado» corre la peor suerte, él que, de cuando en cuando, conforme a su índole, se atarea seriamente con esas voces. Para él estos fantasmas se metamorfosean en quimeras conceptuales yen hueras figuras tonales. Al ir a atraparlas, se imagina tener la filosofia, para buscarlas, se afana trasteando acá y allá en la llamada historia de la filosofia — y cuando finalmente ha reunido y apilado con esmero toda una nube de tales abstracciones y esquemas, acaso llegue a sucederle que un verdadero pensador se cruce en su camino y que la desbarate — de un soplo. ¡Desesperada contrariedad ésta de ocuparse en calidad de hombre «cultivado» con la filosofía! De tiempo en tiempo ciertamente le parece que la imposible unión de la filosofia con lo que actualmente se pavonea como «Cultura alemana» se hubiera hecho posible; una cierta híbrida criatura juguetea y coquetea entre ambas esferas y embrolla acá y acullá a la fantasía. Mientras tanto, empero, es menester dar a los alemanes, si no quieren dejarse embrollar, un consejo. Que en relación con todo lo que actualmente llaman «cultura» se hagan esta pregunta: ¿es esto la esperada Cultura alemana, tan grave y creadora, tan redentora para el espíritu alemán, tan purificadora para las virtudes alemanas que su único filósofo en este siglo, Arthur Schopenhauer, tuviera que adherirse a ella?

Aquí tenéis al filósofo — ibuscad ahora la Cultura que le corresponde! Y si podéis vislumbrar qué especie de Cultura tendría que ser la que se correspondiera con un filósofo semejante, entonces, en esta vislumbre, habréis ya, por lo que toca a toda vuestra cultura y a vosotros mismos — ¡sentenciado!

Friedrich Nietzsche

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