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El convaleciente
Friedrich Nietzsche

 

1

Una mañana, no mucho tiempo después de su regreso a la caverna, Zaratustra saltó de su lecho como un loco, gritó con voz terrible e hizo gestos como si en el lecho yaciese todavía alguien que no quisiera levantarse de allí; y tanto resonó la voz de Zaratustra que sus animales acudieron asustados, y de todas las cavernas y escondrijos que estaban próximos a la caverna de Zaratustra escaparon todos los animales, - volando, revoloteando, arrastrándose, saltando, según que les hubiesen tocado en suerte patas o alas. Y Zaratustra dijo estas palabras:

 

¡Sube, pensamiento abismal, de mi profundidad! Yo soy tu gallo y tu crepúsculo matutino, gusano adormilado: ¡arriba! ¡arriba!  ¡Mi voz debe desvelarte ya con su canto de gallo! 

¡Desátate las ataduras de tus oídos: escucha!  ¡Pues yo quiero oírte! ¡Arriba! ¡Arriba!  ¡Aquí hay truenos bastantes para que también los sepulcros aprendan a escuchar!

¡Y borra de tus ojos el sueño y toda imbecilidad, toda ceguera! Óyeme también con tus ojos: mi vos es una medicina incluso para ciegos de nacimiento.

Y una vez que te hayas despertado deberás permanecer eternamente despierto. No es mi hábito despertar del sueño a tatarabuelas para decirles que sigan durmiendo!

¿Te mueve, te desperezas, ronroneas? ¡Arriba! ¡Arriba! ¡No roncar - háblame de lo que debes! ¡Te llama Zaratustra el ateo!

Yo Zaratustra, el abogado de la vida, el abogado del sufrimiento, el abogado del círculo - te llamo a ti el más abismal de mis pensamientos!

¡Dichoso de mí! Vienes - ¡te oigo! ¡Mi alma habla, he hecho girar a mi última profundidad para que mire hacia la luz!

¡Dichoso de mí! ¡Ven! Dame la mano - ¡ay!  ¡deja! ¡ay, ay! - nausea, nausea, náusea - - - ¡ay de mí!

 

2

Y apenas había dicho Zaratustra estas palabras cayó al suelo como un muerto y permaneció largo tiempo como un muerto. Mas cuando volvió en sí estaba pálido y temblaba y permaneció tendido y durante largo tiempo no quiso comer ni beber. Esto duró en él siete días; mas su animales no le abandonaron ni de día ni de noche, excepto que el águila volaba fuera a recoger comida. Y lo que recogí y robaba colocábalo en el lecho de Zaratustra de modo que éste acabó por yacer entre amarillas y rojas bayas, racimos de uvas, manzanas de  rosa, hierbas aromáticas y piñas. Y a sus pies estaban extendidos dos corderos que el águila había arrebatado con gran esfuerzo a su pastores.

Por fin, al cabo de siete días, Zaratustra se irguió en su lecho, tomó en la mano una manzana de rosa, la olió y encontró agradable su olor. Entonces creyeron sus animales que había llegado el tiempo de hablar con él.

“Oh Zaratustra, dijeron, hace ya siete días que estás así tendido, con pesadez en los ojos: ¿no quieres por fin ponerte otra vez de pie?

Sal de tu caverna: el mundo te espera como un jardín. El viento juega con densos aromas que quieren venir hasta ti; y todos los arroyos quisieran seguirte en su carrera.

Todas las cosas sienten anhelo de ti, porque has permanecido solo siete días, - ¡sal fuera de tu caverna! ¡Todas las cosas quieren ser tus médicos!

¿Es que ha venido a ti un nuevo conocimiento, un conocimiento, ácido, pesado? Como masa acedada yacías tú ahí, tu alma se hinchaba y rebosaba por todos sus bordes”. -

- ¡Oh animales míos, respondió Zaratustra, seguid parloteando así y dejad que os escuche! Me reconforta que parloteéis: donde se parlotea, allí el mundo se extiende ante mí como un jardín.

Qué agradable es que existan palabras y sonidos: ¿palabras y sonidos no son acaso arcos iris y puentes ilusorios tendido entre lo eternamente separado?

A cada alma le pertenece un mundo distinto; para cada alma es toda otra alma un trasmundo.

Entre las cosas más semejantes es precisamente donde la ilusión miente del modo más hermoso; pues el abismo más pequeño es el más difícil de salvar.

Par mí - ¿cómo podría haber un fuera-de-mí? ¡No existe ningún fuera! Mas esto lo olvidamos tan pronto como vibran los sonidos; ¡que agradable es olvidar esto!

No se les ha regalado a las cosas nombres y sonidos para que el hombre se reconforte con las cosas? Una hermosa necedad es el hablar: al hablar el hombre baila sobre las cosas.

¡Qué agradables son todo hablar y todas las mentiras de los sonidos! Con sonidos baila nuestro amor sobre multicolores arcos iris. -

“Oh Zaratustra, dijeron a esto los animales, todas las cosas mismas bailan para quienes piensan como nosotros: vienen y se tienden la mano, y ríen, y huyen, y vuelven.

Todo va, todo vuelve; eternamente rueda la rueda del ser. Todo muere, todo vuelve a florecer, eternamente corre el año del ser.

Todo se rompe, todo se recompone; eternamente la misma casa del ser se reconstruye a sí misma. Todo se despide, todo vuelve a saludarse; eternamente permanece fiel a sí el anillo del ser.

En cada instante comienza el ser; en torno a todo ‘aquí’ gira la esfera ‘allá’. El centro está en todas partes. Curvo es el sendero de la eternidad”.-

- ¡Oh truhanes y organillos de manubrio!, respondió Zaratustra y de nuevo sonrió, qué bien sabéis lo que tuvo que cumplirse durante siete días.-

¡Y cómo aquél monstruo se deslizó en mi garganta y me estranguló! Pero yo le mordí la cabeza y la escupí lejos de mí.

Y vosotros, - ¿vosotros habéis hecho ya de ello una canción de organillo? Mas ahora yo estoy aquí tendido, fatigado, aún de ese morder y escupir lejos, enfermo todavía de la propia redención.

¿Y vosotros habéis sido espectadores de todo esto? Oh animales míos ¿también vosotros sois crueles? ¿Habéis querido contemplar mi gran dolo, como hace los hombres? El hombre es, en efecto, el más cruel de todos los animales.

Como más a gusto se ha sentido hasta ahora en la tierra ha sido asistiendo a tragedias, corridas de toros y crucifixiones; y cuando inventó el infierno, he aquí que este fue su cielo en la tierra.

Cuando el gran hombre grita: -apresúrase el pequeño a acudir; y de avidez le cuelga la lengua fuera del cuello. Mas él a esto lo llama su “compasión”.

El hombre pequeño, sobre todo el poeta, - ¡con qué vehemencia acusa a la vida con palabras!  ¡Escuchadlo, pero no dejéis de oír el placer que hay en todo acusar!

Tales acusadores de la vida: la vida los supera con un simple parpadeo. “¿Me amas?, dice la descarada; espera un poco, aún no tengo tiempo para ti”.

El hombre es para consigo mismo el más cruel de los animales; y en todo lo que a sí mismo se llama “pecador” y dice que “lleva la cruz” y que es un “penitente”, ¡no dejéis de oír la voluptuosidad que hay en ese lamentarse y acusar!

Yo mismo - ¿quiero ser con esto el acusador del hombre? Ay, animales míos, esto es lo único que he aprendido hasta ahora, que el hombre necesita, para sus mejores cosas, de lo peor que hay en él, -

- que todo lo peor es su mejor fuerza y la piedra más dura para el supremo creador; y que el hombre tiene que hacerse más bueno y más malvado: -

El leño de martirio a que yo estaba sujeto no era el que yo supiese: el hombre es malvado, - sino el que yo gritase como nadie ha gritado aún:

“¡Ay, qué pequeñas son incluso sus mejores cosas!”

El gran hastío del hombre - él era el que me estrangulaba y el que se me había deslizado en la garganta: y lo que el adivino había profetizado: “Todo es igual, nada merece la pena, el saber estrangular”.

Un gran crepúsculo iba cojeando delante de mí, una tristeza mortalmente cansada, ebria de muerte, que hablaba con boca bostezante.

“Eternamente retorna él, el hombre del que estás cansado, el hombre pequeño” - así bostezaba mi tristeza y arrastraba el pie y no podía adormecerse.

En una oquedad se transformó para mí la tierra de los hombres, su pecho se hundió, todo lo vivo convirtióse para mí en putrefacción humana y en huesos y en caduco pasado.

Mi suspirar estaba sentado sobre todos los sepulcros de los hombres y no podía ponerse de pie; mi suspirar y mi preguntar lanzaban presagios siniestros y estrangulaban y roían y se lamentaban día y noche.

“¡Ay, el hombre retorna siempre!  ¡El hombre pequeño retorna siempre!” -

Desnudos había visto yo en otro tiempo a ambos al hombre más grande y al hombre más pequeño: demasiado semejantes entre sí, - ¡demasiado humano incluso el más grande!

¡Demasiado pequeño el más grande! - ¡Este era mi hastío del hombre! ¡Y el eterno retorno también del más pequeño! ¡Este era el hastío de toda existencia!

Ay, ¡náusea!  ¡náusea!  ¡náusea! - - Así hablo Zaratustra, y suspiró y tembló; pues se acordaba de su enfermedad. Mas entonces sus animales no le dejaron seguir hablando.

 

“¡No sigas hablando convaleciente! - así le respondieron sus animales, sino sal fuera, a donde el mundo te espera como un jardín.

¡Sal fuera, a las rosas y a las abejas y a las bandadas de palomas! Y, sobre todo, a los pájaros cantores: ¡para que de ellos aprendas a cantar!

Cantar es en efecto, cosa propia de convalecientes; al sano le gusta hablar. Y aun cuando también el sano quiere canciones, quiere, sin embargo, distintas canciones que el convaleciente”

 

-“¡Oh truhanes y organillos de manubrio, callad!- respondió Zaratustra y se sonrió de sus animales. ¡Que bien sabéis el cosuelo que inventé para mí durante siete días!

El tener que cantar de nuevo - ése fue el consuelo que me inventé, y ésa fue el consuelo que me inventé, y ésa mi curación: queréis acaso vosotros hacer en seguida de ello una canción de organillo?”

“No sigas hablando, volvieron a responderle sus animales; es preferible que tú, convaleciente, te prepares primero una lira, ¡una lira nueva!

Pues mira, ¡oh, Zaratustra! Para estas nuevas canciones se necesitan liras nuevas.

Canta y cubre los ruidos con tus bramidos, oh Zaratustra, cura tu alma con nuevas canciones: ¡para que puedas llevar tu gran destino, que no ha sido aún el destino de ningún hombre!

Canta y cubre los ruidos con tus bramidos, oh Zaratustra, cura tu alma con nuevas canciones: ¡para que puedas llevar tu gran destino, que no has sido aún el destino de ningún hombre!

Pues tus animales saben bien, oh Zaratustra, quién eres tú y quién tienes que llegar a ser: tú eres el maestro del eterno retorno, -¡ese es tu destino!

El que tengas que ser el primero en enseñar esta doctrina, -¡cómo no iba a ser ese gran destino también tu máximo peligro y tu máxima enfermedad!

Mira, nosotros sabemos lo que tú enseñas: que todas las cosas retornan eternamente, y nosotros mismos con ellas, y que nosotros hemos existido ya infinitas veces, y todas las cosas con nosotros.

Tú enseñas que hay un gran año del devenir, un monstruo de gran año: una y otra vez tiene éste que darse la vuelta, lo mismo que un reloj de arena, para volver a transcurrir y a vaciarse:-

de modo que todos estos años son idénticos a sí mismos, en lo más grande y también en lo más pequeño.

Y si tú quisieras morir ahora, oh Zaratustra: mira, también sabemos cómo te hablarías entonces a ti mismo: - ¡más tu animales te piden que no mueras todavía!

Hablarías sin temblar, antes bien dando un aliviador suspiro de bienaventuranza: ¡pues una gran pesadez y un gran sofoco se te quitarían de encima a ti el más paciente de todos los hombres! -

Pero el nudo de las causas, en el cual yo estoy entrelazado, retorna, -¡él me creará de nuevo! Yo mismo formo parte de las causas del eterno retorno.

Vendré otra vez, con este sol, con esta tierra, con este águila, con esta serpiente -no a una vida nueva o a una vida mejor o a una vida semejante:

-vendré eternamente de nuevo a esta misma e idéntica vida, en lo más grande y también en lo más pequeño, para enseñar de nuevo el eterno retorno de todas las cosas. -

-para decir de nuevo la palabra del gran mediodía de la tierra y de los hombres, para volver a anunciar el superhombre a los hombres.

He dicho mi palabra, quedo hecho pedazos a causa de ella: así lo quiere mi suerte eterna, - ¡perezco como anunciador!

Ha llegado la hora de que el que se hunde en su ocaso se bendiga s sí mismo. Así - acaba el ocaso de Zaratustra” - - 

 

Cuando los animales hubieron dicho estas palabras callaron y esperaron a que Zaratustra les dijese algo; mas Zaratustra no oyó que ellos callaban. Antes bien, yacía en silencio, con los ojos cerrados, semejante a un durmiente, aunque ya no dormía: pues se hallaba en conversación con su alma. Pero la serpiente y el águila, al encontrarle tan silencioso, honraron el gran silencio que le rodeaba y se alejaron con cuidado.

 

 Friedrich Nietzsche
Trad. Sánchez Pascual. Alianza Editorial

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