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BRUNO L. G. PICCIONE
De
“Así habló Zaratustra (en su centenario). Una introducción”
Publicado por su autor en Buenos Aires en 1984

 

 

LA CONCEPCIÓN DE LA OBRA Y DEL PERSONAJE

“Ahora voy a contar la historia del Zaratustra. La concepción fundamental de la obra, el pensamiento-del-eterno-retorno, esa suprema fórmula de afirmación que en absoluto pueda ser alcanzada-, pertenece a Agosto de 1881: está esbozada en una hoja con la anotación final: «A 6000 pies más allá del hombre y del tiempo». Caminaba yo aquel día por el bosque a orillas del lago de Silvaplana; junto a una enorme roca que se eleva en forma de pirámide, no lejos de Surlei, hice alto. Entonces vino a mí este pensamiento.” (“Ecce homo”, ‘Also sprach Zarathustra’, 1; Werke. Kritische Gesamtausgabe [KGW], Hg. Giorgio Colli und Mazzino Montinari, Berlin, 1967-1982 ss., VI, 333).

La hoja mencionada con la inscripción final es un fragmento que contiene el plan de una futura obra titulada: El retorno de lo mismo (Die Wiederkunft des Gleichen), con un temario de cinco puntos al pie del cual consta la anunciada anotación, aunque con alguna variante. El texto completo es el siguiente:

 “El retorno de lo mismo

Proyecto

1. La incorporación de los errores fundamentales.

2. La incorporación de las pasiones.

3. La incorporación del saber y del saber que renuncia. (Pasión del conocimiento.)

4. El inocente. El individuo como experimento. El aligeramiento, el rebajamiento, el agotamiento de la vida - tránsito.

5. El nuevo peso: el eterno retorno de lo mismo. Infinita importancia de nuestro saber, de nuestro errar, de nuestros hábitos y modos de vivir para todo lo venidero. ¿Qué hacemos con el resto de nuestra vida -nosotros, los que hemos pasado su mayor parte en la más esencial ignorancia? Nosotros enseñamos la doctrina -es el medio más eficaz para incorporárnosla a nosotros mismos. Nuestra especie de bienaventuranza en tanto maestros de la más grande doctrina.

         ¡Principios de Agosto de 1881, en Sils-Maria, a 6000 pies sobre el nivel del mar y mucho más alto aun sobre todas las cosas humanas!-”

(“Nachgelassene Fragmente, ‘Frühjahr-Herbst 1881’; KGW, V, 11 [141], 392).

Ese día de Agosto -que no podemos precisar, pero que sabemos está dentro de los primeros catorce del mes- Nietzsche ha experimentado el mayor acontecimiento transformador de su vida, que la dividirá en dos, según sus palabras. Hace dos años que se ha retirado de la docencia abrumado por achaques múltiples de salud que le impedían dictar regularmente sus cursos y seminarios en la Universidad de Basilea y sus horas complementarias de lengua y literatura griegas en el Instituto Pedagógico dependiente de ella. Buscando cielo absolutamente límpido, sol radiante, baja temperatura, aire seco y puro, únicas condiciones climáticas que, reunidas, le otorgan la mínima salud necesaria para su obra creadora, ha arribado por casualidad al pueblo de Sils-Maria, en la Alta Engadina, Suiza, y alquilado un cuarto en una humilde posada que funciona en una casa de dos plantas, de blanca fachada salpicada de ventanas, hoy convertida en museo y explotada -como todo Sils-Maria turísticamente, gracias a que allí, en una oscura piecita del fondo, para peor mal de sus ojos y cabeza, va a pasar los últimos veranos de su vida lúcida, desde 1881 hasta 1888, con la sola excepción del 82, el filósofo Federico Guillermo Nietzsche.

Hemos aludido a la casualidad del arribo, y conviene que hagamos una pequeña digresión para referir la forma cómo Nietzsche llega por vez primera a Sils-Maria Tiene que ver con el azar, una de las ideas fundamentales de su filosofía. Nietzsche había estado ya, en 1879 -año de su renuncia a la cátedra de Basilea-, en Saint Moritz, en la Alta Engadina. En el verano de 1880 acude a Marienbad, estación termal situada también en la Engadina suiza. El verano de 1881 tiene decidido pasarlo otra vez en St. Moritz, y hacia allí se dirige, para probar por última vez en ese lugar, ya que su salud no anduvo todo lo bien que hubiera deseado la vez primera. Pero ocurrió una circunstancia imprevista y totalmente azarosa -precisamente como a él le agradaban los hallazgos. Equivocó una combinación de trenes, el que ocupaba dejó atrás St. Moritz y no tenía posibilidad de bajar cerca. Cuando se lamentaba de este desgraciado suceso que duplicaba el costo y el tiempo de su viaje, un suizo amable, con quien trabó conversación por la noche, le sugirió conocer Sils, por donde pasaba y en donde paraba el tren. Así se encontró, imprevistamente, en el que llamará “el más delicioso rincón de la tierra”, donde deseará después vivir de modo permanente y también morir.

Allí se aloja en la posada ya citada y come en un hotel cercano. Todos los días, siempre que se sienta bien, sale a dar largos paseos después de almorzar temprano, cuando no desde la mañana llevando en su alforja un poco de pan y fruta juntamente con su inseparable cuadernillo de notas y lápices. Ese día de Agosto que mencionamos camina por el bosque a lo largo del lago Silvaplana, entre Sils-Maria y Surlei, hace alto y se sienta junto a la enorme roca piramidal hoy famosa (“der Zarathustrastein”), quizás contemplando el lago azul circundado por bosques de coníferas, ensimismado en sus reflexiones acerca de los problemas filosóficos que le preocupan, cuando de pronto un pensamiento, el más pesado y opresor de los pensamientos, pero también, a la vez, el más reconfortante y autenticador, irrumpe en su espíritu, lo embarga y transforma: el pensamiento del eterno retorno de lo mismo. Y juntamente con él, unido de manera indisoluble como siempre lo estará, pues forman un solo y único todo, la figura de Zaratustra.

 “Sils-Maria

Allí estaba yo sentado, esperando, a la espera, - mas de nada,
Más allá del bien y del mal, tan pronto de la luz
Disfrutando, tan pronto de la sombra, todo juego solamente,
Todo mar, todo mediodía, todo tiempo sin término.
Entonces, de pronto, ¡amiga! uno se hizo dos -
- Y Zaratustra pasó junto a mí...”

 (“Die fröhliche Wissenschaft”, ‘Lieder des Prinzen Vogelfrei’; KGW, V, 333).

Nietzsche escribe Poco más tarde -quizás al día siguiente, quizás días después-, el 14 de Agosto de 1881, a Peter Gast:

“¡Y bien, mi querido buen amigo! El sol de Agosto está sobre nosotros, el año corro hacia su fin, sobre las montañas y los bosques desciende el mayor de los silencios y la mayor paz. En mi horizonte han surgido pensamientos como nunca hasta ahora he avistado, - de ello no quiero hablar en absoluto, y mantenerme a mí mismo en una inquebrantable serenidad. ¡Tengo que, vivir todavía algunos años!”.

Días más tarde, también en Agosto de ese año, en el esbozo de un nuevo plan con el título ahora de Mediodía y eternidad (“Indicaciones para una nueva vida”), aparece ya el protagonista de la obra que está concibiendo:

“Zaratustra, nacido a orillas del lago Urmi, abandonó a los treinta años su patria, marchó a la Provincia Aria, y en los diez años de su soledad en las montañas compuso el Zend-Avesta.” (“Nachgelassene ­Fragmente”, ‘Frühjahr-Herbst 1881’; KGW, V, 11 [195], 417).

Aunque en forma alternada y entremezclados con otros, van apareciendo numerosos fragmentos con la presencia de la figura de Zaratustra, todos escritos durante ese otoño de 1881 (meses de Septiembre a Diciembre). Transcribimos algunos:

“Cuando Zaratustra quiso conmover a la multitud, entonces debió ser su propio comediante.”

“La ociosidad de Zaratustra es el origen de todos los vicios.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Herbst 1881’; KGW,V, 12 [112], 494).

“Tú contradices hoy lo que ayer habías enseñado - Pero eso era ayer, no hoy, dijo Zaratustra.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Herbst 1881’; KGW, V, 12 [128] , 496).

A los que se agrega un reconocimiento posterior:

 “¿Qué hemos conseguido? ¿Comprobado?

1) mis lugares de residencia

a) a Engadina tengo que agradecer Vida, Zaratustra

b) a Nizza tengo que agradecer la conclusión del Zaratustra [...]”

(“Nachgelassene Fragmente”, ‘Herbst 1884-Anfang 1885’; KGW, VII” 29 [4], 47).

El pensamiento del eterno retorno de lo mismo, columna vertebral del organismo vivo que es el Zaratustra, y la figura protagónica que lo personifica, que lo enseña con su propia existencia en permanente proceso de llegar a ser el que es, han irrumpido pues conjuntamente en el ánimo de Nietzsche, y lo han transformado:

 “Si este pensamiento ejerciera sobre ti su imperio, te transformaría, haciendo de ti, tal como eres, otro [ ... ].” (“Die fröhliche Wissenschaft”, 341; KGW, V, 250).

Nietzsche  sigue acumulando en este otoño fecundo de 1881 notas en sus libretas de apuntes. Así se suceden en sus hoy, por fin, seria y cronológicamente publicados cuadernos manuscritos -aunque, desgraciadamente, todavía en curso de edición- numerosísimos fragmentos con planes y futuros títulos y capítulos de una obra en proyecto, con mención frecuente de Zaratustra y otros personajes menores en párrafos referidos al eterno retorno en su doble dimensión cosmológica y antropológica, y en temas con él vinculado: el tiempo, la vida en su devenir, el mundo, el hombre.

 

EL MAS PESADO DE LOS PESOS: EL PENSAMIENTO DE LOS PENSAMIENTOS

Va transcurriendo todo el año 1881. Ya Nietzsche se ha trasladado, desde comienzos de Octubre, a Génova, en donde se propone pasar el invierno. Allí, en Génova, el 27 de Noviembre, tiene lugar un acontecimiento importante para su vida: asiste por primera vez a una representación de la ópera Carmen de Georges Bizet; experiencia vital de enorme gravitación en su espíritu que repetirá a la semana siguiente, y luego hasta veinte veces, según él mismo lo ha relatado.

Continúa redactando fragmentos que quedarán póstumos, pero, al mismo tiempo, está escribiendo una obra completa que publicará poco después: Die fröhliche Wissenschaft (“La gaya scienza”). Al comienzo de 1882, allí en Génova justamente, termina el cuarto libro, último por el. momento, al que denominará “Sanctus Januarius” (Enero santo), aludiendo a las excepcionales condiciones físicas, y en particular vitales, que le tocó vivir en ese mes: pleno de radiante naturaleza y poderío vital, el único al que adhirió Nietzsche a lo largo de todo su pensamiento. Pero, repetimos, Nietzsche ha cambiado, es otro. Ha tenido una revelación ontológica trascendente que dividirá en dos su vida toda -y hasta, según sus propias repetidas expresiones, la historia entera de la humanidad. Esa transformación suya se reflejará ya en el título y subtítulo de la obra que en ese momento concluye: Die fröhliche Wissenschaft (“La gaya scienza”): ciencia alegre y a la vez serena para enfrentar los acontecimientos que se avecinan y él vislumbra. A ellos -y a nuestro tema- se refieren los dos últimos aforismos de la, hasta entonces, concluida obra, los que llevan los números 341 y 342.

El aforismo 341 expone, en forma curiosamente original, a través de un interrogante de tono existencial, la doctrina del eterno retorno de lo mismo bajo el título: El más pesado de los pesos (Das grösste Schwergewicht), encabezamiento que de un solo golpe sitúa al eterno retorno en el interior mismo de la existencia humana bajo el aspecto de una carga -la más pesada y difícil de sobrellevar- que es menester soportar y asumir. Dice así:

“Qué dirías si algún día o una noche un demonio se deslizase hasta tu más apartada soledad y te dijese: «Esta vida, tal como tú la vives ahora y tal como la has vivido, tendrás que vivirla aún una vez más y un número infinito de veces; nada nuevo habrá en ella, sino que cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada gemido, y todo lo infinitamente pequeño y grande de tu vida tendrá que retornar para ti, y todo en el mismo orden y en la misma sucesión -e igualmente esta araña y este claro de luna entre los árboles, y también este instante y yo mismo. ¡El eterno reloj de arena de la existencia no cesará de ser invertido de nuevo -y tú con él, corpúsculo de polvo» -¿No te arrojarías al suelo, rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que así te hablase? O bien has vivido ya el instante prodigioso en que podrías responderle: «¡Tú eres un dios y jamás he oído algo más divino!» Si este pensamiento ejerciera sobre ti su imperio, te transformaría, haciendo de ti, tal como eres, otro, te aniquilaría quizás; la cuestión a propósito de todo y cada cosa «¿quieres esto aún una vez más y un número infinito de veces?» pesaría como el peso más pesado sobre tu proceder. O bien ¿cómo tendrías que estimarte a ti mismo y a la vida para no desear nada más que esta última y eterna confirmación y sanción? - ” (“Die fröhliche Wissenschaft”, 341; KGW, V, 250).

El “más pesado de los pesos” persigue al hombre a la más recóndita de sus soledades -que es donde se gesta su autenticidad-; frente a su presencia y acuciamiento de nada vale la fuga hacia el anonimato supuestamente salvador: hasta allí llega el demonio del pensamiento de los pensamientos obligando al hombre a enfrentarse con su ser más propio, haciéndole decidir por su manifestación u ocultamiento. Ese refugio al que se tiende en el acto de evasión es, para Nietzsche, el nihilismo decadente, el platonismo terminado que sigue, a pesar de ello -y por ello mismo-, proyectando sus sombras fantasmales en cuya realidad nadie cree pero todos siguen temiendo. El pensamiento del eterno retorno de lo mismo, fundado en el instante que debe ser asumido existencialmente, obliga a la opción no bajo la forma de una respuesta lógica o racional, sino a través de una particular decisión acerca de la actitud vital a adoptar frente a él: O arrojarse al suelo, rechinando los dientes y maldiciendo la concepción demoníaca que nos enfrenta con nuestro sí mismo propio y nos obliga a asumirlo, peso enormemente pesado de soportar cuando se trata de manifestarlo no por una ni cien veces, sino infinitamente, por toda la eternidad; pesadez existencial que transporta consigo las vivencias de todos los padecerse, equivocaciones, humillaciones, frustraciones y menoscabos soportados que volverán exactamente como fueron, y ante lo cual la inautenticidad originaria insita en nuestro ser lleva a la evasión y al falso refugio en el nihilismo decadente. O bien, transformarse, hacerse otro -o sea: el que se es- bajo el influjo del pensamiento de la eterna reiteración libre del instante, realizarse auténticamente conforme al sí mismo personal de cada cual. y estimar a dicho pensamiento como divino por su influencia incentivante de la vida, en su retorno infinito, sentido, anhelado, amado tal como fue en su mismidad. Con expresión nietzscheana famosa -que ahondaremos más adelante-: amor fati.

En la última parte del aforismo reside toda la clave de su gravitación antropológica, en el sentido de la posibilidad de autotransformación, aparentemente negada por su comienzo nihilizante; ahora se advierte que lo que Nietzsche considera fundamental para la superación de sí mismo, para la conversión en alguien más auténtico, si así es querido, es precisamente el querer el instante vivido, el volver a quererlo como si fuese la primera vez, pero con plena conciencia de que ha de hacerse eterno tal como fuese querido, esto es, repetible de manera infinita. Asoman ya los dos enfoques posibles del eterno retorno de lo mismo que se contrapondrán en toda la obra contemporánea y futura de nuestro pensador: el nihilista del “todo es en vano” y de la absurdidez del esfuerzo de superación personal, pues la vida volverá siempre tal cual fue; el existencial de la pervivencia del instante y, por ende, de la importancia de vivirlo y quererlo repetible tal como fue para toda la eternidad.

Lleva pues consigo esta primera comunicación del eterno retorno de lo mismo el sello que lo acompañará a lo largo de toda su trayectoria en el pensar nietzscheano: el de ser asumido de manera vital y transformarse existencialmente conforme a él. Por tal exigencia de actitud -más que por la simultaneidad temporal de las reflexiones de su expositor-, está preanunciando la salida a escena del protago­nista heroico de esa transformación vital: Zaratustra. No resulta, por lo tanto, casual que el último aforismo de la obra que comentamos, el número 342, sea titulado: Incipit tragoedia y su contenido no sea otro, con muy leves variantes formales y tipográficas, que el primer parágrafo del prólogo o discurso preliminar de Así habló Zaratustra, cuando el personaje protagónico se prepara, luego de diez años de vida retirada y tras su invocación al sol, a descender nuevamente al mundo y volver a ser hombre entre los hombres. He aquí su comienzo ya con alguna variante:

“Cuando Zaratustra tuvo treinta años abandonó su patria y el lago Urmi y marchó a la montaña!” (“Die fröhliche Wissenschaft”, 342; KGW, V, 251).

Por tal circunstancia también es que, años más tarde, en aforismo que se ha hecho clásico de El ocaso de los ídolos (1888) : “De cómo el «verdadero mundo» terminó por devenir una fábula. Historia de un error”, finalice su sexto párrafo -el correspondiente a la etapa del nihilismo creador propiamente nietzscheano de la siguiente manera:

“(Mediodía; instante de la sombra más corta; fin del larguísimo error; punto culminante de la humanidad; INCIPIT ZARATHUSTRA.)” (“Götzen-Dämmerung”, ‘Wie die «wahre We1t» endlich zur Fabel wurde’, 6; KGW, VI, 75).

Mediodía es, precisamente, la denominación del instante que, con su infinito retornar, se hace eternidad. Y “mediodía”, por lo mismo, es la hora cero de la humanidad, hora de liberación, superación y nuevo comienzo auténtico; el pensamiento de los pensamientos iluminando selectivamente a los hombres hasta que la humanidad toda entre en su mediodía auroral. Por ello, parte la historia en dos:

“Desde el instante en que aparece este pensamiento, cambian todos los colores y adviene otra historia.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Herbst 1881’; KGW, V, 12 [226], 514; Cfr. además cartas a Franz Overbeck del 10 de Marzo 1884 y a August Strindberg del 7 Diciembre 1888).

Comienza la tragedia; comienza Zaratustra; adviene el mediodía. Zaratustra, maestro dignísimo y pensador de excepción, es el espíritu trágico -o lo que es lo mismo: heroico- que enseña su pensamiento con su propia asunción y consiguiente transformación personal a fin de devenir el que es; pero que debe descender en su ocaso, tal como el sol, y hacerse hombre para poderlo superar y redimir, a fin de ser ontológicamente más de lo que es: superhom­bre. Zaratustra es el héroe de la tragedia que va a iniciar, a través de su figura, Nietzsche. Tragedia en el sentido originario griego, o sea: exaltación de lo dionisíaco de la vida, del impulso de afirmación y superación que constituye su esencia. Zaratustra, el héroe de esta vida trágica, es el representante y portavoz de esa esencia propulsora y superadora que alienta en todo lo que es, pues todo es vida.

 

ZOROASTRO Y SU LEYENDA

Zaratustra es el nombre bactriano de Zoroastro, profeta y reformador de la religión étnica tradicional del Irán. Vivió quizás entre los años 628 y 551 a. C. Habría sido zaotar, sacerdote sacrificador y cantor de la secta mazdeísta, y autor parcial del Zend-Avesta, texto sagrado en idioma zend, cuyas tres cuartas par­tes se han perdido. Verosímilmente, Zaratustra sería el creador, dentro de lo conservado, de las gāthās del Zend-Avesta, o sea las estrofas poéticas a través de las cuales el autor canta su himno al dios Ahura Mazdā, de quien ha tenido la revelación de su doctrina y la misión de encabezar el movimiento transformador religioso, social, moral y metafísico del pueblo irano-persa, de ser el anunciador de una transfiguración total del mundo y de la existencia humana.

Según las gāthās -con múltiples datos autobiográficos que confirmarían la historicidad de su autor-, Zaratustra habría vivido al este del Irán, en la región bactriana; casado, con dos hijos, extremadamente indigente -él, sus discípulos y amigos fueron llamados los “pobres”-, luego de su iniciación esotérica en el culto, fue constituyéndose en el profeta de una nueva religión, el mazdeísmo, que entronca, modificándola esencialmente, con la doctrina tradicional. Para Zaratustra y sus partidarios, Ahura Mazdā, uno de los grandes dioses de la religión oficial, era el dios supremo, invocado como el “Sabio” por ser expresión de la verdad misma, y quien, en tanto tal, ha engendrado -por vía de su pensamiento, del mismo modo que ha creado todo el universo, o sea ex-nihilo- dos fuerzas espirituales gemelas, Spenta Mainyu y Angra Mainyu, el bien y el mal, en permanente disputa, pero con la esencial característica de que el espíritu del mal, Angra Mainyu, elige libremente su modo de ser, levantándose en contra de su creador - Ahura Mazdā, el cual apoya al bien. Por esto, su doctrina no constituye un verdadero dualismo, pues no hay un “anti-dios”; la oposición reside, desde el principio, entre los dos espíritus citados. (Cfr. Mircea Eliade, Histoire des croyances et des idées religieuses, Paris, 1978, I, 324 y II, 300.)

Zaratustra enseña, esencialmente, la imitatio dei, la imitación de la actitud de Ahura Mazdā: el hombre debe, religiosa y moralmente, favorecer el triunfo del bien, pero es libre en su elección. Zaratustra espera los “signos”, provenientes de Ahura Mazdā, sobre la transfiguración del mundo y su purificación por vía del fuego, con fines de castigo a los culpables, recompensas de los justos y regeneración de la existencia. Toda su enseñanza se encamina hacia esa escatología, fin último inminente e irrevocable decidido por el dios.

Las doctrinas revolucionarias de Zaratustra, que se extendían al plano social y político, le atrajeron, como es de suponer, el odio y la persecución de gran parte del pueblo, encabezada por los príncipes y sacerdotes que se sintieron atacados y desjerarquizados, debiendo huir primero, para luego ser apresado y asesinado por sus enemigos dentro mismo del templo consagrado al fuego adorado por su secta, cuando tenía 77 años.

Alrededor de la vida y obra de Zaratustra, corno ha ocurrido con todos los grandes profetas -Buda, Cristo, Mahoma, por ejemplo-, se va tejiendo un halo de mitos y leyendas: luminosidad sobrenatural en el pueblo por tres días antes de su nacimiento; gran luz rodeándole al nacer; la risa de su rostro en esa ocasión; sus luchas y victorias contra los elementos demoníacos que pretendieron matarle aún antes de venir al mundo; sus pruebas iniciáticas; sus éxtasis y visiones; sus milagros, etc. Todo esto pasa a las compilaciones más tardías del Avesta (siglos IV a. C. ss.) y se confunde con las doctrinas del zurvanismo, secta antiquísima, probablemente de origen caldeo, que sostendría la preeminencia de Zurvan, dios padre de Ohrmazd y Ahriman, luz y tinieblas, bien y mal. En el Avesta reciente, en idioma pehlevi, Zurvan es el “tiempo infinito” del cual emana el “tiempo largamente autónomo” de 12000 años, y que retorna.

De esta confusión son culpables también los griegos y el mundo helénico, a través de sus historiadores y narradores, Heródoto, Estrabón, Plutarco, de épocas diferentes y que consultan además textos distintos. Así, por ejemplo, Plutarco en su tratado Isis y Osiris (46‑47) atribuye esta concepción del tiempo retornante al “Mago Zoroastro”, afirmando que, según su secta, “Oromazdes” (la luz más pura) y “Arémanos” (las tinieblas) se reparten un gran año de 9000 unidades entre el reinado de uno y otro, por períodos de 3000 cada uno, y otros 3000 de guerra, hasta reiniciar el cielo; lo cual, en lo que respecta al gobierno de Ahriman, por lo menos, repugna a las doctrinas sostenidas por Zaratustra y revela que Plutarco se ha atenido a fuentes zurvanitas. (Cfr. Mircea Eliade, Obra citada, II, 298.)

Para los griegos, en general, ésta sería la concepción principal de los “Magos”. Así Diógenes Laercio, en sus Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres (Proemio, VI), dice que Teopompo, en el libro VIII de sus Filípicas, afirma que “según los Magos, los hombres han de revivir y todos los entes con sus actuales denominaciones se eternizarán”. Los Magos -así llamados por los ritos y costumbres que practicaban- eran considerados por los griegos como discípulos de Zaratustra y él mismo era denominado comúnmente el “Mago Zoroastro”.

 

EL ZARATUSTRA NIETZSCHEANO

Ahora bien, Nietzsche conoce perfectamente esta tradición iránica pehlevi. Entre 1852-1854, el gran investigador de ese mundo, Spiegel, ha publicado su traducción alemana del Zend-Avesta, en tres densos tomos precedidos de sendos estudios preliminares y, alrededor de veinte años más tarde, entre 1871-1878, publica sus eruditas investigaciones Eranische Altertumskunde (Arqueología iránica). Nietzsche ha extraído de la biblioteca de la Universidad de Basilea, en 1875 y 1878, ambas grandes obras, además de otras importantes sobre los brahmanes y fenicios. (Cfr. Charles Andler, Nietzsche, sa vie et sa pensée, Paris, 1958, 11, 408-410.) Desde entonces comienza estudios orientales que no abandonará más. Ha publicado ya importantes trabajos filológicos y filosóficos sobre el mundo griego, especialmente preplatónico, a cuyos pensadores más representativos dedica varios de sus cursos universitarios -con uno de ellos, especialmente, se siente algo así como hermanado: Heráclito. Conoce muy bien, pues, los antecedentes orientales y griegos del eterno retorno, desde Zoroastro y los pitagóricos (Pitágoras habría tenido por maestro a Zaratustra) hasta los estoicos, pasando por Heráclito, a quien cita expresamente, pero de modo posible, como representante principal de esta concepción:

“La doctrina del «eterno retorno», esto es, de un cielo incondicional e infinitamente repetido, de todas las cosas - esta teoría de Zaratustra podría, en definitiva, haber sido enseñada por Heráclito. Al menos la Stoa, que heredó de Heráclito casi todas sus ideas fundamentales, conserva rastros de ella.” (“Ecce homo” ‘Die Geburt der Tragödie’, 3; KGW, VI, 311).

¿ Qué lo lleva a adoptar la figura de Zaratustra como protagonista de su gran obra, aparte de la imposición reveladora del personaje, y como fundamento de la misma? Un fragmento Póstumo de la primavera de 1884 nos da una razón:

“Yo tuve la necesidad de honrar a Zaratustra, un persa: los persas han pensado por primera vez la historia como una gran totalidad  Como una sucesión de desenvolvimientos, cada uno presidido por un profeta. Cada profeta posee su hazar, su reino de los mil años.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Frühjahr 1884’; KGW, VII, 25 [148], 49; Cfr. también E. Renan, Histoire des origines du christianisme, I, La vie de Jésus, Paris, 1863, 47, de donde extrae Nietzsche la cita de la última parte del fragmento).

Pero la fundamentación más amplia de su adopción y, a la vez, adaptación, está en el Ecce homo:

“No se me ha preguntado, se debería haberme preguntado, qué significa justamente en mi boca, en la boca del primer inmoralista, el nombre Zaratustra: pues lo que constituye la prodigiosa singularidad de este persa en la historia es precisamente lo contrario de esto. Zaratustra fue el primero en descubrir, en la lucha entre el bien y el mal, la verdadera rueda en el movimiento de las cosas, - la transposición de la moral a lo metafísico, como fuerza, causa, fin en sí, es su obra. Pero esta cuestión sería ya, en el fondo, la respuesta. Zaratustra creó ese error, el más fatal de todos, la moral: por consiguiente, debe ser también el primero en reconocerlo. No es sólo que él posea aquí una mayor y más extensa experiencia que cualquier otro pensador -la historia toda constituye, en efecto, la refutación experimental del principio de la así denominada «ordenación moral del mundo»-: lo más importante es que Zaratustra sea más veraz que cualquier otro pensador. Su doctrina, y sólo ella, considera la veracidad como virtud suprema -esto significa lo contrario de la cobardía del «idealista», que huye ante la realidad; Zaratustra posee en su cuerpo más valentía que todos los demás pensadores juntos. Decir la verdad y disparar bien con flechas, ésa es la virtud persa. -¿Se me comprende?... La autosuperación de la moral desde la veracidad, la autosuperación del moralista en su contrario -en -, eso significa en mi boca el nombre Zaratustra.” (“Ecce homo”, ‘Warum ich ein Schicksal bin’, 3; KGW, VI, 365).

El Zaratustra nietzscheano es, pues, la antítesis reivindicatoria del profeta irano-persa, aunque posea -o por ello mismo- muchas de las notas y características que lo rodean: exaltación de la luz, la risa, el canto -y quizás también el baile, la danza-; la soledad como autenticidad; sus discípulos y amigos que lo acompañan, todos pobres como él; la montaña y la caverna; los animales con quienes vive: el águila altiva y la serpiente sabia; espera, además, corno el legendario, los “signos” de la transfiguración del hombre y del mundo -aunque todo ello originado en causas no trasmundanas sino metafísicas vitales.

Zaratustra, espíritu libre, ha conquistado su liberación luego de diez años de meditación solitaria en su caverna de las altas montañas que rodean a su patria asiática; se ha redimido de su error como creador de una moral basada en el bien y el mal, e inicia ahora su descenso al mundo humano a fin de enseñar la doctrina del superhombre y la del eterno retorno que la posibilita. Zaratustra mismo -tal es lo resultante de la obra nietzscheana debe llegar a ser el que es: más que el hombre que ha condescendido ser, esto es: superhombre, por el camino de la decisión espontánea y auténtica de asumir el peso existencial, el más pesado, del eterno retorno de todas las cosas en el curso de la circularidad cerrada del tiempo.

 

EL PRIMER MAESTRO DEL ETERNO RETORNO

La revelación ontológica de Agosto de 1881 ha sido, seguramente, la de una nueva enunciación del eterno retorno de lo mismo, no exclusivamente cósmica, sino prevalentemente antropológica, de gran peso gravitatorio sobre la autenticidad de la existencia humana, y la figura de Zaratustra, el ahora héroe dionisíaco, portavoz de la vida y primer maestro de la doctrina en ese nivel.

Como sabemos, Nietzsche está plenamente compenetrado de las fuentes orientales y griegas de esta concepción tan vieja como el hombre, ya sea a través de las ideas y creencias del pensamiento irano-persa, como del brahmánico, búdico, fenicio, etc., y así también de su presencia a lo largo del desenvolvimiento del pensar griego, desde Anaximandro hasta los estoicos, pasando por Pitágoras, Empédocles y quizás incluido Heráclito -aunque esenciales contradicciones con la médula del filosofar heraclíteo, así como la dudosa objetividad de los testimonios que suelen invocarse en su favor, tornen por lo menos muy discutible esa posibilidad. (Cfr. Rodolfo Mondolfo, Heráclito. Textos y problemas de su interpretación, México, 1966, Parte tercera, cap. IV, pp. 236-258.) Es la dimensión físico-cósmica del eterno retorno, enfocada por Nietzsche, en una determinada etapa de su vida y producción, con indiferencia y no sin cierta ironía, comparando a sus propugnadores con astrólogos. (Cfr. “Vom Nutzen und Nachtheil der Historie für das Leben” [De la utilidad e inconvenientes de los estudios históricos para la vida], 1874, § 2; KGW, III, 257.)

Pero ahora, luego del advenimiento revelador de 1881, la concepción ha dejado de ser exclusivamente una “doctrina” sea científica o filosófica, para devenir “el sentimiento más alto” (das höchste Gefühl), “el pensamiento mas pesado” (der schwerste Gedanke), “el pensamiento de los pensamientos” (der Gedanke der Gedanken); expresiones todas que ubican al eterno retorno de modo preferente en el ámbito personal e íntimo y muestran hasta qué punto se ha incorporado a la existencia nietzscheana y la ha transformado esencialmente. El eterno retorno de lo mismo mantendrá su aspecto científico-filosófico objetivo, cósmico, pero en este nivel perderá, por lo menos y en el mejor de los casos, relevancia vital; su dimensión más profunda pasará a ser su significación antropológica, su gravitación existencial, su peso sobre la decisión del momento, frente a lo cual todos sus restantes contornos han de girar accesoria y dependientemente.

Por ello es que Nietzsche no vacila en cali­ficar a Zaratustra como el primero en enseñar la doctrina en ese aspecto y dimensión, y esto por boca de sus animales, el águila y la serpiente, quienes simbolizan el sí mismo más auténtico del protagonista:

“Pues tus animales saben bien, oh Zaratustra, quien eres tú y quien debes llegar a ser: mira, tú eres el maestro del eterno retorno -, ¡ése es ahora tu destino!

El que debas ser el Primero en enseñar esta doctrina, -¡cómo no iba a ser ese gran destino también tu supremo peligro y tu suprema enfermedad!” (“Also sprach Zarathustra” ‘Der Genesende’, 2; KGW, VI, 271-272).

Zaratustra es maestro primero y único que enseña este pensamiento con su vida, con su figura en curso de transformación precisamente y de modo prioritario por la influencia y el peso del “sentimiento más alto” sobre ella. De ahí la imposibilidad -e inutilidad- de su comunicación, de su exposición oral hasta a sus más íntimos discípulos. De ahí también -y sobre todo- los problemas de comprensión vital que le provoca a él mismo este pensamiento, las náuseas que le produce y las consiguientes dificultades para su asunción y, por ende, transfiguración. Es el camino existencial para la superación y redención de todo el hombre, de ese hombre “último” tal como ha sido hasta ahora, de su liberación de todas las ataduras e inhibiciones que han postergado hasta hoy el pleno desenvolvimiento de sus disposiciones ontológicas:

“Mi misión: restituir al hombre, como propiedad y producto suyos, toda la belleza y sublimidad que ha prestado a las cosas reales e imaginarias, y hacer así su más bella apología. El hombre como poeta, como pensador, como dios, como poder, como piedad. ¡Oh su magnanimidad regia con que ha enriquecido las cosas para empobrecerse a sí mismo y sentirse miserable! Esta ha sido hasta ahora su mayor «abnegación», la de admirar y adorar, y saber ocultarse que era él mismo el que creaba aquello que admiraba.-” (“Nachgelassene Fragmente” ‘Herbst 1881’; KGW, V, 12 [34], 480).

Zaratustra, personaje nietzscheano, nace aquel día de comienzos de Agosto juntamente con la revelación vital del eterno retorno de lo mismo. Zaratustra está ligado al pensamiento, lo representa y simboliza, lo pone en obra y ejecución con su vida, lo enseña con su transfiguración. Zaratustra se - irá haciendo, plasmando, componiendo su figura a lo largo del libro, deviniendo al fin el que es: su devenir es el manifestar y realizar su ser. Zaratustra debe trascenderse, superarse, situarse más allá de sí mismo, de lo que es en un primer momento, de lo que fue alguna vez en su existencia real y legendaria; debe proyectarse en el tiempo y llegar a ser más que el hombre que ha aceptado ser, y transformar con su modelo ejemplar a la humanidad toda:

“[...]el hombre se hace el transfigurador de la existencia cuando aprende a transfigurarse a sí mismo.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Juni-Juli 1885’; KGW, VII, 37 [12], 314).

 

EL IDILIO TRÁGICO: LOU

A la época de la terminación de los cuatro primeros libros de Die fröhliche Wissenschaft (“La gaya scienza”), comienzos de 1882, Nietzsche posee ya numerosos cuadernos manuscritos de, por lo menos, parte de los tres primeros libros del Zaratustra. Lo acredita los hoy completamente publicados fragmentos póstumos de 1881-1882 (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Frühjahrs 1881-Sommer 1882’; KGW, V, 339-572, y “Nachgelassene Fragmente”, ‘Juli 1882-Winter 1883‑84’; KGW VII, 5-706). Los dos últimos aforismos de “La gaya ciencia” -ya lo vimos- contienen, el uno, la exposición primera y más sintética que Nietzsche haya hecho de lo que llamará “la concepción fundamental de la obra”, el pensamiento del eterno retorno de lo mismo, el otro, la primera página casi textual del Zaratustra.

Pero he aquí que ese año de 1882 ha de deparar a Nietzsche sucesos que lo embargarán, absorberán y, sin duda, postergarán la gestación y redacción final de su gran obra.

En el mes de Febrero de ese año Nietzsche está en Messina, al principio lleno de alegría y bríos, recorriendo los caminos y paseos en el curso de los cuales compone sus “Idilios de Messina”, reunión de ocho poemas que publicará, primero, provisoriamente, en ese año, en la revista literaria de su editor Schmeitzner, Internationale Monatsschrift (número de Junio, pp. 269-275), y luego, definitivamente, en 1887, con el título de “Canciones del Príncipe Vogelfrei” (Proscripto), como apéndice a la segunda edición completa de Die fröhliche Wissenschaft, a la que ha incorporado, además, un quinto libro y un prólogo. Pero pronto su felicidad y temporario buen estado de salud han de desvanecerse por el repentino cambio de las condiciones climáticas debido a que el viento Siroco comienza a azotar la zona sur de Italia.

En esa situación y condiciones recibe un llamado desde Roma de su amiga escritora Malwida von Meysenbug, la que reclama su presencia a fin de hacerle conocer a quien -Nietzsche se lo ha solicitado- cree haber encontrado como secretario ideal para sus tareas de lectura, copias de manuscritos y correcciones de pruebas; sólo que -como él escribe en esos días a su hermana (fin de Abril de 1882)- el candidato hallado no es ningún joven, sino una joven, una jovencita de 21 años hija de un general ruso, rusa ella también pero de ascendencia francesa, que acaba de llegar de San Petersburgo, vía Zürich, y está en Roma con su madre en cura de salud y búsqueda de maestro para su futura carrera de escritora.

Nietzsche, en pleno trabajo de composición y primeras redacciones del Zaratustra -a la vez que prácticamente echado de Messina por el Siroco-, acude al llamado de su amiga y conoce, frente a la Iglesia de San Pedro, a la jovencita rusa (25 Abril 1882), no muy agraciada pero sumamente inteligente, con dos virtudes prevalentes muy estimadas por él: la agudeza del águila y la valentía del león. (Cfr. La gaya ciencia, § 314 y a Peter Gast, 13 Julio 1882.) Se llama Louise von Salomé, bautizada con ese nombre por su madre, que se llamaba igual, pero a quien ya todos le dicen Lou -apócope ideado por el pastor de San Petersburgo, Hendrik Gillot, su primer maestro y enamorado-, apelativo bajo el cual se hará luego famosa, tanto a través de una trayectoria biográfica excepcional como de sus variados escritos literarios y científicos.

No acompañaremos con mayores detalles a Nietzsche en estas peripecias ‑llamémosles así- amistosas y amorosas que tantos dolores de cabeza -la expresión en este caso y respecto de él deja de ser exclusivamente metafórica- le acarrearán. Ello nos sacaría de nuestro tema específico. Sí aludiremos a sucesos y entredichos que vienen al caso por estar dentro del itinerario pensante del Zaratustra y por haber influido de alguna manera en su gestación y alumbramiento, así como por haber gravitado de un cierto modo en el espíritu de Nietzsche, gravitación que se traducirá y advertirá en su obra.

Nietzsche viaja con Lou, su madre y su amigo Paul Rée -que ha conocido antes que él a la joven en Roma por intermedio de la común amiga Malwida y que a la postre intimará, por lo menos en el trato, en mayor medida que él con ella- primeramente a Orta y su lago, al sur de Italia, en donde ocurre una ascensión al Monte Sacro de nuestra pareja con sucesos misteriosos, luego a Lucerna, Suiza, donde posan los tres (incluido Rée) para la posteridad en una fotografía muy divulgada; recorren otros lugares de Suiza, Tribschen, por ejemplo, que Nietzsche conoce muy bien, por haber visitado múltiples veces, durante su época de profesor en Basilea, la vivienda que en ese lugar alquilaba Wagner; más tarde viven juntos -acompañados por Elisabeth, la hermana de Federico- en Tautenburg, en la Turingia alemana, en el transcurso de parte del verano de 1882 (tal es la razón de su ausencia en ese año de Sils-Maria), hasta que por fin el “idilio trágico”, como le llama Andler, termina borrascosamente, parafraseando a nuestro filósofo diríamos “humana, demasiado humanamente”. En Leipzig, donde Nietzsche permanece dos meses y medio (1 de Septiembre a mediados de Noviembre de 1882) se producen las desavenencias finales, aunque todavía haya alguna otra carta -o borrador no enviado- recriminatoria de Nietzsche. (Sabemos poco de las de Lou por esta época, inclusive allí donde Nietzsche se refiere a ellas. Alguna mano perturbadora de la verdad histórica ha de haberlas hecho desaparecer.)

Lou Salomé viaja con Paul Rée primero a Berlín, luego a París. Nietzsche piensa seguirlos, intenta reservar allí una habitación, hasta que se convence de que la separación es definitiva. Aunque a Overbeck (principios de Noviembre de 1882) le confiesa:

“Para mi personalmente Lou es un verdadero hallazgo afortunado (G1ücksfund), ella ha cumplido con todas mis expectativas -no es posible que dos personas puedan estar unidas como lo estarnos nosotros”. Pero luego, un poco por propio convencimiento y otro poco -o mucho- por gravitación insidiosa de su hermana, las cartas van adquiriendo carácter más violento, con virulentos reproches, seguidos de lamentos y excusas. A Paul Rée le escribe (fines de Diciembre de 1882):

“Verdaderamente nadie en mi vida me ha perturbado tan espantosamente como Lou [...] Yo llamo a Lou mi Siroco personificado”.

Y así es, este episodio ha perturbado su espíritu por meses y quizás años. Todavía a mediados de 1883 (fin de Julio) escribe cartas fulminantes e infamantes a Paul Rée y a su hermano Georg, las que provocan la amenaza de este último de procesarlo por difamación.

Nietzsche contesta desafiando a ambos a batirse en duelo con Pistolas. Todo, en el fondo, Por salvar el honor de Lou. Todavía en 1884, habiendo recibido por vía de Heinrich von Stein la novela In Kampf um Gott (En lucha por Dios), escrita por Lou con el pseudónimo de Henri Lou, la acepta con maldiciones, pero luego la lee con interés Y comenta haber encontrado en ella cien reminiscencias de conversaciones mantenidas con la autora en la época de Tautenburg. (Cfr. a Franz Overbeck, 17 Octubre 1885.)

Es que Lou asimila rápido las enseñanzas y, sobre todo, las aprovecha bien. Ya durante el transcurso de sus relaciones con Nietzsche está escribiendo un “Ensayo de caracterización” de su persona y obra, con la anuencia de éste, el que, corregido y aumentado largamente entre 1890-1893, publicará en 1894 con el título Friedrich, Nietzsche in seinen Werken (Federico Nietzsche en sus obras). En 1887, a los 26 años, contraerá matrimonio con el profesor orientalista Frederik C. Andreas, pero mantendrá a la vez vinculaciones amistosas muy estrechas con Rainer Maria Rilke, sobre quien también escri­birá un libro (Rainer Maria Rilke, Leipzig, 1928). Para después, desde alrededor de 1905, seguir cursos de psicoanálisis, conocer a -en 1911- y estrechar amistad con Sigmund Freud, concurrir asiduamente a las sesiones de la Sociedad psicoanalítica de Viena, consagrándose hasta su muerte, en 1937, a la investigación Psicoanalítica con diversas publicaciones.

El idilio trágico -esto es: dionisíacamente vital- con Lou, si bien ha trastrocado y perturbado momentáneamente la creación genial que había comenzado a prepararse en el ánimo de Nietzsche, por otro lado lo sumerge en un estado que favorece su más honda gestación y mas auténtico alumbramiento. Porque Nietzsche se supera con este encuentro y, sobre todo con su desenlace -que no es precisamente, el lado trágico del mismo, sino, como lo hemos dicho, su aspecto demasiado humano. Nietzsche ha obtenido experiencias vitales que quedarán plasmadas, las más de las veces de modo implícito y entre líneas en su obra cumbre; ha sentido, además, la necesidad y la posible satisfacción de la cercanía del discípulo, del discípulo que acompañe, como su término obligado de correspondencia, al maestro en su transfiguración, y el que ha de continuar con su obra transformadora del hombre y del mundo -que es una y la misma- la tarea del maestro después de su muerte, y aún durante su vida, expandiéndola. Y por fin, para el Nietzsche-Zaratustra, maestro también del amor fati, el idilio trágico ha enriquecido sobremanera su vida, pues si así sucede, en general, con todos los instantes, cuánto más en este caso en que se trata de un idilio donde la vida misma es la adorada bajo la forma siempre entrevista y aludida de figura femenina, aunque se llame en esta ocasión “Lou” y su poder de penetración no sea todo lo suficiente como para alcanzar correctamente las profundidades ontológicas en que se desenvuelven los pensamientos nietzscheanos, especialmente el abismal: el del eterno retorno de lo mismo:

"Si no descubro, corno el alquimista, la fórmula mágica para convertir en oro toda esta inmundicia, estoy perdido. -¡¡¡Tengo aquí la más hermosa ocasión de probar que para mí «todas las experiencias son útiles, todos los días sagrados, todos los hombres divinos»!!!

-¡Todos los hombres divinos” (a Franz Overbeck, 25 de diciembre 1882)

 

EL ALUMBRAMIENTO

Desde Leipzig, luego de Pasar por Basilea y visitar a los Overbeck, Nietzsche se dirige a la Liguria italiana, arribando a mediados de Diciembre de 1882 a la bahía de Rapallo, entre Portofino y Chiavari, a 30 kms. al sudeste de Génova, hospedándose en una pequeña posada -Albergo della Posta-, a orillas del mar. Pero nadie mejor que él para relatarnos lo que allí sucedió:

“Al siguiente invierno viví en aquella graciosa y tranquila bahía de Rapallo, no lejos de Génova, que se recorta entre Chiavari y el promontorio de Portofino. Mi salud no era la mejor; el invierno frío y sobremanera lluvioso; un pequeño albergo, situado directamente junto al mar, de modo que por la noche la altamar hacía imposible el sueño, brindaba, aproximadamente en todo , lo contrario de lo deseable.

A pesar de ello, y casi para probar mi tesis de que todo lo decisivo surge «a pesar de», fue este invierno y en estas desfavorables circunstancias que nació mi Zaratustra. -Por la mañana yo subía en dirección al sur, hasta la cumbre, por la magnífica carretera que va a Zoagli, pasando junto a los pinos y dominando ampliamente con la vista el mar; por la tarde, siempre que mi salud me lo permitía, rodeaba la bahía entera de Santa Margherita, hasta llegar detrás de Portofino. [...] -En estos dos caminos irrumpió (einfiel) en mí todo el primer Zaratustra sobre todo Zaratustra mismo como tipo: más exactamente, él cayó sobre mí (überfield mich)...” (“Ecce homo” ‘Also sprach Zarathustra’, 1; KGW, VI, 334-335)

En efecto, en Rapallo, entre el 1 y 10 de Febrero de 1883, es escrita de manera definitiva la primera parte del Zaratustra; así como Sils-Maria fue su lugar de concepción, Rapallo el de su alumbramiento. La distancia temporal entre el principio y el fin de la gestación fue de 18 meses, lo cual le hace decir, en la misma obra, que ello “podría sugerir, al menos entre budistas, el pensamiento de que, en el fondo. soy un elefante hembra”. (Ibidem, 334.)

Mientras está redactando el manuscrito, le anuncia a Peter Gast, el inveterado amanuense y corrector de las pruebas de sus obras:

“Pero quizás le cause placer saber qué es lo que hay que escribir y disponer para ser impreso. Se trata de un libro muy pequeño, cien páginas tal vez. Pero, sin embargo, es de lo mejor que he hecho, y con él me he quitado un enorme peso del alma. No he escrito nada más serio ni más alegre al mismo tiempo [...] Por este libro he entrado en un medio totalmente nuevo [...].” (1 Febrero 1883).

Lo mismo, pero con un agregado importante, a Franz Overbeck:

“Durante este tiempo, puedo decir en algunos días, he escrito el mejor de mis libros [...] , él se me aparece ahora como mi testamento [...]. Esboza, con la máxima nitidez, una imagen de mi ser tal como es cuando he arrojado lejos de mí toda mi carga. Es un poema y no una colección de aforismos.” (3 y 11 Febrero 1883).

Y a Carl von Gersdorff

“La época del silencio ha pasado: mi Zaratustra, que te será enviado en estas semanas, podrá indicarte a qué altura ha emprendido vuelo mi voluntad. No te dejes engañar por el estilo legendario de este librito: detrás de las palabras sencillas y extrañas se encuentra mi más profunda gravedad y toda mi filosofía. Es un comienzo en el camino de darme a conocer -y nada más. Sé perfectamente bien que no vive nadie hoy que pueda hacer algo semejante a este Zaratustra.” (18 Junio 1883).

Pero, no obstante su creación genial, considera ese invierno como el peor que ha pasado en su vida; se cree víctima de una perturbación de la naturaleza que él capta más que nadie, consume grandes dosis de hidrato de cloral para poder dormir. Pasa días terribles, estima muy próximo su fin. ¡Y aún no ha cumplido 39 años!

“[...] ¡qué vida! ¡¡¡Y pensar que yo soy el apologista de la vida!!!” (a Franz Overbeck, 24 Febrero 1.883).

Pero todavía le resta soportar el dolor de la desaparición de quien, a pesar de todo lo sucedido, se acordará con emoción aun en pleno desequilibrio final. Nietzsche va a Génova en los días subsiguientes a su alumbramiento pensante, contra su costumbre compra un periódico, el Caffaro, en su edición nocturna -el cual se le “imponía” con su presencia ante los ojos-, y lo primero que lee es la noticia, proveniente de Venecia, de la muerte de Richard Wagner el día anterior, 13 de Febrero, en esa ciudad.

El mismo, a pesar de todo, incluido el cada vez más precario estado de su vista, ha pasado en limpio el manuscrito y lo envía ese mismo día 14 a su editor, Schmeitzner. Pero, preferencias de éste, primero por sermones religiosos escolares y luego por panfletos antisemitas, postergan, con gran desazón de Nietzsche, su impresión. Por fin, recién hacia fines de Mayo de 1883, puede escribirle a su amiga Marie Baumgartner anunciándole que le ha hecho enviar su Zaratustra 1.

 

UN LIBRO PARA TODOS Y PARA NINGUNO

Also sprach Zarathustra aparece, pues, en su primera parte, a mediados del año 1883, publicado en Chemnitz por el editor Ernst Schmeitzner, con el curioso subtítulo: “Ein Buch für Alle und Keinen” (Un libro para todos y para ninguno). Acerca de esta dedicatoria tan singular, Heidegger nos ha dado una lúcida interpretación:

"Nietzsche ha colocado a la obra titulada Así habló Zaratustra un subtítulo que dice: «Un libro para todos y para ninguno». Lo que el libro dice está dirigido a todos; pero nadie tiene el derecho de leer efectivamente el libro permaneciendo tal como en ese momento es, si no se transforma primero y al mismo tiempo que lo lee; esto significa que el libro es para ninguno de nosotros tal como somos al presente: un libro para todos y para ninguno, por consiguiente, un libro que jamás puede ni debe ser simplemente «leído».” (Nietzsche, Pfullingen, 1961, 1, 288-289).

Pronto, en el curso de ese año, a la primera parte sigue la segunda, escrita finalmente también en diez días en Sils-Maria, pero impregnada de atmósfera italiana, pues muchos de sus borradores fueron redactados en el transcurso de una breve estadía de poco más de un mes de Nietzsche en Roma, entre el 14 de Mayo y 16 de Junio. Allí vive en una loggia, sobre la Piazza Barberini, desde la cual contempla y escucha la Fontana del Tritone:

“En una loggia, ubicada sobre la mencionada piazza (Barberini), desde la cual se domina Roma con la vista y se oye, allá abajo en lo profundo, murmurar la fontana, fue compuesta aquella canción, la más solitaria que jamás se ha compuesto, La canción de la noche [...].” (“Ecce homo”, ‘Also sprach Zarathustra’, 4; KGW, VI, 339).

Vuelto a Sils-Maria, en su segundo verano allí, entre el 26 de Junio y el 6 de Julio, termina Nietzsche el Zaratustra 2:

“En el verano, habiendo vuelto al lugar sagrado donde había resplandecido para mí el primer rayo del pensamiento de Zaratustra, encontré el segundo Zaratustra. Diez días, bastaron; en ningún caso, ni en el primero, ni en el tercero y último necesité más.” (Ibidem).

La tercera parte la “encuentra” Nietzsche en Nizza, de acuerdo con sus palabras y tal como él escribe, con grafía italiana, el nombre de la ciudad francesa, aludiendo a su antigua pertenencia a Italia. Esto ocurre entre el 10 y 20 de Enero de 1884, también, como ya lo dijo, en diez días para su redacción final:

“En el invierno siguiente, bajo el alciónico cielo de Nizza, que entonces brillaba por vez primera en mi vida, encontré el tercer Zaratustra -y había concluido. Apenas un año, calculando para la totalidad. Muchos escondidos rincones y alturas del paisaje de Nizza están santificados para mí por instantes inolvidables; aquella parte decisiva que lleva el título “De las antiguas y nuevas tablas” fue compuesta durante una muy dificultosa ascensión desde la estación al maravilloso nido de águilas morisco Eza [...].” (Ibidem).

Este Zaratustra 3 constituye, indudablemente, el núcleo central de la obra, pues está dedicado a la asunción por Zaratustra del “pensamiento más pesado”, el del eterno retorno de lo mismo, y a lo cual se ha resistido el protagonista hasta entonces. Allí llega el dramatismo de la acción y el lirismo poético-filosófico de la prosa nietzscheana a sus mas altas cumbres. Está convencido de que en alemán no se ha escrito jamás algo parecido, y se compara con Lutero y Goethe por la intensidad poética y el rigor de su prosa. Así escribe a Erwin Rodhe el 22 de Febrero de 1884:

"Mi Zaratustra está terminado, con sus tres actos [...]. Es una especie de abismo del futuro, algo tenebroso dentro de su alegría. Todo en el libro es mío propio, sin modelo, ni comparación, ni precedente. Quien lo haya vivido una vez regresará al mundo con el rostro transfigurado.

Empero, de ello mejor no hablar. Aunque a ti, homo litteratus, no puedo reprimir una confesión. Después de Lutero y Goethe quedaba aún un tercer paso por dar[ ... ]. Mi estilo es una danza, un juego de simetrías de todas las clases, y un saltar y un reírse de estas simetrías: y esto llega hasta la elección de las vocales”.

Esta armonía de vocales y estilo danzante le hacía a Nietzsche comparar el Zaratustra con una partitura musical:

“Quizás se pueda encuadrar al Zaratustra todo bajo la música; -ciertamente, con la exigencia previa de un renacimiento en el arte de escuchar.” (“Ecce homo”, ‘Also sprach Zarathustra’, 1; KGW, VI, 333).

Y, más precisamente, bajo el rubro de una sinfonía, según Nietzsche mismo lo ha considerado:

“¿A qué rubro pertenece propiamente este Zaratustra? Yo creo que, aproximadamente, al de la «sinfonía».” (a Peter Gast, 2 Abril 1883). A lo que responde Köselitz (P. Gast) yendo más lejos y profundamente:

“¿A qué rubro pertenece su nuevo libro? -Yo creo que, aproximadamente, al de «escritos sagrados».” (6 Abril 1883).

Pero Nietzsche seguirá con su enfoque musical, escribiéndole, en ese mismo sentido, más tarde a Franz Overbeck (6 Febrero 1884):

“[...]cuando hayas juzgado el finale, que integrado en la totalidad constituye propiamente una sinfonía (-muy artística y compuesta paso a paso como se construye una torre) [...].”

Pero si es así y Nietzsche tiene razón -y no vamos a poner en duda ahora su templeanímico musical-, el Zaratustra hasta aquí constituye una verdadera “metafísica sinfónica” (y valga el nuevo género musical encontrado), en tanto su contenido es esencial y profundamente filosófico.

No obstante lo afirmado por Nietzsche, la obra continuará. Pasa su verano del 84, como lo ha hecho y lo hará en los años subsiguientes, en Sils-Maria; en donde lo visita por tres días -“tras haber solicitado cuidadosamente y obtenido permiso”- Heinrich von Stein (quizás enviado por Cósima Wagner) con el propósito no confeso de reconciliarlo con la gente de Bayreuth, y quien resultó virtualmente transformado por la convivencia con Nietzsche, aunque no llegó jamás a comprender su pensamiento. (Cfr. “Ecce homo”, ‘Warum ich so weise bin’, 4, y ‘Warum ich so gute Bücher schreibe’, 1; KGW, VI, 268 y 296-297.)

Desde Sils se encamina, terminado el verano, hacia fines de Octubre, a su temporada invernal en Nizza, pasando antes por Basilea (donde visita como siempre a su amigo Overbeck, pero ésta será la última vez que Overbeck lo verá cuerdo). Se dirige luego a Zürich, en donde escucha al director Friedrich Hegar ejecutar la obertura de El león de Venecia de Peter Gast. Pasa por Menton, en la Costa azul francesa, casi en límite con Italia, donde permanece hasta fines de Noviembre, para arribar, en los primeros días de Diciembre, nuevamente a Nizza. Estamos ya en el invierno de 1884-85. Una mañana de Marzo su discípulo y amigo Paul Lanzky, joven escritor que lo acompaña en la pensión que habita y que diariamente lo busca para sus paseos matinales a orillas del mar, lo encuentra en cama, entablándose, aproximadamente, este diálogo:

“-Estoy enfermo -le dice Nietzsche-. Acabo de dar a luz.

¿Qué dice usted? -inquiere preocupado Lanzky.

La cuarta parte del Zaratustra está escrita.” (Daniel Halévy, Nietzsche, Madrid, 1942, 344, y Charles Andler, Obra citada, II, 509).

Nietzsche ofrece este cuarto Zaratustra al editor Schmeitzner como primera parte de un nuevo libro: Mediodía y eternidad (“La tentación de Zaratustra”), título que viene anunciando desde los comienzos de la obra, cuando proyectaba un poema dramático, en seis partes, que terminaría con la muerte del personaje protagónico abrazado a la tierra; esto con la esperanza de que se lo edite más probablemente que como cuarta parte de un libro que, hasta ese momento, había resultado un fracaso editorial. Como el editor lo rechaza, Nietzsche, a pesar de sus escasos recursos, decide imprimirlo por su cuenta como Zaratustra 4, y así lo hace en una mínima tirada de 40 ejemplares, de los cuales alcanza a repartir -aunque luego se arrepiente- solamente siete entre sus amigos y familiares. Mucho se ha conjeturado sobre los siete destinatarios de este Zaratustra 4, a veces muy despistadamente, ya que el propio Nietzsche indica a cinco de ellos en una rara carta, especialmente por ciertos pasajes, firmada “El Fénix”, a Peter Gast, del 9 de Diciembre de 1888 -la fecha nos da alguna pauta de lo dicho, así como de la firma:

“Y ahora un asunto serio: querido amigo, quiero entrar en posesión de todos los ejemplares de la cuarta parte del Zaratustra, para proteger esta obra inédita contra los azares de la vida y de la muerte (-la he releído en estos días y he estado a punto de morir de emoción-). Si la publico después de algunas décadas de crisis mundiales -¡de guerras! sólo entonces será el buen momento. Haga, se lo ruego, un esfuerzo por recordar quienes poseen los ejemplares. Yo, por mi parte, me acuerdo de Lanzky, Widemann, Fuchs, Brandes, probablemente Overbeck.” A estos cinco poseedores mencionados, basta agregar a su hermana Elisabeth y al propio destinatario de la misiva, Peter Gast, para llegar a la nómina más segura.

Esta cuarta parte se reedita en 1891 por E. G. Naumann, en Leipzig, y las cuatro aparecen por vez primera juntas, en un solo volumen, en 1893, también por Naumann.

 

EL VESTÍBULO DEL NUEVO EDIFICIO FILOSÓFICO

Así habló Zaratustra inicia el tercer momento en la evolución del pensamiento propiamente filosófico nietzscheano -pasando por alto sus ensayos filológicos de Leipzig-Basilea (1867-1873) y sus precoces escritos de juventud-: el primero transcurre entre 1872 y 1876, bajo la influencia conjunta de Schopenhauer y Wagner; el segundo, a partir de Menschliches, Allzumenschliches (Humano, demasiado humano), comenzado en el 76 y publicado en 1878, y Fragmentos póstumos de esa misma época, en los cuales ya es Nietzsche en sí mismo y expresándose por si mismo, pero sin haber alcanzado, aún las ideas fundamentales para construir un nuevo pensar; esto se logra en el tercer momento, que abre el Zaratustra. Por ello Nietzsche lo considera el vestíbulo o prefacio de toda su nueva filosofía. Varias veces usó Nietzsche estas expresiones en sus cartas (Cfr. a M. von Meysenbug, Febrero de 1884; a F. Overbeck, 10 de Marzo de 1884), pero transcribiremos, especialmente, algunas líneas de una a su hermana Elisabeth por las fundamentales recomendaciones que le dirige en relación con la “1ectura” del Zaratustra, además de las palabras acerca del enfoque que estamos adoptando:

“Nuestra madre me escribe que estás entusiasmada con la tercera parte del Zaratustra, al punto que no encuentras palabras para expresar tu agradecimiento por el regalo [...]. Pero, no se trata de uno de esos regalos que haya que agradecer, y nada más. Yo exijo la revisión integral de los sentimientos más queridos y respetados, y aún mucho más que una revisión. ¡Quién sabe cuántas generaciones habrán de pasar, antes de producir algunos hombres capaces de sentir en toda su profundidad lo que he hecho![ ... ].

Por mi parte, quiero hacer todo lo posible para, por lo menos, no dar ocasión a malos entendidos excesivamente groseros; y ahora, después de haberme construido este vestíbulo de mi filosofía, tengo que poner nuevamente mano a la obra y no descansar hasta que el edificio principal se halle concluido delante de mí [...]. ¡Ojalá que mi salud me lo permita!” (mediados de Junio de 1884).

Al decir Nietzsche que el Zaratustra constituye el "vestíbulo" de todo el edificio de su filosofar, alude, seguramente, al hecho de que la obra comprende todas sus principales ideas, desarrolladas, mencionadas o, aunque más no sea, insinuadas, siempre de manera dramática: vida, nihilismo, muerte de todos los dioses, transvaluación de los valores, voluntad de poderío, eterno retorno, superhombre, juego, azar, amor fati. Todas nociones que Nietzsche se propone explicitar y fundamentar ampliamente en una obra con la que culminará toda su filosofía, a la que a veces llamará “Eterno retorno de lo mismo”, otras “Voluntad de poderío”, y que, lamentablemente, quedó trunca como tal, desperdigada en miles de fragmentos inéditos de alto valor filosófico.

Pero todo está dicho en el Zaratustra a través y en función de símbolos y alegorías, himnos y ditirambos, parábolas, en fin, que muchas veces parecen de interpretación fácil, pero que justamente por ello el lector sin conocimiento cierto del pensamiento total de Nietzsche, anterior y posterior a esta época, y aplicando exclusivamente su capacidad de intelección lógica, entiende otra cosa; la obra se cierra para él y lo aparta, se lo saca literalmente de encima: “un libro para todos y para ninguno”. El Zaratustra es obra de excepción que, bajo un primer aspecto superficial de lectura entretenido cuando no graciosa, ha engañado a millones de lectores desde su primera aparición pública, hace ya un siglo, y lo sigue haciendo. Su autor, al respecto, alguna vez dijo:

“Me repugna que el Zaratustra salga al mundo como un libro de entretenimiento. ¡Nadie es bastante serio para él!” (a Peter Gast, Abril de 1883).

El más franco fue Heinrich von Stein, poeta y esteta wagneriano, a quien ya mencionamos con motivo de su visita a Sils-Maria, en donde lo acompañó por tres días durante el mes de Agosto del 84, y en quien Nietzsche creyó ver, por sus destacadas condiciones, el discípulo esperado y frustrado en el caso de Lou; Stein le confesó -con gran placer del propio Nietzsche que no había entendido más de doce frases del Zaratustra: “ello me hizo mucho bien” comentó Nietzsche. (Cfr. a Peter Gast, 2 Septiembre 1884; a Franz Overbeck, 14 Septiembre 1884.) Y en una nueva carta a Overbeck, enviándole su reciente obra Más allá del bien y del mal, agrega:

“Es posible que contribuya a arrojar algunas luces sobre mi Zaratustra, que es, ante todo, incomprensible, porque hay en él una cantidad de experiencias vividas que no he compartido con nadie.” (5 de Agosto de 1886).

Siempre consideró Nietzsche -como hemos visto- al Zaratustra como su gran obra, como obra superior, transformadora del hombre, que “jamás puede ni debe ser simplemente «leída»”, como dice Heidegger; y en esto reside su principal grandeza a la vez que su enorme dificultad: nos exige dejar de ser lo que hemos sido y pasar a ser el que somos -asumiendo todo lo que ello implica-:

“Yo he dado a los hombres el libro más profundo que poseen, el Zaratustra; un libro que distingue de tal manera que cuando alguien puede decir: «he comprendido seis frases de él», esto significa que vive, que pertenece a una clase superior de hombres ... ¡Pero cómo debe expiar esto!  ¡Cómo debe pagar! Ello casi echa a perder el carácter... El abismo se ha hecho demasiado grande...” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Frühjahr-Sommer 1888’; KGW, VIII, 16 [81], 310).

“Yo no me admiro de que no se comprenda mi Zaratustra. No hago ningún reproche por ello: un libro tan profundo, tan extraño que comprender seis frases de él significa haber vivido, erigirse en una clase superior de mortales.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘September 1888’; KGW, VIII, 19 [1], 5, 343).

“Yo no me admiro de que no se comprenda mi Zaratustra: un libro tan lejano, tan bello, que hay que tener sangre de dioses en las venas para escuchar su voz de pájaro.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘September 1888’; KGW, VIII, 19 [7], 346).

 

LA OBRA Y LA POSTERIDAD

Así habló Zaratustra es obra esencialmente poética en el sentido más originario de la expresión: de poíesis en tanto pro-ducción, traer a la presencia, manifestación, revelación de la verdad. Nietzsche así lo entiende:

“[...] soy poeta hasta los límites extremos de este vocablo [...].” (a Erwin Rodhe, 22 Febrero 1884).

Y festivamente, el poeta, el poietés griego, es el revelador del ser de todas las cosas. Esa tarea poiétíca, desveladora de ser, expresada por intermedio de un lenguaje simbólico, con imágenes y alusiones que tratan de revivir en el ánimo del lector experiencias íntimas de honda profundidad, y a través de ellas comunicar una nueva y renovadora metafísica que fluye por cauces subterráneos y